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LEÓN CADOGAN


  LEON CADOGAN - EXTRANJERO, CAMPESINO Y CIENTÍFICO - MEMORIAS


LEON CADOGAN - EXTRANJERO, CAMPESINO Y CIENTÍFICO - MEMORIAS

LEON CADOGAN

EXTRANJERO, CAMPESINO Y CIENTÍFICO

MEMORIAS

Fundación “LEON CADOGAN”


Editor:   CENTRO DE ESTUDIOS ANTROPOLÓGICOS DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA (CEADUC)

 

Colección: BIBLIOTECA PARAGUAYA DE ANTROPOLOGÍA – Volumen 9

Asunción – Paraguay

1990 (216 páginas)

 

INDICE

Breve reseña biográfica del autor

Prólogo del Dr. Ramiro Domínguez

Introducción I

Introducción II

Cap.  1. En homenaje a los canguros

Cap.  2. El sueño

Cap.  3. La fiesta

Cap.  4. El lobo

Cap.  5. Vuró

Cap.  6. Atropello a mano armada

Cap.  7. Captura y remisión del reo prófugo

Arandú ka'aty

Cap.  8. Mburiká Petrona (Primera parte)

Cap.  9. Mburiká Petrona (Segunda parte)

Cap. 10. Ña Sinforosa

Cap. 11. Divagaciones hipocráticas

Cap. 12. El gato de ña Isabel

"¿Quién es tu madre, hijo?"

Cap. 13. Raza guaraní I - Che'íro

Cap. 14. Raza guaraní II - La estatua

Cap. 15. Upearãma ña-manda

Cap. 16. Quinta columna

El caballo ruano

Cap. 17. El hijo de Keró

Rueda de presos

Cap. 18. El abogado de Barreto.

Cap. 19. Delito de acción penal privada

Cap. 20. El "Hada Irlandesa"

Cap. 21. Historia del pájaro azul

Cap. 22. Plata yvyguy - guata oka - mbaretépe

Cap. 23. 1 - Estaba escrito

11 - ¿A quemar las naves?

Cap. 24. ¿Leyenda o historia?

I - Diemoré

II - Plata yvyguy


LEON CADOGAN - Tupã kuchuvi veve - nació en Asunción el 29 de julio de 1899, hijo de padres australianos. Falleció en la misma ciudad el 30 de mayo de 1973. Pasó la mayor parte de su vida en la ciudad de Villarrica y en la zona del Guairá. Se dedicó al folklore y a la etnología guaraní por más de cuarenta años. Ha publicado numerosos trabajos en el país y en prestigiosas revistas especializadas del exterior. Una de las frases pronunciadas por él y que mejor resumirían su pensamiento y forma de vivir fue: "NOS DEBEMOS A LA HUMANIDAD".

 

 

EL PRESENTE MATERIAL ES COPIA ÍNTEGRA DEL LIBRO

GENTILEZA DE LA FUNDACIÓN "LEÓN CADOGAN"

 


 

PRÓLOGO

Vi a Cadogan por primera vez (c. 193...) cuando levantaba yo apenas cuatro palmos desde el suelo, y salíamos en tropel de la Escuela Normal de Villa Rica. Unos chicos que me adelantaban soltaron la rechifla al pasar un tahachí -conscripto de Policía-, y éste al darse vuelta no atinó sino a echar mano del único remanente del grupo -los demás habían escapado-; y ese era yo. Sin querer escuchar razones, me arrastró de la manga hasta la Oficina de Guardia de la Delegación. Yo lloraba hasta hipar. Entre las lágrimas, divisé ante mí un tieso oficial, en postura digna de un Leutenant de los SS. (Don León me perdone), que me sonreía con unos ojos que apenas cabían en su perfil aquilino, y ordenó in continenti se me soltara.

Asistí con mis hermanos y mi padre (c. 1943), quien de ese modo quería inducirnos a aceptar los nuevos patrones lingüísticos, aferrados como estábamos al francés -tal vez porque eso era chic- al "Anglo­Paraguayo",un instituto de lengua inglesa costeado por el Gobierno bri­tánico, y donde cubría las cátedras con Mr. Ferrer el propio Cadogan, vuelto ante mi asombro un consumado maestro del idioma.

Escuché a Cadogan por primera vez (c. 1950) destaparse sobre los cantos cosmogónicos de los Mbya-Guaraní del Guairá, en uno de aquellos interminables viajes de ómnibus; y nunca mejor empleado el vocablo que aquí, pues los viajes de Asunción a Villa Rica por entonces integraban una universitas rerum entre las cuales también cabían, medio sofocados, los pasajeros de seis horas por polvorientos caminos. Cadogan se sentó a mi lado, y fue un monólogo-chapuzón con el que me bautizaba -velis nolis- en su cofradía. Hablaba con un entusiasmo que a veces le llevaba a volcar el rostro al resto del pasaje, como pidiendo su asentimiento. Yo estaba por entonces en las antípodas de su propó­sito, entretenido en los yambos de Tíbulo y Horacio.

Conocí a Cadogan (c. 1964-5) cuando llevaba preparando mi tesis sobre Comunicación Rural, y necesitaba echar mano de sus impagables monografías. El, ya muy aquejado de su dolencia, había terminado por consentir en trasladarse hasta Asunción para recibir la atención que el caso exigía. Creo que conservo aún la misiva que con la llave de su biblioteca envió entonces a su señora, quien permanecía en su casa de Ybaroty, Villa Rica. Le ordenaba que pusiera en mis manos todos sus trabajos y monografías éditas e inéditas- para consultarlas como y cuando yo lo juzgara conveniente. Esa su generosidad sin tasas me abrumó siempre, desde entonces; y aún conservo como tesoro varias carpetas de originales -copias, claro está- de Cadogan, que el mismo a una consulta o algún desatino mío me tendía espontáneamente.

Descubrí al auténtico Cadogan mucho después que el tiempo se cerrara sobre sus talones como las puertas de Gilgamesh: leyendo y releyendo su obra, torrencial y dispersa, coherente y contradictoria hasta la náusea, sin que tuviera ya tiempo de arriesgarle los últimos porqué.

Y ahora se me pide que prologue su autobiografía póstuma - ¡menuda tarea!-Presentar al último remanente de los hijos del Trueno en unas cuartillas apretadas. Me parece tener ante mí la carcajada sardónica de mi interlocutor. Pero de cualquier modo, intentemos abordarlo.

Lo que de primer intento descubro en Cadogan es su temperamento agónico-entre Fausto y Quijote-, y su gentil desapego de la crematís­tica, que lo llevó hasta un plano increíble de linyerización; por donde vino a dar de bruces con el otro dolor, de sus hermanos los pobres.

Inasible y proteico, iniciando siempre los oficios más disparatados e inusuales, y exhibiendo siempre una actitud de desprotegido que des­articulaba toda argumentación. Pero incisivo y cáustico en su crítica - mezcla de ironía irlandesa y dejo salvaje del arribeño criollo-.

Arribeño; acaso sea el término que mejor lo defina. Por extraño al uso pueblerino del valle y por venido con pautas de "más arriba". Por inestable y desarraigado como un corazón a la intemperie.

Su temperamento de arribeño lo llevó a abordar los temas que una sociedad pacata y provinciana no se atrevía a vislumbrar. Por arribeño dio de bruces con el pueblo. No la cifra de los demagogos, sino la exacta dimensión humana de los que están abajo y afuera de todas las definiciones y esquemas programáticos.

Temperamento agonista, con la salud minada al extremo de apenas sobrevivir, libra como Quijote desigual batalla con los gigantes y endriagos de su generación: la corrupción, la ignorancia, el poder; oponiéndose a cuerpo gentil a toda esa red de lazos invisibles, pero letales, que crean con mil artilugios y patrañas los ángeles negros del "orden social".

Manteado y molido al final de sus campañas, este consanguíneo de Bernard Shaw sabía ironizar sobre sus propias desdichas.

¡La ironía! ;Qué látigo esgrimido con estilo y nervio en manos de León Cadogan! Tal vez por ello, a quien no le conociera a fondo, podrían despistar ciertos discursos -a manera de charada-que él incluye en su biografía. Tal el caso de sus disquisiciones con la prima lejana a propósito de su noble linaje.

Pero en la ironía hay tonos y maneras. Está la ironía de la rana, que por mucho que se hinche no alcanza a las pezuñas del buey. Está la ironía cruel y sarcástica de quien no sabe amar, y vuelca su hiel en juicios caricaturales de su arbitraria "realidad".

Nada más ajeno al tono emocional de Cadogan: la ironía en él era el reverso de una generosidad sin límites, y de un amor casi panteísta que lo abarcaba todo; incluso a sus víctimas-victimarios.

Amor e ironía son la sístole y diástole de un corazón cansado a veces, pero que nunca deponía las armas cuando había de por medio algún valor justo y noble.

Su ironía tomaba matices festivos cuando aludía a nuestra bucólica holgazanería, incuria o negligencia; o se regocijaba con las mil anécdo­tas de la picaresca criolla. Satirizando otras veces sin piedad contra lo que llamaríamos la vertiente perversa de nuestros instintos atávicos. Y no es casualidad que por ahí más de un atajo lo lleve a los furiosos aforismos de Cecilio Báez.

¿Erró alguna vez Cadogan el blanco, en sus juicios preñados de con - pasión? De seguro que sí, a nivel del dato escueto y objetivo. Pero me atrevería a decir que nunca, a partir de sus íntimas motivaciones y presentimientos. Había un saber, que hoy llamaríamos "vivencial", que le señalaba obstinadamente el norte en todas sus peripecias.

Estoy persuadido de que León Cadogan es el caputNili de nuestra antropología rural. A punto que cabría aventurar con justa propiedad un "antes de León Cadogan" y un "después de León Cadogan". E incluso me atrevería a decir que sus zumos cáusticos son el agua lustral que remueve la pátina de mugre y preconceptos que opacan todas nuestras instituciones, surgiendo a partir de él, con brillo inusitado, entidades hasta entonces destituidas y sin aparente peso específico. Es más, por mucho tiempo toda literatura en Paraguay será por fuerza un diálogo explícito o implícito- con el testimonio cuestionados y fulgurante de sus obras.

¿Qué puede volcar en su autobiografía este Fausto-Quijote? Por cierto que no son para él las tiradas líricas, aunque a veces se le escape por las rendijas un desgarrador acento confidencial. Su tono y el "tempo" sostenido de su discursó son los de las gestas heroicas, y el péndulo emocional oscila entre Robin Hood y el Campeador.

Autodidacta -como todos los genios-confiesa su cándida admira­ción para los dueños del saber académico y del rigor sistemático. Pero fustiga con acrimonia a los "pseudo-intelectuales" de la fauna nativa.

En los escritos de León Cadogan hay un "tiempo axial", a partir del cual conviene rastrear las dos vertientes de sus obras, que se abren frecuentemente en meandros sinuosos cuya orientación no se intuye sino desde aquel divortium aquarum: la publicación, bajo el patrocinio de Egon Schaden, de su Ayvu Rapyta. Antes de esa fecha, es un discurrir moroso entre la anécdota jocosa y el escarceo folklórico, por los cuales -burla burlando- se va descubriendo la vena de su futura visión etnológica.

A partir de Ayvu Rapyta se afirma el pulso del etnógrafo -según él entonces se autodefine-, y desaparecen los excursus para cobrar su estilo una forma lineal; explayándose entre ciertos tópicos que polari­zan su atención: la indefensión del indio y la indefensión del campesino paraguayo, que al fin de cuentas reiteran la misma dialéctica de dependencia ante los grupos de poder.

Este singular ritmo binario, como la técnica de la transposición en música, lo lleva a lo que es más original y, que yo sepa, inédito en Cadogan: aplicar el mismo patrón metodológico para abordar ambos universos, el de las culturas guaraníes aborígenes y el de los grupos humanos del Paraguay rural -vid.: áreas tradicionales o de minifun­dio-.

Por este constante pas-de-deux, siempre que alude al contexto indí­gena, lo enriquece proyectando sobre sus flancos oscuros la luz de su experiencia de campesino entre campesinos. Y siempre que esboza un alegato a favor de los últimos -porque, al fin de cuentas, todos sus escritos no son sino eso-, no los ve sino como proyección actual de un dolor que viene de lejos, y tiene sus raíces en las "epopeyas" de la Conquista.

Más que observación participante, se trata pues de un proceso singular de lectura por "endoscopia" de un texto que él se figura sin solución de continuidad. El campesino es el producto de una degrada­ción y depredación en cuya génesis está el indio frente al amo blanco. El aborigen que sobrevive a todos los sistemas de expoliación es hoy testimonio mudo -o voz soterrada- de las profundas falencias y desmoronamientos del koygua paraguayo.

Hemos discurrido bastante antes de dar a luz estas páginas preñadas de carga testimonial. No dudamos de que esta obra póstuma será como un terremoto que hará sacudirse a más de un difunto desde su sepulcro, y entre los vivos aventará más de una polémica. Pero en algo había consenso unánime: en no remover del texto original ni una letra, por más dislocado o arbitrario que nos pareciera algún tema en el discurso. Es obvio que una personalidad tan madura y señera no admite la mano izquierda del corrector, y ha cobrado en vida bastante proyección y ámbito universales como para que lo dejemos cargar con el peso de sus propias culpas y eventuales errores. Si los hay.

RAMIRO DOMÍNGUEZ


INTRODUCCIÓN

I

Be to my faults a little blind - and to my virtues very hind. (Sea con mis faltas un poco ciego y con mis virtudes muy benévolo). Pues en mi infancia y niñez asimilé el inglés simultáneamente con el guaraní. Algo aprendí de castellano durante los seis meses que asistí a la escuela primaria en Yataity, en 1908 ó 1909, de donde me sacaron mis padres para mandarme a la escuela alemana de Villarrica, en donde aprendí lo poco que sé del alemán. Egresé de la escuela en 1914, poco después de comenzar la Guerra Mundial, siendo mi primer empleo el de ayudante de un señor Leo Ahrendts, propietario de una fábrica de bebidas gaseosas, licores y perfumes. No recuerdo si fue por quiebra del negocio o por incapacidad mía que perdí el empleo, pero enseguida me empleé nuevamente, esta vez como ayudante en la Botica y Droguería Central, fundada en época del célebre Dr. Bottrell, por el Sr. Carlos H. Chase, y regenteada ahora por su hijo, don Luis María Chase. Don Carlos evidentemente había tomado en serio su oficio, pues en la botica tenía la Farmacopea Británica, el Squire's Companion to the Pharmacopea Britannica, el Codex francés y otras obras sobre la, en aquella época, difícil y delicada tarea de preparar las "recetas magistrales" que pres­cribían los galenos. Una vez preparado el "ungüento de soldado" (para matar piojos), el de azufre y alquitrán para la sarna, la tintura de iodo para el bocio y otros mejunjes por el estilo, me sobraba tiempo, y me puse a leer el Codex. Y como entre los libros del finado don Carlos había también una excelente gramática francesa, cuando al cabo de un año y medio o dos abandoné la farmacia para fugarme a Zeballos-cué (el frigorífico) en busca de empleo más remunerador (aprovechando unas vacaciones que mis padres se estaban tomando), sabía algo de francés, además del inglés y guaraní que había absorbido, algo de castellano que había aprendido, y del alemán que me habían enseñado en la escuela.

Con este exordio entro en materia, advirtiendo a quien diere con este apunte que, no se trata de una autobiografía propiamente dicha, sino de una serie de notas que he venido consignando al papel las veces que me faltaba material para garabatear algo sobre etnografía guaraní, el único tema que conozco. Quizás algún día me arme de coraje y escriba mi autobiografía, si es que mis años y mis múltiples achaques así lo permiten, pero lo más probable es que no lo haga. Pues, acostumbrado como estoy, desde que me dedico al estudio del indio, a buscar la verdad, me vería obligado a hablar de cosas desagradables, que afectarían mi “reputación” la de otras personas, y que posiblemente convenga sean olvidadas

A juzgar por ciertas observaciones de mi prima Lillian, ella estaba convencida de que yo me dedicaba a buscar antepasados aristrocráticos. En la carta N° 1 de su legajo, por ejemplo, dice: "It does not look as if there were any Dukes or Earls on either side" (no parece que haya habido ni Duques ni Condes en ninguno de los lados). En otra carta (enumerada, no recuerdo por qué, 27) afirma que: "So far I have not unearthed anything to indicate any title" (hasta ahora no he descubierto nada que indique algún título). Este es un estiletazo completamente inmerecido, pues los datos que le comuniqué se deben al pedido que me formuló en la carta 4/III: “Try and remember anything they (your parents) said about your Grand Parents" (trata de recordar todo lo que ellos -tus padres-hayan dicho acerca de tus abuelos). En respuesta, le comuni­qué la anécdota que mi padre contaba acerca de la rama galesa de la familia Cadogan, acontecimiento ocurrido quién sabe cuántos siglos atrás, y cuya verosimilitud lo refuerza, si no lo corrobora plenamente, el escudo de armas de la familia Cadogan, con inscripción en lengua galesa, hallado en una iglesia de Abergavenny, foto de cuyo escudo se halla ahora en poder de mi hijo Rodger (V. correspondencia de Mrs. Molyneux).

En cuanto a lo que mi madre decía acerca de sus antepasados polacos, si mintió, cabría preguntar: ¿Por qué? Según Lillian, mi abuelo materno fue: a) un minero polaco analfabeto; b) un agricultor (farmer) id., lo cual equivaldría a un siervo de la gleba; y mi abuela materna, una sirvienta irlandesa oriunda de Waterford. En su certificado de matrimonio, mi madre dice que su padre fue un pintor, y si mintió, cabe preguntar nuevamente: ¿Por qué? De que no mintió, para mí constituyen pruebas suficientes: a) La imagen de El "Hada Irlandesa" (ver Capítulo 20) que yo llevaba grabada en la subconciencia durante sesenta y tantos años, y que solamente puede deberse a la obra de un pintor; b) el inglés académico perfecto que hablaba mi madre y el hecho de haber leído los clásicos más célebres: Yo llevo el nombre de pila de Tolstoi; y, mi hermano Bronte, el apellido de la igualmente célebre novelista inglesa Emily Bronte. Aun en países como Australia deben ser contadísimas las hijas de mineros analfabetos y sirvientas también analfabetas que reciben educación e instrucción tan esmeradas como las que recibió mi madre. Lillian y la amiga que la acompañó,* por ejemplo, hablan un inglés que hiere el tímpano de una persona que, como yo, se ha acostumbrado al inglés tal como lo hablaba mi madre y tal como lo hablaban los ingleses y otros anglo-parlantes instruidos-no incluyo en esta categoría al inglés de ciertos universitarios, creo que de Oxford y posiblemente de Cambridge-. A p. 2 de la carta 4/III de Lillian dice: Mary Duggan 20 years, housemaid, R. Catholic, Waterford" (María Duggan 20 años, criada, R. Católica, Waterford). A renglón seguido: "On your mother's birth certi­ficate, Mary Duggan states she came from Clonmel, which is in the county of Tipperary, Ireland. She apparently migrated out as a servant as she is described on one certificate" (en el certificado de nacimiento de tu madre, María Duggan, dice que vino de Clonmel, el cual es un condado de Tipperary, Irlanda. Aparentemente ella emigró como una sirviente tal como se la describe en un certificado). Antes de saber que su apellido es o fue Dargan, como consta en el certificado de matrimonio de mis padres, hablé del asunto con el "Hada Irlandesa", Beatrice Granahan. Ella, sin yo saberlo, mandó publicar un pedido de informe en un periódico, presumiblemente de Clonmel, en respuesta al cual recibí la carta del Sr. Tim Looney, de Cahir, cerca de Clonmel, con informes acerca de las familias Dargan y Duggan y los Green, apellido éste de la madre de mi abuela, o sea, mi bisabuela materna. La carta está fechada Julio 14 de 1968, y yo tengo por costumbre mandarle a Tim Looney una tarjeta de Navidad y Año Nuevo. Este año me manda una hermosa tarjeta irlandesa, en la que dice: "In the New Year I will send you some photos of Moorstown Castle (now in ruins), the original home of the Greenes of Tipperary. It stands four miles from Cahir" (en el Año Nuevo le enviaré algunas fotos del castillo de Moorstown-ahoraen ruinas-, el hogar original de los Greens de Tipperary. Se encuentra a cuatro millas de Cahir). Con los datos proporcionados por este buen caballero, cuando mis hijos Baby y Rodger se retiren de las actividades profesionales, podrán visitar a Clonmel, Cahir, Tipperary y verificar si no fue en este castillo de Moorstown, de County Tipperary, Irlanda, que residían los antepasados maternos de mi bisabuela materna Mary Dargan.

El informe según el cual el General Mad Antonhy Wayne pertenecía a la familia de mi abuela paterna, lo debo también a mi padre. El seguramente lo hubo o de su madre -como primogénito, según Lillian, era el ayudante y confidente de su madre-- o posiblemente de su tía Martha Wayne, de Hitchin, con quien, como queda dicho, se carteaba. Esto es menos inverosímil. Nada tiene de extraño que Lillian ignorara el hecho, pues, si en opinión de ella yo soy un "buscador de antepasados aristocráticos" (opinión que no comparto, dicho sea de paso),'para mí ella es una "buscadora de santos varones" entre nuestros antepasados, como consta en el legajo de su correspondencia que he conservado. Cada cual a su gusto.

A p. 9 del legajo "Lillian..." consta que mi abuelo paterno era Joseph Ephraim Cadogan; generoso, propietario de una agencia de revistas en la que trabajaba the boy (el muchacho) -mi padre-, y periodista. Y a p. 13 del mismo legajo consta que su hijo Frederick cambió su apellido por el de Lockwood, "debido a un altercado que tuvo con su padre referente a un perro". Este tío mío tuvo una hija, Violet, quien me escribía periódicamente acerca de mis hermanos, y de cosas en general, y de quien, dicho sea de paso, acabo de recibir una tarjeta, ya con su apellido de casada. En una de sus cartas (he perdido todas menos una, que aparece en el legajo "Bronte"), me explicó el asunto de cambio de apellido: el abuelo Joseph Ephraim era tan religioso que endilgaba un sermón a sus hijos a la hora del desayuno, otro a la hora del almuerzo, y otro por la noche. Resultado: todos sus hijos varones se volvieron ateos, mientras por el otro lado, las mujeres absorbieron sus enseñanzas y se convirtieron en requete-religiosas, de aquellas furibundas protestantes -a juzgar por Lillian- para quienes el solo nombre de católico es anatema. Personalmente, yo diría que mi abuelo Joseph Ephraim padecía de lo que suele llamarse: "manía religiosa", e igual cosa cabe decir de mi bisabuelo o tatarabuelo John William Wayne, citado por Lillian en la carta enumerada 10 de su legajo.

Esto lo digo basándome en las patrañas contenidas en el cuarto libro de sus sermones que me obsequió en un desesperado esfuerzo para librarme del "tormento eterno" -creo que el buen prelado llegó a escribir seis libros de sermones-, la mayoría incomprensibles para un profano en estas cosas. Como disciplina mental, sin embargo, vale la pena obligarse uno a leer algunos de los sermones, por lo que nos enseñan acerca de la evolución del pensamiento humano. Pero volvien­do al grano, si mis deducciones acerca de los abuelos Joseph Ephraim Cadogan y el bisabuelo Wayne son acertadas, la manía de mi hijo Nené (Dionisio) de predicar el evangelio o las verdades del antiguo testamen­to sería un mal hereditario, si de mal puede diagnosticarse, pues mientras él predica, sus compañeros de secta se encargan de educar a sus hijos y alimentarle a él también. Una ya es enfermera recibida, mientras el hijo mayor está en el último año del bachillerato.

Pero hay un capítulo sombrío en la historia de los Cadogan que me divulgó, en estricta confianza, mi prima Lillian: parece que uno de los hermanos Cadogan, tío mío, se dejó seducir por una católica, y sus hijos no son solamente ilegítimos, sino católicos. Afirma ella haber ayudado a uno de ellos, gravemente enfermo y que murió poco después, quien habría intentado infructuosamente obtener lo que le hubiera correspon­dido de haber sido hijo legítimo, de la herencia dejada por su padre.

En cuanto a la irreligiosidad de mi padre, llegaba a extremos pintorescos: un día un "ministro del evangelio" de no se qué secta llegó, al ponerse el sol, a nuestra casa en Borjita a pedir alojamiento. Mi padre vivía aún, y aunque ciego y anciano, conservaba perfectamente su lucidez mental. El predicador, con la desfachatez que caracteriza a mucha de esta chusma, inmediatamente después de la cena abordó el tema de la "vida eterna", etc. y en su perorata se refirió al libro del Apocalipsis de San Juan. Mi padre le espetó: "When John wrote the Apocalypse, he must have been in the horrors" (para mí que cuando Juan escribió el Apocalipsis, estaba con delirium tremens). Y terminó el ser­món.

 

II

 

En 1959 la Universidad de São Paulo publicó, gracias al catedrático de Antropología de su Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras, el Dr. Egon Schaden, mi Ayvu Rapyta - Textos Míticos de los Mbyá­ Guaraní del Guairá. Ordenados y dactilografiados diez años antes, el entonces Ministro de Defensa Nacional ordenó su publicación por intermedio de la imprenta de esa Secretaría de Estado. Pero había trabajos más importantes, y yo desconocía los "reales" conocimientos de la política; o sea, que para que un organismo oficial haga algo, es requisito sine qua non aceitar los engranajes del complicado --e insa­ciable- mecanismo burocrático. Por lo menos diez viajes me costó recuperar mi manuscrito, y poco después un grupo de amigos radicados en Buenos Aires, encabezado por Herib Campos Cervera, quienes se habían enterado de mi obra, resolvieron encargarse de su publicación. Pero para ello necesitaban del dictamen del pontífice máximo de la etnología argentina, José Imbelloni, y él, después de leer dos páginas de la obra, dictaminó que no podría tratarse sino de una larga serie de patrañas, pues era absurdo poner en boca de salvajes de la edad de piedra conceptos como algunos de los contenidos en Ayvu Rapyta, y mi manuscrito, fruto de años de "sangre, sudor y lágrimas" fue calificado como un crimen de lesa ciencia o algo así. Guardé el manuscrito en un cajón.

Algunos años después Schaden, quien reunía materiales para su Aspectos Fundamentais da Cultura Guarani, visitó el Paraguay. El ya me conocía a través de mis comunicaciones y nos escribíamos a menudo. Le acompañé hasta el poblado de mi amigo Pablo Vera*, quien le proporcionó informes muy interesantes. Al despedirse, me preguntó si no tenía algún material inédito. Saqué del cajón los originales de Ayvu Rapyta, y así fue como, en 1959, llegó a publicarse como texto de la Facultad de Filosofía de la Universidad de São Paulo.

En 1956 transcribí y traduje un largo poema épico religioso de los Guaraní del Amambay, los llamados Paĩ - Tavyterã, poema recogido en cinta magnetofónica por el General Marcial Samaniego y del que se publicó una edición, muy mal mimeografiada, con motivo de un Congre­so de la Lengua Guaraní celebrado en Asunción el año indicado. Para traducir el poema, debía recurrir a indios del Amambay -tarea nada difícil, pues cuando me faltaba un informante, el General mandaba un avión a buscarlo- y en el curso del trabajo, que duró varios meses, debí reunir un maremagnum de datos etnolingüísticos (material que utilicé para un artículo sobre la cultura espiritual de este grupo, que se publicaría en 1962, en la Revista de Antropología, de Schaden). También había tenido oportunidad de visitar a los Chiripá o Avá Guaraní de la zona de Itakyry, pasar una temporada entre ellos y recoger informes muy intéresantes sobre su mitología, religión y culto. Este material se publicó en Asunción, en 1959, en un folleto dedicado al Prof. Dr. Juan Max Boettner, y en el mismo año en la Revista de An­tropología, de São Paulo.

A mediados de agosto de 1959, un grupo de veinte indios Guayakí se presentó a colocarse bajo el amparo de Manuel de Jesús Pereira, en Arroyo Morotí, distrito de Abaí, cerca de San Juan Nepomuceno. Para aquella fecha, yo poseía buenos conocimientos de la lengua y la cultura espiritual de los Mbyá y me había iniciado, también en el estudio de las ramas puras del guaraní que hablan los Paĩ y los Chiripá, y el de sus textos míticos y religiosos. Y me daba cuenta de la tremenda importan­cia que tendría para la ciencia un estudio integral de la cultura guayakí realizado, o por lo menos supervisado y controlado por especialistas en la materia. Enterado de que los Guayakí de Pereira hablaban a la perfección su lengua y conservaban, aparentemente, sus creencias, ritos y costumbres, consulté el caso con la Dra. Branka J. Susnik y el Dr. Schaden, llegando a un acuerdo con ellos para la realización de un estudio en el que participaríamos los tres. El proyecto no pudo realizar­se, primeramente, porque mientras se realizaban los preparativos, los indios volvieron a la selva, según trascendió después, para apoderarse de su jefe y otros miembros de la banda y traerlos, cautivos, al campa­mento de Pereira. Y en segundo lugar, cuando reaparecieron, debido a la imposibilidad de entenderme con la Dra. Susnik.

Sin embargo, cuando reaparecieron los selvícolas, yo ya había recopilado datos de carácter etnolingüístico bastante nutridos de varios informantes guayakí que habían sido capturados y vendidos en la zona de Enramadita por el notorio Pichín López. "Sacados del monte" en edad adolescente, ya después de habérseles perforado ceremonialmente lo: labios y provistos de betá o tembetá-- el adorno labial emblemático de la masculinidad-recordaban los ritos, las costumbres y, más importante aún, la lengua de su gente. Porque sus amos, dos hermanos de apellido Vega, siempre trataban con ellos en guayakí, a fin de evitar que otro interesado se los llevara prometiéndoles mejores condiciones de trabajo, etcétera. Fue así que, cuando los Guayakí de Pereira regresaron, trayendo consigo al jefe rebelde y los miembros de la banda que habían hecho causa común con él, yo estaba en excelentes condiciones pare proseguir mis investigaciones en Arroyo Morotí. Interin, la Dra. Susnik se había instalado en Taba'í, poblado situado en los bordes de la selva del Paraná, en donde estudió guayakí con dos miembros de la misma banda, según pude constatar por los informes de mis informantes de Enramadita, confirmados posteriormente por los árboles genealógicos de varios otros miembros de la banda radicada ahora con Pereira.

En 1960, la Sociedad Científica del Paraguay publicó mis Textos Guayakí del Yñaró, I Parte, mimeografiado, y el Fraseario Guayakí de la Dra. Susnik, pero eran tan enormes las discrepancias, entre mis notas y las ya publicadas por ella en su "Fraseario...... que me di cuenta que sería imposible ningún trabajo en común. ¿Qué hacer? Apenas reunidas las notas para mi Algunos Textos... -aún sin publicar­-recibí una invitación para asistir a las Jornadas de Arqueología y Etnografía a celebrarse aquel año -1960- en Buenos Aires. Nos encontramos con Schaden y consultamos el caso, proponiendo yo a Bórmida, discípulo del ya desaparecido Imbelloni y su sucesor, la realización de un estudio de carácter internacional, en el que participa­rían Paraguay, Argentina y Brasil. Aprobó la idea, y enseguida habló de la necesidad de formular "una hipótesis de trabajo", ¡para el estudio de una cultura totalmente desconocida! Me subió la sangre a la cara pero, mordiéndome los labios, hice una seña a Schaden, quien le explicó en términos científicos, diplomáticos, corteses, pero que no admitían de réplica, lo absurdo y descabellado de tal propuesta. Llegamos, sin embargo, a un acuerdo en principio, pero no se hizo nada, creo que “por falta de fondos" o algo así. (La Prensa, de Buenos Aires, de diciembre 6 de 1960, dice que mi presencia en Buenos Aires: "...aparte de mi participación en las Jornadas, consiste en estudiar la posibilidad de que se realice un estudio integral de la cultura guayaki, que podría hacerse mediante la acción conjunta de la Argentina, Paraguay, Brasil y posiblemente Bolivia").

¿A qué puerta golpear ahora? Se solucionó el problema de manera totalmente inesperada: poco después de realizadas las "Jornadas..." de 1960, se presentó en Villarrica un colega y amigo con quien me había encontrado allá: tenía prometido un aporte muy importante para la realización de trabajos en investigación etnolingüística, y venía a proponerme realizáramos el trabajo en colaboración. Para obtener los fondos, necesitaba -me dijo- de material en que apoyar la solicitud, y le entregué la única copia que me sobraba de un Diccionario Guayakí-Castellano que había preparado; sin recibo, pues era "amigo de confianza".

La Divina Providencia no había dispuesto que el hombre saliera con la suya, ni que yo muriera de un síncope o algo parecido, pues después de una larguísima labor detectivesca en la que colaboraron varios colegas y amigos, pude recuperar mi material, el que doné a un orga­nismo científico argentino, pues ínterin, había obtenido fotocopias del mismo de otro organismo, las que me sirvieron de base para mi Diccionario Guayakí-Castellano, publicado en 1970 por la "Societé des Américanistes" y el "Musée de I'Homme".

Pero el "Problema Guayakí" permanecía sin solucionar; se necesita­ba de una investigación mucho más minuciosa e imparcial, digámoslo de una vez, que las realizadas por la Dra. Susnik y por mí. Escribí a Theo Crevenna, de la Unión Panamericana, y él mandó una circular a varias universidades norteamericanas, con resultado negativo. Pero la copia que mandó a Yale cayó en manos del Prof. Dr. Johannes Rahder, Hall of Graduate Studies, y él me recomendó escribiera a Heine-Geldern, Viena. Mediante él me puse en contacto con Métraux y Lévi-Strauss y se destacó al Paraguay la Misión Clastres-Sebag. Este no tardó en separarse de Clastres, siendo reemplazado por la esposa de Clastres, una mujer sumamente inteligente y dotada de una capacidad asombrosa para asimilar lenguas primitivas. A lo expuesto, cabe agregar que, gracias a la sensibilidad del Embajador de Francia en Asunción, M. Pierre Négrier, el secretario de la embajada, M. Maxence de Colleville obtuvo un importante aporte del "Centre de la Recherche Scientifique" que nos permitió recoger grabaciones y fotografías que, publicadas en TILAS, de la Universidad de Strasbourg, permitieron a Clastres estudiar el guayakí antes de emprender viaje al Paraguay. Y puedo decir, sin exagerar, que cuando llegó sabía casi tanto guayakí como yo.

El 5 de setiembre de 1964, el Embajador francés ofreció un cóctel en mi honor, entregándome simultáneamente un importante aporte "para que pudiera proseguir mis investigaciones". Al agradecerle, entre otras cosas dije: "Deseo expresar mis agradecimientos a Francia-Sentimien­to que compartirá conmigo todo intelectual paraguayo- por haber patrocinado el primer estudio exhaustivo realizado hasta ahora en nuestro país de una parcialidad tupí-guaraní. Y, al agradecerle el honor que se me dispensa y los medios pecuniarios que el `Centro de Investi­gación Científica' me envía para proseguir mis investigaciones, hago votos porque la labor realizada no constituya sino el inicio de una larga y fructífera colaboración entre Francia y Paraguay, así como lo proyec­tara el lamentado Dr. Alfred Métraux. Porque la cultura guayakí no puede estudiarse sino como parte integrante de la cultura tupí-guaraní, y solamente en esta Región Oriental del Paraguay existen tres parcia­lidades muy deficientemente conocidas, los Mbyá, los Chiripá y los Paĩ o Cayguá, sin citar los Guayakí de la zona norte, aún desconocidos. Al reiterar mis agradecimientos, Señor Embajador, deseo entregarle este trabajo Ayvu Rapyta que demostrará a los científicos franceses el valor que tendría un estudio en conjunto de las cuatro parcialidades guaraníes citadas..." En vez de recibir Clastres y su señora "los agrade­cimientos de los intelectuales paraguayos", a él, nueve años después de haber abandonado el país, un... ¡le acusa de ladrón, etc, etc!

