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LOURDES ESPÍNOLA


  TÍMPANO Y SILENCIO, 1986 - Poesías de LOURDES ESPÍNOLA


TÍMPANO Y SILENCIO, 1986 - Poesías de LOURDES ESPÍNOLA

TÍMPANO Y SILENCIO, 1986

Poesías de LOURDES ESPÍNOLA

Edición digital:

Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Alcándara Editora, 1986.


 

 


ENLACE AL ÍNDICE DE "TÍMPANO Y SILENCIO" EN BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


Comprendes cómo te nombro // De repente, te tropiezo // Pero cómo recobrar los gestos del amor // No estás al alba // Vamos a considerar todas las cosas // Insomne en soledades // Extraño ritual al tacto // A veces en silencio // Manos abriéndose, como interrogación no terminada // Insomnes caminantes, ya caemos // Desvelado vives // Y cómo contestar // Y ser y no // Repetición de ademanes, miradas o palabras // Estabas y no estás // Esclava de caprichos de tu verbo // Como tierra maldita // Tanto tiempo jugando a tus trampas // Sojuzgar cada intento vital // Desde el útero gritó // Fui la primera que aprendió // Romper la realidad // Para llegar al fondo // En mi revés de dicha // Salto al espejo del otro // El eco singular recoge el pensamiento // Dualidades vitales // Levantarse // ¿Dónde el lugar para el hombre // Meursault con el sol en los ojos // Y de nuevo siento vivir // La música del agua // La pequeña ciudad // Y aquella tarde de música // Las Damas de Avignon // Empire State // Morder // Buscar tu brújula // Extiendo la memoria // Más profundo que la roja médula // Unas manos certeras // Qué pena que apenas // Y dame una amarilla siesta // ¿Cómo atrapar este momento? // Hoy hablamos // Cada árbol una flauta

 

 

 

A Vincent                                                          

   

                                  

Comprendes cómo te nombro,

 

          


con mente quieta y silenciosa

   

me escucho

   

cuando no me escuchan,

   

escribo tu nombre

   

con el borde de la lengua,

   

rodando el filo vacío de los labios.

   

Y te extiendes luchando

   

en la humedad de mi deseo,

   

en la resonancia del silencio.

   

Te aíslo y separo de los otros

   

sucesivamente incierto,

   

tiemblas dentro en la garganta,

   

te atrapo y fortalezco;

   

como símbolo fresco

   

te hago mío.

   

Envuelvo tu nombre en mi contacto,

   

cuerda vocal que busca su instrumento.

   

Te estanco en el sonido de mi aliento,

   

te resistes,

   

te rindes:

   

te he nombrado.

   


   


   

De repente, te tropiezo,

   

te abres hacia mí

   

y desde el desván del alma

   

ese papel, esa escritura

   

indócil me avasalla

   

y me pierdo a mí misma

   

en el pequeño orbe de tu carta.

   

Suspendida en la hoja, gota a gota

   

salto hacia ti, escafandra en mano,

   

y me ciño la ropa de los tibios años.

   

Estoy en todas partes y en ninguna:

   

fantasmagórica y real,

   

me seduces y ahogas.

   

En el beso mortal

   

con olor a tus manos

   

me deshaces en caos.

   

Vuelvo a mi ordenado mundo,

   

cierro el sobre.

   


   


   

Pero cómo recobrar los gestos del amor,

   

las olvidadas trampas, las miradas

   

que se nutren en los ojos del otro.

   

Cómo despertar a mi dormido cuerpo,

   

despojado de noches,

   

amortajado en sueños,

   

en ardid de silencios.

   

Cual válvula escondida

   

hará correr la sangre

   

para entibiar rincones

   

e innombrables nostalgias.

   

Mis manos desperezan

   

la boca entumecida

   

que nutriéndose

   

va de tus palabras.

   

Apenas ya recuerdo

   

los ritos,

   

los gemidos.

   

Hilvanando memorias

   

antiguas, aprendidas,

   

empezará a girar

   

mi aliento entre tus manos.

   

Apenas recordando,

   

ensayando de nuevo las palabras.

   


   


   

                                  Eres nube, eres mar, eres olvido.

   

                                  Eres también aquello que has perdido

   

                                                   Jorge Luis Borges

   


   

No estás al alba,

   

el diamante de la memoria

   

sella miradas

   

y mi silencio acuña tu silencio.

   

Espejos vienen reflejando

   

en mi pupila lo que fue

   

del amor atrevido,

   

del callado que respirando va

   

en nuestra garganta

   

y súbito y audaz ya nos atrapa.

   

El vino rojo de memorias

   

nos inunda y nos baña

   

este silencio, este tímpano sordo de tus cartas,

   

esas claves secretas en tus libros,

   

esa manzana roja que mordimos,

   

esos susurros,

   

esas noches.

   


   


   

Vamos a considerar todas las cosas:

   

tu mirada empapada de otras noches,

   

tus manos de semilla

   

a punto de plantarse en mi costado,

   

y sobre todo tu fuego, que crea tanto

   

y temo me destruya;

   

y también

   

la puntual muerte del amor,

   

como me hablaste.

   

Pero mejor, no consideremos nada

   

y

   

extiende

   

el ramillete de nervios de mi tacto,

   

sólo para que Dios

   

no me encuentre dormida.

   


   


   

Insomne en soledades,

   

las estaciones de mi cuerpo callan,

   

esperando dormidas en los fuegos.

   

Al regresar de conquistadas noches,

   

náutica en fábulas y abismos,

   

astro demente del amor.

   

Soy quemante espectro.

   

Frente a ti,

   

la piel brillante al aire,

   

desnuda de los pies hasta el alma

   

y tú ni te das cuenta,

   

todavía.

   


   


   

Extraño ritual al tacto,

   

reconocer el libro con tu nombre:

   

respiras entrelíneas

   

y muerdes,

   

en las marcas de los márgenes.

   

Las páginas leídas

   

tornadas grises por tus dedos

   

son palabras con olor a tus poros,

   

amoldados, tibios, a tus manos.

   

La azul tapa cosquillea

   

cada nervio extendido de mi mano,

   

al tropezar luego sorprendida

   

con la doblada página

   

elegida,

   

la que resume alientos

   

y me habla.

   


   


   

A veces en silencio

   

te nombro con la urgencia de mi desesperanza.

   

Mi ropa son mis ansias

   

y están atadas a mi piel,

   

con esa falta de todo lo que llenas.

   

Respiro en tus papeles,

   

al borde de tu cama,

   

cual desnudo invisible que la sombra acompaña.

   

Hoy sientes en la tarde

   

que espejos transparentes

   

te devuelven mi cara.

   

Mis pupilas cansadas

   

mecidas en tus manos

   

te muerden cada dedo,

   

vedados como abismos de frutos prohibidos.

   

Cierro la puerta,

   

grito,

   

llamando ese rincón

   

poblado de tu savia.

   


   


   

Manos abriéndose, como interrogación no terminada

 

en enigma de opaco crucigrama.

   

Mirar el rostro y luego...

   

tus pies nudosos y descalzos,

   

blancos en la espuma de un mar

   

que no nos permitió vernos.

   

Transparencia.

   

¿Cuál pupila reflejará el verde o el azul?

   

El antiguo cuervo de tu pelo

   

batirá sus alas,

   

sacudiendo mi punto de recuerdo

   

en el horizonte de la tarde.

   


   


   

Insomnes caminantes, ya caemos,

   

distraídos casi, en transparencias:

   

con prodigioso amor

   

y demoliendo duras cáscaras viejas, carcomidas.

   

Fulminante resurrección:

   

así clavada

   

sencillamente a éste tu costado,

   

vuelvo

   

salada de naufragios,

   

de fantasmas

   

implacables, tardíos desatinos.

   

(y me deslizo despacio

   

de esta isla,

   

alargándome apenas en tus alas).

   


   


   

Desvelado vives

   

en los nervios insomnes de mis noches

   

o en el libro que guardo con tu nombre.

   

(Redondo y suave tacto

   

como alas).