 

RESOLUCIÓN CHANTAJE

A p. 196/7 del Suplemento Antropológico, 4,1, 1969, se publicó la Resolución Ministerial N° 145, del 14/III/1969, disponiendo una más estrecha colaboración entre el Centro de Estudios Antropológicos y el Departamento de Asuntos Indígenas, "con el alto objetivo de salvar el tesoro de nuestra cultura aborigen".

Un médico alemán estudia antropología durante un año con el célebre Heinrich Trimborn, y escribe al Presidente del Centro de Estudios Antropológicos. Este añor le recomienda escribir al coordina­dor, y este intelectual le contesta que el Centro de Estudios Antropoló­gicos ha acordado con el Dpto. de Asuntos Indígenas que todo investi­gador extranjero que desea realizar estudios en el Paraguay debe llevar consigo al paraguayo que manifieste tener interés en realizar estudios similares-por cuenta del gringo, naturalmente-; que los estudios que se publiquen-por cuenta del gringo-irán encabezados por el nombre del paraguayo, seguido por el del científico extranjero. He visto ambas cartas. Afortunadamente, el científico alemán tiene amigos en el Para­guay y en vez de venir en calidad de científico, vino en calidad de turista y realizó las investigaciones que tenía proyectadas.

Agrego esta posdata para demostrar que no son solamente los militares quienes combaten a los científicos; los pseudointelectuales y sus cómplices y encubridores no titubean en chuparles las medias a los militares para entorpecer la labor de cualquiera que sea.


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... EN HOMENAJE A LOS CANGUROS

 

Mi hija Milly, licenciada en filosofía, me dijo hace poco que soy un genio. Siendo, como lo es, una devota católica, debo suponer que formuló esta observación con la santa intención de infundirme ánimo, bríos y coraje, pues se habrá percatado de que me hallaba con "luna" o de mal humor. Sea cual fuere su intención, sus palabras me trajeron a la memoria una anécdota que recuerdo haber leído hace muchísimos años, si la memoria no me engaña, acerca de Newton. Cuenta la anécdota aludida que este genio tenía una gata con un hijito, ambos muy mimados, los que, todas las veces que querían salir de la pieza arañaban la puerta, obligándole a Newton a abandonar su trabajo y abrírsela. Para evitarse esta molestia, mandó llamar a un carpintero y le ordenó que practicara en la puerta una abertura para que pudiera salir la gata las veces que quisiera, y al lado de esta abertura, otra más pequeña para que pudiera salir el hijo.

Creo haber dejado entrever mi opinión de que la observación de Milly debería ser analizada detenidamente o, dicho en términos más crudos, aceptada cum grano salis. Pero el hecho innegable es que por lo menos una persona, evidentemente en plena posesión de sus facultades men­tales, ha dicho que soy un genio. Y la anécdota acerca de Newton demuestra que lo que hace y piensa un genio es a veces absurdo, anormal para la gente común y corriente. Pero, ¿cómo demostrar que en algo me asemejo a la estirpe de los genios, en estas mis memorias? Pues, de la manera más sencilla: escribir el capítulo final de mi autobiografía y colocarlo como Capítulo 1 de la misma...

Este Capítulo Ultimo-Primero de mis Notas Autobiográficas se debe a una crónica publicada en el diario La Tribuna, "decano de la prensa nacional", bajo el título de: "Senado - Honor para el Teniente Rojas Silva", en el que, créase o no, se transcribe la polémica producida a raíz del cambio de nombre de Nueva Australia por el de Hugo Stroessner. ¿Un desliz del reportero o del tipógrafo? Nada de ello; todo el mundo sabe que en el Paraguay existe plena libertad de prensa, así lo ha asegurado el gobierno, y en el Paraguay lo que dice el Gobierno es cosa sacrosanta; pero, no hay que abusar de dicha libertad; y La Tribuna, que por algo ha llegado a ser el "decano de la prensa nacional" mientras otros periódicos menos prudentes suelen ser clausurados, destruidos, secuestrados, empastelados, habrá intuido que publicar un suelto, a grandes títulos, bajo el acápite de: "Se cambia el nombre de Nueva Australia por el de Hugo Stroessner" hubiera sido imprudente. Por otro lado, recientemente reorganizado su Directorio -siendo de suponer que con el visto bueno de la Embajada Norteamericana, la CIA, Wall Street, el Departamento de Estado y el Pentágono-era indispen­sable que hiciera referencia al hecho, y lo hizo bajo el título aludido, como consta en el número citado de La Tribuna.

Yo, a igual que la mayoría de los lectores de La Tribuna, no me había enterado del hecho, y hasta hoy lo ignorara de no haber leído mi hija Julia el suelto, llamándole la atención la frase "un eminente científico de fama mundial, León Cadogan".

Antes de proseguir, debo aclarar que, cuando en el Paraguay se desea rendir homenaje a una eminencia, supuesta o real, y en este caso específico a ella y a todos los miembros de su familia, se procede sencillamente a cambiar el nombre de una calle, un pueblo, una colonia, etc., por el de la eminencia -rufián, ladrón, canalla, dirían las malas lenguas a veces- a quien se desea rendir pleitesía. Hay que admitir que, para un país económicamente paupérrimo como lo es el Paraguay, es una manera elegante de solucionar el problema sin molestar a nadie pidiéndole una contribución para un monumento, etc. Pero debo confe­sar que, cuando estoy con spleen (esplín, "luna" o mal humor), me pregunto si no es una característica de los pueblos subdesarrollados moral, mental, espiritual e intelectualmente... O, como lo expresa Cecilio Báez en uno de los capítulos de estas mismas notas, me pregunto si no somos un pueblo cretinizado; pero no me refiero al pueblo, al vulgo, sino a la "flor y nata": la clase dirigente, los políticos, los militares, los pseudointelectuales... Como esta "masacre de los topónimos" es cosa de todos los días y, fuerza es admitirlo, constituye una característica de la "Segunda Reconstrucción", el cambio de nombre de Nueva Australia por el Hugo Stroessner no me hubiera merecido más que algún comentario -formulado, por razones obvias- a mis amigos de absoluta confianza. Pero lo de "El nombre de Nueva Australia ¿tal vez sea en homenaje a -los canguros?", ya era harina de otro costal.

En el Capítulo 4 de estas Notas Autobiográficas titulado El Lobo, se hace referencia al fuego que, durante la revolución de 1904, destru­yó nuestra casa en Las Ovejas, Colonia Nueva Australia. El incendio fue de funestas consecuencias para mis padres: a excepción de una pequeña manada de lecheras y unas carretas con sus correspondientes bueyes, toda su fortuna estaba invertida en mercaderías, las que desaparecie­ron en el incendio. Tras varios años de una vida de gitanos, mudándonos de una casa abandonada a otra-las casas abandonabas abundaban en Nueva Australia- y varios intentos infructuosos de reencontrarse, mis padres se mudaron, hacia 1908, a Yataitv; liquidaron vacas, bueyes y carretas y se dedicaron al comercio. Si la intuición no me engaña, algo tuvo que ver con la mudanza del señor Saunders, quien les habría su­ministrado informes acerca de las posibilidades que ofrecía Yataity. Y fue en Yataity, como consta en el capítulo titulado Divagaciones hipocráticas, que enfermé de anemia parasitaria, siendo curado por mis padres con la receta descubierta por la Misión Gorgas. Como consta en el citado capítulo, es evidente que los médicos paraguayos ignoraban a la sazón la manera de curar la anquilostomiasis, y no es en manera alguna exagerado afirmar que miles de campesinos paraguayos reco­braron la salud, convirtiéndose nuevamente en seres humanos útiles a la sociedad en que vivían, gracias a mis padres. Y si bien es cierto que cobraban el importe de los medicamentos, más unos modestísimos honorarios, cuando murieron no dejaron estancias ni casas en Asunción ni cosas por el estilo: cuando llegaron de Australia eran relativamente ricos; cuando murieron, eran pobres. No solamente pobres, sino enfer­mos, pues mi madre murió de cáncer, y mi padre, diez años después de haber perdido la vista. ¡Y ahora, el Senado Nacional del país en donde habían creído fundar el paraíso terrenal los calificaba a ellos, sus hijos, descendientes y congéneres de canguros!

Es más: como consta en un artículo publicado en uno de los últimos números de la revista Cultura y que lleva la firma de Juan R. Chaves, actual Presidente de la Junta de Gobierno del Partido Colorado, el objetivo del partido fue el de instaurar un régimen socialista democrático en el Paraguay. Y, deseoso de colaborar en la realización de este ideal (¿utopía, locura...?), en 1919 me afilié al partido, el que, como agrupación política, algo me debe. En 1947, durante toda la revolución, mis hijos Dick (Dionisio, Nené) y John (Isidro) empuñaron sus fusiles en defensa del gobierno colorado... Y ahora, todos eramos sindicados como canguros... Permanecer callado sería un acto de cobardía, pero por otro lado, el solo hablar de tales cosas constituía un acto de temeridad: como consta en La Tribuna, uno de los representantes de la oposición que con más vehemencia se opuso al cambio de nombre, fue el liberal radical Laíno. (1) Pues, a pesar de sus supuestos "fueros parlamentarios", debió ser hospitalizado a raíz de la paliza que recibió de la Policía al ser disuelta una reunión de estudiantes en la Universidad Católica como consta en la crónica de La Tribuna titulada "Violencia desatada en reunión de estudiantes..." Traté de reflexionar serenamente; escribí una diatriba tras otra, todas las cuales volví a destruir, optando, por fin, por escribir Nueva Australia en el Paraguay para tranquilidad de mi conciencia, artículo que, gracias a la influencia de un amigo, se publicó en La Tribuna. Un amigo, político de influencia, me recomendó que "fuera la última vez que me dedicara a polemizar"; otro amigo, supues­tamente neutral, me dijo que era "temerario"... No entro en detalles, los que hallará el lector en los periódicos de la época. Pero repetiré que: ... En homenaje a los canguros es el último capítulo de mis Notas Autobiográficas; y por los motivos ya expuestos, aparece como el primero.

(1) El debate al que se hace referencia se produjo en la Cámara de Diputados, del que el citado Laíno es miembro. El y otros parlamentarios, juntamente con algunos hombres de iglesia, fueron apaleados por la Policía durante una reunión realizada en la Universidad Católica para tratar del apresamiento-ilegal y arbitrario según los enemigos del Gobierno-de dos abogados no afiliados al coloradismo. Laíno se había hecho oprobioso por haberse referido a un jardín de infantes o algo por el estilo situado en Eusebio Ayala, ex Barrero Grande, bautizado con el nombre de Presidente Stroessner, a pesar de haber sido inmolados en las cercanías del pueblo, hoy ciudad, unos cuatrocientos niños de doce a catorce años de edad para cubrir la retirada de López, hecho al que se hace referencia en el capítulo DIÉMORÉ. Todo lo relacionado con el apaleamiento, etc., apareció en La Tribuna, setiembre 13 de 1972; nada, por consiguiente tiene de extraño que el imprudente de Laíno -pese a sus supuestos "fueros parlamentarios"- haya tenido que ser hospitalizado.


2

EL SUEÑO

 

Anoche soñé que, hallándome en casa de mi hija Milly, les conté a ella y a su marido Italo el caso de ña Sinforosa. De repente, sin haberme aún puesto de acuerdo con Otto Meister para estafar al viejo Zawluk, me encontraba en un bar situado en el local ocupado por la Zapatería Ayala. El mobiliario consistía en un banco cubierto con una colcha sucia, y un estante vacío. Me senté en el banco al lado de un sujeto de mal talante, rechoncho, aparentemente algo ebrio. Al presentarse el dueño del bar, un hombre trigueño, fornido, y al alcanzarme una copita de caña que yo le había pedido y que él traía de no sé dónde, se asomaron entre las rejas de hierro de una amplia ventana que daba sobre la calle de la Intenden­cia Municipal las caras de Italo y de Milly, y me rogaron terminara la historia de ña Sinforosa. Inmediatamente pedí al dueño del bar que me cambiara la copa de caña por otra de fernet -y me desperté-.

El que yo intente interpretar este sueño -u otro cualquiera-­constituiría una temeridad, pues lo único que sé de psicoanálisis y disciplinas afines, es que fueron inventados por un tal Freud. Debo definirme, de paso, como un sujeto desajustado, inadaptado y quizás inadaptable. Además, si yo supiera algo de psicoanálisis indudablemen­te percibiría el sentido y la belleza que deben de constituir la esencia de la poesía, el arte y la música contemporáneas. Pero hace tiempo que no me atrevo a leer una poesía, porque ciertos "poemas" que he leído, tanto en inglés como en castellano, se me asemejaban al balbuceo incoherente de los cretinos. Tampoco puedo captar, por más que me esfuerce, el mensaje que para la humanidad contienen algunos cuadros y escultu­ras que reproducen los periódicos, antojándoseme que un simio podría producir algo igual; y en cuanto a mucha música que se oye debo confesar que, si fuera dictador, haría flagelar a los compositores.

Esta mi inadaptabilidad comenzaba a preocuparme seriamente: algunos poemas que he leído, cuadros que he visto reproducidos y música que he escuchado, me producen aquella desagradable sensación. que se experimenta al ver a una criatura o un cretino embadurnarse con su propio excremento. ¿No serían el grito angustioso de seres desequilibrados que, perdido ya el sentido de la belleza, carecerían ya de fe y de ideales? Sin embargo, estos poemas, estos cuadros y esta música atraen a multitudes, arrancándoles aplausos, obligándome ello a preguntarme seriamente si la animadversión que me inspiran, que yo atribuía a mi falta de conocimiento del psicoanálisis, no sería de origen patológico, síntoma de prematura senilidad, reblandecimiento cerebral o algo por el estilo. Porque es cosa archisabida que, para el loco, el único cuerdo es él. ¿Sería yo, acaso el anormal, y normales aquellos que se embelesan ante lo que para mí son engendros de mentes torturadas? O sea, ¿era yo el que necesitaba ser psicoanalizado, y no los artistas modernos, sus cuadros, sus poemas, su música y sus admiradores?

Esta aprehensión probablemente hubiera adquirido proporciones patológicas, convirtiéndose en obsesión, pero afortunadamente, algo hizo por neutralizarla un lote de revistas que se me trajo con motivo de mi último ataque de gripe. En una de ellas el célebre violoncelista Casals, al referirse a cierta música moderna, afirma categóricamente que es depravada, degenerada; en otra, un crítico japonés observa atentamente un cuadro en una exposición de arte moderno norteame­ricano y, muy cortés y diplomáticamente, se lamenta de que su falta de preparación le impida captar su mensaje (agrega la revista que el cuadro había sido colgado al revés, ;probablemente porque carecía de pies y cabeza!) Y la revista Kristall, de Hamburgo, iba más lejos aún: en un artículo titulado "Kunst oder Quatsch" (¿Arte o disparate?) en el que fustiga sin misericordia a quienes, por ser duchos en el arte de ensartar incoherencias, se les adjudica el título de poetas y literatos; se mofa de los pueriles embadurnadores de lienzos, y también de quienes, boquiabiertos, ensalzan sus adefesios y a otros que pagan sumas elevadas por adquirirlos; siendo más acerba aún su manera de vapulear a los creadores de cierta música moderna.

Y tras esta disgresión, necesaria a mi parecer por demostrar que mi opinión sobre ciertas cosas, por disparatada que fuere, concuerda con la de Pablo Casals, la de un erudito artista japonés y la de la revista hamburguesa Kristall, vuelvo a mi sueño, cuya interpretación me parece ser la siguiente: Tanto Milly como sus hermanos me han dado a entender, mediante preguntas veladas e insinuaciones más o menos hábiles, que querrían saber algo de mi pasado, mis andanzas, mi árbol genealógico, temas acerca de los cuales muy poco he hablado con ellos... En mi sueño, yo había comenzado a referirles el caso de ña Sinforosa y el viejo Zawluk, historia que habría dejado sin terminar debido a mi obsesión que también, debo confesarlo, ha sido causa de que mis hijos hayan carecido de las más elementales comodidades, mientras los hijos de pelagatos analfabetos disfrutaban de todo lo que puede adquirirse con el dinero. Mi obsesión por la etnografía estaba simbolizada en mi sueño por el bar y la copita de caña. El bar estaba ubicado en la Zapatería Ayala, y Ayala es agente de la revista Nandé, la que hace poco publicó una reseña de mis trabajos, firmada por Justo Pastor Benítez. Yo no sabía que Ayala vendía esta revista, siendo Milly la que me lo había contado, unos días antes de mi sueño y que, siendo él agente, había prometido obtener un ejemplar por habérsele agotado el lote que había recibido. La caña, símbolo de mi obsesión por la etnografía guaraní, como también del trabajo periodístico referente a ella de Justo Pastor Benítez, la trae el dueño del bar de un lugar desconocido, porque el sujeto trigueño que trajo la caña era en realidad Ayala, y si tenía otra cara y si su zapatería se había trocado en bar -carente de botellas, de vasos, u otros adminículos correspondientes a un bar- ello se debía al hecho de que yo no buscaba zapatos: lo que buscaba era la revista Nandé con el artículo de Justo Pastor Benítez, tal como Ayala se lo había prometido a Milly. ¿Y quién buscaría revista en una zapatería? Y si, cuando llegan Milly e Italo pido me cambie la caña por fernet, es porque me doy cuenta de que a mis hijos no les interesa la etnografía guaraní simbolizada por la caña, pues me piden la historia de ña Sinforosa, un episodio de mi vida.

La caña, así como la etnografía de la que evidentemente es un sím­bolo, son cosas genuinamente paraguayas; el fernet que la sustituirá, aunque se expenda en un bar guaireño -¡bar que a la vez es zapate­ría!-es de origen extranjero, como extranjera es la sangre que corre por mis venas. El beodo desaliñado a cuyo lado me siento representa a la in­mensa mayoría de la humanidad que, sumida en las preocupaciones inherentes a la lucha por la vida, carecen de tiempo para dedicar a la etnografía ni -fuerza es admitirlo- a actividad alguna que no pueda trasmutarse en dinero contante y sonante. El beodo es gordo, pues al burgués generalmente se le pinta panzudo, y la suciedad que aparece en el cuadro simboliza el desprecio que a muchos les inspiran aquellos cuyo único ideal consiste en satisfacer los placeres materiales de una vida acomodada. Desprecio absurdo, ilógico, pues debe reconocerse que la vida hoy en día no se concibe sin coche, heladera, teléfono, televisión, etcétera, cosas que no se adquieren -en un país subdesarrollado­recopilando mitos o filosofando.

Desprecio anticristiano, iba a decir, pero a tiempo me vino a la memo­ria aquello de Marta y María, lo cual me indujo a consultar nuevamente la biografía de cierto hombre que, a semejanza del griego del tonel, carecía de una choza en la cual albergarse, biografía en la que puede leerse: " ...entró en una aldea, y una mujer llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta, que andaba muy afanada en los múltiples quehaceres del servicio, vino a decirle: Señor, ¿no se te da nada que mi hermana me haya dejado servir sola? El Señor le respondió: ¡Marta, Marta! Tú te afanas y te agitas por muchas cosas. Una sola es necesaria. María eligió la buena parte, que no le será quitada". Pero me doy cuenta de que, inconscientemente o subconscien­temente -¿por qué no habré leído a Freud y Jung?-, ando buscando argumentos ad probandum; y la etnología, por más "espiritual" que sea, no debe compararse con aquello que María buscaba.

Y pondré fin a este ya largo prólogo asegurando a quienquiera me estuviere leyendo, que lo del sueño es verídico en todos sus detalles. Probablemente habrá quien afirme que refleja egolatría; también habrá quien rechace mi interpretación; en ninguno de los dos casos estoy en condiciones de discutir ya que, como he dicho, ignoro el abecé del psicoanálisis. En cuanto a lo demás, es verídico, pues, he aprendido a dominar la fantasía, y no poco trabajo me ha costado; sé también, por experiencia, lo peligroso que puede volverse el investigador que no logra dominarla. Si he resuelto anotar algunos de los episodios en los que he actuado o que he presenciado en mi paso por la vida, ello se debe exclusivamente a la curiosidad que vi reflejada en las caras de Italo y de Milly al asomarse a la ventana del bar-zapatería, curiosidad que trataré de satisfacer, en parte, con estos apuntes.


 

3

LA FIESTA

 

Nací en Asunción, sin poder precisar la fecha, porque mis padres, además de ser australianos y medianamente cultos -mi padre era maestro normal (aunque nunca había ejercido) y mi madre periodista ­eran también libre-pensadores. ¡Qué galimatías! ¿Arteroesclerosis?, dirán; y para que no me acusen de disparatero diré que, teniendo yo cuatro o cinco años, y siendo un día 29 de julio, hubo en casa una fiesta, con tortas, té y juegos. Asistieron Enrique Gorman y unos cuantos Kennedy. Recuerdo que, por morderle a uno de los Kennedy en la oreja, él se me prendió del pene, y se armó un bochinche descomunal, debiendo intervenir los mayores e imponer el cese de hostilidades. Hubo también música, habiéndose invitado para el efecto al Sr. Whitehorne, el que pasó el día al piano ejecutando una vieja melodía tras otra. Mis padres, los Gorman y los Kennedy deben haber experimentado cierta nostalgia, pues recuerdo que unos quince años después de la fiesta objeto de este capítulo, el escuchar una polka de las nuestras en Buenos Aires bastó para que tomara pasaje de regreso al Paraguay.

Hubo quienes decían que el Sr. Whitehorne era de los llamados remittance men, hombres que recibían periódicamente remesas de dine­ro: remittance, a condición de mantenerse alejados de Inglaterra. De familia bien o quizás aristocrática, habría sido culpable de algún desliz que el círculo social al que pertenecía no toleraba, y habiéndosele obligado a emigrar, había optado por venir al Paraguay, indudablemen­te debido a los comentarios que en aquella época se tejían alrededor de la nueva Utopía o paraíso terrenal que acababa de fundar un puñado de ilusos provenientes en su mayoría de Australia. El Sr. Whitehorne murió en la Colonia Nueva Australia ya después de la fiesta objeto de estas cuartillas, probablemente vencido por el alcohol y la nostalgia.

Pues bien, la susodicha fiesta, según me decían mis padres, se celebraba con motivo de mi cumpleaños, el 29 de julio, y en años posteriores recuerdo que alguna que otra vez, en la misma fecha y con ­el mismo motivo, se comía pollo -mi condición de etnógrafo me obliga a destacar que generalmente se trataba de alguna gallina "jubilada” por haber dejado ya de poner huevos debido a la edad, o algún gallo decrépito, desplazado por un rival más joven-. También solía haber tortas y pasteles y, alguna que otra vez, algún invitado. Es de imaginar­se, por tanto, la sorpresa que me produjo cuando, muchos años después, al recurrir al Registro General de las Personas en busca de mi certifi­cado de nacimiento, me extendieron un certificado en el cual consta haber yo nacido, no el 29 de julio, sino el 29 de agosto. Posiblemente mi padre, para evitar alguna multa o presintiendo una reprimenda, haya consignado como fecha de mi nacimiento el 29 de agosto, cuando en realidad habría yo nacido un mes antes; también puede pensarse en la posibilidad de que el empleado se haya equivocado. Son suposiciones; la verdad se llegará a saber-si es que algún día se dilucida el apasionante problema-únicamente mediante una metódica y meticulosa labor de investigación, labor para la cual el Paraguay cuenta con intelectuales de sobra. ¿Acaso uno de nuestros grandes poetas sociólogos, a la vez historiador nacional, no inventó, de llapa, el movimiento continuo? Tal es la fama de que goza y el aprecio en que se le tiene, que muchas firmas de la plaza, con solo verlo aproximarse, preparan una suma determina­da con que obsequiarle.

Naturalmente, no faltan las malas lenguas que atribuyen estas donaciones al temor que inspira el poeta-historiador por las funciones que desempeña en las altas esferas políticas. Son patrañas, diatribas envenenadas de la oposición. Otro genial historiador ha demostrado sobre la base de confidencias que le hicieron el General Caballero y otras personas, que todo lo escrito sobre las supuestas atrocidades del Maris­cal López no son más que burdas intrigas de enemigos declarados del Paraguay. Y no abrigo la menor duda de que en un país que produzca mentes tan preclaras como las citadas, habrá quien se dedique a aclarar el problema de la fecha de mi nacimiento, evitando que se convierta en uno de los tantos misterios que apasionan a la humanidad. Indudable­mente, correrán mares de tinta y se gastarán toneladas de papel en la empresa, pero convencido estoy de que algún día se dilucidará el problema, digno como es, del ingenio de nuestros intelectuales.

Si hablé de librepensadores, no se piense que lo hice sin otro propósito que el de informar a mis hijos acerca de la religión, o la falta de religión de sus abuelos: si mis padres, en vez de librepensadores con cierto barniz de cultura, hubieran sido campesinos católicos, el enigma de la fecha de mi nacimiento sería de facilísima solución. Pues sabido es que nuestro hombre del agro, al nacérsele un hijo, consulta -mejor dicho, recurre a quien sepa leer para consultar- al Almanaque de Bristol; a fin de asegurar que a su vástago se coloque bajo el amparo del santo que legítimamente le corresponde, y no otro. Supongamos que sea varón, y que haya nacido el día de Santa Matilde, pues Matilde se llamará. Lo sé porque uno de mis mejores mineros se llamaba Matilde, y quien lo dude averigüe entre los de mi edad de la Compañía Costa de Caaguazú. Conozco también a una respetable matrona de Borjita o Colonia Nata­licio Talavera llamada Zacarías; he robado piñas de la huerta de ña Rosaria, cuyo nombre se feminizó por tratarse de una mujer; y en un CuruzúAra o Día de la Cruz, recuerdo haberme saciado de chipá y otras golosinas en casa de don José de la Cruz de Tebicuary, Costa Yataity.

Lo dicho basta para demostrar que, de haber mis padres sido campesinos católicos y no socialistas australianos agnósticos, el miste­rio que rodea la fecha de mi nacimiento se aclararía con sólo echar un vistazo al Almanaque de Bristol. Obra "literaria" que probablemente hasta hoy sea la más leída y consultada en el Paraguay. Pues si bien posiblemente haya dejado de mentar las admirables virtudes terapéu­ticas de las Píldoras del Dr. Ross; la Zarzaparrilla de Bristol, que curaba desde la lúes hereditaria hasta el reumatismo crónico y agudo; ciertas pastillas que expulsaban los parásitos intestinales desde el tamaño de una anguila hasta los microscópicos sevo'í tatĩ; el "Vigorón" que rejuve­necía al hombre quitándole por lo menos veinte años de encima; el fabuloso "Amargo Sulfuroso" que, al estimular el apetito, actuaba también como diurético, limpiaba la sangre y purificaba el organismo de todas las substancias nocivas que en el transcurso de los años se habían acumulado en él. Sin hablar de la deliciosa "Agua de Florida", muy utilizada por nuestra gente para combatir los "ataques" a que eran y siguen siendo propensas algunas damiselas al llegar a cierta edad; y que a la vez era un "santo remedio" en ciertos casos de epilepsia. Como dije -o debí haber dicho-de estas cosas ya no habla el célebre Almanaque, pero sigue trayendo una lista de todos los santos del calendario, motivo al cual debe su popularidad.

En cuanto a mi árbol genealógico nunca lo he visto, pues mis padres, socialistas, no atribuían la menor importancia a tales cosas. Pero, basándome en confidencias esporádicas que me hacían, confirmadas y ampliadas por una prima muy devota a quien le inspira gran respeto la aristocracia y el Establishment inglés, sé decir que por nuestras venas corre sangre azul. Los Cadogan pertenecen a la rancia aristocracia inglesa, y mi padre contaba que originariamente la familia vivía en Londres, en donde hasta hoy existe el Cadogan Square. Según él, eran tres hermanos, y habiéndosele exigido a uno de ellos, el que sería nuestro antepasado, el pago de una gabela o impuesto que él considera­ba improcedente, prendió fuego a su casa, vendió su mujer, con quien no se llevaba muy bien, y se marchó al país de Gales, en donde se dedicó a vivir de la rapiña, como todo buen aristócrata.

Fue descendiente suyo el que emigraría después a Australia a fundar la rama australiana de nuestra familia. Emigró, digo, porque no consta que fuera deportado por indeseable como lo fueron muchos de los primeros habitantes de aquel continente. Hace algunos años, a raíz de un incidente poco común al que tendré ocasión de referirme nuevamen­te más adelante, se me antojó realizar averiguaciones acerca de nues­tros antepasados, y di con el blasón o escudo de la familia Cadogan en una aldea galesa, fotografía del cual pude obtener gracias a la amabi­lidad de una dama vecina del lugar. Mi abuela paterna fue de apellido Wayne, oriunda de Hitchin, Inglaterra, y recordando que mi padre se había referido jocosamente, alguna vez, a Mad Anthony Wayne --El Loco Antonio Wayne- me impuse la tarea de averiguar a qué se debía ese apodo, posiblemente debido a un temor subconsciente de que se tratara de una forma de demencia transmisible de generación a gene­ración. Durante mucho tiempo mis esfuerzos fueron vanos, y el temor de que el tal Wayne hubiera sido un loco de verdad, víctima de alguna forma de anormalidad mental que no tardaría, quizás, en comenzar a hacer estragos en mi organismo y el de mi numerosa descendencia, comenzó a adquirir las proporciones de una obsesión, cuando un buen día, hojeando The Encyclopaedia Britannica, se me antojó buscar el apellido Wayne. Pueden imaginarse la sorpresa y la alegría que me deparó el leer que nuestro antepasado había sido uno de los hombres de confianza de George Washington, y que debía el apodo de Loco al hecho de haber encabezado el asalto a Stony Point, una fortificación inglesa considerada inexpugnable, durante la Guerra de Independencia, y otras hazañas por el estilo. Que sus hazañas habían sido motivo de dos biografías, y que un distrito de los Estados Unidos llevaba el nombre de Waynesburgh en homenaje suyo.

De mi abuelo materno, lo único que pude sacar en limpio es que, según mi madre, su abuelo pertenecía a la aristocracia polaca, que se jugó el todo por el todo al invadir a Rusia Napoleón, esperando con la victoria de él librar a su patria del yugo moscovita. Sabido es que Napoléon fracasó, y nuestros antepasados polacos emigraron, con lo que llevaban encima, para salvar el pellejo. Mi abuelo llegó a Australia, cambió de apellido, y en su partida de matrimonio, copia de la cual obtuve de Australia, figura como "Joseph Stone, polaco, de profesión pintor". Dato este sobre el que volveré en el capítulo dedicado al "incidente poco común" al que ya se ha hecho referencia.

De mi abuela sé decir que fue irlandesa, que se llamaba Mary Dar­gan, que el apellido de su madre fue Green, y que era oriunda de Clonmel, del condado de Tipperary. Es de suponer que también haya sido de rancio abolengo, porque es difícil dar con un irlandés que no sea descendiente de reyes; pero sobre este punto no obtuve informes fehacientes, pese a la colaboración gratuita, dicho sea de paso, de un periódico de aquella localidad, y de la generosidad de un caballero, quien se impuso la tarea de revisar los registros locales en busca de informes. En el caso de mi abuela materna, ella o sus padres habían logrado reunir lo necesario para emigrar a Australia, pues llegué a saber el nombre del barco en que viajó, y fecha en que zarpó. De otros connacionales suyos, católicos como ella, y que no estaban en condicio­nes de abonar el importe del pasaje a Australia u otro lugar como Norte América y que se morían de hambre en Irlanda, se cuenta que solucio­naban el problema robando unas zanahorias o nabos de la huerta del pastor protestante -a quienes ellos debían mantener con sus impues­tos- gracias a cuyo hurto eran deportados a Australia por ladrones. Pero ¡guay! del que robaba el chancho del pastor: esto constituía un crimen que se castigaba con la horca o con largos años de trabajos forzados.

Siendo irlandesa mi abuela, conviene tenerse presente que en donde haya bochinche, camorra, guerra o revolución, en tales acontecimientos indefectiblemente tienen que intervenir irlandeses, generalmente en el bando de los revolucionarios. Pero en el caso particular de mi abuela materna, ninguno de los datos que logré reunir hace presumir que poseía la pasta de una Juana de Arco o una Boadicea, a pesar de ser su hija, mi madre, una revolucionaria activista en el sentido más amplio de la palabra. Puede presumirse, por consiguiente, que mi abuela Mary Dargan, aunque oriunda de Clonmel, Tipperary, de la verde isla de Erin en donde San Patricio en persona plantó la primera mata de trébol para que sirviera de emblema nacional a Irlanda, fuera una persona sensata, al igual que Sancho Panza y Marta, la del Evangelio. Quizás sea cierto que Marta y Sancho sean las únicas personas sensatas y del todo cuerdas que se hayan inmortalizado y esto, por así decirlo, de reflejo. Pero, ¿qué sería de la humanidad sin ellos? Y si mi abuela materna, como lo inducen a creer las investigaciones, ha pertenecido a esta estirpe, es decir, a la de Marta y de Sancho, hago votos porque mis hijos hayan heredado una pizca de su sentido común. Pues sospecho que si he llegado a la decrepitud sin tener, como vulgarmente se dice, "en donde caerme muerto", ello se debe a los genes heredados de un inglés que prendió fuego a su casa y emigró por negarse a pagar un tributo que consideraba injusto; de otro inglés y de un polaco que no titubearon en arriesgar vidas y fortunas en defensa de lo que para la inmensa mayoría de la humanidad es una palabra sin sentido, y para otros un pueril fetiche: la libertad.

 

Postdata

Hallándome en Buenos Aires, un carterista me despojó de mis documentos personales, creyendo seguramente el pobre diablo que se trataba de dinero contante y sonante. Recurrí al consulado paraguayo a solicitar duplicados, pero tan largos y engorrosos hubieran resultado los trámites que opté por recurrir al Cónsul Británico, pues sabía que mi padre me había inscripto en el Consulado de Asunción, así como a mis demás hermanos. El Cónsul se comunicó con su colega en Asunción y a los pocos días era yo el poseedor de un hermoso documento en el que se pedía a todo el mundo tomara nota de que el leal súbdito de Su Real Majestad Británica, nacido en Asunción, Paraguay, el 29 de julio de 1899, viajaba al Brasil, etcétera. No pudo constar que viajaba al Paraguay, pues era a la vez súbdito paraguayo. Este hermoso documen­to, que lastimosamente dejé que destruyeran los chicos y los bichos, era el único documento personal que poseía, pues cuando se decretó la obligatoriedad de votar y me vi obligado a hacerme de Libreta de Em­padronamiento, me inscribí como inglés, como consta en el legajo correspondiente. En el certificado de nacimiento que me expidieron pos­teriormente en el Registro General de las Personas, que forma parte del mismo legajo, consta que nací el 29 de agosto; cuando solicité el duplicado de mi Libreta de Enrolamiento, que también va adjunta, evidentemente bastó mi palabra de que había nacido el 29 de julio, pues así figura en dicho documento, que también se acompaña.


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EL LOBO

 

La fiesta de cumpleaños a la que se ha hecho referencia, se celebró en nuestra casa de Las Ovejas, Colonia Nueva Australia, en donde vivimos hasta que fuera destruida por el fuego en las postrimerías de la revolución de 1904. Los recuerdos más vívidos que conservo de Las Ovejas, además de algunos pocos que seguramente me vendrán a la memoria mientras vaya tomando cuerpo esta veraz historia, son: el triste susurro de la brisa entre las ramas de dos altísimos pinos que se erguían cerca de una casa abandonada situada a unos quinientos metros de la nuestra, sobre el camino a la casa de los Jacobson; el bosque de enormes eucaliptos que rodeaba un manantial distante un kilómetro de nuestra casa, en dirección opuesta, sobre el camino que conducía a la casa de los Kennedy; y las níveas flores de un arbusto de ñanduapysá que crecía al borde mismo del bosque. Y si cierro los ojos escucho aún nítidamente, si es la hora del crepúsculo, el lúgubre lamento de los karáu en el manantial de los eucaliptos; y en un día soleado de prima­vera, el canto de los corochiré o "zorzales" y decenas de otros pajaritos; mientras entre el espartillar que tapizaba la loma que se extendía desde el manantial de los eucaliptos hasta la casa de los Kennedy, escucho perfectamente el reclamo de las martinetas que llamaban, seguramen­te, a sus parejas. También conservo unos cuadros indelebles de la revolución; uno del buey Paloma; y grabada en la memoria, como si se tratara de algo ocurrido ayer, la aventura del lobo. Pero entremos en materia.

Mi padre poseía un convoy de carretas con el que llevaba provisiones de boca o "bastimentos", además de otras mercaderías, a los yerbales, regresando con cargas de yerba que vendía en Ajos (hoy Coronel Oviedo), San José y Caballero. Encargado del convoy era mi hermano mayor Enrique, cuyo brazo derecho era Agüero. Para mí que mi padre se dedicaba a estos negocios porque la sangre de aventurero que había heredado -a pesar de ser maestro normal, recorrió Australia en calidad de cocinero de las cuadrillas de trasquiladores de ovejas- le hacía imposible llevar una vida sedentaria. Además, bebía y aprovechaba sus viajes para satisfacer su vicio, a pesar de perjudicarle grandemente el alcohol por no tolerarlo su organismo. En uno de estos viajes enfermó de gravedad a raíz de una borrachera; mi madre depositó a nosotros, los chicos, en casa de los vecinos más cercanos, los Gorman, y ella empren­dió viaje en busca de su marido. La casa quedó a cargo de Agüero, y poco después nos despertaron una madrugada los gritos desaforados de éste, quien pedía socorro; nuestra casa de Las Ovejas desaparecía en una inmensa llamarada. El hecho me impresionó profundamente.

Pocos meses antes mis padres me habían traído de regalo, de Asunción, un sombrero nuevo, de los llamados "pajilla", de alas tiesas, muy en boga hasta bien entrado el siglo. Era el único ejemplar existente en toda la Colonia, ¡y ahora me quedaba yo sin sombrero! Pero, como diría en semejante trance el escudero del inmortal manchego, "no hay mal que por bien no venga", o el inglés, most clouds have a silver lining (la mayoría de las nubes tiene los bordes plateados). También se quemó nuestro piano, que para mí era un instrumento de tortura. Pues periódicamente venía Mr. Whitehorne, el músico de la fiesta de cum­pleaños; se me obligaba a lavarme las manos, a veces hasta tomarme un baño, a sentarme al piano, ¡y a teclear! Y con Mr. Whitehorne, egresado de una de las mejores public schools o colegios privados frecuentados ex­clusivamente por la flor y nata de la sociedad anglosajona, no se gasta­ban bromas. Tan es así que, cuando mi sombrero desapareció entre las llamas juntamente con mi archienemigo el piano, ya sabía teclear una ronda, canto o canción que Mr. Whitehorne tarareaba, titulada "Nelly Bly".

Bly

Nelly

caught        fly

              a

it              a

tied    te       string

(Nelly Bly cazó una mosca y la ató a una cuerda); y si consigno las palabras al papel en una forma que a algunos les parecerá estrafalaria, es para dar una idea de la tonada o melodía. Pues no fue sino doce a catorce años después que aprendí a distinguir entre Re Menor y Sol Mayor a fin de poder tomar parte en alguna que otra musiqueada.

 

En cuanto a Paloma, era un toro-guéi (toro buey, o buey sin castrar), y hallándose un día Enrique ocupado en alistar una carreta para acarrear no recuerdo qué, me acerqué en el momento en que tomaba a Paloma para uncirlo al yugo. Me alcanzó la coyunda, diciéndome la sujetara mientras él iba a traer otro buey que pacía a unos metros de distancia. Hice un nudo corredizo y, al colocármelo por la garganta, bramó un rival de Paloma; éste le contestó y se dirigió a toda carrera hacia el que le desafiaba, arrastrándome tras él. Sino me desnuqué, ello se debe exclusivamente al hecho de que estaba predestinado a matar el tiempo escribiendo estas Notas Autobiográficas y a presenciar, entre otras cosas, algunas revoluciones más. Hasta hoy se me antoja sentir en la boca el sabor de la orina que me administró Agüero antes de que mis padres intervinieran.

Un día en que íbamos con Agüero en busca de las lecheras, vimos una larga fila de campesinos que se dirigían hacia la selva, las mujeres con sendos atados sobre las cabezas, y muchas con un niño de pecho en brazos y otro más grandecito a horcajadas sobre la cadera o siguiéndola: las tropas les habían incendiado las casas por haberlas abandonado. Otro éxodo similar que presencié se debió a que la familia, atrevida, no había abandonado el hogar al acercarse las tropas. Un día llamé la atención a Agüero a una columna de humo que se elevaba al cielo a orillas del monte donde vivían los Alvarenga. Mataron a Pa'í Tikú y le quemaron la casa, contestó en voz muy baja mi compañero. ¿Por qué? Porque era liberal.

Quizás un mes después, otra columna de humo se veía en las cercanías de la casa de los Robson; esta vez, según mi mentor, le habían quemado la casa a Pa'í Fulano porque era colorado. "Pero la vez pasada me dijiste...", interpuse. "Sí -respondió Agüero- pero es que ahora mandan los liberales", y mirándome con una solemnidad inusitada en él, me ordenó que en adelante no hablara con nadie, pero con nadie en absoluto: avavete ndive, de tales cosas.

Algunos años después durante la "revolución" de 1911-1912, desde un escondite en Isla Guazú, miré pasar rumbo a Villarrica una fila de cincuenta y tres campesinos maniatados y unidos entre sí por sogas: eran "voluntarios" procedentes de Ajos y sus alrededores que iban a engrosar las filas del ejército de Albino Jara, cuyo cuartel general se hallaba instalado en Villarrica. (Creo que todavía no habían cedido a la manía de cambiar el nombre de la ciudad). Aquella noche pernoctaron en Yataity, encerrados los "voluntarios" en la escuela o la guardia, nombre en aquella época de las comisarías, mientras el jefe de la comisión, el célebre Cardozo'í, violaba a una chica de buena familia, de apellido Alvarez; y sus colaboradores saqueaban el pueblo. De esta revolución libertadora volveré a ocuparme al dedicar más adelante unas breves palabras al Gato de ña Isabel.

En 1922, vi pasar hacia el norte, en persecución -decían- de Chirife, a la Marinería del "Ejército Constitucional". Seguramente por tratarse de marinos y desacostumbrados a las marchas por tierra y a pie, cuando llegaron a Yhú, a ciento cincuenta kilómetros al norte de Villarrica, el ejército de Chirife -él ya había muerto- había pasado nuevamente por Villarrica rumbo a Ca'í Puente, en donde se libraría la última batalla de la larga contienda. Presencié también el regreso de la Marinería, cargados con un rico botín consistente en recados o sillas de montar adornados con plata; mates chapeados con plata y oro; bombi­llas de plata con boquillas de oro, vestidos de seda, trajes de casimir...

Hallándose el ejército de Chirife, comandado ahora por no sé quién, acuartelado en Villarrica reclutando "voluntarios" y preparándose para marchar hacia Ca'í Puente, a uno de los jefes, un tal Lasclota, se le antojó hacer un reconocimiento hasta la Colonia Mauricio José Troche o Potrero Cosme, debiendo pasar por Santa Bárbara y Borjita o Colonia Natalicio Talavera. En esta colonia, dieron con Gabino Melgarejo, mi futuro compadre y un tal Sachelaridi, quienes se dieron a la fuga. Sachelaridi fue alcanzado por las balas y cayó en medio del campo que se extiende entre Borjita y Cosme Paso sobre el Tebicuary-mí, en donde hasta hace poco podía verse la cruz que señalaba el lugar donde cayó. A Gabino lo tomaron prisionero, como así también a todos los campesinos a quienes pudieran dar alcance los bizarros paladines del orden y la legalidad. Entre estos prisioneros se hallaba mi hermano Hugo, el que se hallaba arreglando un alambrado en Santa Bárbara, a una legua de distancia del "campo de batalla". El, Gabino y unos cincuenta "volunta­rios" más fueron encerrados en un vagón de carga al evacuar el ejército Villarrica rumbo a Ca'í Puente, adonde llegaron sin habérseles permi­tido abandonar el vagón para hacer sus necesidades ni habérseles alcanzado siquiera un jarro de agua en el trayecto.

Hugo y muchos otros lograron fugarse de Ca'í Puente, dieron un enorme rodeo por las selvas del Paraná y la sierra de Villarrica, adonde llegaron enfermos, hambrientos y semidesnudos. Hugo murió poco después a consecuencia de las privaciones que habían minado su organismo. Por demás está hablar de los horrores de la revolución del 47: "A tal extremo llegaron las cosas", dice Bray, "que el Arzobispo Bogarín creyó de su deber fustigar a los culpables en una recia, vibrante y memorable pastoral...". Con palabras de fuego condenó "los execra­bles excesos", y las "violaciones flagrantes de las leyes de la moral", agregando: "En los ya largos-años de vida que el Señor nos concede, nunca hemos presenciado hechos semejantes, los que de todas veras condenamos".

Uno que, como yo, viene presenciando esta tragedia desde hace setenta años, al pensar en los quinientos mil paraguayos -más sus familias- que viven en la Argentina solamente, y en las relativamen­te inmensas fortunas que, adquiridas en el Paraguay, han emigrado, no puede menos que preguntarse si todos los que vienen sucediéndose en el Gobierno no son cínicos, carentes de toda noción de patriotismo. Sin excepción alguna hablan de la necesidad de atraer inmigrantes, para reemplazar a los centenares de miles de paraguayos obligados a emi­grar debido a la impericia o codicia de sus gobernantes.

Fue mediante Agüero que, al llegar a los siete u ocho años, edad en que nos mudamos a Yataity--en donde leí, en inglés, todas las novelas de Verne, Dickens, Scott y Dumas, pues mis padres habían comprado la biblioteca del Dr. Bottrell al regresar éste a Inglaterra-, hablaba perfectamente el guaraní y conocía a todos los duendes y diablillos de la mitología criolla. Fue también Agüero quien nos enseñó, a Enrique Gorman y a mí, a armar trampas para perdices u otros pájaros, a cazar con arcos y bodoques, a nadar, a jinetear y a buscar miel silvestre. También nos enseñó a descubrirnos al pasar frente a las cruces que, a la vera del camino, señalaban el lugar donde un prójimo había sido ultimado; también a soplar en forma de cruz sobre el agua después de agacharnos a abrevar la sed en un manantial y arroyo, "pues así beben los animales, y nosotros no somos animales", decía. Nos enseñó los nombres de la flora y la fauna de la zona, amén de los nombres de una legión de engendros de la exuberante fantasía hispano-guaraní. En la Laguna Verá, por ejemplo, situada al noroeste de Carachí, salían a retozar los kavajú Marín, monstruoso caballo acuático que vivía en los fondos de aquel lago. En una salamanca del vecino pueblo de San José había un moñái, serpiente de tamaño descomunal que atraía a sus víctimas con su aliento. En un cerro de San Joaquín, un tejú yaguá, lagarto-perro o dragón, vigilaba, encadenado en una caverna, los tesoros dejados por los jesuitas y, al aproximarse una tempestad, se escuchaban sus bramidos desde leguas a la redonda. En las selvas del norte había ñakyra-mbói, cigarras serpientes que matan con su aguijón, pero afortunadamente son ciegas, generalmente aciertan un árbol, y siéndoles imposible extraer el aguijón, el monstruo muere y se seca el árbol. También sabía Agüero de los tesoros de Varela, a quien había pertenecido Las Ovejas y toda la comarca circundante, pero al abordar este tema, Agüero contestaba con suma parquedad y voz muy baja, pues no faltaba quien aseguraba que Varela había tenido la osadía de oponerse a que el Mariscal ocupara el gobierno al morir su padre, y, lógicamente, había corrido la suerte de todo traidor a la patria...

Uno de los animales que nos describió Agüero fue el aguará guasú, un carnívoro grande que vive en los impenetrables pajonales y sus alrededores. Enrique Gorman y yo nunca habíamos visto un aguará guasú, pero tan minuciosa fue la descripción que de la fiera nos hizo Agüero que nuestros padres, basándose en el cuadro que les pintába­mos, convinieron en que debía tratarse de un lobo, animal feroz, según ellos, que a veces ataca al hombre. Este dato, más el hecho de extenderse desde Las Ovejas hasta la escuela a la que asistíamos, un tupido espartillar, nos sugirió la manera en que podríamos vengarnos de los agravios de que Enrique Gorman y yo nos sentíamos víctimas de parte de Mr. Wheeler, nuestro maestro.

Creo que todos los días recibía yo un palmetazo por meter las manos en los bolsillos, y en cuanto al pobre Enrique, se pasaba la mayor parte del tiempo parado en una esquina, con la espalda hacia la clase, con un pesado libro sobre la cabeza. Esta larga serie de injusticias un día nos inspiró la genial idea, faltando aún medio kilómetro para alcanzar la escuela, de echar a correr como si el diablo nos viniera pisando los talones, gritando a todo pulmón: ";The wolf, the wolff", "¡El lobo, el lobo!" Maestro y alumnos corrieron a nuestro encuentro, y jadeantes y sudo­rosos, les contamos cómo nos habíamos librado milagrosamente de las fauces de un enorme aguará guasú o lobo que seguramente nos habría estado espiando, y que según nos había contado Agüero, nada menos, suele a veces comer niños.

Todo el día lo pasó Mr. Wheeler, escoltando sus alumnos hasta sus casas, situadas todas ellas a una respetable distancia de la escuela, y en distintas direcciones. En estos viajes, cargaba cuatro de los más peque­ños sobre su caballo picazo, mientras él y los mayores iban a pie. La revista de la misión, a cuyo cargo estaba la escuela, publicó una crónica del hecho, y creo que la única persona que intuyó la verdad de las cosas fue Agüero, pues un día, hallándonos los tres preparando lazos de fibras de cocotero para cazar perdices, nos espetó: "¿Ha osẽ peẽme aguará guasa escuela rapépe?". La traducción más o menos literal de esta pregunta sería: "¿Así es que un lobo, como se dice por ahí, os salió al encuentro camino a la escuela?" Pero la inflexión de su voz daba a entender no solamente que estaba enterado de la verdad de las cosas, sino que también se sentía satisfecho de tener dos alumnos aventajados, pese a la opinión que como "escueleros" le mereciéramos a Mr. Wheeler.


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VURÓ

 

Para darle a este capítulo la forma que le corresponde, sería indis­pensable dominar el castellano y saber algo de filosofía. En lo que a castellano se refiere ya he dicho que, cuando llegamos a Yataity, dominaba el guaraní, lengua en la que, con Agüero por profesor, había cursado cinegética, botánica, zoología y otras disciplinas afines indis­pensables para quien no querría pasar por zopenco entre sus congéne­res de la campaña paraguaya. También dominaba -mejor dicho, sabía-inglés, lengua en la que ya había comenzado a atiborrarme la mollera con las hazañas de Ivanhoe, d'Artagnan y los Tres Mosqueteros, el Conde de Montecristo y Robinson Crusoe, curso éste que proseguí en Yataity, pues mis padres habían comprado la biblioteca del Dr. Bottrell al regresar él a Inglaterra. En lo que al guaraní se refiere, tan buen maestro había sido Agüero que los tejú yaguá, pombéro, moñái, jasy jateré, etc., eran para mí casi tan reales como los corochiré que cantaban en los matorrales, las perdices que cazábamos y las martinetes o ynambú guasú cuyos reclamos se escuchaban entre el espartillar de las lomas de Las Ovejas.

El castellano me era prácticamente desconocido, aunque asistí posteriormente a la Escuela Alemana de Villarrica, en donde los profesores alemanes nos disciplinaron y nos enseñaron a razonar. Pero para el profesor de castellano, historia y geografía paraguayas e instrucción cívica, un maestro normal paraguayo, el mejor alumno era aquel que repetía como loro las lecciones aprendidas de memoria. No es por consiguiente de extrañar que, a pesar de la infinidad de reglas gramaticales que a fuerza de repetirlas teníamos metidas en la mollera, no éramos capaces de redactar una esquela en español más o menos castizo. Y para mí que muchos bachilleres y aun licenciados contempo­ráneos se hallan en las mismísimas condiciones, a pesar de los seis años o más de enseñanza secundaria que han recibido.

En lo que a filosofía se refiere, cuando a los catorce años egresé de la escuela para comenzar la lucha por la vida, y habiendo oído hablar de Kant, pedí prestado su Kritik der reinen Vernunft, título que significa "Crítica de la limpia razón". Ya en la primera página tropecé con una palabra que abarcaba todo un renglón, y no poco trabajo me costó descifrar mal que mal su significado. Hojeé el libro, y al constatar que cada página estaba plagada de tales palabras kilométricas, me di cuenta de que carecía de las dotes intelectuales indispensables para destacarme en filosofía. Y tal fue la alergia que Kant me produjo, que hasta el día de hoy no he vuelto a abrir un libro que trate de filosofía. Con todo esto quiero dar a entender que tanto en la forma como en el fondo este capítulo será más deficiente, si ello es posible, que los anteriores y probablemente los otros que seguirán.

A pesar de ignorar los rudimentos de la filosofía, la intuición me dice que todos tenemos algo de egocentristas, y como centro que me conside­ro de mi universo -¿o será que aquí hablan los genes de algún aristó­crata anglosajón o polaco de la Edad Media, por ejemplo?- no me considero dotado de mayor o menor dosis de modestia y humildad que cualquier otro hijo de vecino. Pero debo admitir que, despojándome de mis conocimientos de etnografía guaraní, a Justo Pastor Benítez jamás se le hubiera ocurrido dedicarme un artículo en la revista Ñandé, por consiguiente, no estaría yo a estas horas sudando la gota gorda para traducir al castellano algunos recuerdos que en guaraní, inglés, alemán -y hasta en francés, pues además de leer el Codex, años después se me obligó a leer mucho en esta lengua- me acuden atropelladamente a la memoria. Estas notas biográficas, pues, no son las de Fulano de Tal, sino del autor de tal o cual comunicación sobre etnografía guaraní, llamado Fulano de Tal. Esto me obliga a referir cómo, cuándo y por qué me convertí en recopilador de leyendas guaraníes.

Pero antes de proseguir, debo advertir que el artículo de Justo Pastor -que en paz descanse, pues en su caso ya se ha cumplido aquello de que "polvo eres, etc."- debe tomarse cum grano salir. El me equipara a especialistas con preparación científica adquirida en las mejores uni­versidades, y esto es absurdo. He llegado a ser conocido como recopila­dor de datos etnográficos, como autodidacta, y sobre todo al hecho de que el Paraguay, que debe su existencia a la raza guaraní, no ha producido un solo hombre que se dedicara a trabajos metódicos en etnografía o folklore paraguayo siquiera. Sobran etnólogos de gabinete y autores de panegíricos y ditirambos acerca de todo lo "guaranítico". Pero el único trabajo de valor que yo conozca, recogido por un paraguayo, es un poema épico religioso guaraní registrado por el General Marcial Samaniego y traducido por el que escribe. Poema que, pésimamente mimeografiado, fue repartido a un puñado de personas, la mayoría de las cuales no sienten el menor interés por tales cosas.

Siendo don Ramón Indalecio Cardozo director del Consejo Nacional de Educación, pasó por Borjita en compañía de don Carlos Chase, a tomarse unos días de vacaciones en el campo, se informó de que yo vivía allí, me visitó, y poco después recibía un nombramiento como Agente Escolar (ad honorem), con la promesa de que nuestra escuela sería elevada de categoría si mejorábamos el local en donde funcionaba. Así se hizo; pasaron los años y se produjeron quejas contra la directora de la escuela, alguien se acordó de mi nombramiento como Agente Escolar, y varios vecinos amigos pidieron mi intervención. Hice lo posible por esquivar el compromiso, explicándoles que mi nombramiento llevaba la firma de un liberal, y que ahora mandaban los febreristas, etc. Para complicar aun más la situación, el marido de la directora, originaria­mente colorado, durante la Guerra del Chaco se había afiliado al Partido Liberal. Gracias a esta estratagema, al hecho de ser marido de una directora de escuela y padre de varios hijos muy jóvenes aún, consiguió que se le asignaran servicios en la retaguardia. Ahora, sin embargo, era febrerista; se envalentonó su esposa, y a tal punto llegaron sus irregu­laridades y se caldearon los ánimos que me vi obligado a solicitar la venida de un inspector para tomar cartas en el asunto. Hubo un careo, se llegó a un acuerdo, pero muy pronto se repitieron las irregularidades en la escuela. Un vecino cuyo hijo, además de veterano de la guerra ocupaba un puesto de cierta influencia en la administración pública en Asunción, llevó una solicitud a las autoridades escolares, y un buen día vino llegando a Borjita una profesora diplomada en reemplazo de la denunciada. Esta, sin embargo, apoyada por las autoridades del pueblo, se negó a entregar la escuela; se armó la gorda, y un núcleo importante de la población se levantó, no ya solamente contra la directora, sino también contra las autoridades que la apoyaban.

Hubo denuncias y contra-denuncias; iban y venían los chasques; yo, convertido en caudillo mal de mi grado de los revoltosos, fui vapuleado en la prensa -oficialista, por supuesto, pues otra no existía- como "caudillo desmonetizado", etc. Y un amigo, ex colorado, ahora fervoroso febrerista, me hizo llegar la noticia de que en una reunión de los políticos más influyentes, grupo al que pertenecía mi amigo, se había resuelto deportarme, sin que un solo "amigo" colorado pronunciara una palabra en mi defensa. ¿Qué harían mis ocho hijos huérfanos de madre (*), y mi mujer con dos hijos más si me deportaban?

Fui a Villarrica y consulté el caso con Artemio D. Mereles; era liberal y había sido secretario del Ministerio del Interior y posteriormente Delegado de Gobierno de Villarrica, con instrucciones de organizar las cosas en forma, pues se presentía que la guerra con Bolivia iba a ser larga. Fue él quien, a sugerencia mía, obtuvo que mandaran a Villarrica una obstetra para instruir a otras parteras, y siempre me recibía con deferencia. Cuando cayó el régimen liberal, permaneció en Villarrica, dedicándose a la cátedra y, creo, también a la abogacía. Le expliqué mi situación y prometió "arreglar el asunto", que regresara tranquilo a Borjita. Y efectivamente, no fui molestado; y cuando las autoridades escolares de la capital, apremiadas por la población, se vieron obligadas a enviar una nueva intervención, la escuela fue entregada a la profesora Santacruz, la nueva directora.

Pero unas semanas después, caía el régimen de Franco o febrerista y una madrugada un primo político vino a despertarme: en una reunión de los dirigentes departamentales del nuevo régimen, se había resuelto eliminarme. Ya sabía que los padrinos de la ex directora eran puntales del nuevo régimen; también había aprendido algo de política, pues en varios peritajes practicados por orden del Juzgado de Paz local me había tocado inspeccionar los cadáveres de campesinos víctimas de lo que nuestra gente llama bala pombéro o guasú api; gente asesinada a traición por un fusilero desde un escondite en la maleza. A menudo estos asesinatos se debían a móviles políticos, aunque nunca se decía esto en el sumario; y fuerza es reconocer que, en este sentido, el régimen de Franco constituyó un gran adelanto, pues rarísimos eran los asesinatos políticos, que constituían una característica de los partidos tradiciona­les Colorado y Liberal. Y ahora mandaban nuevamente los liberales; yo era colorado -condenado en cónclave secreto- y el más elemental sentido de prudencia aconsejaba mi inmediato traslado a Villarrica. Pero antes de proseguir, debo adelantar que en Borjita debía a veces practicar las primeras curas en casos de heridas, y también medicar algunos casos dé parasitosis, etc. Entre los heridos a quien curé figura don Vicente Benítez, de Rumí, compañía de la Colonia Mauricio José Troche, a quien le había golpeado una palanca, infligiéndole una herida que le desinfecté. Cito el caso porque nos hicimos íntimos amigos, y sin su colaboración probable es que nunca me dedicara a la recopilación de mitos y leyendas.

En Villarrica me conchavé como dependiente; el horario era de sol a sol, y aun más en casos de necesidad. El sábado inglés aún no se había inventado. Acostumbrado a la vida al aire libre, mi organismo se resintió; enfermé de paperas, con complicaciones broncopulmonares que me obligaron a abandonar el conchavo y me tuvieron a mal traer durante años. Me dediqué a bolichear, pero cuando bajo el régimen de Morínigo el entonces Mayor Rogelio R. Benítez fue designado Delegado de Gobierno de Villarrica, me convertí en policía, ocupando durante tres años el puesto de Jefe de Investigaciones. Dejé la Policía al fundarse en Villarrica una filial del Centro Anglo Paraguayo era durante la guerra, y ambos bandos invertían sumas astronómicas en propaganda y espionaje- y me convertí en profesor de inglés.

Fue en 1943 ó 1944 cuando me enfermé nuevamente. El primer médico que me vio no pudo diagnosticar el mal. Cuando hice llamar al Dr. Arturo Buzarquis, ya estaba con una bronconeumonía avanzada, de la que me salvó con penicilina y estimulantes cardíacos. Recuerdo que me vio por primera vez a las nueve de la noche; volvió a aparecer a la madrugada, y, montado en su caballo, metió la cabeza por la ventana y me saludó; venía a ver, según me dijo después, si aún vivía. Hallándome aquella noche entre la vida y la muerte, pedí a mi mujer un vaso de agua. Reaccionó violentamente, convertida en una energúmena, víctima de una debilidad nerviosa o mental -un. médico diagnosticó histerismo-; apa­rentemente mi estado le produjo un ataque pasajero de demencia pues no puedo creer que me maldijera con el deliberado propósito de matarme.

Sea cual fuere la verdad de las cosas, en cuanto pude moverme me hice llevar a casa de un amigo para convalecer, decidido a separarme de ella en cuanto pudiera arreglar mis cosas. Si no lo hice fue, por debilidad de carácter, o porque "estaba escrito" que no lo hiciera; lo cierto es que, cuando convalecí, aunque físicamente me sentía bien, mental, espiri­tual e intelectualmente me sentía convertido en una piltrafa. Ensillé el caballo y fui a pasar unos días en Borjita, sin sentir mejoría; seguí viaje a Troche, sin reponerme. Fui a Caaguazú, en donde tenía parientes políticos y amigos, sin que se produjera milagro alguno, y resolví seguir viaje hasta los obrajes de Santa Matilde, de un señor Schaerer, en donde según sabía, trabajaba mi hijo John. Cuando llegué al arroyo Guyraun­guá, tenía aún la cabeza llena de telarañas; desensillé y me tomé un baño en las heladas aguas del arroyo, luego cebé una caldera de mate cocido que tomé con galletas, volví a ensillar y seguí viaje. Crucé la picada que separa el Guyraunguá de los campos de San Antonio-mí y Pastoreo, cabalgué un buen trecho, mirando las "rosas del campo" y otras flores que de trecho en trecho se asomaban entre las matas de pasto y los arbustos de guavirami, y cuando al ponerse el sol llegué a Zanja-ha estaba totalmente repuesto: sentía la sensación de haber renacido espiritualmente.

En el obraje de Rancho Itá o Santa Matilde, de don Ernesto Schaerer, en donde trabajaba John, había un indio de nombre Higinio, pero más conocido por su apodo de Vuró, apodo que debía a su habilidad en remedar al rebuzno del burro, curó. A diferencia de muchos otros Mbyá, Vuró era jovial y comunicativo; le visité en su choza, llevándole yerba, galletas y azúcar, y mientras tomábamos mate, me contó la leyenda de la Luna, a quien una mujer a la que molestaba con sus atenciones embadurnó la cara con resina negra ritual, origen de las manchas que hasta hoy lleva la luna en la cara. Este mito o cuento explica el origen del adagio: "Yasy ra'ynte ko ojovahéi hina" (no es sino la luna nueva que se lava la cara) -para quitarse las manchas-, empleado por nuestros campesinos al referirse a las lluvias que a menudo coinciden con el cambio de luna.

Me di cuenta de que, para el estudio del folklore paraguayo son indis­pensables conocimientos de mitología guaraní, entretenimiento que ya había comenzado a atraerme. Pero, ¿cómo estudiar mitología guaraní careciendo de medios para visitar a los indios? Pues, por lo menos se podría intentar que me visitasen a mí de vez en cuando. Y de regreso a Paso Itá, hice un rodeo por Potrero Garcete y pedí a don Vicente Benítez, que tenía en aquel cañadón rodeado de montes un pequeño estableci­miento ganadero y utilizaba mano de obra indígena, que me mandara a Villarrica a Mariano o a Emilio Rivas. Mariano era un anciano a quien había llegado a conocer años antes. En cuanto a Emilio, había matado a su patrón por haberle ultrajado a su mujer y robado una cantidad de carne de ciervo. Sabiendo Emilio que la muerte del patrón sería vengada con la exterminación del grupo al que pertenecía, me pidió lo acompa­ñara hasta "el jefe de los paraguayos, para que pudieran castigarle a él" (ley del Talión) y dejar en paz a su gente. Comuniqué el caso al entonces jefe Político de Caaguazú, don Basilio Scarone, e interiorizado de los pormenores del hecho, adoptó las medidas necesarias para que Emilio y su gente no fueran molestados.

Días después de mi paso por Potrero Garcete llegaron a Villarrica un indio de nombre Tomás y su yerno Cirilo, ambos de Yvytukó o "Chacra del viento", nombre de una franja de selva que había sido arrasada por un ciclón, llamada Volcán-cué en lavernácula, y que lindaba con Potrero Garcete. Tomás me contó que él era yerno de Mariano, quién ya había fallecido, y que él venía en compañía de su yerno Cirilo, por indicación de don Vicente. Que en cuanto a Emilio, para evitar posibles represa­lias, había abandonado la comarca en cuanto supo de mi traslado a Villarrica. Posteriormente supe que había cambiado de nombre, como es usual cuando matan a alguien, y que se llamaba Martín; en una de las excursiones que hice posteriormente al poblado de Tomás, vino a visitarme, trayéndome varios regalos. Tomás y su yerno permanecieron en casa dos días, y los informes que me suministró me entusiasmaron, obligándome a dedicarme de pleno al estudio de las tradiciones guara­níes.

Pronto corrió la voz de que en Villarrica había un hombre: Juruá iñakã ju va'e, "boca peluda de pelos amarillos", que se interesaba por los Mbyá, despreciados, explotados y perseguidos desde la época de la conquista. Desde San Joaquín hasta Yuty y San Pedro del Paraná venían a Villarrica a ventilar sus problemas, o sencillamente a cercio­rarse personalmente si era cierto que había un paraguayo que los consideraba como seres humanos. Y cuando en 1949 el Presidente Molas López visitó Villarrica, recibió a mi amigo el célebre Cacique Pablo Vera, según consta en una crónica titulada "Los indios de Cadogan" del periódico El Surco, que dice: "Una nota pintoresca la constituyó la presencia de varios dirigentes indígenas en nuestra ciudad, entre ellos los de Tabaí, Paso Yobai y Potrero Blanco, que fueron recibidos por el Dr. Molas López en la recepción realizada con ellos por espacio de una hora en un saloncito privado del Club". La crónica omite decir que el presidente del club, punto de cita de la flor y nata de la sociedad guaireña, no me permitió entrar por la puerta principal, a pesar de la orden que tenía del Delegado de Gobierno. Tampoco habla de la rabieta de la ilustre concurrencia, que se mordía los labios y tragaba saliva mientras el Presidente de la República, en vez de dedicarse a recibir pedidos de favores y prebendas, escuchaba embele­sado durante una hora entera la sin par oratoria de mi amigo y maestro Pablo Vera.

Todas las veces que me era posible; visitaba a Tomás y a otros indios en sus poblados. Una vez llevé a mi hijo Baby conmigo, otra vez a Rodger; probablemente estas excursiones, en que durmieron mal, comieron peor y sufrieron una serie de pequeños percances propios del oficio, influyeron para neutralizar cualquier inclinación que hubieran podido sentir por la vida de etnógrafo, induciéndoles a seguir, el uno medicina y el otro ingeniería. En una de estas excursiones, me instalé en casa de don Juan Angel Benítez, hermano de don Vicente, en Ka'amindy, y convoqué a una junta: ya había iniciado contactos con Juan Belaieff, el "padre" de los indios Maká, y su protector, el Dr. Andrés Barbero, fundador de la Sociedad Científica, de la Piedad, etc., y necesitaba saber quién era el jefe o dirigente de los Mbyá, si es que tenían jefe. Hubo largas consultas, y por fin se llegó a la conclusión de que el que mayor derecho tenía al título de jefe era Pablo Vera, radicado en Yro'ysã, cerca de Potrero Blanco. En nombre del Gobierno-Barbero y Belaieff, ni yo tampoco, nada teníamos que ver con el Gobierno­ destaqué a dos de los presentes junto a él a explicarle lo que ocurría e invitándole a venir a Ka'amindy a comer un asado con nosotros y tratar del problema que me traía desde el tetã guachú o "país grande" de los paraguayos. Se presentó acompañado por un yerno, se comió una oveja donada para el efecto por don Juan Angel y, por voto unánime de los concurrentes, Pablo Vera fue designado jefe de los Mbyá en la comarca. Fue él quien, años después, acompañado por otros jefes subalternos suyos, hablaría con el Presidente Molas López en un salón privado del Club El Porvenir Guaireño.

Pero en casa se me presentaba un problema serio: una proporción de mi sueldo como profesor de inglés lo insumía el dar de comer a mis visitantes y maestros en las tradiciones guaraníes. Afortunadamente, de acuerdo con mi mujer, habíamos comprado varias hectáreas de tierra fértil, en parte cubierta aún de bosques, y el maíz, la mandioca, la batata y la leña de que nos proveía nos hicieron posible afrontar los gastos. Pues no fue sino en 1950 que se creó la Curaduría de Indios Mbyá­Guaraníes del Guairá, gracias a las gestiones de mi buen amigo Evaris­to Zacarías Arza, abogado, defensor ad honorem en varias ocasiones de mis indios. Este puesto rentado me permitió dedicarme de pleno a los indios.