   

Ángel de fuego,

   

tocas y destrozas las angustias,

   

asfixias y temores,

   

enloqueciendo mi médula en secreto.

   

Inventaste la creación entera

   

y no existía;

   

ángel, arcángel, espuma, alas,

   

antes

   

de que tu lengua me tocara.

   

Terciopelo de labios,

   

caracola,

   

húmedo, caliente,

   

tu aliento entre mis manos.

   


   


   

Y cómo contestar

   

esa confidencia,

   

de amores enredados, de azoradas esquinas,

   

de tardes compartidas.

   

Diciéndote, mi amigo,

   

que antes te esperaba,

   

que te espero,

   

que quisiera enredarme en tus amores,

   

mantenerte despierto,

   

que me pienses al alba.

   

En tu lista de amores,

   

azares, confidencias,

   

estoy aquí esperando,

   

respiro entre tus sábanas

   

llamándote, mi amigo.

   


   


   

                                  In memoriam

   

                                  Sor Juana Inés de la Cruz

   


   

Y ser y no.

   

Ser mujer,

   

con manuscritos de internas visiones

   

nombrando la experiencia.

   

Traduces lenguas de tragedia,

   

mujer abriéndose

   

como ostra

   

que lleva

   

su cárcel por dentro.

   

El resto: soledad,

   

verbo y polvo

   

masticando los años.

   


   


   

Repetición de ademanes, miradas o palabras.

   

Con defensas en alto,

   

con mis viejas trampas

   

(acechos que creía ya dormidos).

   

Tus ojos, lengua de Eros,

   

con su llama verde apenas contenida.

   

Vienes rompiendo las murallas

   

de tímpanos vacíos

   

en las interminables venas del insomnio.

   


   


   

Estabas y no estás:

   

ni mis amores,

   

ni el feroz arañazo del recuerdo

   

te atrapó con tal fuerza y te retuvo.

   

Ni el hallazgo

   

de calladas memorias vegetales,

   

ni las piedras

   

calientes y redondas.

   
 

Ni el asombro del árbol orgulloso

   
 

mostrando

   
 

verdes frutos,

   
 

flores,

   
 

pistilos y raíces.

   
 

Nada.

   
 

Caminé avergonzada,

   
 

Casi como desnuda,

   
 

Con mejillas

   
 

con párpados,

   
 

Con pestañas,

   
 

con lágrimas.

   
 

 

   
 

 

   
 

Esclava de caprichos de tu verbo

   
 

mordiendo las arterias:

   
 

me penetras,

   
 

me curas,

   
 

me sojuzgas.

   
 

Fiel, triste, sombra a mi costado,

   
 

me cortas con tu filo;

   
 

me sangras

   
 

y modelas.

   
 

Sólo necesito tu venenoso beso, Poesía:

   
 

el aire está de más

   
 

cuando te tengo.

   
 


   
 


   
 

Como tierra maldita,

   
 

el centro de tu útero.

   
 

Como interminables esclavos

   
 

sin valor de mercado:

   
 

mujeres

   
 

pasan a otras manos,

   
 

pero nunca las suyas

   
 

aprisionarán su propio destino.

   
 

 

   
 

 

   
 

Tanto tiempo jugando a tus trampas,

   
 

tretas y vestiduras.

   
 

Te he mirado, Poesía, en ese instante,

   
 

justo antes de que tú me atrapes.

   
 

Despacio me seduces;

   
 

ni siquiera mi hombre se dio cuenta

   
 

que me envenenas

   
 

y me llevas traicionera

   
 

hasta el nunca más

   
 

de mi propio deseo.

   
 


   
 


   
 

                                  In memoriam

   
 

                                  Simone de Beavoir

   
 

 

   
 

Sojuzgar cada intento vital,

   
 

cubrirlo de modestia

   
 

como antiguo abanico

   
 

escondiendo la boca del deseo.

   
 

La palabra sofoca

   
 

el furor de la pupila.

   
 

Frente

   
 

a tanto silencio compartido,

   
 

en ardid bien conocido.

   
 

La piel, brillante iridiscencia,

   
 

en anticipado banquete de los cuerpos.