En 1946, época en que ya me consideraba especialista en mitología mbyá-guaraní, fue remitido a la cárcel de Villarrica un indio de nombre Mario Higinio, acusado de haber matado a un paraguayo por haber violado a su mujer. Don Alejo Benítez, el Comisario Policial en cuya jurisdicción de Yhu se cometió el crimen, me contó haberle asegurado un hijo de Mario que éste, seguramente bajo el impulso de algún recuerdo subconsciente de la antropofagia ritual, había consumido un trozo de su víctima. Sea cual fuere la verdad -lo de la antropofagia no figuraba en la nota de remisión del reo-, mediante la colaboración del Dr. Zacarías y la buena voluntad del juez Eladio Loizaga Caballero, conseguí la libertad de Mario Higinio. Lo llevé a casa, y mientras esperábamos a Pablo Vera, quien me lo había recomendado y a quien debía entregarle una vez obtenida su libertad, le formulé algunas preguntas sobre mitos y tradiciones. Fuera de una hermosa leyenda referente a la Sierra de Mbaracayú, poco logré sacar de él, pero cuando llegó Pablo Vera, y mientras los tres tomábamos mate a la sombra de un mango, Mario le preguntó si había discurrido conmigo acerca del fundamento de la palabra o el lenguaje humano. Contestándole el cacique que no, Mario le volvió a preguntar si me había divulgado los cantos relacionados con "los huesos de quien portara la vara", o sea, las endechas fúnebres cacique le contestó nuevamente que no, y Mario le habló más o menos en los siguientes términos:

-No conviene ya que sigas conduciendo a este hombre por la orilla. ¿Quién como él se ocupa de nosotros, los habitantes de la selva? ¿Acaso él no es ya un verdadero paisano nuestro, un verdadero miembro del grupo que se reúne en torno a nuestros fogones?

Esta fue la manera en que me inicié en el estudio de la verdadera mitología, religión y culto guaraníes, mantenidos en secreto durante siglos y divulgados únicamente a los miembros de la tribu que dominan el vocabulario, desconocido en aquella época en los círculos científicos. Sería pecar de ingrato proseguir sin citar a un caballero cuya colabora­ción me facilitó enormemente la tarea de aprender este vocabulario: el Capitán S.R. Juan Evangelista Melgarejo. Nos encontramos un día en la oficina de su sobrino, el escribano Alderete; fue en la época en que se había iniciado el proceso de Mario Higinio, y el Capitán Melgarejo interpuso que, hablando de indios guaraníes, él poseía un libro de los jesuitas acerca de su lengua, y me invitó a visitarle si es que tuviera interés en consultarlo. Le acompañé hasta su casa, en donde llegué a conocer el clásico Tesoro de la Lengua Guaraní, del jesuita Antonio Ruiz de Montoya, publicado por primera vez en 1639. Me lo cedió en préstamo, y facilitó enormemente la preparación de mi libro Ayvu Rapyta, publicado en 1959 por la Universidad de Sáo Paulo. Termina­do de preparar el bosquejo del trabajo, le devolví el libro, pero días después lo recibí de nuevo, con una carta que dice:

"Villarrica, octubre 10 de 1948. Señor Cadogan, Ciudad. Apreciado amigo: Las cosas deben ir a parar en manos de las personas quienes por su preparación intelectual o aptitudes se encuentran en condiciones de hacer que esas cosas rindan beneficios para la colectividad. Yo no tengo ninguna de estas cualidades, por lo cual me permito obsequiarle con el diccionario guaraní que se halla en su poder. Por los lazos de amistad que nos unen, le ruego acepte dicho presente. Aprovecho esta oportuni­dad para saludarle muy atentamente. Juan E. Melgarejo".

No puede descartarse la posibilidad de que pase yo a la historia como embaucador, pues hasta ahora nadie ha realizado investigaciones de campo minuciosas entre los Mbvá, tarea para la cual son requisitos indispensables, primeramente, granjearse su confianza, y segundo, aprender su lengua. Nadie, por consiguiente, está en condiciones de decir si son auténticos o no los textos que he recopilado. No importa; el objetivo de este capítulo no es el de defender la autenticidad de mis textos, es muy otro. Y vuelvo al tema. Gracias a mis comunicaciones me relacioné con Juan Belaieff y Andrés Barbero, y mediante ellos, con el insigne Manuel Gamio, de México, y con Juan Comas, director y secretario, respectivamente, del Instituto Indigenista Interamericano; con Egon Schaden, de São Paulo; con Berro García, del Boletín de Filosofía, de Montevideo... Y lo que acabo de referir basta para demos­trar que, para que yo pudiera dedicarme a recopilar leyendas, motivan­do el panegírico de Justo Pastor Benítez, al que se deben estos apuntes autobiográficos, fue necesario que se produjeran, entre otros muchos, los siguientes acontecimientos:

La revolución de 1904, con su secuela de barbaridades, pues sin ella Ramón I. Cardozo nunca llegaría a Director General de Escuelas, ni yo a Agente Escolar, puesto debido al cual debí abandonar precipitada­mente la campaña y trasladarme a Villarrica.

Que fueran eliminados varios adversarios del régimen político impe­rante en aquella época para que su muerte me sirviera de escarmiento y me impulsara a abandonar la campaña.

Que Emilio matara a su patrón y :Mario Higinio a otro paraguayo, homicidios sin los cuales nunca me iniciara en las tradiciones esotéri­cas guaraníes. Sin citar las guerras napoleónicas, que obligaron a un antepasado polaco a emigrar; a Marx y Engels, sin los cuales los visionarios fundadores de la Colonia Nueva Australia nunca hubieran abandonado su patria, siguiéndoles mis padres, otros ilusos. La Prime­ra Guerra Mundial, gracias a la cual Belaieff, quien me puso en contacto con el mundo científico, abandonara Rusia. La Segunda Guerra Mun­dial, sin la cual nunca se hubiera fundado el Centro Anglo Paraguayo, gracias al cual pude dar de comer a los indios que me visitaban; la revolución de 1947, sin la cual no se hubiera creado la Curaduría de Indios, puesto que me permite estudiar mitología y folklore guaraníes...

Pues bien, lo que quiero que Milly, la filósofa de la familia, explique en términos claros y comprensibles es esto: si se admite -como lo aseguran muchos- que la etnología tiene algún valor positivo, se deberá admitir también o que nuestros conceptos del bien y del mal son erróneos, o que las leyes que nos rigen en lo espiritual son totalmente distintas a las que nos rigen en lo material, pues nadie, si en este "valle de lágrimas" siembra abrojos, pretenderá cosechar maíz; tampoco espe­rará que un jaguar engendre un cordero. ¡Y cuántas barbaridades han debido cometerse para que yo pudiera dedicarme a la recopilación de mitos y leyendas guaraníes!

 

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Nota: Una de las primeras personas a quien llegué a conocer en Zeballos-cué fue un hombre bajo, fornido, de facciones extremadamen­te feas con quien, ignoro por qué, pues padecía de una timidez casi patológica, entré en conversación. Me invitó a su casa a tomar el mate después de terminadas las faenas diarias. El era mecánico, técnico en la fabricación de matrices de acero utilizadas en la sección llamada tachería. Por el gran número de libros que tenía ediciones baratas de casi todos los clásicos franceses- me di cuenta de que debía ser un hombre instruido, y le confié que yo había aprendido algo de francés, lengua en que comenzamos a conversar. Pocos días después, me espetó: "Me extraña mucho que un hombre tan ignorante como Ud. ocupe un puesto de tanta importancia en esta empresa. En Francia, Ud. proba­blemente sería barrendero". En vista, seguramente, de que pude repri­mir una reacción violenta, continuó: "En mi paso por la vida siempre he hallado quien me tendiera una mano, y si Ud. gusta, yo le ayudaré. Tengo una excelente biblioteca, aunque casi todos mis libros no me costaron más que dix Bous chacun-diez sous cada uno". Y durante los dos años que estuve en Zeballos-cué, este hombre me enseñó a manejar la tabla de logaritmos, algo de matemática elemental, y me obligó a leer muchas obras de los mejores autores franceses. Afortunadamente, cuando me consideraba en condiciones de iniciar la lectura de la versión francesa de "Así habló Zaratustra", se trasladó a San Antonio, y yo me fui a Buenos Aires -la filosofía aún me producía alergia-. Este mi maestro se llamaba Emile Lelieur, y era bachiller en ciencias de una universidad francesa, si mal no recuerdo de la de París o de Lyon, y no es sino justo destacar que jamás aceptó un centavo en retribución de sus lecciones.

En lo que a mitología guaraní se refiere, el P. Bartomeu Meliá, S.J., a quien el Episcopado Paraguayo ha encargado la tarea de estudiar la cultura de los grupos guaraníes de esta Región Oriental y formular un proyecto de asimilación, puedo decir que ha recorrido las tolderías desde Encarnación hasta Itakyry, y aprendido muchas cosas que yo ignoraba. Dentro de pocos años estará en condiciones de hablar autorizadamente sobre la validez o no de mis comunicaciones.


6

ATROPELLO A MANO ARMADA

 

"Y como decíamos...", comenzaba el capítulo veinte, digamos, de alguna de aquellas interminables novelas que constituían el alimento intelectual de mi niñez, al referirse el autor a algún episodio del que se había ocupado cien o doscientas páginas atrás, y para evitar que se me acuse de imitar a tales autores, trataré de dar una idea de quiénes eran los "dirigentes departamentales del nuevo Régimen", por temor a quienes opté por fugarme o trasladarme de la Colonia Natalicio Talave­ra a Villarrica. Pero no es sino justo admitir, como lo haría el alabardero del ilustre manchego, una de las dos personas enteramente sensatas que en toda la historia de la humanidad se hayan inmortalizado, que "no hay mal que por bien no venga". Pues de haber perma­necido en Borjita, mi numerosa prole, o hubiera emigrado toda a la Argentina en busca de trabajo, o posiblemente se hubiese convertido en un grupo de típicos campesinos paraguayos, semi-analfabetos, desnutridos y harapientos; en el mejor de los casos, bolicheros y caudillejos y politiqueros de mala ley. Pero basta de filosofar, y entro en materia destacando que mi fuga o traslado a Villarica se produjo en 1938, mientras los hechos que referiré a continuación ocurrieron unos quince años antes.

Fue durante la revolución del 22, y si mal no recuerdo la lucha tocaba a su fin. Yo venía desde Curuzú, con dieciséis cargueros de yerba, en la compañía del viejo Fermín Aguilera y un indio de nombre Emiyo­riva (Emilio Rivas). Una lluvia torrencial nos obligó a pasar un día y pernoctar a orillas del Arroyo Guasú, en la cabecera de cuyo puente había un largo galpón abandonado en el que nos refugiamos. Al componerse el tiempo, ensillamos y cargamos la tropa y, bien de madrugada, nos pusimos en marcha hacia Mubebos, nuestro punto de destino, distante unas dos leguas de Arroyo Guasú. El puente sobre el Arroyo Guasú era largo y peligroso, motivo por el cual mandé al viejo Fermín que punteara con un animal y yo hacía subir al puente los demás cargueros, encargándose Emilio de recogerlos del kokueré (parcela abierta, que había sido cultivada) en donde pastaban, ensillados y cargados. Habían pasado quince animales, pero como no aparecía un carguero viejo y mañero llamado Picazo-guasú, seguimos camino, con Aguilera en la punta del convoy, y dejé a Emilio para que nos siguiera con Picazo-guasú en cuanto lo hubiera encontrado.

Ibamos aproximándonos a Mubebos, distante unas dos leguas de Arroyo Guasú, cuando Emilio nos alcanzó, jadeante y sudado. "Dos juruá (paraguayos) se llevaron al Picazo", dijo. "Uno iba adelante, el otro le seguía, apurándole con un bejuco. Me apuntaron con escopeta y amenazaron con matarme..." Minutos después llegábamos a casa de don Pablo Bertrand, a quien vendía mi yerba, y quiso la casualidad que acababa de apearse don Mauricio F., comisario de la zona. El apodo empleado por los campesinos al referirse a él, Mboreví hovy, Tapir Azul, me exime de la obligación de entrar en detalles acerca de su corpulencia y el color de su piel. En cuanto a lo demás, él, sus hermanos Gumersindo y Canuto eran los caudillos políticos más influyentes de Mubebos, y como tales, virtualmente dueños y señores de la comarca. Gumersindo era el cerebro del triunvirato y Mauricio el brazo ejecutor, salvo en aquellos casos en que no convenía comprometer el buen nombre de la , Policía, y para estas tareas -que aquellas personas quisquillosas profanas en historia (del Paraguay) quizás calificarían de desagrada­bles, pero muy desagradables- estaba Canuto, dirigente de un grupo de foragidos que poco o nada tendrían que envidiar a la Maffia, la de los grandes políticos italianos, y Tammany Hall, piedra angular de la política norteamericana. En cuanto hubimos descargado los animales, denuncié el caso a don Mauricio, pidiéndole que tomara inmediatamen­te las medidas del caso. Me contestó que el día siguiente mandaría una comisión en busca de los malhechores, pero como yo insistiera, prometió que iría aquella misma tarde. "Señor Comisario", le contesté, "yo acabo de denunciarle, ante testigos, un delito. Ud., ante testigos también, se niega a tomar las medidas del caso hasta esta tarde, y para esta tarde mi caballo y mi yerba habrán desaparecido. Por consiguiente, me veo en la obligación de hacerme yo mismo justicia, y para lo que pudiera ocu­rrir, elevaré una nota a la superioridad, también firmada por testigos, denunciando la actitud de Ud." Dicho esto, ordené a Emilio volviera a ensillar mi caballo y pedí a don Pablo una hoja de papel de oficio para formular la denuncia correspondiente. Mis palabras produjeron el efecto deseado, pues tras un larguísimo discurso don Mauricio accedió a acompañarme, y nombrando agentes de policía ad hoc a don Camilo ven Brandt, un vecino alemán amigo mío, y a un paraguayo, nos pusimos en marcha, con Emilio a la cabeza de la comisión en calidad de baqueano.

Cerca del Arroyo Guasú el camino se bifurcaba. Una picada conducía al obraje de un Sr. Irazusta, la otra a Cerro Perú, y los ladrones habían tomado la primera. Guiados por Emilio, seguimos los rastros durante un buen trecho, hasta que repentinamente paró el indio, husmeó un rato por todos lados, para luego subir al borde de la carretera. Bajó y ordenó marcha atrás. Desandamos lo andado hasta llegar nuevamente a la picada de Cerro Perú, y aquí, para nuestros ojos inexpertos, había solamente rastros de humanos. Emilio, sin embargo, siguió marcha sin vacilar: "Han tomado este camino, pero ¿acaso no veía que han tratado de borrar las huellas de Picazo con sus propias pisadas?" Y tras una hora más o menos de marcha por picadas y "piques", hizo alto, y me dijo que ya nos hallábamos muy cerca de los ladrones. Me apeé y avancé seguido de cerca por Emilio; ven Brand nos seguía de cerca, pero el Comisario y su otro agente ad hoc formaban una "retaguardia" muy rezagada. Gracias a ello, cuando llegamos a la choza o rancho de los ladrones detrás del cual estaba atado Picazo, tuvimos tiempo de ensillar y cargarlo, apoderarnos de una olla, platos, cucharas, camisas y calzon­cillos y prender fuego al rancho, operación que produjo consternación en el voluminoso representante de la autoridad, y murmullos de aproba­ción en sus ayudantes ad hoc y ad honorem.

El día siguiente estábamos preparándonos para regresar a los yerbales, cuando recibí una citación del Juzgado de Paz local. Olfatean­do algo, escribí una narración detallada de lo ocurrido el día anterior, y con este documento en mano me presenté ante el Juez. Evidentemente se trataba de algo serio, muy serio, pues en el corredor del Juzgado estaba sentado el triunvirato en pleno. Después de saludar a los tres, penetré en la "sala de audiencia y público despacho de Su Señoría el Señor Juez de Paz", quien me recibió con la solemnidad que requería el caso. "Ud. ha sido acusado", dijo, de atropello de domicilio a mano armada y saqueo. Pero, sabiendo que Ud. es amigo de don Carlos Chase, y los damnificados son peones míos, yo he invitado al señor Comisario y sus hermanos don Gumersindo y don Canuto que, como Ud. sabe, son personas de mucha influencia, en un esfuerzo por llegar a una compo­nencia amigable y evitar a Ud. perjuicios y contratiempos..."

"Señor Juez" -contesté-, "me permito informarle que la denuncia que Ud. ha recibido es falsa y tendenciosa. La víctima de un robo, he sido yo, pero mediante el celo y la actividad del señor Comisario Policial, aquí presente, he logrado recuperar todo lo que me había robado. Aquí tiene Ud. una narración detallada de los hechos, de cuyo contenido suplico enterarse, y una vez que lo haya leído, se servirá pasar los antecedentes a consideración de su colega más cercano, pues, si como Ud. mismo lo dice, los ladrones son peones suyos, Ud. por ley está obligado a inhibirse por no poder entender la causa". Su Señoría, que apenas garabateaba su firma, pasó el documento a su secretario, quien, después de leerlo, hizo un ademán de asentimiento y el Juez, invitando al triunvirato a pasar al despacho, les hizo leer mi denuncia. Don Gumersindo me miró de pie a cabeza. "Mi amigo, yo le felicito. Nde karia’y, ete hina (tú eres un varón de buena ley). Y tenga Ud. presente que si en cualquier momento Ud. se viera en apuros, a cualquier hora del día o de la noche, no tiene más que golpear a mi puerta o la de cualquiera de estos hermanos míos, en la plena seguridad de que será servido como un varón debe servir a otro".

Epílogo comparable con el de los cuentos de antaño en que el malvado siempre recibía su merecido, pues se convino en que Emilio, en recom­pensa de su pericia, obtuviera en premio la olla, los platos, etc., de los ladrones. Personalmente, me había granjeado el respeto del todopode­roso triunvirato que, de haberlo aconsejado las circunstancias, me hubiera eliminado sin miramiento alguno, como resolverían ellos y sus colegas hacerlo tres lustros después.

 

7

CAPTURA Y REMISIÓN DEL REO PRÓFUGO

 

Cuando el Banco'í-el Barco Industrial de Villarrica-suspendió los trabajos de obraje y elaboración de maderas en las tierras fiscales lindantes con la Colonia Independencia, que tenía arrendadas del Gobierno, varios de sus habilitados o contratistas se vieron con cuentas que les era imposible cubrir. Uno de ellos era mi amigo y ex compañero en los yerbales, Tomás Dávalos, y él rumbeó hacia el Alto Paraná a probar fortuna en los yerbales de la Industrial Paraguaya (en 1957, vivía todavía cerca de Itakyry).

Transcurridos unos ocho meses desde la suspensión de las operacio­nes del Banco'í, un día Tomás llegó a Borjita, maniatado y custodiado por dos agentes de Policía armados. Habiendo regresado a Caaguazú con algo de dinero para su madre, fue inmediatamente apresado en virtud de un pedido del Juzgado de Paz de Independencia que disponía la "captura y remisión bajo segura custodia del reo prófugo Tomás Dá­valos, procesado por supuesto abigeato en esta colonia". Venía, como suele decirse, "por posta", debiendo por consiguiente hacerse cargo de él la Policía de la Colonia Natalicio Talavera o Borjita, y encargarse de su remisión, siempre "bajo segura custodia", a la Colonia Independencia. Obtuvo permiso del Comisario, mi amigo don Emiliano Portillo, para hablar conmigo, jurándome que el único delito que podría atribuírsele era la cuenta que tenía pendiente con el Banco’í, la que no cubría porque el Banco no reanudaba sus operaciones. "Pero oñantohánte chéve - agregó— ombojarasehá hikuái upe vaka je'u guasú oiko va'ekué", expre­sión que traducida literalmente: "Intuyo que quieren darle dueño a aquella comilona de vacas que hubo", pero cuyo verdadero significado es, más o menos: "Intuyo que necesitan atribuir a alguien aquel gran robo de animales vacunos que hubo". Y me explicó que, alrededor de la fecha en que cesaron las operaciones del Banco'í, a Canuto, miembro del triunvirato al que ya se ha hecho referencia, se le habían ahogado seis de sus mejores bueyes debido a la impericia o el descuido de su propio hijo y que, para resarcirse de su cuantiosa pérdida, había echado mano de uno de los principales recursos con que cuentan nuestros caudillos políticos de campaña: el abigeato. Pero que, envalentonado por la ya excesiva impunidad de que gozaba, su desfachatez había dado origen a rumores que amenazaban con afectar el prestigio del triunvirato, siendo por consiguiente indispensable "buscarle dueño a la comilona".

Consulté con el comisario, don Emiliano Portillo, y en mi calidad de "perito" le di un certificado médico en que constaba que el reo Tomás Dávalos se hallaba atacado de no recuerdo qué dolencia y que no se hallaba en condiciones de seguir viaje, necesitando de reposo y de aten­ción médica. Lo llevé a mi casa, responsabilizándome por él mientras averiguara lo que convenía hacer. Nuestro juez, don Angel Estigarribia, me proveyó de una esquela para el secretario del Juzgado de Paz de Independencia, un señor Sánchez, recomendándome, sin embargo, pre­sentarme a primera hora, antes de que Su Señoría llegara a su "sala de audiencia y público despacho". También me recordó que los secretarios del Juzgado percibían un sueldo irrisorio...

Cumplí al pie de la letra las instrucciones de don Angel, entregando al secretario Sánchez su recomendación, juntamente con doscientos pesos, y nos pusimos a estudiar el "sumario instruido a Tomás Dávalos por supuesto abigeato en esta Colonia", el que resultó ser una sarta de disparates firmado por Mboreví-hovy, hermano de Canuto, a raíz de la desaparición de un buey, propiedad de un tal Fernández, vecino de Mbocayaty, de quien me informó sotto voce el secretario que era cuñado del Juez.

Terminado que hubimos la lectura del edificante documento, vino llegando Su Señoría, y explicándole el motivo de mi presencia, me espe­tó una perorata acerca del Código Rural, que admite, dijo, una compensación pecuniaria en casos de esta naturaleza, siempre que el ladrón estuviera dispuesto a abonarle a la víctima diez veces el importe del animal robado. Y como el importe de un buey del tamaño del desapa­recido era de quinietos pesos, con desembolsar cinco mil pesos, podría yo librarle a Tomás Dávalos de la cárcel.

"Los informes que he obtenido ya, Señor Juez, me inducen a creer que el buey robado era dé propiedad de un señor Fernández, vecino de Mbocayaty, y que dicho señor es pariente de Ud." Contestó afirmativa­mente, diciéndome que se trataba de su cuñado, respuesta que aproveché para decirle que él se había colocado en una situación delicadísima reteniendo en su poder un sumario relacionado con un delito que afectaba a una persona con la que él "estaba comprendido en las gene­rales de la ley". Que no me animaba la menor animadversión hacia su persona, pero que Tomás Dávalos no solamente era mi correligionario, sino mi amigo personal, y estaba dispuesto a llevar el asunto hasta la Corte Suprema si las circunstancias lo requirieran, pesare a quien pesare y reventase a quien reventara.

Debo confesar que, abusando del temor que vi reflejarse en la cara del pobre diablo al pronunciar estas palabras, espeté en guaraní: Ava ñe,ẽ porãme péa he'ise, karaí Juez, topotí opotíua". (Dicho en buen guaraní, señor Juez, eso significa c- quien c-gare). Coyuntura que aprovechó el secretario para intervenir, aconsejándole que se inhibiera inmediata­mente, para evitar líos, y pasara el asunto a estudio del señor Juez suplente. Firmó la providencia, y el mismo secretario me acompañó hasta la casa del Juez suplente, un anciano analfabeto, quien, por consejo del mismo secretario, en quien obraban milagros los doscientos pesos, también se inhibió pasando el asunto a consideración del Juzgado de Paz de la Colonia Natalicio Talavera.

Me entregaron el sumario, previa firma del recibo correspondiente, y al regresar a Borjita a eso de las diez de la mañana, me di cuenta de que el triunvirato había olfateado algo: estaba reunido en pleno en el despacho de don Angel. Pidiéndole permiso para entrar, le dije que el estado de Dávalos había empeorado, que probablemente sería indispen­sable trasladarlo al Hospital de Villarrica, y que me hiciera el servicio de enterarse del contenido del sumario. Lo leyó en pocos minutos, y en el acto me extendió un documento redactado, si mal no recuerdo, más o menos en los siguientes términos:

"El Juez de Paz que suscribe certifica que en el sumario instruido a Tomás Dávalos por supuesto abigeato en la Colonia Independencia, no existe auto de prisión o (posiblemente) detención".

Al despedirme del triunvirato, don Angel me acompañó durante un corto trecho. "Si Ud. desea consultar con un abogado, puede obtener la destitución del Juez y del Comisario, pero Ud. comprende..."

Le di las gracias y me despedí. Tomás fue a Villarrica, no a internarse en el hospital sino a realizar unas compras. De regreso, trajo de regalo a mi hijo Nené, de cuatro o cinco años, un ponchito colorado.

 

ARANDU KA’ATY

Tales eran los hombres que, según el primo político que me despertó a medianoche para aconsejarme abandonara la comarca sin pérdida de tiempo, habían decretado mi eliminación. Y razón tenían para ello, pues los liberales acababan de derrocar al régimen del Coronel Franco, apoderándose nuevamente del poder. Y en una población pequeña como Borjita, un colorado como yo constituía un peligro demasiado grande en una época semejante de plena reorganización partidaria. En la capital habría sido deportado, pero en la campaña la única solución era eliminarme. Y la práctica venía de lejos, como consta en Migraciones, del estadista liberal Eligio Ayala, probo intelectual y político honrado a carta cabal! "... Los hombres se convirtieron en fieras; ofrecieron el afligente espectáculo de hermanos que se desgarran... por quimeras... Estos sentimientos difundidos en la población rural engendraron las persecuciones, las expoliaciones, las querellas sangrientas. Los jefes políticos avivaban la orgía de las pasiones, estimulaban la anarquía. Las vejaciones corporales, las persecuciones, las venganzas, el terror, recobraron su viejo imperio y campearon audazmente..."

Pero tales barbaridades no se producirían si el coloradismo subiera al poder: "Haremos la pacificación espiritual por el respeto a la liber­tad... apagaremos la hoguera de odios... Con la paz espiritual el trabajo nacional será profíicuo. No cultivamos el odio porque nos sentimos fuertes. No pensaremos en represalias, porque nuestro pueblo ha sufrido en demasía los zarpazos de la arbitrariedad, para comprender que la justicia y la generosidad son superiores a la venganza". (Federico Chaves, vicepresidente del Partido Colorado, en la revista Cultura N° 28, Enero de 1946). Las atrocidades cometidas después de la guerra civil de 1947, y que van aumentando in crescendo hasta convertirse en el pan nuestro de todos los días, nos obligan a contestar a este discurso de un iluso o de un cínico, con el soez pero expresivo ¡Mbóre! de nuestro campesino. En cuanto a la ferocidad con que los liberales trataron a sus adversarios, no estoy en condiciones de opinar; en cuanto a la ferocidad mayor de los colorados, posiblemente debe atribuirse al hecho de darse cuenta, al llegar el partido al poder, que habían sido traicionados por sus dirigentes, quienes les habían prometido el paraíso terrenal cuando esto ocurriera. Así, por ejemplo, Juan Ramón Chaves, actual presidente de la Junta de Gobierno del partido, afirmó, en la revista Cultura en enero de 1946, que la política que seguiría el partido sería la de un socialismo democrático. Y todos recuerdan aún la promesa de un célebre prohombre del coloradismo, quien, además de político, era periodista, poeta, historiador, sociólogo, filólogo y geógrafo, según el cual, cuando el partido llegara al poder, no habría un solo colorado pobre.

Cabría preguntar si el desengaño y la frustración engendrados por estas absurdas promesas, fruto del desequilibrio o de la demagogia más repudiable, no hayan engendrado en la masa del pueblo colorado una ferocidad más acentuada que la que se observa en el electorado liberal. Otros quizás preguntarán si esta brutalidad no constituye una caracte­rística, no solamente del paraguayo, sino del latinoamericano en gene­ral. Piénsese en la historia de la mazorca del tirano Rosas -quien en bestialidad nada debía a nuestros héroes Francia y López- y en "La Violencia" en Colombia, "fenómeno de una ferocidad sin paralelo en la era moderna", según el Journal of Inter -American Studies de la Universidad de Miami, Florida, IX/4-1967. Pero basta de digresiones; lo que he prometido no es un tratado pseudo-sociológico sino unos Apun­tes Autobiográficos; volvamos, pues, al grano.

Estando un día de visita en casa de mi amigo don Cecilio Rivero, de quien volveré a ocuparme en el capítulo siguiente, abordé el problema del pajé, hechizo, embrujo, magia. Le conté una anécdota que había escuchado unos días antes, acerca del célebre médico-pajé Juan de la Cruz Benítez, de quien se contaba, entre otras innumerables hazañas que se le atribuían, que fulminaba a las víboras con sólo dirigirles una mirada. No hacía mucho, contaban, un chacarero había solicitado su colaboración para individualizar al autor de repetidos robos de mandioca y otros frutos de que venía siendo víctima. Maestro Juan, que así se llamaba nuestro médico, se había constituido, ya de noche, en la chacra ­donde se cometían los hurtos, rezando o pronunciando sus exorcismos.

Regresó luego a la casa de la víctima, su cliente, el día siguiente. Habían amanecido en la chacra dos mujeres, con sendas canastas llenas de mandioca sobre las cabezas dando vueltas, atontadas, evidentemente en un vano esfuerzo por encontrar algún camino por donde salir.

Don Cecilio no dijo si creía o no en tales cosas, pero contestó que a él también le habían robado mandioca tan a menudo que había convenido con un arribeño -forastero, desconocido en el distrito-para que su­brepticiamente se introdujera en su chacra y amaneciese allí con una bolsa de mandioca, supuestamente robada, y fingiendo estar atontado por efectos del pajé. Los vecinos lo verían, se presentaría don Cecilio, y correría la voz que contaba con los servicios de un poderoso brujo que resguardaba sus cultivos. "Pero a última hora", dijo don Cecilio, "parece que el tipo se desanimó pero no sin antes haber cobrado sus honorarios, y desapareció del distrito y hasta el presente no he vuelto a verle la cara".

Esto es el arandu ka'aty: evitar el comprometerse, sin ofender, y hasta el presente ignoro si don Cecilio creía o no en el pajé, pues formularle una pregunta directa, después de lo que me había dicho, hubiera constituido una falta de urbanidad. Lo que sé es que seguían ro­bándole mandioca, obligándole a recurrir a la Policía. Esto ocurría en 1938, poco después de mi traslado a Villarrica, y era Comisario Policial a la sazón don Emilio Andino. Este era un hombre progresista; el único propietario, en toda la colonia, de un viñedo y de una plantación de naranjos agrios de cuyas hojas destilaba esencia de petit-grain. Tam­bién era el único que, en vez de bueyes, utilizaba mulas para arar, por la rapidez con que trabajaban, y el único propietario de una rastra de discos en toda la comarca. Y si aceptó el cargo de Comisario de Policía fue a pedido del elemento más sano del partido político al que pertene­cía, el Liberal, y evitar así que lo viniera a ocupar algún sujeto de dudosos antecedentes, a crear disensiones vendiendo justicia. No tardó en coger in fraganti al que robaba la mandioca de don Cecilio, un tal Li­no Portillo, el que no hacía mucho se había trasladado a la comarca, a un lote agrícola contiguo al perteneciente a aquél. Conducido a la Comisaría con la bolsa de mandioca a cuestas, fue citado a comparecer el damnificado, el que se dio por satisfecho con que se le amonestara y prometiera no reincidir. Pero no tardó en volver a sus andanzas, y cogido nuevamente, fue procesado y remitido a la cárcel regional de Villarrica, de donde salió al poco tiempo bajo fianza. Interin, don Cecilio había vendido su lote agrícola, para evitar sinsabores.

Pasaron los años, vino la revolución del 47, poco después de termina­da la cual se me avisó que se hallaba preso en Borjita mi amigo Emilio Andino, a quien diariamente sacaban de mañana del calabozo para flagelarle, "por haber perseguido a colorados inocentes", asegurándose­me que habían jurado liquidarlo una vez que hubiera confesado sus delitos. Fui inmediatamente a la Delegación de Gobierno, y presentán­dome al Delegado dije que venía a pedirle un servicio. "Yo le conozco a Ud.", respondió, "y Ud. no necesita pedir servicios; Ud. aquí ordena". Al explicarle mi misión, pareció titubear un momento, pero llamó a su secretario y le dijo que me proveyera de una orden para el Comisario Policial de la Colonia Natalicio Talavera, disponiendo se me entregara al detenido Emilio Andino, quien guardaría reclusión en mi domicilio hasta tanto pudiera trasladarse a la Argentina.

Con esta orden en el bolsillo regresé a casa, ensillé el caballo y estaba a punto de salir, cuando apareció un tal Torales, jefe de un grupo de voluntarios encargados de perseguir a la motonera. Estos montoneros eran en parte, gente que, debido a las iniquidades que habían sufrido, eran obligados a abandonar sus hogares y refugiarse en las selvas; otros, la gran minoría, gentes engañadas por las mentiras que propalaban ciertas emisoras, principalmente uruguayas, según las cuales la revo­lución estaría a punto de triunfar, y que se prepararan para dedicarse al saqueo, etc., en cuanto se produjera la  victoria.

"¿Mamóiko reho, mi jefe?" (¿adónde vas, jefe?), me dijo Torales. Le expliqué el motivo de mi viaje y echó a reir; diciéndome que ya habían mandado un chasque a Borjita para que trasladaran a Emilio a otra Comisaría. "Pero no te apures, jefe", agregó. "El chasque va a pie; yo y mi gente llegaremos antes que él". Y montando mi caballo, dio el suyo a un ayudante, movilizó a otro foragido de la vecindad y emprendió viaje a Borjita. Volvió aquella misma noche con Emilio. "Afortunadamente no estaba Benítez"-dijo, refiriéndose al comisario- "y no tuvimos que matar a nadie. Kóina ápe n'amigo antregá ndéue" (aquí te entrego a tu amigo). Desensilló mi caballo y se marchó, sin darme tiempo para agradecerle.

El día siguiente escribí al Mayor Rogelio Benítez, y por vuelta de correo recibí un salvoconducto firmado por el Ministro del Interior autorizando a Emilio Andino a ausentarse a la Argentina, en donde se halla hasta ahora, según supe hace días. Y si la intuición no me engaña, muchos de aquellos que con sus esfuerzos están enriqueciendo a la Argentina -y en menor escala, al Brasil- son criminales que como él debieron abandonar el Paraguay por el delito de haber "perseguido a correligionarios inocentes". Así también lo da a entender Eligio Ayala, uno de los pocos estadistas de verdad que el Paraguay ha producido en su turbulenta y sangrienta historia.


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MBURIKA PETRONA

(Primera parte)

 

Cuando mi hermano Hugo, Gabino Melgarejo y los demás "volunta­rios" cazados por el Capitán Lasclota fueron llevados a Villarrica para engrosar las filas del ejército revolucionario, yo estaba radicado en el yerbal San Antonio, de don Carlos Chase. Me enteré de lo ocurrido poco después del combate en que había caído Sachelaridi y caído prisionero Gabino Melgarejo, en una de las periódicas visitas que hacía a mi padre, radicado en la sazón en Santa Bárbara, pequeño establecimiento ganadero perteneciente también a don Carlos. Le cuidaba Lizzie Jones, criada de mis padres. Enterado de lo ocurrido, tras un breve descanso, seguí viaje a Villarrica, pero ya el ejército revolucionario había evacua­do la ciudad en marcha hacia Ca'í Puente, y la ciudad se hallaba en poder del ejército leal, comandada por el entonces Coronel Manlio Schenoni. Recurrí a un Mayor Arias, conocido y exvecino nuestro, y ayudante del coronel, y éste me extendió un documento autorizándome a "pasar por las filas del Ejército Constitucional". Munido de este documento seguí viaje, resuelto a llegar hasta Ca'í Puente,en donde estaba seguro de hallar algún amigo influyente quien me ayudara a obtener la libertad de Hugo.