   
 


   
 


   
 

Desde el útero gritó

   
 

este sexo destinado

   
 

a morder el polvo de la tierra,

   
 

esta herida de futuro trunco.

   
 

Ser sometida.

   
 

Con pequeñas uñas traté

   
 

de rasgar el útero,

   
 

desbordar el agua protectora y tibia.

   
 

Aún viva

   
 

me pregunto:

   
 

¿Cuánto tiempo lleva

   
 

cada trozo en morir,

   
 

para que liberada pueda ser

   
 

por fin

   
 

yo misma, en mi potencia?

   
 

 

   
 

 

   
 

Fui la primera que aprendió

   
 

del respirar taciturno,

   
 

de la arcilla caliente de la vida.

   
 

Nacida de las sombras

   
 

fui, infinito delirio

   
 

arriesgando vagares siderales

   
 

en la callada vena de los tiempos.

   
 

Las cuencas de mis ojos ya supieron

   
 

de apaciguada quietud,

   
 

de futuros rencores, del silencio.

   
 

Fue mi cuerpo

   
 

huracanado manantial,

   
 

cueva pariendo siglos.

   
 

Eva, yo cumplo

   
 

el destino inmortal,

   
 

incertidumbre,

   
 

anhelo de los hombres.

   
 

 

   
 

 

   
 

Romper la realidad,

   
 

desplumarla en desconocidos trozos,

   
 

y esperar

   
 

el tiempo exacto:

   
 

igualdad escondida desde siglos.

   
 

Conocerse en los otros,

   
 

estar amoratada, atada a los silencios,

   
 

fibra nutrida sólo

   
 

por su propia savia.

   
 

Mujer amortajada, germinal,

   
 

ahogada sin término

   
 

en pensamiento quieto;

   
 

quisieron (hoy y tantos)

   
 

que olvidemos.

   
 

 

   
 

 

   
 

                                  a G. R. H.

   
 

 

   
 

Para llegar al fondo,

   
 

(donde la célula,

   
 

médula del universo,

   
 

está dormida para ser desgarrada),

   
 

ayer mordí tantas amargas voces.

   
 

Resquebrajada veo

   
 

ahogar los ríos,

   
 

perpetuar

   
 

esta dicha falseada.

   
 

A fin de juego,

   
 

mi antiguo yo

   
 

en dos,

   
 

en tres,

   
 

en cuatro,

   
 

bajo ahogados puños.

   
 

Hoy, insomne, pongo de nuevo los pedazos

   
 

de este rompecabezas de mi espera.

   
 


   
 


   
 

En mi revés de dicha,

   
 

dubitativa soledad,

   
 

llegas, como tramposa hazaña.

   
 

Tu deliberado signo

   
 

es advertencia

   
 

de mis pesadillas,

   
 

de mis ambiguos monstruos.

   
 

Vierto tantas angustias

   
 

en la mirada del otro:

   
 

universo casual

   
 

de imagen y tumulto

   
 

que abarca la humanidad

   
 

y determina.

   
 

Con placer invisible

   
 

imagino

   
 

remotos territorios

   
 

y en ellos me diluyo.

   
 

 

   
 

 

   
 

Salto al espejo del otro,

   
 

lentamente me fundo

   
 

hasta llegar a ti

   
 

con el lastimero ramillete de recuerdos,

   
 

con el incomprensible hoy

   
 

que me amortaja.

   
 

Me rodeo

   
 

me toco

   
 

me meto hasta la isla

   
 

explorándome toda...

   
 

y me salgo despacio.

   
 

Lentamente enumero mis gemidos,

   
 

frágiles agonías,

   
 

desperezo memorias,

   
 

amordazo y sojuzgo mi silencio.

   
 

 

   
 

 

   
 

El eco singular recoge el pensamiento

   
 

envolviendo el olvido

   
 

que hoy estreno.

   
 

Me ejercito en silencios

   
 

para no descubrir que, enmascarada,

   
 

tengo necesidad de un tiempo

   
 

indefinidamente abierto y esperado.

   
 

Obstinada, descanso el peso de mi vida

   
 

sobre mi propio yo,

   
 

satisfago mi soledad, pobreza y desesperanza,

   
 

orden en el desorden apoyado.

   
 

Sin resistencia entrego el tiempo a mis quehaceres,

   
 

aprendiendo, ensayando

   
 

esta exigencia nueva:

   
 

esta soledad con que amordazas.

   
 


   
 


   
 

Dualidades vitales.

   
 

Tal vez desesperanza.

   
 

Dedicar la vida

   
 

a extrañas metas.

   
 

Frente a la ternura postergada,

   
 

los logros ríen

   
 

en ritual cansado,

   
 

cuando sólo quisiera

   
 

un conocido puerto agudo y silencioso

   
 

y respirar de veras

   
 

en tu desnudo aliento.

   
 

 

   
 

 

   
 

Levantarse

   
 

como en la mañana primera,

   
 

desperezar el caos, la tristeza,

   
 

planchar el optimismo

   
 

para verte.

   
 

Algo siempre me aguarda,

   
 

regalo de la mente,

   
 

envoltura de manos pegada a tu costado.

   
 

Desenvuelvo tus dedos

   
 

y bebo la sorpresa de tus palmas.

   
 

Recibo tantas cosas:

   
 

lenguas en punta, lanza y fuego.

   
 

Regreso,

   
 

visitante de la pequeña roca,

   
 

y te veo partir

   
 

hacia otras noches.

   
 


   
 

 

   
 

¿Dónde el lugar para el hombre

   
 

y su desconcertado descontento

   
 

frente al caos errante

   
 

de esta tierra?

   
 

Tanta muerte sin sangre,

   
 

tanto silencio provocado.

   
 

Angeles desesperanzados,

   
 

buscamos

   
 

en noches de caída

   
 

la madrugada de la vida.

   
 


   
 

 

   
 

                                  In memoriam

   
 

                                  Albert Camus

   
 

 

   
 

Meursault con el sol en los ojos,

   
 

y la humanidad.

   
 

Confrontación,

   
 

dicotomía,

   
 

todo desde el lejano prisma:

   
 

el suicidio y el resto.

   
 

Imposibilidad,

   
 

indiferencia,

   
 

mutilación de miedos, culpa, sueños:

   
 

rito

   
 

diario y preciso.

   
 

El mismo final, pero no más allá,

   
 

y el día tan radiante.

   
 


   
 


   
 

Y de nuevo siento vivir

   
 

los dormidos nervios

   
 

muertos por antiguas manos.

   
 

¿Cuándo aprenderán los hombres

   
 

a no...? El corazón despellejado

   
 

y la espera.

   
 


   
 

¿Cuándo

   
 

la marcada cita?

   
 

Hundirme en el maduro

   
 

fresco nudo de tu boca

   
 

y nacer bajo

   
 

demoradas ternuras.

   
 

 

   
 

 

   
 

                                  para C. R. C.,

   
 

                                  en Trafalgar Square

   
 

La música del agua:

   
 

vienen las palomas,

   
 

ritual de la tarde.

   
 

Baten alas casi enloquecidas,

   
 

suben brazos, torso, nuca

   
 

de transeúnte ausente

   
 

o acaso confundido.

   
 

Turistas, forasteros sorprendidos,

   
 

son el amigo casual,

   
 

por una tarde.

   
 

A las ocho se alejan las palomas

   
 

dejando solo a Nelson

   
 

y sus leones.

   
 

 

   
 

 

   
 

La pequeña ciudad

   
 

se despereza, boca arriba, al sol,

   
 

las columnas extendidas

   
 

como catedral rusa con plaza al fondo.

   
 

Viejitos aldeanos con pasos diminutos,

   
 

o tal vez un granjero sonriendo

   
 

entre sandías gigantescas.

   
 

Codiciosos arbustos extienden

   
 

sus miembros a la brisa,

   
 

y tu pelo oliendo a lana dormida,

   
 

con semáforos amarillos hacia la felicidad.

   
 


   
 

 

   
 

                                  a Ch. Mc C. y J. Mc C.