Ya algo tarde salí de Villarrica y no fue sino hacia mediodía que alcancé ltá Yvú, una compañía situada cerca de Borja, y me encaminé hacia una casa situada a unos centenares de metros del camino, en donde pedí permiso para pasar la siesta; entré en conversación con el dueño de casa, un señor Ortigoza, y dándome cuenta de que se trataba de un karia'y eté, como llaman en la vernácula al varón de pelos en pecho, le hablé acerca del objetivo de mi viaje. "Katu-eté ndaja'évai" (Es imprudente decir: "Indefectiblemente, con toda seguridad"), respondió. "pues nadie sabe lo que nos espera. Pero mucho me temo que pierdas caballo y apero antes de llegar a destino. Si me tienes confianza. déjamelo y te lo cuidaré hasta que regreses. A nadie se le ocurrirá buscar caballos en mi kokueré -parcela cultivada o en barbecho- y puedes se­guir viaje con la razonable certeza de volver a encontrarlo en buen estado cuando regreses". Así hice, y cuando dos o tres semanas después volví, encontré al moro en excelente estado. Unicamente el como yo, con los pies llagados e hinchados encuentra un buen caballo, puede darse cuenta de la alegría que sentí, y del agradecimiento que siento aún, cincuenta y tantos años después, para con el bueno de Ortigoza.

Cruzar el Yhacamí, situado en las cercanías, no fue tarea muy difícil, pues aunque se hallaba crecido por las lluvias, es angosto, y el puente se hallaba solamente semidestruido por el ejército en retirada. El Yhacanguasú, en cambio, presentaba un problema serio: el puente había sido totalmente destruido, y para cruzarlo con mi equipo recogí unas tablas que habían sido arrastradas por la corriente, y con otras que me diera un vecino, construí una especie de balsa a la que aseguré ropa, poncho, pistola, botines y polainas, y me eché a la corriente. Pero por poco no llego a la orilla opuesta con el sombrero por toda indumentaria, pues tan fuerte fue la corriente y tantos los remolinos que mi equipo no tardó en empaparse, y si por fin llegué a la costa empujando la balsa semisumergida, fue porque mi buena estrella había dispuesto que así sucediera. Pero soplaba un helado viento del sur; tiritando, me puse a torcer poncho y prendas de vestir y a vestirme, tarea que duró probable­mente una hora. Y apenas me hube vestido, vino apareciendo una zorra del ferrocarril trayendo una canoa grande, y manejada por un pequeño piquete de fuerzas leales. Un grupo cruzó el río en la canoa, mientras sus compañeros regresaban a Iturbe con la zorra, llevándome con ellos, ya medio muerto de frío. Un joven de mi edad literalmente se apoderó de mí, me llevó a su casa, ordenó a sus hermanas que avivaran el fuego y prepararan mate, me proveyó de ropa seca y un poncho, encargando a sus hermanas secaran y plancharan mi equipo. Mateé, me calenté, cené; el día siguiente me desayuné opíparamente y seguí viaje, la ropa seca y bien planchada.

De lo que me había olvidado era la pistola, una moderna, de repeti­ción, que había adquirido poco antes, dejando el revólver en casa. La pistola de repetición es mucho más delicada que el revólver, y se me había olvidado preguntar si había alguien entendido que me la desar­mara y secara. El olvido por poco me cuesta la vida o me libra de un doble homicidio, pues en Yegros, después de almorzar con la montonera que ya se reunía para colaborar con las fuerzas del Coronel Schenoni -y a la vez saquear, incendiar y violar a su gusto y paladar-y al seguir viaje, dos jinetes me siguieron a todo galope y a un kilómetro más o menos del pueblo me altearon. Me eché en tierra e intenté defenderme con la pistola, pero el maldito artefacto sólo emitió un débil "plic" al apretar el gatillo, y un segundo después me pasó rozando una bala de máuser. Entregué a los bandidos la pistola y unos pocos pesos que llevaba en el bolsillo -una suma mayor llevaba dentro de una polaina- con lo que se dieron por satisfechos y pude seguir viaje.

Crucé el Pirapó sin dificultad gracias a un canoero servicial y me encaminé a Yuty, en donde se hallaba congregada una numerosa montonera, la mayoría de sus miembros en pleno estado de ebriedad, cometiendo sus desmanes, disparando fusiles, revólveres, escopetas y pistolas, como si estuvieran trabados en mortal combate. Me escabullí lo más pronto posible y seguí la vía férrea hasta el Tebicuary, crecido y con el puente destruido, y además, con un vagón vacío en medio mismo del puente, o mejor dicho, sobre los rieles colgantes del puente quema­do. Regresé un buen trecho y encontré un camino que conducía hacia la izquierda, pues se me había hablado de otro paso, situado aguas arriba; al atardecer llegué a la casa de un señor Nicolás Tufari o Stufari. Mientras cenábamos, ponderó mi osadía, pues nadie sabía nada a cien­cia cierta en manos de quién estaba la orilla opuesta del río, aunque se hablaba de un bandido de apellido Rojas, apodado Kurepí - correnti­no-, quien hacía de las suyas invocando el nombre de las fuerzas leales del Gobierno. Me encaminé al paso, en donde me topé con Rojas en persona, quien, con tres compañeros, se alistaba para cruzar el río.

Cuando me pidió mis documentos, creí prudente, en vista de lo que me había dicho el señor Stufari, contestarle que los había perdido al cruzar el Yhacanguasú, y que me dirigía a San Pedro, a casa de un Sr. Rauchfuss, excompañero de escuela, de quien sabía vivía en aquel pueblo. Rojas me contestó que me considerara prisionero y ordenó a uno de sus hombres que me alzara en ancas después de cruzar el río; pero pronto se apoderó de un caballo, unas riendas y una jerga, y me convertí en miembro de la banda. Afortunadamente, no hubo violaciones ni asesinatos; saqueos sí, pero en muy pequeña escala, pues era evidente que nos hallábamos ya en "tierra de nadie" y la comarca estaba prácticamente abandonada­

Al atardecer, nos dirigimos hacia una compañía que llevaba el lúgubre nombre de Las-ánima-"cadáver", en la vernácula-en dondese hallaba acampada una numerosa montonera al mando de un Capitán Lezcano. Este era militar de escuela; me sinceré con él y le enseñé mi pase, comunicándome él a su vez que respondía a las fuerzas leales. "Mi gente" -agregó- "es relativamente decente; pero imagínese Ud. qué será más adelante. Yo le pido que vuelva sobre sus pasos, pues está arriesgando inútilmente la vida. Al comenzar el combate, su hermano y sus compañeros se desbandarán, si es que ya no han escapado, pues sabemos de centenares de desertores que se han internado en las selvas del Paraná. Y si llega Ud. después de haber desertado su hermano, ¿qué suerte le espera? Siga mi consejo, y regrese mientras pueda".

No bien hubo terminado de hablar, pasó sobre nosotros, rumbo a Villarrica, un pequeño avión, informándome mi anfitrión que era un avión del Gobierno piloteado por un Capitán Paoli, veterano de la gue­rra de 1914-18. Volví sobre mis pasos, los pies hinchados e infectados, pero llegué por fin, enterándome de que, efectivamente, mi hermano con unos compañeros habían desertado enseguida de llegar, y tras penosí­simas marchas a través de las selvas del Paraná, se hallaban en Villarrica. Poco después yo abandonaba San Antonio para ir a trabajar con el Capitán Paoli en los yerbales de San Vicente, evidentemente cedidos por su participación en la contienda.

La sede de nuestras operaciones fue Caayovái, un "puerto" situado a muchos kilómetros aguas arriba de San Vicente, y en este lugar edifi­camos un enorme galpón para depósito, oficinas, etc. Debo suponer que hasta la fecha los yerbales de San Vicente no habían sido deslindados oficialmente, pues en los mapas figuraban mucho más hacia el este que Caayovái. Y en la mensura que se practicó, el "Reservado Fiscal San Vicente" abarcaba muchos de los mejores "ranchos" o zonas yerbateras de la firma Domingo Barthe, S.A.; entre ellos recuerdo Sepultura, Mbo­reví Barrero, Yacare-cuá; Guembety-mí, Argüello-cué, etc. Esto no tie­ne nada de extraño, pues era público y notorio que la firma Barthe simpatizaba con los insurrectos, siendo por tanto lógico y natural que pagara su falta de tino político. Esto ocurría en 1923/1924; unos veinte años después, más de cuatrocientas leguas de estas tierras fueron "recuperadas para el Estado", en opinión de los adversarios de Barthe; en opinión de sus amigos, Barthe fue inicuamente despojado de tierras que eran de su legítima propiedad. Obvio es agregar que la mayoría de estos partidarios de Barthe fueron al destierro; pero no es mi objetivo, ahora, hablar de política, sino de mi mula favorita, Mburiká (mula) Petrona.

Fornida, más bien baja, de pelo castaño claro, había recibido el sobre­nombre debido al supuesto parecido con una hija rechoncha, también de estatura más bien baja, de tez blanca, del habilitado principal del Sr. Paoli. Si se exceptúan algunas mañas enseñadas exprofeso por sus amansadores o domadores para evitar que nadie que no fuera un experto jinete pudiera montarla, era un excelente montado, y yo la utilizaba en mis frecuentes viajes desde Caayovái hasta Caaguazú, viaje que duraba, cuando no estaban crecidos los ríos, de dos días y medio a tres días.

En uno de estos viajes pernocté en Zanja Pypukú, en casa de un poblador -más bien pobladora, pues era la mujer quien mandaba o "manejaba la batuta"-de quien se decía era un indio guayaná oriundo de Paranambú. En efecto, eran gentes taciturnas, pero me invitaron a apearme y desensillar, me dieron de comer y pasé con ellos la noche. Viendo acostado a un mozalbete que gemía de vez en cuando, pregunté si estaba enfermo, y se me contestó que le había herido un tocón, le revisé la herida, extraje una larga astilla que tenía dentro, y le di unos polvos de permanganato de potasa-el único desinfectante que tenía ­para que lavara la herida varias veces al día, después de aplicarle compresas calientes de hojas de malva.

De regreso a Caayovái, pasé la siesta en casa de un señor Benítez, cerca del villorrio -repito que hablo de los años 1923/1924- de Villa Pastoreo, quien insistió en que pasara la noche en su casa. Pero desean­do ahorrar unas leguas, resolví seguir viaje hasta Zanja Pypukú en donde dormiría en casa del poblador guayaná. Pero, al saludar desde la tranquera, y como el ama de casa al retribuir en tono muy taciturno mi: ¿Maiteípa?, sin agregar el obligatorio: "apese", pregunté por el enfermo. "Omanó va'ekué" (pues, murió), dijo; y se introdujo sin más trámite en la pieza o culata de la casa.

El sol se ponía y tenía por delante cinco leguas hasta salir a Mburiká Potrero, un campichuelo situado sobre el camino. El "camino" era un pique de yerbateros, de más o menos un metro de ancho y dos metros de altura; viajar de noche en postura normal era arriesgarse a ser decapi­tado por una liana o degollado por una filosa caña. Había además jagua­res, cuyo solo olor inspiraba pánico a Petrona. Pero no había remedio, y haciendo de tripas corazón, me interné en la picada y continué viaje hasta la caída de la noche.

Cuando ya era imposible viajar sino agachado sobre el pescuezo de Petrona, me apeé, desensillé y asegurando a Petrona a un árbol, hice una enorme fogata para mantener alejado a jaguares y serpientes. Estaba a punto de dormir, cuando Petrona, con un tremendo bufido, me avisó que olfateaba un jaguar. Traté de apaciguarla, pero inútilmente, y cuando ya amenazaba con desnucarse debido al terror que le inspira­ba, logré, después de mucho trabajo, ensillarla, y apenas acomodado en el recado o silla, emprendió carrera hacia Mburiká Potrero.

Me vi obligado a agacharme para evitar el ser degollado o decapita­do, hecho que Petrona evidentemente interpretó en el sentido de que yo también olfateaba jaguares, y que le suplicaba galopar con más veloci­dad para que ambos no cayéramos víctimas de las fieras. Lo cierto es que redobló sus esfuerzos, como si todos los jaguares existentes en el Para­guay nos persiguieran, y cuando paró la marcha frente a la casa del único poblador de Mburiká Potrero, yo llevaba la blusa y la camisa hechas trizas, y el dorso convertido en una llaga abierta desde la nuca hasta la cintura. Como Petrona se introdujo como una furia en el ogaguy o galpón de la casa, grité: Chénte ko, karaí Fulano" (soy yo no más, señor fulano), para evitar que éste, asustado, me ultimara a balazos o machetazos.

Por fin, debidamente impuesto de lo ocurrido, salió a socorrerme, acostándome de bruces sobre su catre. La primera cura con salmuera tibia me hizo ver las estrellas, pero el día siguiente me aplicó un mejunje compuesto, creo, de bosta fresca de vaca, miel silvestre y no se qué más, y a los ocho días pude seguir viaje hasta Caayovái.


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MBURIKA PETRONA

(Segunda parte)

 

En los capítulos titulados Vuró y Atropello a mano armada, me refiero someramente a algunos episodios de mi vida en los yerbales de San Antonio, Paso Yovái, Curusú, etc. Debí haber comenzado por seña­lar que en 1921 me instalé, en compañía de mi futuro compadre Kelí (Felipe) Leiva, como encargado del Yerbal San Antonio, propiedad de don Carlos Chase, situado a unas leguas al sur de Caaguazú. Mejor hubiera sido describir la propiedad como un ex yerbal, pues todo el mundo lo consideraba como Ka'aty La Patria, un yerbal del Estado, y los habitantes de todos los distritos circunvecinos se consideraban con derecho a proveerse en él de la yerba que necesitaran, sin pensar siquiera en la necesidad de cosecharla en la época propicia.

En síntesis, el Yerbal San Antonio era una ruina, y nuestra obliga­ción consistiría en defenderlo de las depredaciones de los "changado­res", que así se designaba a quienes se proveían de yerba sin el permiso correspondiente, generalmente en época de veda. Mientras el yerbal se rejuvenecía, nosotros nos mantendríamos con el producto de una tropa de unas treinta vacas que don Carlos había dejado abandonadas en el establecimiento; criaríamos centenares de cerdos, que se alimentarían de los frutos de pindó y de jata'í que tanto abundan en la zona, y criaríamos centenares de gallinas; en pocas palabras, pronto nos con­vertiríamos en millonarios... Pero de las treinta vacas, veintinueve eran "cerreras", que por salvajes fueron abandonadas en San Antonio al trasladarse la hacienda vacuna, y bastaba que vieran a un ser humano para emprender precipitada fuga. A Dios gracias, había quedado olvi­dada una lechera mansa, siendo ella la que nos proveyó de leche durante un año.

En cuanto a nuestros cerdos, cuyo transporte a San Antonio nos costó el proverbial "ojo de la cara", se negaban rotundamente a consumir frutos de pindó y de jata'i y todos, menos uno, murieron. El que logró sobrevivir con restos de la cocina, creció tan raquítico que lo regalamos a un indio. Logramos criar gallinas, alimentando los pollos con maíz que comprábamos de la Colonia Troche y de Caaguazú, hasta que se levan­tara nuestra propia cosecha. En cuanto a dinero efectivo, San Antonio estaba rodeado de leguas y leguas de "tierra de nadie" que nos proveía de la cantidad suficiente de yerba para mantenernos más o menos decorosamente y proveernos de cargueros: caballos y burros.

Vendíamos esta yerba, primeramente a don Pablo Bertrand, en Mubebos, y posteriormente a tres alemanes que se habían instalado en Cerro Perõ, ahorrándonos así seis leguas de viaje. Estos alemanes eran Alfredo Fehlig, ex oficial del ejército alemán, Camilo von Brandt y Christel Schelee. Obligados a emigrar a raíz de la Primera Guerra Mundial, habían venido a la recién fundada Colonia Independencia, pero optaron por instalarse en las tierras fiscales de Cerro Perõ, situa­das al nor-este de la colonia.

Fue a Fehlig a quien el Capitán Paoli propuso hacerse cargo de la explotación de los yerbales que le había cedido el Gobierno, y él a su vez me propuso asociarme a la empresa en calidad de "socio industrial". Le expliqué que entre elaborar yerba así como yo lo hacía, y asumir la responsabilidad de administrar la explotación de yerbales de la exten­sión de los que tenía Paoli, había una gran diferencia, y que era menester estudiar el asunto en todos sus detalles. Para el efecto me constituí en Caaguazú a consultar el caso con el Sr. Juan de Dios González, uno de los expertos más conocidos en la materia. El me dijo que si se trataba del rancho de Yacaré-cuá u otro similar de la zona, estaría conforme en entregar, para una fecha determinada, tantas arrobas (una arroba = 10 kilos) de yerba canchada o mboroviré, puestos en depósito en el rancho, debiendo el patrón encargarse del transporte al puerto de embarque, en este caso, Caayovái. Que al firmarse el convenio, se le entregaría la suma de tantos pesos para conchavo de personal, etc. y el saldo al terminar la zafra.

Por fortuna, ya me había hecho amigo de Mariano Doldán, guaireño de buena familia, que se había vuelto montaraz. Su esposa era hija de doña Catalina Alfonso, mujer célebre en la inmensa zona que se extiende desde Caayovái hasta Paranambú. Estaba instalado en Campo Alegre o Yvy Yepotá, a unos pocos kilómetros al sur de Caayovái. Acompañado de él, Fehlig, von Brandt y yo emprendimos viaje a los yerbales. Como resultado del viaje de inspección y de los datos que me suministraron don Juan de Dios González y Mariano, le dije a Fehlig que para iniciar nuestras operaciones necesitaríamos de tanto dinero en efectivo; de veinte buenas mulas para el transporte de la yerba desde el rancho hasta el depósito que se construiría en Puerto Caayovái, y de dos chatas de mil arrobas cada una para transportar la yerba desde Caayovái hasta Puerto Bareiro, "puerto" situado a cinco leguas de Caaguazú, desde donde se transportaría la yerba en carreta hasta el pueblo.

Fehlig consultó el caso con el interesado: se tropezó con dificultades en obtener dinero en efectivo, pero todo se solucionaría satisfactoria­mente "en breve plazo", y como sabía que Paoli era propietario de grandes propiedades y hombre solvente, accedí a asociarme a la empre­sa, a condición de que se contratara a Mariano Doldán como mayordomo o segundo administrador. En vez de dinero recibimos carretadas de mercaderías, las que debimos liquidar a fin de que, en primer lugar, don Juan de Dios pudiera contratar a su comitiva e iniciar la cosecha a la brevedad posible. Luego, conchavar nuestra comitiva de mensú, para construcción de galpones, abertura de picadas, etc., y adquisición de provisiones. En vez de las veinte mulas, recibimos autorización para requisar todos los "chimbos" o animales sin dueño de la zona, en su mayoría caballos y mulas abandonados por inútiles por las tropas durante la última revolución; en cuanto a chatas, tendríamos que entendernos con Guyra'í o Amarilla, propietario de una chata de mil arrobas, para que transportara nuestra producción desde Puerto Caa­yovái hasta Puerto Bareiro, mientras se conseguían los fondos necesa­rios para la construcción de embarcaciones propias.

Por fin pudimos emprender viaje con los últimos miembros de nues­tra comitiva, habiendo ya partido el primer grupo a las órdenes de un capataz, con instrucciones de iniciar la limpieza de la tropera que con­ducía de Campo Alegre hasta Yacarecuá, en cuyo rancho don Juan de Dios ya estaba instalado. Nuestra partida fue algo pintoresco: Maria­no, bastante achispado, rompió la marcha con nuestra tropa de anima­les cargueros, muchos de ellos animales dignos de lástima por el estado en que se hallaban; yo le seguí con los mensú rezagados pero, como todos estaban ebrios, debí recurrir a la colaboración del Jefe Político (hoy llamado Alcalde Policial) para que nos mandara acompañar unas leguas, hasta el Cambay. Un prolongado baño en sus aguas heladas disipó los efectos del alcohol y pudimos continuar viaje, para enterar­nos, al llegar a Caayovái -en donde se trabajaba en labores de limpieza, desmonte, construcción de un galpón y ensanche del camino de Caayo­vái a Campo Alegre- de que dos miembros de la comitiva habían desertado, rumbeando hacia Paranambú, el puerto de la Empresa Barthe sobre el río Paraná.

"Nos libramos de ese sarnoso Fulano y el guaraipo (haragán) de Mengano", comentó Mariano. "Pues en Paranambú aprenderán a ser hombres, si no quieren ser liquidados por Crispín Rojas..." Crispín Rojas era uno de los "liñeros" de la empresa Barthe, siendo su obligación re­correr las "líneas" o deslindes de la propiedad de la empresa y también evitar la fuga de personal y, al que fugaba, perseguirlo. Se le atribuía, con o sin razón, el haber liquidado a más de un infeliz a quien le volvía loco el recuerdo del valle. Muy distinto fue lo que Mariano me confió a mí: que si no lográbamos impresionar a nuestro personal estábamos perdidos, pues Barthe, a raíz de la derrota en la revolución, se hallaba en tren de reformas; no sólo pagaba mucho más que nosotros, sino que las condiciones de trabajo habían mejorado. Tendríamos que ir a Para­nambú, concluyó diciendo.

"¿Y qué diablos creés poderle sacar a José Gracia?", le pregunté. Don José Gracia era el administrador general de la zona, y tenía su asiento en Puerto Paranambú.

"Upéa ehejá che cuenta rehe" (deja eso por mi cuenta), "che uru", me contestó. Urú es un término familiar que el personal de los yerbales emplea al dirigirse a una persona de rango superior al suyo, pero no encierra idea alguna de obsecuencia, como che ruvichá, por ejemplo: mi jefe. Convinimos en emprender viaje en cuanto hubieran descansado nuestros montados y estuvieran encaminadas las tareas que el personal realizaría en nuestra ausencia; y unos días después nos internamos en la tropera--camino angosto para mulas y otros animales de carga-que conducía a Tosera, nombre del lugar hasta donde llegaba la picada maestra, ancha, bien cuidada y limpia, que cruzaba la propiedad de la empresa Barthe desde el Puerto de Paranambú. Hacía dos años que la tropera no había sido "barbeada" o limpiada de malezas y, si mal no recuerdo, cabalgamos penosamente durante casi dos días antes de salir a Tosera; pero por fin llegamos, y unas horas después desensillamos nuestros montados en el establecimiento de doña Catalina Alfonso, suegra de Mariano, a la sazón habilitada de Barthe. El conversó larga­mente con ella, y posiblemente le haya dado informes acerca de los dos peones fugitivos, cuyos rastros habíamos hallado en la tropera. Pero al seguir viaje rumbo a Paranambú, :Mariano me recomendó averiguara a don José Gracia si había recibido informes acerca de los fugitivos, cuyos rastros habíamos encontrado y si, en caso de que la empresa les diera trabajo, podría descontar de sus jornales el importe de las cuentas que tenían contraídas con el Sr. Alfredo Fehlig. Mariano no quiso acompa­ñarme hasta la oficina del administrador, quien me recibió con toda afabilidad. No sabía de los fugitivos, quienes posiblemente hubieran rumbeado hacia Tava'í u otro lugar-cosa muy difícil, por no decir impo­sible-; me invitó a almorzar con él, y después de una breve siesta emprendimos el viaje de regreso.

Después de haber cabalgado quizás una hora, nos dimos cuenta de que nos seguían dos jinetes cuya misión, probablemente, consistía en evitar que realizáramos investigaciones, indiscretas entre el personal que trabajaba en labores de agricultura a orillas de la picada. "Aquel es Vera, el capataz liñero", dijo Mariano, "y su compañero es Crispín Rojas. Con él tengo una cuentita pendiente, y si es macho, posiblemente haya llegado el momento de saldarla...". En todo el Alto Paraná Crispín Rojas tenía fama de matón; con toda seguridad vendría bien armado, mien­tras Mariano tenía solamente su machete "Colin" (Collins), y aventuré la opinión de que sería arriesgado buscar pleito en tales circunstancias. "Ani rejapurá che rehe, che urú" ("no te apures por mí, jefe"), replicó. "A ese arruinado le parto el cráneo con mi `Colin' antes de que pueda desenfundar su Winchester o su revólver, si es que lleva uno. Tú te encargarás de Vera, pues si yo liquido a Crispín, posiblemente tendrás que habértelas con él..." Linda perspectiva: ¡quizás verme obligado a trabarme en mortal combate con un hombre a quien ni conocía... de puro gaucho!

Nos alcanzaron los dos jinetes; Mariano espoleó su zaino tostado y se le pegó literalmente a Crispín, el machete a medio desenfundar. Duran­te un trecho siguieron así, no pudiendo Crispín adelantarse o atrasarse un milímetro de su contrincante, tan bien amaestrado tenía Mariano a su zaino tostado; casi podría decirse que los dos animales y los dos jinetes formaban un solo bloque. Después de haber seguido así durante un corto trecho, Mariano le espetó: "¿Te acuerdas, tú, Crispín Rojas, engendro de las partes pudendas de una hija de la diablesa de ..? Pues ha llegado el momento, si eres hombre, de arreglar esa cuentita...", y siguió un torrente de denuestos.

El hecho tomó de sorpresa a Vera, quien se me dirigió en castellano: "¿No te parece conveniente, señor, que dejemos el pleito para otra ocasión?" Le contesté que sería una excelente idea: "Pero Ud. debe comprender, señor Vera, que el pleito no es conmigo, es con Mariano, quien ni es empleado mío, sino de puro gaucho me ha acompañado en esta misión..." Al escuchar estas palabras, Vera ordenó secamente a Crispín que parara; que yo había venido en una misión amistosa, etc., y que él y yo veíamos con malos ojos lo que ocurría. Hubo un intercambio protocolar y al despedirnos nos preguntaron dónde dormiríamos. Le miré a Mariano, quien contestó en Tosera, nombre del paraje en donde terminaba la picada ancha y comenzaba la tropera que conducía a Caayovái. Al llegar a Tosera me apeé, aflojé la cincha y me preparaba para desensillar, cuando Mariano intervino: "Nuestros montados toda­vía están en condiciones de aguantar unas leguas más", dijo. "¿Pero, acaso no vamos a dormir aquí?", contesté. `Anivéina reñembotavy chéve, che urú" (déjate de hacerte el inocente), repuso. "¿O te gustaría la idea de dejar la osamenta aquí sin enterrar?" Y nos metimos en la tropera, cabalgamos hasta que fue materialmente imposible continuar y des­montamos. "Yo hago prima, tú alba", dijo Mariano, refiriéndose a la ne­cesidad de turnarnos como centinelas, y me acosté.

Durante nuestra ausencia había llegado un chasque con un mensa­je para mí, y mientras mateábamos Mariano comentó que había llegado en buena hora: él se encargaría de llevar al patrón guasú, don Alfredo Fehlig, el importe de las cuentas de los haraganes hijos de... que habían desertado, y que don José Gracia nos había abonado, más los réditos correspondientes y los gastos que habíamos tenido por el camino. "Y siempre es Crispín Rojas el que manda allá", agregó. "Yo le iba a partir el cráneo con mi Colin", pero como íbamos en misión pacífica, de nego­cios, se había abstenido, para no comprometerse. "Pero es larga la vida, dijo el karau (una chanza popular), y ya se presentará otra oportunidad para tratar con él mano a mano..."

 

El mensajero que venía a buscarme era Kelí Leiva; mi padre estaba totalmente ciego; había canjeado unos créditos que tenía en el Banco Mercantil, en bancarrota y en liquidación con un deudor del Banco, recibiendo en cambio un motorcito a vapor, un trapiche para caña dulce y tres tachos para hacer miel, y más un alambique primitivo para desti­lar caña. Más aún: había adquirido los derechos sobre un lote agrícola en Borjita o Colonia Natalicio Talavera, de relativamente reciente crea­ción, en donde proyectaba instalar la fábrica.

Expliqué mi situación a Mariano: sin una fuerte inyección de capital, o sea, el importe de dos chatas y por lo menos veinte buenas mulas, nuestra empresa no pagaría dividendos, y esta inyección de fondos estaba tardando mucho en llegar. Yo, como socio industrial, viviría, o subsistiría, hasta que la empresa estuviera asentada sobre bases sólidas; y mientras tanto, ¿qué haría mi padre, ya solo en el mundo, y ciego? La situación de él (Mariano) era distinta: se le abonaba un sueldo mensual fijo, y si Fehlig dejaba de cumplir con él, estaba perdido; al re­tirarme, sería el alma de la empresa, un hombre imprescindible.

Le hice ver que era indispensable que me retirara a fin de cuidar de mi padre. Avisamos al capataz que yo mismo llevaría el dinero cobrado a la Empresa Barthe, al patrón; Mariano insistió en acompañarme hasta Pastoreo, y partimos. Antes de seguir, sin embargo, debo confesar que la fuga de los dos peones, el viaje a Paranambú y el resultado del mismo me habían convencido ya de que yo no había nacido para yerbatero en gran escala: no solamente ni habría soñado en visitar al administrador de la empresa Barthe y alardearme de haber "vendido" a los dos prófu­gos; ¡había estado a punto de verme comprometido en un posible duelo a muerte con un hombre a quien ni conocía! Me di cuenta de que carecía de las cualidades indispensables para dirigir una empresa yerbatera importante.

Llegamos a Pastoreo al ponerse el sol y nos apeamos en casa de un bolichero-el único del pueblucho-amigo de Mariano. Pidió sardinas, galletas, vino, consumidos los cuales preguntó por Fulano, un guitarris­ta y Mengano, "acordionero" y los mandó llamar, y provistos de dos botellas de caña y de once balas 38 largas -afortunadamente las únicas que el bolichero tenía en existencia-comenzamos a recorrer el villorrio y lugares adyacentes. Para la una de la madrugada se nos habían terminado caña y balas, y Mariano ya no podía mantenerse en pie; con ayuda de los músicos lo llevé a casa de mi amigo Benítez, quien me prometió llevarlo personalmente hasta Caayovái, y yo seguí viaje.

Fue la última vez que lo vi: algunos años después desapareció, mon­tado en su zaino, en las aguas del Monday, el que intentó cruzar, probablemente bajo los efectos del alcohol, sin tener la precaución de desvestirse. Fehlig murió en la guerra del Chaco, como voluntario del ejército paraguayo. En cuanto a ven Brandt, se instaló en un campo cerca de Tava'í, en aquel entonces el límite entre el "mundo civilizado" y el misterioso y temible feudo de Barthe, la selva que se extiende hasta el Paraná; murió hace algunos años. En cuanto a Christel Schlee, en uno de mis viajes a Cerro Pero, ya terminada la revolución del 22, su ausencia me llamó la atención: había "rumbeado" hacia el Paraná, camino a la Argentina, en compañía de un mayor del ejército alemán que había luchado con las fuerzas revolucionarias.

Si yo fuera un hombre resuelto, "forjador de mi propio destino", hu­biera dicho a mi padre que, siendo nulos mis conocimientos de mecánica, cosechar caña dulce, destilar caña, etc., lo lógico sería liquidar el motor­cito, trapiche y alambique, con el importe de los cuales él se ubicaría en una casita cómoda con Lizzie Jones, ex criada de mi madre, quien le cuidaría, mientras yo buscara conchavo nuevamente en el mundo civi­lizado y pudiéramos reunirnos. Hallar un buen empleo me hubiera sido fácil: en Zeballos-cué había trabajado como taquígrafo-traductor duran­te dos años; en Buenos Aires, un año; en San Antonio, otro año; y el taquígrafo-traductor bilingüe tenía las puertas abiertas en todas partes en aquella época. Pero un poco por flojonazo o debilidad de carácter, un poco por el amor a la vida "independiente" del campesino paraguayo de aquella época, accedí a su deseo de dedicarme a la molienda de caña dulce y la destilería.

Sólo agregaré que, económicamente, la empresa fue un fracaso... y terminé por convertirme en agricultor... para tener que abandonar precipitadamente la comarca ya frisando en los cuarenta, con una numerosa familia a cuestas, y buscar conchavo, como consta en la última parte del capítulo titulado Vuró. Más no agregaré, dejando al lector que medite sobre el papel que el destino o "su planeta" desempeña en la vida de cada ser humano...

Don Cecilio Brítez, fugitivo en la revolución de 1904, se había instalado en el entonces inaccesible paraje; situado a unas 5 leguas al Este de Caaguazú, que llegaría a llamarse Puerto Bareiro. Todos los años desmontaba una nueva parcela de bosque, cultivándola, y hacién­dose así de un extenso campo para criar ganado. Poseía numerosas vacas, bueyes y carretas, cerdos, gallinas, ovejas, cabras. Era ya anciano cuando le llegué a conocer y su sueño dorado, su obsesión, era un "golpe" que llevara nuevamente al poder al Partido Colorado.


10

ÑA SINFOROSA

 

Cuando me radiqué en la Colonia Natalicio Talavera en 1925, el poblado, llamado Potrero Borja y después Borjita, contaba con una comisaría rural ad honorem y dos agentes que tampoco recibían sueldo, uniforme ni comida, pero que al cabo de dos años recibían sus bajas del ejército. Su misión consistía principalmente en ir de vez en cuando a Mbocayaty, cabeza de distrito y distante unas tres leguas de Borjita, a informar sobre cualquier novedad que hubiera; en citar a los compren­didos dentro de la ley de servicio personal obligatorio para que arregla­sen tal o cual trecho de camino, y en dedicar un día o dos a la semana a cultivar la chacra del comisario. También hacían correr la voz cuando sabían que era inminente la venida de alguna comisión policial de Villarrica, cosa que, si el comisario tenía amigo en la Delegación Civil (Delegación de Gobierno, como se llama ahora), se le comunicaba bajo cuerda para que no se dejase sorprender; y era cosa archisabida que en la Colonia había sentado sus reales cierta gente que tenía cuentas pendientes con la justicia, cuya amistad convenía conservar. Cuántos comisarios y agentes de policía han perdido la vida en nuestra campaña por su falta de consideración para con los bandidos que la infestan, generalmente protegidos de algún caudillo político o militar influyente.

Los tahachí o agentes de policía debían también convocar a las juntas generales en que se trataba de la refacción de la capilla, la escuela; la necesidad de reparar los "frentes" o cercos comunales; el próximo co­mienzo de las clases, la venida de algún funcionario, etc. Y no se crea que por carecer de sueldo, el de Comisario Rural era cargo que se rehuía: además del prestigio que lo rodeaba, tenía sus entradas. Las destilerías clandestinas, los traficantes en animales ajenos, los que contrabandea­ban maderas, todos pagaban sus pequeños tributos. También tenían mano de obra gratuita para el cultivo de sus chacras. Tan apetecido era el cargo que en 1942 un sujeto me ofreció cinco mil pesos con tal que le consiguiera el puesto de comisario ad honorem de Itayvú, compañía de Villarrica, cuya principal industria era, a la sazón, el abigeato.

En 1925, Borjita no tenía Juzgado. Tampoco había oficina del registro civil, debiendo anotarse los nacimientos en Mbocayaty, como también celebrarse allí los matrimonios. La escuela inferior, en la que se impartía enseñanza hasta el 2° grado, no funcionaba regularmente debido a la falta de maestro; además, durante el "trabajo tiempo" o época de labores agrícolas, que se extiende desde julio hasta fines de octubre, los niños debían ayudar a sus padres en el desbroce y cultivo de sus parcelas. Años después, cuando la colonia contaba con Juzgado y tenía escuela media, que funcionaba hasta el 5° grado, un comisario -ya rentado, también- dijo en una junta general de vecinos que mientras en otros países los padres pagaban para que sus hijos se instruyeran, entre nosotros de buena gana pagarían para que se les exonerase de mandarlos a la escuela. Y no habiendo la filípica surtido el efecto desea­do, apresó a varios remisos y les obligó a dedicar unos días de trabajo a blanquear la escuela, limpiar la plazoleta y desbrozar el patio de la iglesia, a fin de convencerlos que el artículo de la Constitución nacional referente a instrucción escolar obligatoria no era letra muerta.

En la época de que hablo-alrededor de 1925-don Cecino Riveros era probablemente el único "hombre de la situación" de la colonia que sabía leer y escribir. Aunque don Adolfo Casco era bachiller y Gaspar Villalba había cursado el tercer año del Colegio Nacional, no pertene­cían al régimen y no podían por consiguiente ocupar ningún puesto público. Don Cecilio los desempeñaba todos, a excepción del de maestro de escuela: Administrador de la Colonia, Presidente de la Junta Econó­mica Administrativa o Municipal, Agente Escolar, Encargado de Co­rreos. Interinaba además la comisaría policial que, como todos los demás puestos, carecía de retribución. Cuando posteriormente se crea­ron el Juzgado de Paz y la Agencia de Impuestos Internos y se asignaron sueldos al Comisario y al Administrador, ninguno de estos cargos se asignó a don Cecilio. Fueron ocupados todos por advenedizos que, si bien mucho menos meritorios que él, por ser bravucones o matones, eran mucho más útiles en política, ocupación en la que don Cecilio no podría prosperar por ser hombre pacífico y honrado.

Don Cecilio era también médico, y aunque muchos confiaban más en ña Agüí, porque a ella le bastaba con echar un vistazo a una muestra de orina tomada en ayunas para hacer su diagnóstico, evitando así a sus pacientes un interrogatorio a menudo embarazoso, -sobre todo si se trataba de enfermedades venéreas, un embarazo que se quería ocultar, etc.-, realzaba grandemente el prestigio de don Cecilio el hecho de poseer un ejemplar del recetario Libro de las Madres, del farmacéu­tico Rodríguez.

Por supuesto, no había vecino a quien no conociera, con todas sus mañas; y fue él quien me contó la historia de ña Sinforosa. Cuando yo la conocía, era viuda y se mantenía con el producto de una minúscula parcela de maíz, mandioca y porotos, cuyo modestísimo producto incre­mentaba haciendo cigarros que vendía en la aldehuela. Su esposo había muerto de lepra, contraida a los pocos meses de casados, debiendo ña Sinforosa cuidarlo durante los diez años que tardó en morir. Raras veces la prensa se ocupa de la abnegación de personas como ella, seguramen­te por temor a herir sus susceptibilidades, porque cuesta creer que al público le interese más la vida sexual de las estrellas de cine, cuya inmoralidad pareciera constituir una obsesión para la mayoría de nuestros periódicos.

Un año o más habré estado en Villarrica sin pensar siquiera en ña Sinforosa, cuando un buen día un raro encadenamiento de ideas me la trajo a la memoria. Sería denigrar al viejo Zawluk decir que fuera un trasunto de nuestra sociedad, de nuestra "gente bien", porque él no intentaba disimular hipócritamente el afán de lucro y el instinto preda­torio que lo dominaban y que constituyen el alma misma de nuestra sociedad (y antes de tildárseme de cínico, léase lo que respecto a nuestra clase acomodada o dirigente opina un hombre que, por pertenecer a ella, está más capacitado que yo para juzgarla, Arturo Bray: "La pobreza del pueblo no da para levantar iglesias, y la generosidad de los ricos, aun de los católicos ricos, no se manifiesta en ese sentido, si es que se manifies­ta en alguno"). El contraste entre este afán de lucro de la sociedad en cuyo medio me había trasplantado y el desinterés y el amor al prójimo que caracterizaban a los campesinos entre quienes había pasado la ma­yor parte de mi vida, era violento. Y con tanta nitidez reflejaba la fiso­nomía del viejo Zawluk este afán de lucro que dominaba el ambiente en que me hallaba, que suscitó en mi mente la idea de algo diametralmen­te opuesto: el desapego, la hospitalidad, la generosidad del campesino. De don Cecilio, por ejemplo, dijo El Surco, cuando murió:

"Aislado hasta hace poco por la falta de vías de comunicación, Nata­licio Talavera (Borjita) carecía de todo recurso médico. Don Cecilio suplía esta falta, pudiendo, mediante sus vastos conocimientos de las propiedades de las yerbas medicinales, socorrer a centenares de nece­sitados, que, sin él, hubieran carecido de todo recurso.  Negándose invariablemente a aceptar recompensa pecuniaria alguna por sus servicios y acudiendo voluntarioso a todo llamado que se le hiciera, don Cecilio se ha hecho acreedor a la gratitud imperecedera de los humildes que le rodeaban".

Y cuando murió Avalos, pude decir, con toda sinceridad, también en El Surco:

"Fuera de la Colonia Natalicio Talavera donde trabajó, sufrió y murió, serán pocos los que le conozcan, pero es justo y necesario que se le recuerde, porque fue el prototipo de una generación de campesinos paraguayos de recia contextura moral que va desapareciendo paulati­namente. Fue pobre, pero nunca titubeó en postergar la ejecución de la tarea más apremiante si había que buscar al médico para un vecino, al sacerdote para un moribundo, uncir la yunta de bueyes y llevar un herido al hospital, sin pensar en recompensas... La ley que regía su vida fue la contenida en aquellas palabras del Nazareno: Porque tuve ham­bre, y me diste de comer, tuve sed, y me diste de beber, fui huésped y me recogiste, desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, estuve en la cárcel y viniste a mí".

Cayé Zárate -y cuántos como él- murió unknown, forgotten and unsung (desconocido, olvidado, sin panegírico), pero en algún archivo debe conservarse memoria de él. Pobre de solemnidad .y padre de numerosa prole, recogió a la anciana ña Maurí a la muerte de su esposo pa'í Sinfó, la alimentó y cuidó durante varios años, y la enterró cristia­namente...

Pero volvamos a Zawluk. Era mercero y comisionista; llevaba una muestra de zapatos para mujer, muy ordinarios, y ofrecía un lote de cien pares al precio de ciento cincuenta pesos el par. Al decírsele que eran muy ordinarios, rebajó a ciento cuarenta, y al decírsele que la casa no tenía interés porque no era del ramo, ofreció venderlos a ciento veinti­cinco. Al despedirse me ofreció una comisión de cinco pesos el par si los vendía, y para deshacerme de él, le prometí mandarle clientes. Olvidé el asunto, pero días después vi, camino al conchavo, que Otto Meister tenía la vidriera llena de zapatos para mujer. Entré y le pregunté a cuánto Zawluk se los había vendido, contestándome que ciento veinti­cinco pesos el par. Le referí la oferta que me había hecho el mercero, di­ciéndole que si él, Meister, estaba conforme, le exigiría yo a aquel la comisión, debiendo él en caso necesario jurar que había ido a ver los zapatos por indicación mía; en cambio, yo le cedería la mitad de la comisión. No costó mucho convencerlo, y aunque más duro de pelar fue Zawluk, pude por fin convencerle que me abonara su comisión. La mitad de lo que me correspondía lo invertí en yerba, galleta, sal y jabón que, junto con el saldo en efectivo para compra de carne, se lo mandé el mismo día, por intermedio de un carretero amigo, a ña Sinforosa.

Pensando después sobre el episodio, varias veces he sentido una sensación comparable con el remordimiento, no por haber estafado a Zawluk, sino porque no merecía las preces que con toda seguridad ña Sinforosa elevaría diariamente al cielo por mi salud y prosperidad.

 

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DIVAGACIONES HIPOCRÁTICAS

 

Siendo director del Departamento de Tierras y Colonias el benemé­rito don Genaro Romero, le escribí averiguando la posibilidad de obte­ner el envío a Borjita de un guarda sanitario con la misión de medicar, gratuitamente, a los muchos enfermos de anquilostomiasis que había en la zona. Para que diera tal paso, algo habrá influido, quizás el recuerdo de lo que personalmente había padecido siendo niño. Grave­mente enfermo de anemia parasitaria, mis padres me llevaban de un médico a otro: Villarrica, Asunción, Sapucai, San Bernardino, y siempre los mismos nauseabundos mejunjes seguidos o precedidos de tónicos a base de hierro. Indudablemente, éstos me mantenían vivo, pero conver­tido en un cadáver fantasma ambulante, o semiambulante, los tobillos hinchados, los párpados colgantes, la cara del color de una sábana sucia.

Finalmente, mis padres dieron con un capitán del Ejército de Salva­ción, Alexander K. MacDonald, el que posteriormente escribiría Pictu­resque Paraguay. Este caballero tenía, u obtuvo, la receta usada por la Comisión Gorgas en la zona del Canal o futuro Canal de Panamá, en donde habían debido suspenderse los trabajos a causa de la parasitosis, la malaria y otras enfermedades. Me administraron este medicamento, pero el farmacéutico, en vez de timol, llenó las obleas con mentol. Los efectos desastrosos sobre mi organismo llamaron la atención de mis padres, y ellos mismos intervinieron en la preparación de la segunda dosis, la que surtió los efectos deseados y comencé a vivir nuevamente, después de una pesadilla de no sé cuántos años. Tendría a la sazón nueve años de edad.

He dicho, y repito, que "en algo habrá influido" el recuerdo de mi niñez para que escribiera a Don Genaro sugiriendo que gestionara el envío a Borjita de un Guarda Sanitario para medicar a los parasitosos. El verdadero motivo quizás haya sido otro, y trataré de explicarme lo más sucintamente posible. Hasta la llegada de la Misión Rockefeller, creo que en el lapso comprendido entre 1920 y 1928, el Paraguay estaba literalmente minado de anquilostoma. Miles, decenas de miles de para­guayos, víctimas de mba'asy kane'õ, la enfermedad del cansancio, o mba'asy sa'yjú, la enfermedad amarilla, anémicos y jadeantes, produ­cían apenas lo necesario para subsistir.

Los pocos médicos que había no sabían nada de la enfermedad, prueba de ello lo soy yo mismo, en quien los más renombrados doctores habían ensayado inútilmente sus medicamentos. No es por consiguien­te de extrañar que, cuando se produjo el milagro de mi curación, me­diante una receta de cuya misma existencia nada sabían los doctores, mis padres se vieron literalmente obligados a dedicarse a la medicina, o si se quiere, al curanderismo. En su descargo debo decir que contaban, no solamente con la receta mágica de la Comisión Gorgas, pues mi madre era enfermera, y mi padre había comprado la biblioteca del célebre Dr. Botrell, quien había ejercido la profesión durante años en Villarrica, al regresar éste a Inglaterra. Esta biblioteca contenía mu­chos tratados de medicina y farmacia, revistas especializadas, etc. No es por consiguiente extraño que a mis padres, mejor dicho, a mi madre, porque era ella quien se entendía con la gente, se atribuyeran milagros: "Dr. Borte medicinakué voí niko oguerekó" (tiene los tratados de medi­cina del mismísimo Dr. Botrell, ¿sabes?), decía el campesino, ignorando, u olvidando quizás, que el célebre médico sólo pudo aliviar a aquellos que contaban con los medios económicos necesarios para permitirse el lujo de una dieta rica en vitaminas y comprar tónicos que contenían mucho hierro. Fue así como acudían, primeramente a Yataity y luego a Villarrica, adonde nos mudamos después de la revolución de 1911-1912, caravanas de enfermos jadeantes ijuku'áva, de aspecto cadavérico, algunos de ellos procedentes de los puntos más lejanos.

Tal fue la fama de mi madre que hubo enfermos que hicieron el viaje desde Corrientes y otros desde Mato Grosso; y un día apareció en casa una pareja de australianos, un capitán de barco jubilado y su esposa. En Buenos Aires se les había hablado de una doctora radicada en cierto pueblo del Paraguay llamado Villarrica, cuya fama igualaba a la del legendario Dr. Botrell, quien en el mismo pueblo había devuelto la salud a tantos desahuciados. Y a Villarrica vinieron en busca del milagro que no se produjo: al Capitán lo estaba matando lentamente un cáncer inoperable.

Basándome en la siguiente anécdota, ocurrida ya en las postrimerías de la segunda década de este siglo, debo suponer que nuestros médicos de la época recibían pocas revistas especializadas. Me lo contó don Jorge González, de Yvaroty, Villarrica, muchos años después de ocurrido el hecho, que fue como sigue: trajeron a un hermano de don Jorge, enfermo de anquilostomiasis, a Villarrica, junto al facultativo que, entre los tres que ya había, gozaba de fama de ser el mejor. "Gastamos el importe de una vaca sin que mi hermano mejorara", dijo don Jorge. "Pasó un mes, se vendieron otros dos bueyes, y todo seguía igual. Vendimos otra yunta de bueyes y un carro, sin aparente mejoría. Ha mba'é rojapóta (¿y qué hacer?) Pues, secuestramos a nuestro enfermo. Tal como te lo cuento, pues. habíamos alquilado una casa situada cerca de la del doctor, y para evitar cualquier posible discusión, alzamos a nuestro enfermo, muy de madrugada, a una carreta y amanecimos en Lomas Valentinas, frente a la casa de doña Rosa. En menos de un mes y quince días, mi hermano estaba sano y bueno, con un gasto de solamente doscientos pesos".

Cuando yo me establecí en Borjita con mi padre atacado de una ceguera, en aquella época incurable, se hallaba radicado en Santa Bárbara, a dos leguas de distancia de Borjita, un señor Jakobsen, dinamarqués, quien, para la época y el lugar, poseía buenos conocimien­tos de medicina. Se dedicaba a la agricultura, pero en casos de urgencia acudía a socorrer a los vecinos. En Borjita ejercían la profesión ña Agüi y don Cecilio Riveros, de quienes ya se ha hecho referencia. Y aunque yo sabía de ciencia médica tanto como sé de navegación polar, ¿acaso no era hijo de la famosa doña Rosa? También debía haber heredado su "medicina", y con sólo hojear dicho libro estaría yo también en condicio­nes de realizar los milagros que ella había realizado. Así razonaba el campesino, y así comenzó mi carrera de médico.

Un día vino llegando Kelí Vera. "Sé que como amigo y correligionario no me negarás un servicio que vengo a pedirte: Ndé niko la doña Rosa membyré (todo el mundo sabe que eres hijo de la finada doña Rosa). Y como tal, debes haber heredado su medicina: Ahecháva voí la releérõ jepí", oración que, traducida más o menos literalmente, significa: "He visto, a veces, que lo lees (o leías)", pero que encierra la advertencia, expresada en términos diplomáticos imposibles de tomar a mal, que e interpelado mentiría si negara lo que su interlocutor afirma. "Y tengo un pariente enfermo a quien quiero que mediques, porque todos los médicos (palabra que en la vernácula designa al curandero) y los doctores que hemos visto dicen que es incurable. Ha nde rehe mante ma rojepoká (por eso nos vemos obligados a solicitar tu ayuda)".

Muy diplomáticamente, también, y antes que se arrimara la carreta con el enfermo, que ya venía pisando a Kelí los talones, logré que éste me comunicara el diagnóstico del último doctor a quien habían consul­tado: artritis deformante. Busqué el término en uno de los textos. Con­sulté otro, hojeé Squire's Companion to the British Pharmacopea y expliqué el caso a Kelí y a su hermana, madre del enfermo. Para consolar a éste, en su presencia les di una receta contra los dolores reumáticos, que me había proporcionado don Cecilio Riveros, consisten­te en un cocimiento de ciertas yerbas, acompañado de fricciones con la grasa de no recuerdo qué animal. También insistí en la necesidad de que el enfermo se abstuviera de comer bacalao y alimentos similares que sabía ni conocían siquiera. Porque si un médico dice que el enfermo puede comer lo que le plazca, ello significa que ya no hay medicamento ni régimen que lo pueda salvar. En ciertas dolencias, hay que abstener­se de alimentos calientes; en otras, de alimentos fríos; en otras, de alimentos irritantes, y lo mismo reza para las bebidas. Decirle que puede comer y beber lo que apetece, equivale, o equivalía en aquella época, a una sentencia de muerte.

Un día vinieron a verme Gaspar Villalba, marido de mi sobrina Elena, y su hermano Pablino. Su madre -mi comadre Isabel-estaba gravemente enferma: tanto ña Agüí como don Cecilio les habían dicho que "Doctor mante ipohã, ipohãró". (únicamente un doctor la podría sal­var, si es que tiene salvación). También Jakobsen les había dicho que había muy pocas probabilidades de que salvara. "¿Necesitan algún di­nerito para llevarla a Villarrica?", les pregunté, pero contestaron que no, Jakobsen les había dicho que mi comadre Isabel no estaba en con­diciones de hacer el viaje, de cinco leguas, en carreta de bueyes, sin elásticos. "Lo que pasa es", dijo Gaspar, "que todo el mundo sabe que tú tienes la medicina de doña Rosa, y que aplicas inyecciones. Y si mamá muere sin que te hayamos consultado y sin que le hayas aplicado una inyección, la murmuración no terminará nunca y no sabremos en dónde esconder las caras".

Efectivamente, unos meses antes, en vista de la cantidad de víboras que había en el distrito, me había provisto de una jeringa hipodérmica y aprendido la manera de aplicar inyecciones de permanganato de potasa, el medicamento en boga en aquella época para tales casos, y ya había intervenido en dos casos sin que mis pacientes murieran. Tam­bién tenía unas ampollas de aceite alcanforado, y accedí a las súplicas de Gaspar Y su hermano. Rogando a la Divina Providencia guiara mi mano para que no alcanzara un hueso, acertara algún tendón o arteria -nunca había aplicado una inyección intramuscular-, inyecté dos centímetros cúbicos de aceite alcanforado. Mi comadre Isabel murió nueve años después -guaimigui reí- (de puro vieja).

Una noche escuchamos cinco disparos de arma de fuego en rápida sucesión, seguidos, después de un intervalo algo más largo, de otro estampido. Seis tiros de revólver calibre 38 largo. Todos sabíamos dis­tinguir entre un 32 largo y corto, 38 largo y corto, 44 largo y corto, y entre éstos y el tiro de fusiles y escopetas. Minutos después llamaban a mi puerta; traían en un catre a una chica de apellido Doldán, herida. Presentaba cinco heridas de bala -le dispararon a quemarropa-, cuatro de ellas con orificios de salida, pero la quinta bala había seguido durante un trecho el brazo, entre piel y carne y se hallaba incrustada en el brazo superior, a flor de piel. Tan superficiales eran las heridas que el problema se solucionó con un poco de agua oxigenada y tintura de iodo, algodón y gasa, siendo extraída la bala una semana después en el Hospital de Villarrica. El sexto balazo fue más certero: después de haber el mozo disparado cinco tiros contra la muchacha con quien bailaba, disparó la última bala contra sí mismo, esta vez en pleno corazón.

No en todos los casos en que me tocó intervenir fui tan afortunado. Un día me trajeron al hijo de karaí Francisco Antonio; comía tierra, rechinaba los dientes mientras dormía y se asustaba sin motivo... Le receté dos pastillas de las antaño clásicas pastillas del Dr. Kemp y el chico expulsó una escupidera llena de enormes seuo'ipytá, las lombrices llamadas Ascaris Lumbricoides, creo. Pero el chico desmayó, debido probablemente a la lucha del enjambre de bichos al ser expulsados de su tibio y confortable alojamiento. Pero esta opinión no fue compartida por ña Agüí, cuya intervención solicitaron los afligidos padres, ignoro si por no haberme encontrado a mí o por no gozar ya de su confianza. \ a Agüí, con sólo echar un vistazo a la muestra de la orina del chico que llevaron, dictaminó que el desmayo tenía por causa el haberse expulsa­do, juntamente con los parásitos, no recuerdo si a la madre de las lombrices sevo'í sy, o la abuela, sevo'í jaryi. Descuido imperdonable en un profesional que se preciaba de competente. Ella, gracias a los largos años que llevaba dedicados a la profesión, pudo remediar el daño man­dando friccionar todo el cuerpo del enfermo con una pomada compuesta de grasa de taytetú o pecarí chico (la del grande es inservible), de ajos pisados y de vinagre, administrándole simultáneamente una infusión de yerbabuena, menta y ka'arẽ o kenopodio. Mi reputación profesional sufrió un rudo golpe, y debo confesar que debí abandonar Borjita y, si­multáneamente, el ejercicio de la medicina, antes de haber aprendido a expulsar sevoí pytã sin molestar a la abuela de los bichos.

Como queda dicho, en la época de la que me ocupo había muchos enfermos de anemia parasitaria en Borjita porque, si bien la Misión Rockefeller había visitado la zona, muchos casos nuevos se habían producido debido a la falta de letrinas. La situación de muchos de ellos era desesperante, porque podrían recibir tratamiento únicamente en Villarrica, distante cinco leguas. Algunos me pedían ayuda, pero yo no era ningún Rockefeller. Opté, por consiguiente, por escribir a don Gena­ro Romero, como queda expresado; él se dirigió al entonces departamen­to de Salud Pública y pocas semanas después llegaba a Borjita un guarda sanitario, de apellido Onieva, con una buena provisión de medi­camentos. No exagero cuando afirmo serme imposible determinar si fue el recuerdo de mis propios padecimientos lo que me impulsó a escribir a don Genaro, si fue el egoísta afán de librarme de algún pobre que. podría importunarme o quizás un anhelo, inconsciente o subconscien­te, de satisfacer en parte las muchas deudas que tenía contraídas para con mis semejantes. Sea cual fuere la verdad, gracias a aquel paragua­yo, sencillo y humano que fue don Genaro Romero, la vida de muchos de los humildes habitantes de mi valle, hasta aquel momento una verda­dera pesadilla debido al mba'asy sayjú, se hizo más llevadera.

Nota: Deseando expresar mi agradecimiento a la familia del Sr. McDonald, a quien sin duda alguna debo la vida, como se la deben otros muchos paraguayos, sin que él lo supiera, escribí al Ejército de Salvación solicitando informes. Se me contestó que en esta zona nunca había actuado un oficial del Ejército de apellido McDonald. Prosiguiendo mis investigaciones, llegué a saber que era conocido o amigo del Capitán Frisch, encargado del Hogar que en aquella remota época mantenía el Ejército en Villarrica, y en donde él a veces solía alojarse. Es evidente, por tanto, o que mis padres obtuvieron la receta del Capitán Frisch, a quien él posiblemente le habría confiado, o directamente de él durante una de sus visitas a Villarrica o a Yataity, y que yo había confundido el uno con el otro.

Gracias al libro de Savín Souter sobre la Colonia Nueva Australia recordé la deuda que tenía para con McDonald, y logré dar con una sobrina-nieta de él. Ella me escribió que, del Paraguay, McDonald había viajado nada menos que a Etiopía, y que luego fue a parar en Rodesia, con mujer e hijo.

 

***

 

Como debe constar en otro capítulo de estas notas, a fines de 1950 fui nombrado Curador de los indios Mbyá-Guaraníes del Guairá, publicán­dose en un periódico de la capital el decreto correspondiente. Algunos meses después llegó a mi casa en Yvaroty una señora. Venía de lejos, de no recuerdo qué pueblo: un miembro de su familia padecía de un mal que según los doctores era incurable. Pero a ella le constaba que los indios saben muchos remedios que para los doctores son desconocidos. Se daba cuenta también que, si el Gobierno me había nombrado Curador de indios, ello se debía a mis vastos conocimientos de la medicina secreta de ellos, y venía a suplicarme que me encargara de curar a su pariente. Tratar de convencerla de que curador no significaba precisamente médico o doctor en medicina sería más bien contraproducente, pues con toda probabilidad creería que la engañaba. Le dije, por consiguiente, que al extendérseme el nombramiento de Curador de indios, yo me había comprometido solemnemente a limitarme a curar a los indios siéndome terminantemente prohibido curar a personas de otra raza. Que, además, en cualquier lugar donde hubiera hospital yo me hallaba legalmente obligado a mandar inspeccionar a mis indios por los médicos diplomados o doctores. Entre ellos, dije, había doctores muy competen­tes, y yo y todos los miembros de mi familia, en caso de enfermecad ­recurríamos al Dr. Arbo. Ignoro si la buena mujer me creyó o no; pero sí fue evidente que regresó muy desconsolada a su valle.

De otro caso similar-e1 de una dama yanqui "muy interesada en el tipo de trabajo que Ud. realiza"-conservo prueba por escrito en la carta que va glosada a esta página. En ello la señora (quizás una señorita) manifiesta haberle informado el doctor Fulano que probablemente yo podría recetarle algo "para que su cabello, prematuramente gris, reco­brara su color natural". Trabajo me costó vencer la tentación de con­testarle. Por otro milagro -probablemente habré amanecido enfer­mo-en lugar de romper la misiva en mil pedazos y arrojarlos furibundo al canasto, la archivé, rescatándola hace poco de un montón de papeles ya inútiles que había resuelto quemar. A continuación se transcribe la traducción de la carta.

"Casilla de Correos 241 Asunción, Paraguay Octubre 11, 1952. Sr. Dr. León Cadogan, Villarrica, Paraguay. Señor Cadogan, recientemen­te estuve en la oficina del Dr. Rubén Ramírez Pane y él me prestó el pequeño folleto escrito por usted y presentado a él con el título: Síntesis de la Medicina Racional y Mística Mbya-Guaraní.

Estoy interesada en el tipo de trabajo que usted realiza pero no entiendo guaraní y por tanto no puedo sacar provecho de su libro. Me pregunto si tiene este mismo libro u otros escritos sobre el mismo pero en inglés. Si es así podría decirme el título y el lugar donde pueda comprar una copia.

También el Dr. Ramírez sugirió que usted podría contarme la causa del color blanco prematuro de mi pelo para volverlo a su color natural. Si tiene algo para ayudarme, podría hacerme saber y contarme el precio.

Le agradeceré mucho esta información y espero recibir muy pronto noticias suyas. Sinceramente, Ruth Erni Knowlton. P. D.: No estoy inte­resada en un tinte para mi pelo, sino algo que restaure su color natural".


 

12

EL GATO DE ÑA ISABEL

 

En un capítulo que lleva por título El lobo me he referido a los "voluntarios" traídos de Ajos -como de otros departamentos- para engrosar las filas del ejército de Albino Jara, acuartelado, durante parte de la revolución de 1911, en Villarrica. De los acontecimientos que tuvie­ron por desenlace esta nueva "revolución", se ocupa con bastante imparcialidad don Ernesto Meaurio en el tomo tercero de su Villarrica Contemporánea y su Municipio, que abarca el período comprendi­do entre 1910 y 1940. "El año político se iba a iniciar con una sublevación militar de proporciones inesperadas que soliviantaría todas las opinio­nes partidistas del país y sembraría una anarquía sin precedentes en la familia del Ejército nacional".

"Traiciones indignas entre los militares embanderados en el perso­nalismo más estrecho de dos sectores del liberalismo imperante, radi­cales jaristas y gondristas, banderías creadas por la incontenible ambi­ción de los caudillos para cohonestar sus menguados apetitos en la sombría disputa por la supremacía del poder; golpes y contragolpes en Asunción, con evacuaciones y ocupaciones de la misma por fuerzas armadas. Las convulsiones que siguieron a la cuartelada del 17 de enero esterilizaron enteramente las actividades generales de todo el territorio de la República, principalmente en la región del Guairá y Villarrica en especial, por haber sido asiento de fuerzas legales algunas veces y revolucionarias las más, durante un año y tantos meses..."

Meaurio describe los episodios más importantes (o catastróficos) de aquella contienda; el asesinato de Adolfo Riquelme, los innumerables cambios de gobierno y por fin la terminación de la "revolución" con la muerte, en el combate de Paraguarí, del coronel megalómano. Yo pasé gran parte de la contienda en casa de ña Isabel Casco, situada en Puesto Ca'aguy, a una legua más o menos del pueblo de Yataity. Cerca de la casa de ña Isabel había un "potrero" o campichuelo oculto y mi tarea consistía en pastorear los tres caballos de la familia en dicho potrero a fin de que no cayeran en manos de las comisiones que periódicamente devastaban la zona en busca de "voluntarios", de caballos y de "donacio­nes" de ganado vacuno, maíz, poroto, almidón, gallina, etc., para el ejér­cito, que se preparaba para marchar sobre Asunción.

Conservo en la memoria un nítido retrato de la figura amable y rechoncha de ña Isabel; de su casa, compuesta del típico ogaguy o espa­cio libre que remataba en una culata-dormitorio, etc.., y una diminuta cocina contigua a la casa, todo bien aseado, las paredes revocadas y blanqueadas con caolín. Pero lo que mejor recuerdo es el enorme gato de ña Isabel encargada --ésta al menos es la impresión que conservo- de limpiar la olla y la fuente enlozada en que ña Isabel servía la comida. Ella, posiblemente, terminada la higienización previa realizada por el gato, sometía los utensilios citados a la acción del agua, pero yo jamás presencié tal operación.

Como la casa de ña Isabel estaba situada en un paraje solitario, no habiendo, por consiguiente, niño de mi edad en la vecindad -y se me había impartido además la consigna de no hablar con nadie por temor a que llegara a conocimiento de los militares el paradero de nuestros caballos-yo a menudo contraía una enfermedad de etiología misterio­sa que me impedía trasladarme a la casa de ña Isabel para el cumpli­miento de mis funciones.

En tales casos, mi hermano mayor Enrique se veía en la obligación de recurrir a José Mbora'ú para que me relevara. Mbora'ú significa "mal agüero", "pronosticador de desgracias" (en el guaraní puro que se habla aún en ciertas regiones apartadas), y el pobre José, cuyo apellido era Enciso, debía el sobrenombre al hecho de que su oficio de "campanero" le obligaba a veces a tocar a muerto. Recuerdo que, además de campa­nero, era fabricante de guitarras, cultivaba una minúscula parcela de maíz, poroto, mandioca, tabaco y algodón y los trompos que fabricaba eran famosos en todo el distrito.

Era, además, un hombre honrado a carta cabal. Pues, hallándome yo un día gozando de una licencia por motivos de salud, reemplazándome José Mbora'ú en mis funciones, se presentaron en el pueblo Claudio Martínez, vestido de uniforme y portando un fusil Mauser, y otro vecino del distrito de nombre Juan Vicente Barrios, éste vestido de civil, pero llevando un cinturón con balas de fusil. Claudio, evidentemente, estaba ebrio, y en cada esquina paraba un momento para disparar un tiro al aire, para luego seguir la marcha hasta llegar a la Jefatura que estaba abandonada. Penetraron en la guardia, hubo un disparo de fusil, y Claudio salió corriendo, solo.

Enrique fue el primero en llegar al edificio y encontró tendido en el suelo el cadáver de su amigo Juan Vicente; Claudio le había levantado la tapa de los sesos con una bala explosiva o "dum-dum". Comenzaban a acudir algunos vecinos cuando reapareció Claudio, quien disparó contra Enrique, contestándole éste con un tiro de revólver pero sin dar ninguno de los dos en el blanco. La escaramuza fue breve, afortunada­mente, pues a Claudio se le terminaron las balas. Había regresado al lugar del crimen para despojar a su víctima del cinturón de proyectiles que éste llevaba. Fue recogido el cadáver de Juan Vicente, aquella noche hubo el velorio y fue enterrado el día siguiente.

Inmediatamente después, según pude deducir de ciertas observacio­nes que logré captar, las familias Barrios y Andino, estrechamente em­parentados, realizaron un conciliábulo al que evidentemente había asistido Enrique, íntimo amigo de ambas familias. Enrique debe haber dicho algo a papá, pues me despertaron las palabras: "Comply with the laws of the land" (cumplir con las leyes del país), o quizás: "ajustar la conducta de uno a las leyes del país en que uno reside".

Más no llegué a escuchar, pero el día siguiente vino apareciendo nuevamente Claudio Martínez, con su Mauser, en compañía de Emilio Andino. Todas las casas del pueblo estaban cerradas y no se veía una sola alma, pero todo el mundo, creo, observaba los acontecimientos des­de algún escondite. Al pasar la pareja por frente a casa, Emilio le tomó a Claudio del brazo y como por arte de magia apareció en escena mi padre, apartó a Emilio y se apoderó del asesino en un abrazo jiu-jitsu. También como por arte de magia apareció en escena don Mauricio Ledesma, cuñado de Claudio y Juez de Paz del pueblo, ordenando a mi padre que soltara a su víctima, quien, con la cara congestionada, parecía próximo a morir. Por toda respuesta, don Mauricio recibió un puñetazo que le tumbó de espaldas, y segundos después papá soltó a su víctima dejándolo caer al suelo semi-muerto. Fue maniatado y conducido a la guardia por Cepí Barrios, hermano del finado, y otros parientes. Aque­lla noche se produjo un nutrido tiroteo en la proximidad de la guardia y escuché decir a un vecino que ya lo habían liquidado, refiriéndose apa­rentemente al asesino.

Muy distinto fue lo que ocurrió: pocos días después apareció en Yataity un pelotón de quince fusileros encabezado por el famoso Cardo­zo'í y el sargento 1° Claudio Martínez. Penetraron en el almacén de mis padres, se ubicaron en fila contra la pared del negocio y, adelantándose Cardozo'í, pídió a Enrique dieciséis pañuelos de cuello de seda azules, para él y su tropa (el azul es el color emblemático del Partido Liberal). Al contestarle Enrique que los pañuelos le costarían tantos pesos, Cardozo fingió enfurecerse, contestando que sobre el pago ya hablarían después, pero que él no permitiría que un gringo, cabecilla de bandidos enemigos del ejército del Coronel Albino Jara, le insultara en esa forma. Esta fue la señal para que la tropa descerrajara sus fusiles, como también para que Enrique sacara la mano del cajón del mostrador en donde la tenía metida, y arrimara su Smith Wesson 38, con el gatillo preparado, a unos centímetros del corazón del bandido.

"¡Manda fuego, Cardozo!", le espetó. "Ha karia'yicha ja'áta oñondi­ve" (y como hombres caeremos juntos). No agregó que también caería Claudio, pues Segundo Cuevas, el ayudante en el almacén, desde un escondite, observaba la escena, con una escopeta de dos cañones en la mano y un revólver en la cintura. Y como había pedido ya la mano de una hermana de Emilio Andino, faltaría a su obligación si no liquidara a todos los enemigos de la familia que le fuera posible. Pero, ¿las conse­cuencias? Creo innecesario entrar en detalles acerca de lo que pasaría y, para evitarlas, entró en acción mi padre; ordenó a Enrique que bajara el revólver, invitó a Cardozo a pasar a su oficina a conversar. Al rato salieron. Cardozo obtuvo los dieciséis pañuelos, Enrique fue conducido preso a la guardia, acompañado por mis padres, "para satisfacer el agravio inferido a un militar paraguayo", de donde se le puso inmedia­tamente en libertad, y la tropa desapareció, cada uno de ellos con un pañuelo azul al cuello en prueba de la victoria que habían obtenido, y celebrándola en cada esquina con una descarga de fusilería.

Sería de suponer que fuera un pelotón del ejército de Jara que hubiera rescatado a Claudio Martínez de la guardia local en donde se hallaba maniatado, conduciéndolo a Villarrica, y no fue sino mucho después que llegué a saber lo que realmente había ocurrido: los Barrios y los Andinos habían consultado el caso con Eduardo Cubas, guerrillero, montonero, soldado de fortuna, figura semilegendaria de las "revolucio­nes" que se venían sucediendo regularmente desde 1904. Convinieron en que él acompañaría a Cepí Barrios en el cumplimiento de la misión de vengar la muerte de Juan Vicente. Y no se les tilde de sanguinarios por proceder así.