   
 

 

   
 

Y aquella tarde de música,

   
 

colores y palabras,

   
 

preparamos el festín

   
 

y fue el regreso.

   
 

Recorrer los lugares, los sonidos-

   
 

algunas cosas ayer,

   
 

otras ahora-

   
 

y la blancura dentro,

   
 

a pesar del frío.

   
 

Manos grandes, extendidas

   
 

como alfombra diciendo bienvenido,

   
 

mirada rota por almenas,

   
 

el tiempo detenido

   
 

cubriendo todo Gales.

   
 


   
 

 

   
 

                                  In memoriam

   
 

                                  Picasso

   
 

                                  a S. G. S.

   
 

 

   
 

Las Damas de Avignon

   
 

bailan sobre el puente

   
 

en inquebrantable libertad.

   
 

(El arte no es verdad,

   
 

sino mentira que nos hace ver la verdad).

   
 

Formas sin peso, espacio eternizado,

   
 

tus mujeres tan vivas y brillantes

   
 

en sus celestes carnes,

   
 

mientras Dora Maar llora,

   
 

tus damiselas con sus vientres verdes

   
 

hacen así,

   
 

así me gusta a mí.

   
 


   
 


   
 

Empire State,

   
 

ciénaga del tiempo,

   
 

círculo del ponzoñoso eco.

   
 

Rito penitencial

   
 

de tal estirpe.

   
 

Cronología de quien tuvo que morir

   
 

para crearte.

   
 

Nos atrapas,

   
 

despojas

   
 

de bélicas hazañas y eróticos torneos

   
 

y en cambio exhalas

   
 

patriarcas colosales en invisible costumbre,

   
 

mito de centenarias estructuras

   
 

procreando fantasmas.

   
 

 

   
 

 

   
 

Morder

   
 

de las maduras frutas

   
 

de tu mano,

   
 

la perfecta,

   
 

rotunda, la anhelada.

   
 

Explorando

   
 

tu voz amanecida,

   
 

tus gemidos:

   
 

tibios deseos

   
 

despertando, dormidos,

   
 

los corceles antiguos,

   
 

los sedientos.

   
 

 

   
 

 

   
 

Buscar tu brújula,

   
 

ser copa, fruto, receptáculo,

   
 

sonido del amor

   
 

que se reúne en el agua y la tierra.

   
 

Tardías madrugadas

   
 

de tejer tu boca en mi almohada

   
 

(entre la madeja que recuerdo

   
 

y la que olvido).

   
 

Tersa despierto,

   
 

fecunda hélice perenne:

   
 

esta espiral acuática

   
 

que siempre posterga tu llamada.

   
 

Juego de tímpano y sonido

   
 

cargado de humedad y de colinas,

   
 

de lengua de deseo

   
 

o tensa honda.

   
 

Soy la tibia humedad

   
 

que no regresa,

   
 

soy el deseo que callado espera,

   
 

soy la otra que despierta al alba.

   
 

 

   
 

 

   
 

Extiendo la memoria

   
 

hasta tocar tu lengua,

   
 

donde otra boca

   
 

borra ya mi tacto.

   
 

En la soledad

   
 

que cae vertical en esta cama

   
 

espero, en callada humedad,

   
 

esa llamada, que fue

   
 

que no será,

   
 

pero que espero.

   
 

Me arrepiento del olvidado banquete

   
 

de tu cuerpo extendido

   
 

en esa cama blanca

   
 

que quedó intacta

   
 

a pesar del deseo,

   
 

a pesar de la noche,

   
 

del beso,

   
 

de tus manos.

   
 

 

   
 

 

   
 

Más profundo que la roja médula,

   
 

tu nombre grabado.

   
 

El resto, soledad.

   
 

El polvo masticado de los años,

   
 

clave para descifrar la vida,

   
 

oscurece la pupila.

   
 

Y comprenderme

   
 

sólo rompiendo relojes, calendarios.

   
 

Veo tu azulada voz

   
 

mirándome,

   
 

esperando.