De haberse puesto Claudio a disposición de la justicia, como lo quería mi padre "para que se cumplieran las leyes del país" -to comply with the laws of the land- hubiera ocurrido lo siguiente: se instituiría suma­rio y no habiendo testigos presenciales del hecho -aunque los hubiera, se guardarían muy bien de prestar declaración por temor a las represa­lias-, Claudio diría que había sido agredido por Juan Vicente y "en legítima defensa" había querido disparar un tiro para intimidarlo; la víctima misma forcejeando, había desviado el fusil... Sentencia: Se le absuelve al procesado de culpa y pena por haber obrado en legítima defensa...

Pero volvamos a los hechos. Se ha dicho que Claudio había desapa­recido, después de haberse producido un tiroteo en las proximidades de la guardia; quienes lo secuestraron fueron Cepí Barrios y otros miem­bros de las familias, y se dirigieron hacia el norte, rumbo al río Tebi­cuary-mí, distante una legua más o menos del pueblo. Desde el vado del arroyo Guaimi'y, cercano ya al Tebycuary-mí, Cepí y Cubas siguieron viaje con Claudio, regresando los demás. Colocaron a Claudio, mania­tado, sobre el mismo borde de la barranca del río, embravecido por la creciente; Cepí desenfundó el revólver, pero al hacerlo recibió un pun­tapié en el brazo; salió el tiro que, penetrando en la boca de Cepí le echó varias muelas y salió perforándole la mejilla, dejándole semiatontado. Cubas evidentemente estaba desprevenido, pues antes de que pudiera reaccionar, Claudio se tiró, maniatado, a la corriente que hervía a unos cinco metros más abajo.

Días después se presentó en Villarrica, de donde había desertado: había descubierto una montonera numerosa, encabezada por el gringo Fulano de Tal, lista para entrar en acción cuando recibieran orden para ello; había matado a uno de ellos, pero acorralado, había sido apresado, logrando librarse de la muerte mediante no recuerdo qué santo que llevaba. De lo ocurrido después, ya se ha tratado. Afortunadamente, pocos días después Jara marchó sobre la capital, siendo vencido y mortalmente herido en Paraguarí. Los "voluntarios" oriundos de Ya­tayty a quienes se averiguaban detalles de la lucha, contestaban que apenas comenzaba el jaleo -Oñepyruvové guyryry-, ellos se habían echado a una zanja, refugiándose en un bosquecillo, etc., en espera de un momento propicio para fugarse, oportunidad que no tardó en llegar, pues vecinos hubo que apenas veinticuatro horas después de la batalla se hallaban nuevamente en su valle, a pesar de las muchas leguas que separan Paraguarí de Yataity.

¿QUIEN ES TU MADRE, HIJO?

He citado a ña Isabel, el campanero José Mbora'ú, los Andinos y los Barrios, amigos de nuestra familia, el asesino Claudio Martínez y el célebre Eduardo Cubas. Entre otras personas de quienes conservo memoria ocupa lugar destacado caraí Tibú Barreto. Vivía en la loma que lleva su apellido y periódicamente venía al pueblo para echar una cana al aire; se apeaba frente a nuestro almacén, ataba su caballo a una estaca, entraba y pedía una copita de un real (el peso de aquel entonces se componía de diez reales). Indefectiblemente, al correr la voz de que caraí Tibú estaba en la capilla-vocablo que en la vernácula significaba "pueblo" -, acudían varios mita'í de los alrededores, se descubrían si llevaban sombreros y le pedían la bendición: «La bendición, che paíno". Con la solemnidad que requería el caso, caraí Tibú también se descu­bría; santiguándoles, decía: "Padre, Hijo, Espíritu Santo".

Era vox populi que caraí Tibú tenía treintaiseis hijos naturales; no es de extrañar, por consiguiente, que a menudo --especialmente en aquellos casos en que el ahijado llegaba después de haber él ingerido la cuarta o quinta copita de a un real-, después de haberle impartido la bendición, se agachara y preguntara en voz baja: "¿Máva memby piko ndé, che ray?" (¿quién es tu madre, hijo?) La traducción literales: "¿Hijo de quién -subentendiéndose 'de qué mujer'-eres?", porque en guara­ní la mujer designa a su prole, masculina y femenina, con el vocablo de memby, mientras el hombre dice che ra'y, (mi hijo); che rajy (mi hija). Carai Tibú era lo que llaman en la vernácula mboriahú ryvatã (pobre repleto, harto), o sea, un campesino acomodado.

De los capilleros o puebleros, que recuerdo merece citarse don Emilio, el boticario. El también venía de vez en cuando a nuestro almacén, pero él tomaba la caña con "bitter", en caso contrario, un vermut. Hallándose un día charlando con papá y ya después de haber tomado varias copas. fue llegando don José María, un hacendado, pero radicado con su familia en el pueblo. "Tú, José María, eres un desvergonzado", le espetó don Emilio. "Todo el mundo sabe que, además de tus tres hijas legítimas, tienes doce hijos naturales, y de puro tacaño po jopy-, no has reconocido a ninguno. En cuanto a mí, que vivo de mi trabajo, mi señora tiene siete hijos; no por eso he dejado de reconocer y dar mi apellido a mis dieciocho hijos naturales... Neretiri, ch'amígo" (eres un desvergo­zado, amigo).

En el lapso transcurrido, sin embargo, las cosas han cambiado grandemente; el Paraguay ha dejado de ser "el paraíso de Mahoma"­ salvo para los militares y caudillos políticos- como lo demuestra ya el censo de 1950: en los departamentos del Guairá, Caaguazú, Itapúa y Caazapá había 1.920 parejas casadas y solamente 858 que vivían "en unión libre"; mientras el Registro Civil de Caaguazú demuestra que entre los años 1947 y 1952 nacieron en dicho pueblo 485 niños legítimos y 492 ilegítimos.

Probablemente os preguntéis cómo vivía el pueblo, cómo se divertía, cuáles eran sus creencias religiosas. Sería alargar en demasía estas notas hablar de tales cosas pero si os interesa el tema, diré que me he ocupado de todo lo citado en artículos dispersos. Pero tenéis derecho a preguntar: ¿Por qué Claudio Martínez asesinó a su amigo Juan Vicente? Solamente un psicólogo experimentado tendría derecho, obtenidos todos los informes asequibles, a aventurar una opinión al respecto. Persolamente -y confesando que no sé nada de psicología- creo que nuestro pueblo es un pueblo enfermo; desde hace siglos obligado a agachar la cabeza y decir "Sí , señor", pero bajo los efectos del alcohol explota psíquicamente. Refuerza mi hipótesis lo que he observado durante años en la Policía: que cuando abunda el dinero y la caña corre libremente, cada día feriado o santo ára menudean los homicidios y otros hechos graves de sangre. Pero podemos felicitarnos de que nuestra barbarie ni comparación tiene con "la violencia" en Colombia, la que asume proporciones dantescas que harían estremecer, creo, al propio Hitler y sus secuaces.

Poco después de terminada la revolución de 1911, nos mudamos a Villarrica, no tardando Enrique en embarcarse para Australia, vía In­glaterra. En Australia tomó en arrendamiento una enorme extensión de tierras en el inhóspito "Northern Territory" para dedicarse a la ganade­ría. Terminada la Primera Guerra Mundial se embarcaron mis herma­nos Erico y Bronte, yendo aquél a unirse a Enrique, mientras Bronte adquiría tierras en New South Wales. Poco después mi madre moría de cáncer, quebraba el Banco Mercantil donde papá tenía depositados sus ahorros y mi hermano menor Hugo moría a consecuencia de las penurias sufridas durante la revolución del 22. Casi simultáneamente papá perdía la vista a raíz de una enfermedad incurable en aquella época. En cuanto a mis hermanos que habían ido a Australia, Enrique fue herido gravemente por un cocodrilo y murió poco después; Erico fue ultimado por los aborígenes; Bronte, convertido en próspero agricultor, fue movilizado durante la Segunda Guerra Mundial, recibió un balazo durante la campaña de Nueva Guinea, que figura entre las más mortíferas de la guerra, y no tardó en morir. Papá murió ciego, a los setenta y cinco años, durante la Guerra del Chaco. ¿Tantas tragedias para que yo pudiera dedicarme a la etnografía guaraní? Cedo la palabra a mi hija Milly, licenciada en Filosofía.


 

13

RAZA GUARANI

I

CHE'ÍRO

 

En uno de los documentos que conservo en mis archivos consta que en fecha 2 de enero de 1949 me constituí en el domicilio de don Emilio Flecha, en Ca'amindy, en representación del Patronato Nacional de los Indígenas, y que en mi presencia y en la del testigo don Vicente Benítez, el citado Sr. Flecha entregó a los indígenas Luchí Domínguez, Chachi­rito Vera , Eusebio Romero, un toro de pelo hosco. En el mismo acto me entregó a mí un caballo zaino para ser vendido y su importe entregado al cacique Che'íro. Manifestaron que con la entrega de los dos animales se satisfacía una reclamación formulada por ellos contra el Sr. Flecha, y que con este acto se ponía fin a la disputa existente entre este señor y la nación mbyá.

Ca'amindy, pintoresca serie de lomas pobladas de ralas matas de pasto y de palmas jata'í, y sembrada a intervalos de minúsculas islas de monte, enclavada en medio de la selva, está situado a unas tres leguas al sur de Caaguazú y ocho al este de la Colonia Mauricio José Troche. Los únicos habitantes de la zona cuando se firmó el documento de referencia eran, además de los Mbyá, tres o cuatro pobladores que, con autorización del propietario don Carlos Chase, se habían instalado para dedicarse a la cría de ganado, y mandaban cultivar sendas parcelas de maíz, poroto y mandioca por intermedio de los indios que, en número ya muy reducido, poblaban, y aún pueblan la comarca.

Uno de los arroyos que riegan la zona, afluente del Ca'amindy, el que a su vez desemboca en el Tebicuary-mí, es el Piquete-cué Arroyo, así llamado porque "en tiempo de López", y hasta que la tribu fuera vir­tualmente exterminada por la viruela a comienzos de siglo, un piquete de soldados debió mantenerse permanentemente en el lugar, en un campamento ubicado cerca de la entrada a la picada que conduce a Potrero Cosme, hoy Colonia Mauricio José Troche, para defender a los mineros de los yerbales contra los indios. Estos afirmaban, y aún lo afirman sus dirigentes más ancianos que, por un pacto celebrado entre el Cacique Guairá y "los habitantes de otras tierras" o españoles, Ca'amindy y toda la selva circundante les pertenecía a ellos. Y lo que respecto a estos Monteses, Mbyá o Ka'yguá, nos dicen las crónicas de los jesuitas y algunos documentos conservados en el Archivo General de la Nación, constituye prueba de que durante más de doscientos años defendieron palmo a palmo las tierras sobre las que se consideraban con derecho, en una lucha sin paralelo en la historia, epopeya que aún espera la lira de un Homero y la pluma de un Camoens para inmorta­lizarla.

Los pobladores del Ca'amindy motivo de estas líneas fueron Emilio Flecha, firmante del documento al que se ha hecho referencia, y su cuñado Teófilo Vázquez. Contra Teófilo y un compadre suyo formulé, el 21 de noviembre de 1946, una denuncia ante la Delegación de Gobierno por atropello de domicilio e intento de violar a la esposa del indio Victoriano Villalba. Esta se defendió con un machete y luego, con una criatura de pecho en brazos, logró alcanzar la selva y ponerse a salvo. En aquella época, el indio era un animal bípedo que vivía al margen de la ley, no siendo de extrañar que el señor Delegado de Gobierno no prestara la menor atención a mi denuncia. Más por espíritu de contra­dicción que otra cosa, me empeciné en proseguir las gestiones del caso y pude, mediante la colaboración del Juez de Paz de la Colonia Mauricio José Troche, obtener que Teófilo y su compadre indemnizaran al indio ultrajado. Fue probablemente el primer caso en el Guairá en que las autoridades nacionales hayan intervenido en favor de la mentada "raza guaraní", objeto de tanto panegírico de parte de los institutos, las academias y los centros que diariamente, como hongos, surgen con la misión de "defender los valores autóctonos". El acta que puso fin al diferendo, fechada en la Colonia Mauricio José Troche, a 26 de enero de 1947, termina así:

"Teófilo Vázquez y Cesáreo Peralta dejaron en depósito a este Juz­gado la cantidad de diez guaraníes cada uno como indemnización que asigna a los indios. Según declaración de ellos, don Carlos Chase toma este asunto a pecho porque no les quieren a ellos..." Firmado: Juez de Paz.

En lo que a Emilio Flecha se refiere, hacía años que se había insta­lado en Ca'amindy con algunos animales y gracias a los pastizales - aunque pobres, extensos-su ganado se había multiplicado, convirtién­dose él en mboriahú ryvatã, nombre que se aplica en la vernácula al campesino que goza de bienestar económico. Tenía Flecha un criado indio de nombre Carlos, buen mozo, laborioso y obediente, también tenía una hija moza y un buen día ambos desaparecieron. Flecha mandó llamar al Cacique Che'íro, del Alto Monday, y le pidió la captura de los enamorados prófugos, asegurándole que estaba conforme en casar a su hija con Carlos en cuanto éste hubiera sido bautizado. Sin embargo; al regresar los prófugos gracias a la intervención de Che'íro, Flecha de­nunció al indio por rapto y pidió que su hija fuera remitida a la cárcel correccional de mujeres. El Juez de Paz que intervino en el asunto, el de la Colonia Natalicio Talavera por inhibición del de la Colonia Troche, exigió, como es de práctica, la partida de nacimiento de la supuesta víctima. Y trascendiendo que ésta era mayor de edad y habiendo ade­más ella declarado haberse fugado con el indio por su propia voluntad, no se dio curso a la denuncia.

Poco después vino a verme Che'íro. Una mujer india dijo que había visto una tarde a Flecha y Teófilo encarminarse hacia Piquete-cué, acompañados por el indio Carlos; hubo dos disparos de fusil y poco después la india, desde un escondite en una isla, vio regresar a Flecha y Teófilo a sus casas. Carlos ya no les acompañaba y hasta hoy nadie le ha vuelto a ver. Por los informes que suministraba Che'íro, era evidente que nada se lograría sin presentarse el cuerpo del delito -y aunque hubiera sido fácil, con la colaboración de los indios, descubrir el lugar en donde habían enterrado a Carlos, éstos no se avendrían a desenterrarlo: a pesar de considerar la muerte la cosa más natural del mundo, a los muertos les tienen un miedo cerval, como ya lo ha dicho el célebre etnólogo Nimuendajú. Y careciendo el Juzgado de Paz de Troche -como los demás Juzgados del Paraguay- de todo medio de locomoción y de viáticos para tales cosas, pretender que el Juez se constituyera en el lugar del hecho -distante ocho leguas o cuarenta kilómetros- en busca del cadáver, sería pedir peras al olmo.

Por consiguiente, llevé a Che'íro junto a mi amigo y consejero legal --ad honorem- en todo lo relacionado con mis indios, Evaristo Zaca­rías, le expuse los detalles del asunto, y le pregunté cuánto le costaría a Flecha obtener su libertad si yo le acusara por la desaparición de Carlos. Contestó que un abogado medianamente ducho obtendría su sobreseimiento por treinta mil pesos, al oír lo cual Che'íro- conversá­bamos en guaraní- interpuso que la ley de ellos exige la muerte de: homicida. Pero como en este caso el victimario era paraguayo, y si la ley, paraguaya admite que se venda la vida de un semejante, él influiría para que los padres de Carlos aceptaran la indemnización, aunque en opinión de él, un ser humano valía más que treinta mil pesos. Le expliqué lo mejor que pude el mecanismo de la administración de justicia y al terminar, el respondió:

"Bien hizo Dios, Ke’y (che ryke’y, mi hermano mayor) en disponer que viviésemos separados... Nuestra ley admite componendas en todos los casos a excepción de aquellos en que haya sido desolado un hogar (moambagué), convertir un hogar en ruinas, demoler un hogar (locución empleada por los Mbyá para designar el homicidio). Pero, aunque nuestra ley exige que el que mata purgue su crimen con la vida, yo aceptaría vuestra ley si ella exigiera que el homicida indemnizara a los deudos de su víctima. Tú me dices, empero, que el que recibe el dinero es un extraño, y que ni se indemniza a los padres del muerto ni se castiga a quien desoló un hogar".

Esta alocución de Che'íro me sugirió una idea: le dije que, si él estaba conforme, yo trataría de obtener que Flecha, en vez de venir a la cárcel y pagar treinta mil pesos a un abogado, entregara dicha suma a los padres del indio asesinado. Asintió, y el día siguiente ensillé el caballo y emprendí viaje a Ca'amindy, yendo por Ñumí, compañía de la Colonia Mauricio José Troche. Allí me encontré con mi viejo amigo don Vicente Benítez y mediante él supe que Flecha estaba en casa de su madre, situada a corta distancia de la casa de don Vicente. Sin demora fui a verlo y le expliqué que, si denunciaba el homicidio, él tendría que abonar treinta mil pesos a un abogado para obtener su libertad, y que si además el Patronato de los Indígenas, como era de esperar, interviniera desig­nando un querellante, pasaría también una buena temporada entre rejas. Para terminar, le dije que yo haría la vista gorda si él entregaba a los padres de Carlos, en presencia de Che'íro o sus representantes, la suma de treinta mil pesos o su equivalente. Tuve que tragar saliva mientras una vieja arpía, la madre de Flecha, exclamaba: "¡Hepy eté piko ãgã la avá re'ongué!" (¡lo que cuesta ahora el cadáver de un indio!) Pero llegué a un acuerdo con Flecha, acuerdo que poco después ratificá­bamos en Ca'amindy en presencia de don Vicente Benítez, como consta en el documento al que se hizo referencia al comienzo.

A Flecha no le he vuelto a ver; de Teófilo, su cuñado, sé que no hace mucho mató a un agente de Policía, siendo a su vez ultimado por el padre de éste y bárbaramente mutilado su cadáver.

 

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RAZA GUARANI

II

LA ESTATUA

 

A este capítulo sobre la raza guaraní le había puesto por título "Aporte al estudio del cretinismo paraguayo" porque, ya viejo, una serie de hechos en que me tocó intervenir parecían demostrar que don Cecilio Báez tenía toda la razón del mundo cuando escribió o pronunció aquella célebre frase: "El cretinismo paraguayo", motivo para que tanto se le vilipendiara posteriormente. Afortunadamente, antes de sacar en limpio estos apuntes, reflexioné; prevaleció el sentido común, el criterio cien­tífico; sometí los hechos a un examen frío y objetivo y el análisis demuestra que el Dr. Cecilio Báez escribió o pronunció la célebre frase durante un momento de pasajera ofuscación, secuela de un acceso de aquel aburrimiento hipocondríaco llamado "luna" por nuestra gente.

Esta "luna" o mal humor patológico parece guardar relación con el funcionamiento del hígado; es característico, según los entendidos, del avá o indio, como también de aquellas personas de quienes se dice poseer carácter de indios: hiavá rekó. Probablemente, también esté relacionada con el viento del norte, pues, como lo ha señalado algún biógrafo del Dictador Francia, era en los días en que soplaba el norte que éste mandaba liquidar a sus adversarios, pudiendo deducirse que existía estrecha relación entre este viento y el mal humor o "luna" del dictador.

Como se ve, esta "luna" o mal humor patológico, es el mismísimo esplín o spleen inglés; y si digo que la frase: "el cretinismo paraguayo", acuñada en mala hora por nuestro célebre Dr. Báez, es producto de la "luna" o el spleen, es por lo absurdo que sería admitir, sin un examen más minucioso de lo que pudo haber practicado este intelectual, que el coeficiente de inteligencia del pueblo paraguayo sea tan bajo como para merecer el calificativo de raza de cretinos. Porque, si bien hallamos por doquier -como halló el Dr. Báez-pruebas aparentemente concluyen­tes de que efectivamente merecemos el oprobioso epíteto, en contra de la hipótesis del Dr. Báez tenemos los argumentos contundentes reuni­dos por dos sabios de la talla de Bertoni y Manuel Domínguez. Estos argumentos demuestran, sin lugar a dudas, ser materialmente imposi­ble que la raza paraguaya no sea superdotada, física, moral, mental y espiritualmente, superior a todas las demás.

Sabemos que nuestra raza es el producto del cruzamiento de mujeres guaraníes y conquistadores españoles, unión que se produjo en propor­ciones que merecieron la aprobación y beneplácito de los ilustres pre­cursores de nuestra religión cristiana: los venerables patriarcas David, Salomón y otros, como merecía también el visto bueno del fundador del Islam, pues, como también se sabe, Paraguay y Paraíso de Mahoma eran, hasta hace relativamente poco, sinónimos. Y ¿quiénes son, o fue­ron, los Guaraníes? ¿Acaso Bertoni no ha demostrado, con argumentos irrefutables, reunidos en La Civilización Guaraní, que son la súper­raza o Herrenvolk de las Américas? Es cierto que otro sabio, el Dr. Herbert Baldus, ha dicho de "La Civilización guaraní" que:

"A pesar de citar y criticar a numerosos autores, el presente libro no deja de ser pseudo-científico. Su objetivo es presentar a los Guaraní como Raza superior', como `Herrenvolk', queriendo con eso halagara los paraguayos. Para tal fin el autor desfigura la realidad, basándose en teorías anacrónicas y reprobadas, repitiendo antiguos errores, diciendo nuevas mentiras y omitiendo hechos que no se encuadran en sus ideas preconcebidas. Distínguese de los nazistas por colocar, mutatis mutan­dis, aquel pueblo sudamericano en lugar de los alemanes".

Como paraguayos, debemos rechazar airados estas aseveraciones como diatribas envenenadas de un rival despechado, pues, ¿acaso el mismo Dr. Manuel Domínguez no hace suyos los argumentos de Berto­ni, aceptándolos como pruebas irrefutables de que la guaraní era una raza superior, privilegiada? Y en cuanto a los conquistadores nadie, después de haber leído El alma de la Raza, se atreverá a afirmar que todos los que llegaron al Paraguay no fueran genuinos y auténticos representantes de la flor y nata de la aristocracia peninsular. Nos hallamos, por consiguiente, ante una fusión de genes provenientes de dos razas privilegiadas, seleccionadas; y el producto de esta fusión se alimenta principalmente, como lo señala el Dr. Domínguez, de naran­jas, mandioca y yerbamate, cuyas vitaminas y demás propiedades dietéticas por sí solas bastarían, según el mismo sabio lo ha demostrado, para producir una raza súper-dotada. ¿Cómo, pues, hablar de "el creti­nismo paraguayo"? Es absurdo.

Demostrado el origen patológico de la célebre frase: "el cretinismo pa­raguayo", podemos examinar los hechos que me condujeron a compar­tir, momentáneamente, la opinión de don Cecilio Báez acerca del nivel mental de nuestra clase dirigente.

Al crear el gobierno de don Federico Chaves la Curaduría de Indios Mbyá-Guaraníes del Guairá, me encomendó la tarea de "buscar los medios necesarios para adaptar a la vida civilizada a la población indígena del país". Tenía ya realizado un estudio de los Mbyá catequi­zados de Pa'ijhá y elaborado un proyecto para facilitar su pronta asimilación, proyecto que fue publicado por el Instituto Indigenista Interamericano y cuya ejecución - "o el otro proyecto igualmente bueno"- había sido recomendada por el Instituto. Antes de intentar la ejecución del plan, sin embargo, habría que preparar terreno informan­do a la opinión pública acerca de la política de defensa y protección del indio que el Gobierno proyectaba iniciar. Porque, como lo dice Bertoni, en el Paraguay "el indio es considerado como un animal por no haber sido bautizado"; y según Juan Francisco Recalde: "En el Paraguay, también, el matar indio no es delito".

Mi primera tarea, por consiguiente, consistía en convencer al mayor número posible de personas que el indio también es un ser humano; tarea difícil, porque en "guaraní paraguayo" para designar a un ser humano se emplea la voz "cristiano", y el que no ha recibido las aguas bautismales no es un ser humano; es un animal, y como tal se le viene considerando desde los primeros días de la colonia. Ni aquellas personas a quienes les repugnan los vejámenes a que son sometidos los indios admiten que éstos son seres humanos, y a menudo he oído exclamar a un campesino: "Marã pikó upéa ojapó hesé; icristiano figura nga nikó aveí" (¿por qué así le trata?; ¿acaso no tiene, él también, figura de ser humano?)

Esto lo piensa el campesino; en cuanto a la "gente bien", sólo diré que en mis archivos tengo el dictamen de un alto funcionario judicial que entre otras cosas, dice: "Como que estos seres (los niños guayakíes esclavizados) no se han incorporado por ley alguna dentro de los habi­tantes del territorio nacional, todavía carecen de los derechos que las leyes del país acuerdan a los habitantes civilizados, y en consecuencia no existe contemplada sanción alguna para el que los rapte". Mi primera tarea, por consiguiente, consistiría en convencer al mayor número posible de gente, en el menor lapso posible, que en las altas esferas gubernamentales había personas -aunque pocas, influyen­tes- para quienes el despreciado avá y aun el mismo guayakí eran personas humanas y debían ser tratados como tales.

Este objetivo se alcanzó con relativa rapidez gracias a la colaboración del Ministerio de Educación y Culto y el del Interior, de la Corte Suprema de Justicia, del Obispado de Villarrica y de la Asociación Indigenista del Paraguay. Para fines de 1957 se había comunicado oficialmente a todos los habitantes del Paraguay que "los indios son tan seres humanos como los otros habitantes del terruño"; varios delincuen­tes habían sido procesados y encarcelados por delitos contra los indios; y desde Villarrica hasta el Paraná corrió la voz: Prohibido ko'ága guayakí juká (es prohibido ahora matar guayakíes).

Superada así esta primera etapa, hablé con Roberto Holden Jara, presidente de la Asociación Indigenista del Paraguay. Obtuvimos un censo de los Avá-Chiripá o guaraníes de la zona de Itakyry y la Asocia­ción solicitó un aporte del Ministerio de Agricultura para colonización guaraní, con el propósito de invertir parte en el proyecto de asimilación de los Mbyá católicos de Pa'ijhá y parte en la creación de un puesto de asistencia entre los Chiripá. Simultáneamente pedí al General Marcial Samaniego, Ministro de Defensa Nacional, la creación del Departamen­to de Asuntos Indígenas. La creación del Departamento coincidió con la obtención, por la Asociación Indigenista, de un aporte de doscientos mil guaraníes para colonización guaraní, motivo suficiente para que a Holden Jara lo desplazaran de la presidencia. El nuevo presidente de la Asociación Indigenista obtuvo que se le nombrara Director del Depar­tamento de Asuntos Indígenas y, lógicamente, "se dio otro destino" a los doscientos mil guaraníes.

Todo esto ocurría en los años 1957/58. Y, en octubre de 1963, la revista Así es de Asunción decía que "en julio murieron 17 guayakíes... en ausencia de los etnólogos franceses que les administraban medici­nas. Todos los niños están naciendo muertos por causas desconocidas y por falta absoluta de atención médica. Si muy pronto no se establece una misión médica, la raza guayakí está condenada a desaparecer..."

Simultáneamente, La Tribuna de Asunción, en su edición del 13 de octubre de 1963, anunciaba la inauguración en Concepción del Monu­mento al Indio: "Revistió solemnidad la ceremonia de inauguración oficial, del más grande monumento del país que perennizará la memoria de nuestros antepasados".

Y casi exactamente un año después, el 10 de octubre de 1964, decía el diario Antorcha de Villarrica: "Nos ha visitado Juancito Gauto, del grupo Mbyá-guaraní católicos de Pa'ijhá. Dice que a raíz de la total destrucción de las sementeras de su gente por animales pertenecientes a intrusos, fue en abril a Asunción a proseguir las gestiones que en 1961, por consejo de Monseñor Aníbal Maricevich, había iniciado referentes a la titulación de las tierras que su gente viene ocupando desde tiempo inmemorial. Que, después de tres semanas de inútil deambular por Asunción y habiendo escuchado por centésima vez: "ejumíjevyna otro día" (venga otro día, si puede), inicia el viaje de regreso, el poncho al hombro, sin un céntimo en el bolsillo. Y que, si no hizo el viaje de más de 200 km. a pie, ello se debe a la mano fraternal que le tendiera el comisario de la seccional 71 de la capital... Ello constituye una prueba de que no todos consideran al indio guaraní como un animal, y permite abrigar la esperanza de que algún día los organismos creados para defenderlo, harán justicia a la raza postergada y agonizante".

A buen entendedor, pocas palabras.


 

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UPEARÃÑA-MANDA...

 

"Pueblo cretinizado por secular despotismo y treinta años de mal gobierno", dijo Cecilio Báez, seguramente en un arranque de esplín o "luna" atribuible al norte que habrá estado soplando y que, como se sabe, ejerce influencia deprimente sobre el espíritu. Porque la sola frase: "Upearãma ña-mandá" (es para eso que mandamos), constituye prueba irrefutable de que el Paraguay-como consta en los textos de las escuelas primarias y secundarias y en todos los discursos oficiales-es y ha sido siempre un país eminentemente democrático. Si no fuera así ¿cómo se explicaría que la misma América del Norte invirtió millones de dólares en sostener a nuestro Gobierno sabiéndose que el único objetivo de la Alianza para el Progreso es fomentar la democracia?

"Upearãma ña-mandá", dice el que "es de la situación", afiliado al partido político dominante, al referirse a los privilegios que goza el que está en el candelero. Palabras con las que el paraguayo sintetiza su concepto de democracia, comparables con el Nullus liber homo... del preámbulo de la Carta Magna de los ingleses. Y prueba de que ningún político puede hacer caso omiso de esa declaración de principios, lo constituye la gira que en estos mismos días -noviembre de 1964-está realizando S.E. el Sr. Ministro de Hacienda, general César Barrientos, por toda la República, solicitando la colaboración de autoridades mili­tares, policiales, judiciales y municipales, y la del público en general, para aminorar la evasión de impuestos:

"Estuvo en Villarrica el Ministro de Hacienda, en compañía de directores de dependencias de la misma institución y altos funcionarios del ministerio del ramo. En el curso de su improvisación, dijo que la presencia de los recaudadores no es siempre grata, `pero nosotros venimos a dialogar con Uds. en términos de amistad para pedirles colaboración sincera a fin de dar una satisfacción al Estado en la percepción de sus rentas... es justo el fiel cumplimiento de los contribu­yentes... ‘(La Tribuna, Asunción, noviembre 20 de 1964)".

La suma recaudada en concepto de impuesto a la destilación de caña -lijo el ministro-ha mermado en un 50 por ciento, y no se percibe sino el 50 por ciento de lo que corresponde sobre el impuesto a la transferen­cia de ganado vacuno... ¿Por qué el ministro, todo un general de la nación, en vez de suplicar, no ordena a la Policía, al Ejército, a los jueces, a los intendentes municipales, al público en general, que cumplan y hagan cumplir las leyes impositivas? Porque el Paraguay como queda dicho, es y ha sido siempre un país eminentemente democrático y el estadista, el gobernante y el político deben respetar los derechos y los privilegios del electorado que lo llevó al poder; a veces -según cuen­tan-, por medio del voto, generalmente a machetazo limpio. En cuanto a la naturaleza de estos privilegios que se acuerdan al correligionario, la gira que realiza el ministro Barrientos me exime de la necesidad de entrar en detalles.

Conozco a dos ministros del Interior que perdieron sus puestos por haber hecho caso omiso de las prerrogativas de los amigos políticos, y dos delegados de gobierno que también tuvieron que renunciar porque mostraron el poco tacto de decir que las principales fuentes de ingreso de los correligionarios eran el contrabando, el abigeato y la elaboración clandestina de alcoholes, y de ordenar a sus subalternos que hicieran cumplir las leyes que rigen estas actividades. Pero el primero en perder el puesto por hacer caso omiso de la opinión del electorado, a su falta de sentido práctico, fue el adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, al hacerse cargo del gobierno del Paraguay en el siglo XVI, pretendió abolir, de manera inconsulta y arbitraria, algunos privilegios del pueblo soberano:

"A todos los quales dichos yndios por lenguas e interpretación de Albaro de Chaves yntérprete de la lengua de los dichos yndios les mandó dezir que ya sabía cómo otras muchas vezes les avia mandado e apercibido se aparten de comer carne umana... e que si fuessen buenos no comiendo la dicha carne umana, les favorecería..."

Domingo Martínez de Irala, político realista y sagaz, respetuoso de los derechos del pueblo, prometió a los guaraníes que, si le sostenían a él -Irala- en el poder, podrían consumir toda la carne humana que quisieran:

"Para valerse los oficiales y Domingo de Irala de los indios naturales de la tierra, les dieron licencia para que matasen y comiesen a los indios enemigos de ellos... y dijéronles más: que el gobernador (Alvar Núñez) era malo y que por ello no les consentía matar y comer a sus enemigos y que por esta causa le habían preso y que agora que ellos mandaban, les daban licencia para que los hiciesen ansí como se lo mandaban".

El resultado del proceder arbitrario y antidemocrático de Alvar Nú­ñez fue, como se sabe, que regresó a España engrillado y procesado. Y, cuatro siglos más tarde, el político realista y el funcionario que quieran sostenerse en sus puestos hasta mejorar su situación económica me­diante algún jugoso negociado, deben tener muy presente el carácter eminentemente democrático de nuestro pueblo que, como se ha dicho, sintetiza su concepto de la democracia en la sentencia: Upéarãma ña­mandá.

Entre los que hicieron caso omiso de las normas involucradas en esta sentencia, el único que citaré por nombre es Arturo Bray. Designado ministro del Interior al caer el régimen de Franco, creo que en 1938, puso fin al caos y la anarquía reinantes procediendo sin contemplacio­nes contra el bandidaje. “Bray tiempo pe" (en tiempo de Bray) dice el campesino, suspirando; porque "en tiempo de Bray" no había peligro de que las mismas autoridades y sus compinches le robaran la única lechera, su yunta de bueyes, violaran a su hija, ultrajaran a su esposa o persiguieran a su hijo por negarse a filiarse al partido dominante. Pero Bray, como Cabeza de Vaca y otros, pagó el precio que pagan todos los que hacen caso omiso del carácter eminentemente democrático del pueblo paraguayo: fue destituido por sus propios correligionarios. Y cuando dos años después, ya bajo la dictadura de Higinio Morínigo, se hizo cargo de la Delegación de Gobierno del Guairá el entonces Mayor Rogelio R. Benítez, y yo, de la Oficina de Investigaciones de Villarrica, los que "mandaban" en la zona eran las gavillas de foragidos de Regino Vigo en la zona Yuty-Caazapá, la de Corazón Chamorro en la zona comprendida entre Borja hasta Tabaí; la de los Kohler en Doña Juana y los alrededores de Villarrica, y la de los hermanos Mallorquín, desde Coronel Martínez hasta Yhú.


 

 

 

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QUINTA COLUMNA

 

A la gavilla de foragidos encabezada por Regino Vigo citada en el capítulo precedente, Ramiro Domínguez ha hecho referencia en su monografía El Valle y la Loma (Asunción, 1966) en los siguientes términos: "...Sólo surgió un caso de bandido romántico en la comarca hace más de veinte años, la famosa banda de Vigo en los parajes de Yuty, con eventuales tropelías hasta Yegros y Caazapá, con toda el aura de espanto-admiración popular de la literatura de su tipo. La gente le atribuía un desprendimiento y generosidad sólo concebibles en el pro­totipo del héroe guardado en el subconsciente popular... Como en los paradigmas de Campbell, el pueblo sublevó con Vigo todas sus frustra­ciones y resentimientos, a punto de ser casi imposible recoger el relato escueto de sus fechorías, tan "elaboradas" han sido por la imaginación y la piadosa tradición oral. Murió, como todos, con una bala a la espalda disparada por uno de sus secuaces".