   
 


   
 


   
 

Unas manos certeras

   
 

que detienen

   
 

el alocado jinete de mis senos,

   
 

y en las calladas nupcias

   
 

presenciamos tu cuerpo alargándose en el mío.

   
 

Brazaletes y párpados te ciernen,

   
 

quisieran retenerte

   
 

rompiendo noches en gritos y gemidos,

   
 

esperando del alocado néctar,

   
 

la cita diferida del minuto

   
 

para poder, tal vez,

   
 

vencer la muerte.

   
 


   
 

 

   
 

Qué pena que apenas.

   
 

Los salados huecos de tus manos

   
 

tocaron cuello, senos, corazón y alas,

   
 

pero faltaba tanto.

   
 

Cada geografía de abandonada isla

   
 

por descubrir,

   
 

penetrar, marcar el territorio,

   
 

que pudo

   
 

ser tuyo y mío,

   
 

que no fue,

   
 

que apenas.

   
 

Conocer, adivinar tus dientes, labios

   
 

demoradas ternuras

   
 

presentidas.

   
 

La redondez de cada dedo

   
 

hundido en boca melancólica

   
 

y a veces alejada.

   
 

Imaginar apenas

   
 

los murmullos, gemidos,

   
 

el secreto lenguaje del momento

   
 

que no fue,

   
 

que pudo ser.

   
 

Hoy te nombro:

   
 

qué pena,

   
 

apenas.

   
 

 

   
 

 

   
 

Y dame una amarilla siesta

   
 

de nervios encendidos,

   
 

de bocas desatadas,

   
 

de pasión taciturna

   
 

de hambre que despacio...

   
 

Para mí

   
 

ni la noche, y menos la mañana:

   
 

sólo tu isla y mi sediento mar

   
 

citando rompe la tarde.

   
 

La secreta nostalgia de la siesta,

   
 

la complicidad de las palabras

   
 

siempre, a media voz

   
 

cuando avanzan las horas.

   
 

Tus manos y tu boca

   
 

pueden navegar húmedas

   
 

cada oculto rincón sin conocer de prisas.

   
 

Y después las palabras:

   
 

qué tal, cómo te sientes

   
 

¿te acuerdas cuando éramos niños,

   
 

esa tarde?

   
 

 

   
 

 

   
 

¿Cómo atrapar este momento?

   
 

La dulce compañía de tu ausencia

   
 

lánguida se instala en mi pasado

   
 

y a veces se revela en el presente.

   
 

Cómo absorber la esencia del momento

   
 

en la desnuda isla que me aprieta,

   
 

en esta soledad que me acorrala.

   
 

Por momentos, a veces me acostumbro.

   
 

Sola, salgo de mí,

   
 

y a mí regreso

   
 

en multiplicidades de persona.

   
 

No escapo a mi presencia

   
 

en la unidad cerrada del silencio.

   
 

Me absorbo y dulce me enveneno,

   
 

reduciendo palabras, pensamientos,

   
 

a esta hora absurda, dilatada,

   
 

crecida de infinito.

   
 


   
 


   
 

Hoy hablamos.

   
 

No importan las palabras ni los gestos,

   
 

pero sí los espacios de silencio.

   
 

Azorada te escucho,

   
 

extendiendo mis comas y adjetivos,

   
 

acariciándote en puntos suspensivos,

   
 

anudándote, con un punto final

   
 

en cada frase.

   
 

Para que no escapes cuando espero,

   
 

tocando casi

   
 

ese silencio tuyo.

   
 


   
 


   
 

Cada árbol una flauta

   
 

y cada flauta una lanza.

   
 

Cada ruido sinfonía

   
 

y la sinfonía un grito de batalla.

   
 

(Quien quiera comprender

   
 

que comprenda).

   
 

En silencio y sola,

   
 

el bosque se enbandera de luna,

   
 

el corazón humano

   
 

se despoja de temblores y desmesuras.

   
 

En memoria de los malos días

   
 

-estoy segura-

   
 

saldré airosa del Juicio Final:

   
 

me lo han prometido

   
 

los antiguos dioses.

   

 

 

 

 

 

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