"Bandido romántico", si se quiere, Regino Vigo tenía en jaque a toda la zona sur del extenso departamento del Guairá, cuya vigilancia correspondía a la Delegación de Gobierno de Villarrica de la que acababa de hacerse cargo el Mayor Rogelio R. Benítez, de cuyo personal yo formaba parte, con el pomposo título de Jefe de Investigaciones e Identificaciones. Carecía de ayudantes, de secretario y hasta de orde­nanza. Pero, revisando el presupuesto, descubrí que contemplaba un sueldo para chofer, aunque carecíamos de vehículo alguno. Me apoderé de este sueldo de chofer a fin de hacerme de secretario. Para ordenanza, mensajero y guardaespaldas, escogí a un conscripto muy inteligente que había cursado el sexto grado de la escuela primaria. Estudié la preparación de los comisarios de barrio y obtuve que el mayor Benítez me cediera al más inteligente y honrado como ayudante.

Volviendo a Vigo, a tal extremo habían llegado las cosas que un antecesor del Mayor Benítez se había confesado incapaz de mantener el orden en la zona comprendida entre Yuty y San Juan Nepomuceno y se había destacado a la zona a un capitán con tropas del Ejército. Y cam­pesino que se negaba a delatar al £oragido, era flagelado por el Ejército: campesino de quien Vigo sospechara que daba informes acerca de su paradero, era liquidado o ultrajado por él.

 

Consulté el caso con Cano "Guasú" (el Grande), nuestro flamante comisario en Yuty, y le pregunté si no había "amigos nuestros" (colora­dos) con cuentas pendientes con la justicia, quienes, a cambio de "arreglar su situación", podrían infiltrarse en la banda del bandido y liquidarle. Contestó afirmativamente, y fui al despacho de mi jefe, preguntándole si existía verdaderamente interés en liquidar la banda de Vigo. Demostró cierta sorpresa, debiendo explicarle que yo había pensado en la posibilidad de que algún jerarca tendría interés en que el foragido continuara con sus andanzas por algún móvil político para mí desconocido. Me aseguró que una de las principales tareas que se le había encomendado era liquidar todas las bandas de cuatreros y ladrones que infestaban la comarca y, como Cano "Guasú" tenía que volver aquel mismo día a Yuty, le aconsejé hablar con él antes de que partiera. Así se hizo, y como primera providencia se dispuso el regreso de las tropas del Ejército a sus cuarteles. Poco después Vigo era liquidado, si por la espalda o no, lo ignoro. Pero, a estar por los informes que se me proveyeran extraoficialmente, sus secuaces más íntimos olfatearon algo, se produjo una gresca a raíz de la cual murieron varios foragidos, recibiendo también nuestro "quinta columna" su pasaporte para otra vida.

 

EL CABALLO RUANO

De Corazón Chamorro se decía que se había alzado debido a un error cometido en sumar el dinero que, como empleado de un banco, debía entregar a la caja. Había sentado sus reales en Villarrica siendo Delegado de Gobierno el antecesor del Mayor Benítez, de filiación febrerista, como lo era también Chamorro. Como tal, gozaba de impu­nidad. Se ignora si había pertenecido o no a la banda de Vigo, pero pronto llegamos a saber que se hallaba amparado por uno de nuestros comisarios ad honorem de la zona Kilómetro 37 (Fassardi) y que siem­pre iba acompañado por dos sujetos de mala ley, de uno de los cuales se aseguraba que había pertenecido a la citada gavilla. Tenía la captura recomendada pero, por consideración a su familia, se le hizo saber diplomáticamente que ya había dejado de ser persona grata en el departamento del Guairá. Optó por rumbear hacia el Brasil en compañía de los dos foragidos ya citados y de dos muchachos que no registraban antecedentes en la Policía; uno, de apellido Zapata, el otro, su primo, si mal no recuerdo, Cristaldo.

Cuando el Mayor Benítez se hizo cargo de la Delegación de Gobierno, la población estaba hastiada de las fechorías del bandidaje que impune­mente operaba en la zona a vista y paciencia de las autoridades. Y una vez convencida que por fin existía el propósito de dar garantías a quie­nes las merecían, y que todo informe que se nos proporcionaba era considerado de carácter estrictamente confidencial, todo el mundo, sin distinción de partido político, se convirtió en colaborador de la Policía. Fue así como cuando Chamorro emprendió viaje para el Brasil, ya el día siguiente llegué a saber que iba montado en el caballo ruano del comi­sario que lo amparaba, animal conocido en toda la comarca por su hermosa estampa y por su velocidad. Que, además, la misma noche de su partida, la gavilla -probablemente los dos foragidos que le acompa­ñaban, sin participación de él- había saqueado a un vecino. Gracias a este informe, pude alertar a nuestros comisarios o alcaldes de Policía, recomendando la captura de toda la gavilla por saqueo.

Tres días después llegó un chasque de Caaguazú; un sujeto que tenía cuentas pendientes con Chamorro había reconocido a éste y uno de sus acompañantes mientras la gavilla descansaba en un paraje distante unas leguas al sur del pueblo en espera de la caída de la noche para proseguir viaje. Alertó a nuestro comisario Anacleto Romero, y éste, en vista de tratarse de una gavilla compuesta de cinco individuos, debió reforzar su magra dotación de agentes con voluntarios, tarea en que era menester proceder con suma cautela para evitar que llegara aviso a los bandidos y se frustrara la operación. Fue así como a las diez de la noche ya tenía organizado un pelotón de hombres de confianza. Fue informado de que la gavilla, orillando el pueblo, había tomado el "camino real" a Yhú, e inició la persecución.

Hicieron alto en una altura que domina el valle por el que corre el Cambay. En la altura de la orilla opuesta se había prendido fuego. Antes de avanzar convenía saber si se trataba o no de la gavilla y, en caso afirmativo, averiguar de cuántos miembros se componía y tener otros datos. Para el efecto, un gendarme desensilló su caballo, se quitó el uniforme y se puso un viejo pantalón remendado de civil y un sombrero pirí -de paja- y siguió viaje "en pelos", o sea, sin más aperos que la jerga. A cincuenta metros antes de llegar al fogón, lo altearon y palparon de armas y, llevándolo hasta el campamento, le preguntaron adónde iba a esa hora. "Voy a Yuquyry, a casa de la partera ña Fulana; mi hermana está enferma del parto, y la necesita. Ajapurá ko ahávo (voy apurado)” .

Le dejaron pasar, dio un rodeo y regresó adonde la tropa le esperaba, con el informe de que la banda se componía de cinco miembros, todos armados de revólveres, pero no había visto armas largas. Romero divi­dió su pelotón, debiendo una parte-con el "buscador de partera" como baqueano-cortarles la retirada, mientras él se aproximaría arrastrán­dose con los demás a intimarles rendición. Como generalmente ocurre en tales casos, al producirse el ¡Peñentregáke!, (entréguense) se armó la gorda; Chamorro y los dos bandidos, acostumbrados a semejantes líos, tomaron cada cual por distinto rumbo, y Zapata y su infeliz primo cayeron acribillados a balazos.

El botín del que se apoderó Romero fue fantástico: además del famoso ruano, decenas de documentos personales, bigotes, barbas y cejas posti­zos, tinturas para la piel, más un montón de papeles, entre ellos un cer­tificado según el cual nuestro comisario, amigo de Chamorro, vendía a éste el célebre ruano. Apenas recibido en Villarrica este botín, llegó de Yhú, remitido por el comisario policial "por carecer de documentos per­sonales", un tal Benítez. Pero en Caaguazú, el informante que había alertado a Romero le reconoció como componente de la banda de Cha­morro. Interrogado, contestó que, al intimárseles rendición, para ganar tiempo habían disparado sus armas; Chamorro se había internado en los pajonales del Cambay; el otro foragido, en las selvas situadas a la izquierda del camino. El interrogado había seguido el camino a Yhú, con la esperanza de pasar desapercibido. "Umí tova tavy katu" (en cuanto a esos imbéciles), dijo, refiriéndose a Zapata y a su primo, "parece que hicieron frente a la Policía, porque durante un rato escuché tiros de revólver y de fusilería".

El día siguiente a la llegada de Benítez a Villarrica, golpearon a mi puerta, a eso de las diez de la noche. "Soy yo, González", dijo una voz, "y necesito hablarle con urgencia". González era un buen sujeto, vecino de Caaguazú, cuyo padre también había sido mi amigo. Eran liberales, y un primo hermano colorado, sujeto de mala ley, le había denunciado en la Policía por supuesta estafa. Estudiado el caso, me convencí de que se trataba de un intento de chantage, e informé al denunciante que se trataba de un caso de derecho penal privado en el que la Policía, por oficio, no podía intervenir. El primo recurrió a un abogado -no de los más decentes-, quien consiguió que el juez decretara la detención de González. Para evitar que tuviera que dormir entre cien y tantos crimi­nales de toda laya mientras su abogado obtuviera su libertad, pedí al Alcalde que le permitiera dormir en casa de un pariente, debiendo pre­sentarse todos los días de madrugada. Era él quien me llamaba y me informó que la noche anterior, hallándose él todavía en la cárcel, había entrado un abogado, el Dr. X.,acompañado por un detective de Asun­ción, a conversar con el detenido Benítez, recién remitido desde Yhú. Era evidente, dijo, que el Dr. X. era el querellante particular de la fami­lia Zapata, porque estaba aleccionando minuciosamente a Benítez sobre lo que debía decir cuando se le llamara a prestar declaración ante el Juez de Primera Instancia. Terminada la lección, agregó, le había asegurado el Dr. X. que él mismo se encargaría de obtener la libertad de Benítez. Agradecí a González, y se despidió.

El día siguiente, a primera hora, hice comparecer al detenido Bení­tez, a quien hice dar asiento, diciéndole que en la Policía teníamos dos maneras de hablar. Una, kuimba'é pórtepe (de macho a macho); la otra, de Policía a preso. Le dije que le había hecho llamar a fin de averiguar si merecía o no se le hablara de hombre a hombre o si él me obligaría a recurrir a los métodos generalmente adoptados por la Policía en casos de esta naturaleza.

"Por ejemplo", agregué yo, "sé que anoche usted recibió visitas en la cárcel, y estoy informado acerca de lo que se le dijo, y de lo que usted contestó. Ahora, quiero que me cuente lo que ocurrió y, si me cuenta la verdad, sabré cómo portarme con usted. Pero tenga presente que así como sé servir a quien lo merece, no permito que nadie se burle de mí. Rentende porãpa" (¿entiendes bien?)

Respondió afirmativamente y dijo que el Dr. X. le había dado a entender que, cuando fuera llamado a declarar, informara al Juez que, cuando él, Chamorro y el otro foragido llegaron al Cambay, encontraron acampados al lado del camino a dos desconocidos, junto a un fuego que habían encendido. Que él y sus compañeros siguieron un trecho más y desensillaron sus montados a unos cincuenta metros más al norte; que poco después llegaba la comisión policial encabezada por Romero y sin más trámite liquidaron a los dos infelices; que uno de los gendarmes vio el caballo ruano y dio la voz de alarma, viéndose ellos obligadas a fugarse tal como estaban, abandonando caballos y equipaje. Luego me hizo una descripción detallada del viaje desde San Agustín, cerca del Km. 37, obrajes Fassardi, hasta su detención por la Policía de Yhú. Firmó su declaración, y le recomendé que, cuando fuera llamado a declarar, no dijera más que la verdad.

Luego hice comparecer al comisario del lugar que había amparado a la gavilla cuya detención había ordenado, preguntándole por qué no había informado del saqueo perpetrado al ausentarse Chamorro de la zona. Alegó haber estado enfermo y que la oficina de telégrafos quedaba lejos de su comisaría agregando que a él, también, le habían robado su caballo. Le contesté que acerca de ese robo estaba ya informado, y ordené que le alojaran en el "Hotel Ramírez". En aquella época el Hotel Ramírez era el mejor de Villarrica, y así también se bautizó una celda de dos metros de largo por un metro y medio de ancho, único lugar del que disponíamos para tener incomunicado a un detenido. Apenas hubo salido de mi oficina, se hizo anunciar el Dr. X.

"Vengo a molestarle referente al asunto del caballo ruano de mi defendido", dijo, refiriéndose al comisario cuya incomunicación acababa de ordenar. Le pregunté si no había pensado en la posibilidad de que su defendido le hubiera engañado y, como contestara negativamente, le enseñé el certificado de venta extendido por el excomisario a favor de Corazón Chamorro. Esto pareció picarle, pues contestó que más interés tenía en un homicidio y saqueo del que habían sido víctimas un tal Zapata y su primo, asunto en el que había accedido a actuar como querellante particular.

"Sobre ese punto, doctor, puedo proporcionarle algunos informes interesantes, porque estoy al corriente de algunas diligencias extra­judiciales que Ud. realizó anoche en la cárcel". Y le pedí que leyera la declaración de Benítez. Palideció, se levantó e hizo ademán de dirigirse a la puerta. "Un momento, doctor", le dije. "Si la intuición no me engaña, el señor Delegado, aunque profano en derecho como yo, algo sabe de justicia, y querrá hablar con Ud. sobre ética profesional. Por favor, no intente abandonar la oficina antes de darle permiso para hacerlo". Dicho esto, llamé al Delegado, diciéndole que tenía un asunto urgente entre manos y necesitaba hablarle. Enterado del caso en pocas palabras pidió se le comunicara inmediatamente con el Ministro del Interior, quien le dio carta blanca en el asunto. Lo que pasó después lo sé de boca del entonces Teniente, hoy Teniente Coronel Cáceres, guardaespaldas y hombre de confianza del Mayor Benítez. Al entrar el Dr. X.,le dijo el Mayor habérsele informado que había aceptado actuar como querellan­te en el asunto de la muerte de Zapata, y le recomendaba presentar inmediatamente su alegato porque, dijo:

"Acabo de hablar con el señor Ministro, y Ud. viaja por el tren de las doce a Asunción, rumbo a Isla Margarita. Porque no tolero que un cana­lla como Ud. entorpezca la labor de saneamiento que el Señor Presiden­te de la República me ha encomendado, y como no dispongo de los medios necesarios para proceder legalmente contra Ud., y otros que como Ud. ensucian a Villarrica, he resuelto proceder manu militari". Dicho esto, le recomendó que se defendiera, asestándole un puñetazo a la mandíbu­la que le hizo ejecutar una pirueta, ocasión que aprovechó para asestar­le un puntapié en el lugar adecuado.

"Fue entonces-agregó Cáceres-que intervine, porque temí que le rompiera unas costillas, y llevé al pobre infeliz a la oficina de guardia para que guardara arresto hasta que el Delegado dispusiera su liber­tad". Intervino el Colegio de Abogados a pedido del suegro del Dr. X, un prominente caudillo colorado de la zona, y el Dr. X fue puesto en liber­tad. En cuanto a Romero y sus gendarmes, vinieron un día a Villarrica, prestaron declaración y terminó el asunto. Esto sirvió de escarmiento a más de un leguleyo buscapleitos de los que infestaban la ciudad.


 

17

EL HIJO DE KERÓ

 

Un comerciante de Coronel Martínez había sido saqueado y los informes obtenidos por la Policía inducían a sospechar que el autor, o uno de ellos, era un tal M. Este sujeto era uno de los tres hijos de un campesino laborioso y honrado de Hyaty, hoy Pérez Cardozo, quien, en busca de tierras más fértiles, se había mudado a Ñumí, compañía de la Colonia Mauricio José Troche, adquiriendo un lote agrícola contiguo a la propiedad de mi amigo don Vicente Benítez. A los tres hermanos no les gustaba, después de hecha la conscripción militar, la vida de agri­cultor y prefirieron dedicarse al abigeato y actividades afines. Encargué el caso del saqueo de Coronel Martínez al Oficial Pedrozo el que, gracias a su pericia y espíritu de sacrificio, logró rescatar gran parte del botín nada menos que en Yhu, a más de treinta leguas de distancia del lugar del hecho, de la casa de una concubina de los hermanos M. No logró, sin embargo, dar con los ladrones.

Poco después, dos carretas cargadas de mercancías que viajaban rumbo a Yhu fueron saqueadas en la Colonia Mauricio José Troche, a una legua más o menos de distancia de la casa paterna de los M. El único dato que obtuvimos fue la descripción que uno de los carreteros hizo de uno de los maleantes, descripción que hacía pensar en la posibilidad de que se tratara de otra hazaña de los M. Llamé a Pedrozo y le encargué que alistara un pelotón de diez hombres de su confianza para viajar esa noche a las nueve, más o menos. Y como los M. eran de filiación colorada y no podría descartarse la posibilidad de que tuvieran algún amigo en la misma Delegación, Pedrozo hizo correr la voz de que se le había en­comendado una comisión en Doña Juana, y tomando el camino que conduce a aquella compañía, después de una legua más o menos tomó el de Pisadera y dobló rumbo al norte. Sus instrucciones consistían en allanar, si fuera necesario, todas las casas de la compañía Ñumí, de la Colonia Mauricio José Troche, a excepción de la de don Vicente Benítez. Para el efecto, habiendo explicado la gravedad del caso al Juez de Instrucción, este magistrado me había expedido tres órdenes de allana­miento, con los nombres y apellidos en blanco. Estas órdenes, como se sabe, son válidas únicamente durante las horas del día. Pero, en caso de necesidad, esperábamos obtener la colaboración de alguien dispuesto a certificar que habíamos procedido de acuerdo con lo que la ley dispone

Gracias a una corazonada, a la intuición, o posiblemente a algún in­forme que había obtenido, Pedrozo comenzó sus operaciones rodeando la casa de un tal Keró, alias Gerónimo, recientemente fallecido. Este había sido un sujeto célebre. Cuando salía, siempre lo hacía en com­pañía de sus tres esposas. Cultivaba su chacra acompañado de dos de ellas, mientras la tercera preparaba la comida. El y su harén vivían en una misma casa, y jamás se habló de discordias o pendencias en su hogar. Advertidos los ocupantes que la casa estaba rodeada y que su tropa tenía orden de tirar a matar contra quien intentara escapar, Pedrozo ordenó que encendieran luces a fin de proceder a revisarla. El único varón era un muchacho de diecisiete a dieciocho años. Bajo su cama encontraron varias piezas de género de algodón, evidentemente parte de lo robado a las carretas. A los pocos minutos Pedrozo sabía que uno de los M. se hallaba, en compañía de otro foragido, en casa de su concubina, con la mayor parte del botín. Dejando un centinela en la casa de Keró para evitar que nadie saliera, no tardaron en llegar a la casa ocupada por los maleantes y, una vez rodeada, el hijo de Keró, mania­tado y asegurado con una larga soga, se aproximó a la puerta llamó a M. Simultáneamente, la tropa descerrajó con gran estrépito sus fusiles Mauser, y poco trabajo costó persuadir a M. y a su compañero que salie­ran a entregarse.

Después de haber Pedrozo entregado sus detenidos y el botín, me informó haber ordenado a un señor Leonardo Escurra, vecino de don Vicente Benítez, que se presentara el día siguiente a primera hora, por haberle sindicado los tres bandidos como jefe espiritual de la gavilla. Costaba creerlo, porque Escurra era un hombre de situación económica desahogada. Era muy aficionado al alcohol y había tenido un hermano de antecedentes poco limpios. En cuanto a él mismo, el único informe que teníamos era que había entablado una querella contra uno de los M. por haberle éste, en una riña de ebrios, inferido una herida con arma a raíz de la cual tenía un brazo semiparalizado. El día siguiente, mientras me preparaba para ir a mi oficina, llegó Don Vicente y, disculpándose por "meterse en asuntos de ladrones", me dijo que, a pedido de Leonardo, venía con la misión de llevar el caballo de éste y entregarlo a su familia. Le invité a acompañarme a mi oficina y, ubicándole juntamente con Leonardo, detrás de una puerta semiabierta contigua a mi mesa, lugar desde donde podrían escuchar sin ser vistos, hice comparecer a M. Le leí la lista de lo que habían robado, y le pregunté acerca de la parte del botín que le había correspondido a cada uno de la banda, destacando el hecho que no todo se había recuperado.

"Y esa es la parte que le correspondió a nuestro jefe, Leonardo Escu­rra, -contestó el foragido- que también nos proveyó del Mauser recortado y el otro fusil que nos quitó la comisión".

Comentando después el hecho con don Vicente, éste me dijo que, al escuchar Leonardo estas palabras; "oryryi, osusũ (tembló como un epi­léptico), y tuve que sostenerlo para que no cayera al suelo".

Seguidamente pregunté a M. dónde Leonardo les había dado las armas, contestándome que en casa de éste; y que en cuanto a las mercaderías, "seguramente estarían en el almacén que su hija tiene en la Colonia Troche".

Ordené su incomunicación y la comparencia del otro foragido. Este declaró haber recibido las armas "en el portón de Ñumí". Hubo otras discrepancias entre sus declaraciones y la de su cómplice. Ordené lo llevaran al fondo del patio, con centinela a la vista y que no hablara con nadie sin mi permiso -teníamos un solo "Hotel Ramírez"- e hice llamar al hijo de Keró. Cabe agregar que lo único en que coincidían las declaraciones de ambos era en que Leonardo era el verdadero director de las operaciones de la gavilla. Interrogado el hijo de Keró, tampoco coincidió con los de los dos anteriores, salvo en el hecho de que el verdadero jefe de la banda era Leonardo.

Le pregunté al muchacho si había oído hablar del Teniente Alegre, y contestó afirmativamente. "¿Qué te han dicho de él?" “po pohyivaha" (que tiene la mano pesada), contestó. "Efectivamente, es así -contes­té-- y generalmente yo entrego a quienes me mienten o intentan engañarme, al Teniente Alegre y él les enseña a decir la verdad. Y tú me has mentido, pero como eres muy jovencito todavía te ofrezco la oportunidad de contarme la verdad, en cuyo caso no necesitarás hablar con el Teniente Alegre. Pero tengo mucho trabajo, y debes resolver enseguida lo que piensas hacer, pues no puedo perder tiempo contigo".

Optó por confesar, informándome que él y el otro foragido habían sindicado a Leonardo como jefe de la gavilla a insistencia del verdadero jefe M. En cuanto a la mercadería que aún faltaba recuperar, al reti­rarse del lugar del atraco, ya hacia la madrugada, habían tropezado con el comisario rural ad honorem de Costa Ñati'ú, vecino y amiga de los tres. Para evitar la necesidad de matarle, habían convenido en entre­garle una buena parte del botín para que se callara.

"Upépe ae ojerá la che socio" (fue recién entonces, al escuchar estas palabras, que mi "socio" volvió en sí), acotó después don Vicente. Llamé a Pedrozo, llené una de las órdenes de allanamiento con el nombre de nuestro comisario rural, ordenándole que allanara su domi­cilio, si fuera posible en compañía de nuestro Alcalde de la Colonia Mauricio José Troche y del Juez de Paz, cuya colaboración pediría en nombre del Delegado de Gobierno. Así se hizo, se recuperó la mercadería y el caso llegó a comentarse de confín a confín del Guairá. Así termina­ron las depredaciones de la gavilla de los M. Quedaba una banda, la de Davalo'í, bandido que, ignoro por qué motivo, también era conocido con el apellido de Koler o Kohler.

RUEDA DE PRESOS

Aunque las compañías de Doña Juana y Perulero, situadas al pie de la Cordillera, nominalmente pertenecían a la jurisdicción de la Delega­ción de Gobierno del Guairá o Villarrica, puede decirse, sin exagerar, que quienes en verdad administraban la comarca eran Dávalo'í y su gente. Según los informes que teníamos, capitaneaba una gavilla de cinco, quienes llevaban una vida opípara con el producto del abigeato.

Si los damnificados hubieran sido estancieros o gente acaudalada, vaya y pase, pero la gavilla de Davalo'í nada tenía del "bandido román­tico" y sus víctimas eran los campesinos. Y quitarle a un labriego un buey o una lechera equivale a amputarle un brazo o una pierna. Du­rante años había gozado de impunidad debido a la supuesta cobardía moral del pueblo. Supuesta, digo, pero no puede negarse que nuestro pueblo es sumiso, y el que no es sumiso, ¿acaso no es asesinado„ ultra­jado, perseguido, violadas su mujer e hijas, a menudo por los mismos encargados de velar por el cumplimiento de las leyes? En caso contrario, por facinerosos, ante cuyas fechorías la Policía se ve obligada a hacer la vista gorda, por tratarse de "amigos", "correligionarios" de algún caudi­llo o capo militar.

Además, el papel que le corresponde desempeñar a la Policía para­guaya es el de cazar delincuentes y ponerlos a disposición de la justicia para que los abogados, muchos de ellos carentes de toda noción de ética profesional, de civismo, de decencia, les "arreglen su situación" por unos suculentos honorarios.

No es por consiguiente de extrañar que la Policía esté a menudo dispuesto a hacer la vista gorda por unos honorarios mucho menores que los que cobran los leguleyos y abogados. De ahí que, como creo haberlo ya dicho, en ciertas zonas el abigeato constituye la industria más lucrativa. Así también la exportación de seres humanos jóvenes y sanos para proveer a la industria argentina de mano de obra barata, constituye nuestro principal renglón de comercio exterior. (Nota: se tendrá presente que la época de la que hablo es la anterior a la del avión y de los caminos internacionales; en la actualidad, el contrabando parece ser la ocupación favorita de los políticos influyentes y de los defensores de la patria).

Pero volvamos a Davalo'í y su banda. Deshechas las gavillas de Vigo; Chamorro y de los M., estudié el caso, y al obtener informes acerca de la desaparición de un animal, ordené la comparecencia del damnificado. Indefectiblemente respondía que no deseaba formular una denuncia porque, además de carecer de testigos, ni remotamente sospechaba quién o quiénes podrían ser responsables del robo. Le respondía que el buscar al culpable corría por cuenta de la Policía; que así como habíamos librado al departamento de los Vigo, los Chamorro y los M., ahora les tocaba el turno a los cuatreros, y para realizar esta tarea necesitábamos que toda persona a quien se le robara un animal hiciera una denuncia por escrito en la oficina de Investigaciones. Caso contrario, se le consi­deraría como cómplice y encubridor de los ladrones, y sería puesto a disposición de la justicia.

La maniobra no tardó en surtir efecto, y pronto supe que Davalo'í, en compañía de cuatro compañeros, había emprendido viaje al norte, pre­sumiblemente hacia Ypehú, poblado situado cerca de la frontera con el Brasil y que en aquella época constituía el rendez-vous. y el refugio de bandidos. Hizo sus preparativos sin premura alguna y salió a plena luz del día, porque tal era el temor que se le tenía a la influencia política d

que gozaba que no existía una sola denuncia en su contra. Pero al llegar a Capi'itindy, situado apenas tres leguas de su punto de partida, tan fuertes fueron sus instintos criminales que no pudo resistir a la tenta­ción de maltratar y desvalijar a un caballero alemán de nombre Jorge Weiss, quien viajaba a caballo desde la Colonia Independencia hasta Villarrica. Este llegó, maltrecho, a la Policía, a formular la denuncia co­rrespondiente e inmediatamente despaché un chasque con la misión de alertar a nuestras comisarías, hasta Yhú, encargándoles a la vez que, si no aprehendían o liquidaran a la banda, hicieran correr la voz hasta la frontera.

La misma noche en que la gavilla salió de Doña Juana, desvalijó, en la Picada de Caaguazú, al chasque o correo que realizaba el servicio Villarrica-ltakyry. Pero, aleccionado por la suerte que había corrido Chamorro, hizo largos rodeos, de tal suerte que ni la Policía de Caa­guazú ni la de Yhú pudieran interceptarlo. Entre los dos pueblos citados saqueó a un señor Fernández, hacendado de la zona, maniatándole a él, a su señora y a un criado a sendos postes mientras la gavilla revolvía la casa. Cruzó orillando el distrito de Yhú, último pueblo de nuestra jurisdicción, y seguramente creyéndose seguro, seguía viaje tranquila­mente a plena luz del día, hasta llegar a Carapá, "compañía" situada a varias leguas al norte de Yhú. Y en Carapá encuentra su "San Martín" porque un señor Roberti, el hombre más influyente de la zona, había movilizado a todos los hombres hábiles propietarios de armas de fuego y le estaba esperando. Dispuso sus hombres en lugares estratégicos en tal forma que obligó a los bandidos a meterse en un tembladeral impasable. A raíz del combate murieron tres de los forajidos, pero Da­valo'í y un compinche fueron prendidos y, juntamente con el botín rescatado, el Sr. Fernández y su criado fueron remitidos a Villarrica, en cumplimiento a mis instrucciones.

Como cuerpos de delito teníamos un reloj del Sr. Weiss, una daga del correo y ciertos objetos robados del Sr. Fernández. Pero el Sr. Weiss no juraría que Davalo'í hubiera sido el ladrón porque éste o uno de su gavilla, con la ferocidad del criminal nato, le había asestado un golpe en la cara rompiéndole los lentes, y era miope. El correo tampoco les reco­nocería pues había sido asaltado de noche y, en cuanto a los objetos robados, trascendería que el señor N. Dávalos, honrado y laborioso

vecino de Doña Juana, según declaración jurada de los testigos A. y B., les había adquirido en tal fecha y tal hora de un "macatero' -vendedor ambulante-, según testimonio de los testigos C. y D.

Además, en las fechas señaladas por la Policía, el señor Dávalos estaba ocupado, juntamente con sus vecinos E. y F. en desbrozar una parcela de rozado, o posiblemente conduciendo un enfermo al hospital. Nuestra única esperanza la constituían el Sr. Fernández y su criado. En cuanto a aquél, anciano y corto de vista, declaró que no los reconocería; el criado, un joven robusto, dijo que los reconocería en cualquier parte. Le hice colocar en un lugar estratégico para que pudiera observar a los detenidos en la cárcel sin ser visto y, preguntado si estaban entre ellos quienes les habían saqueado, dijo que había dos de ellos.

Con este dato consulté el caso con el Juez de la Instrucción, e infor­mado acerca de la gravedad del caso, el magistrado no titubeó en disponer una "rueda de presos", entre quienes debían ser intercalados Dávalo'í y su cómplice para que el criado de Fernández tratara de reconocerlos como autores del atraco del que éste había sido víctima. El muchacho recorrió lentamente la fila, examinando minuciosamente las facciones de cada uno y, al llegar frente a un moreno rechoncho, de estatura más bien baja, exclamó: “Kóva ha'e peteĩ " (este es uno de ellos). El pobre diablo casi se desplomó; pareciera haberse desnucado y sus compañeros de fila debieron sostenerle antes de poderse seguir el escrutinio. Se labro el acta correspondiente y siguió la operación hasta llegar frente a Davalo’i "Kóva la huvicha kuéra" (este es el jefe de ellos) Pero Dávalos ni se inmutó y, labrada el acta correspondiente, los presos fueron devueltos a la cárcel.

Por tratarse de criminales peligrosos con padrinos influyentes, una vez terminado el sumario, se solicitó la remisión de Dávalo'í y su com­pañero a la cárcel de Asunción y, para evitar toda posibilidad de evasión, fueron engrillados y entregados al mismo Alcalde de la cárcel, un tal T., amigo, o posiblemente un recomendado especial de un amigo del mayor Benítez y traído por él mismo de Asunción para desempeñar el cargo. "Se evadieron" en el trayecto y T. fue procesado por infidelidad de custodia. Pero siendo de la situación, como suele decirse, sólo le habrá costado una ínfima parte de los ochenta mil pesos que según se supo había recibido de los padrinos de Dávalo'í para salir del lío "con buena reputación y fama".

Algunos años después me encontré con él. Me llevó en su auto a ver su fábrica de caña y trapiche a vapor, plantaciones de caña dulce, flota de camiones; también tenía casa propia recién adquirida en Asunción y, una estanzuela. También llegué a saber que uno de los mejores y más influyentes abogados del foro guaireño había pedido cuatrocientos mil pesos para obtener la libertad de Dávalos -sin tomarme la molestia de averiguar cómo, pues ya había resuelto abandonar la Policía- no siendo de extrañar, por consiguiente, que hubieran resuelto recurrir a medios más rápidos y expeditivos.


 

18

EL ABOGADO DE BARRETO

 

Doña N.N., carnicera, con puesto de venta en el Mercado N°2, acudió a la oficina de Investigaciones de la Delegación de Gobierno de Villarri­ca, oficina de la que yo era jefe, a denunciar el robo de una balanza. La avaluaba en diez mil pesos, y no abrigaba la menor sospecha acerca de quién podría haber sido el autor del robo.

Hice comparecer al encargado del Mercado Nº 2, un tal Barreto, manifestando él haber dormido en el mercado en compañía de dos ayudantes, muchachos de unos 14 años, y de su primo hermano Domin­go Barreto. Afirmó que ni él ni los muchachos habían salido durante la noche. Domingo, sin embargo, habría salido a eso de las dos de la madrugada para orinar, volviendo a entrar pocos minutos después. Como el mercado carecía de iluminación bien hubiera podido aprove­char la oportunidad para entregar la balanza a algún cómplice que le hubiera estado esperando. Admitió también el encargado no haberlo vigilado y nadie se había dado cuenta de la desaparición de la balanza hasta darse comienzo a las faenas diarias, ya después de amanecer.

Domingo Barreto era un alcohólico a quien había tenido que arrestar pocos meses antes por sustracción de una sierra para cortar carne, del Mercado Nº 1, en donde trabajaba esporádicamente como ayudante. Había vendido la sierra en cien pesos, pero no registraba otros antece­dentes. Y como en nuestra cárcel había "comodidades" para 50 á 60 detenidos y se hallaban recluidos permanentemente más de 130 presi­darios y como, además, el dueño de la sierra se conformaba con la devo­lución de su herramienta, lo había puesto en libertad a Barreto sin comunicar el hurto al Juzgado.

Al encargado del mercado le increpé por la desaparición de la balanza, diciéndole ser él el verdadero responsable por haber tomado como ayudante a un sujeto de notorios malos antecedentes como lo era su primo. Al mismo tiempo le ordené que en colaboración con sus dos ayudantes buscaran informes que permitieran dar con la balanza diciéndole que, en caso de que no fuera hallada para el día siguiente a las ocho de la mañana, debería él abonar el importe de diez mil pesos en que la damnificada justipreciaba su balanza, so pena de verse compli­cado en un proceso por sustracción. Con anterioridad había ordenado la detención de Domingo Barreto, cuya culpabilidad era evidente.

De paso diré que el único personal con que contaba la oficina de In­vestigaciones e Identificaciones de la Delegación de Gobierno del Guai­rá era el jefe, a la sazón el que escribe. Pero como en la planilla de sueldos de la Delegación figuraba un chofer, y la Delegación no contaba con vehículo de ninguna clase, con dicho sueldo se me proveía de un ayudante, un excelente muchacho, honrado y laborioso, estudiante de la escuela de Comercio. Los muebles y útiles de la oficina de Investiga­ciones e Identificaciones consistían en una mesa, dos sillas, un armario destartalado y un libro de denuncias. Pero contábamos con un hermoso sello, hecho que me recuerda una anécdota que contaba mi padre: al fundarse, o poco después de fundarse, la Colonia Nueva Australia, fue designado un australiano o inglés para desempeñar las funciones de Comisario o Jefe de Policía del poblado. Habiendo trascurrido un año desde la fecha de su nombramiento, fue a la capital a cobrar su sueldo y, después de realizada una serie de gestiones infructuosas, obtuvo audiencia con el propio ministro.

"¿Viene en busca de su sueldo, dice? Pues, amigo, ¿acaso no le dieron un sello juntamente con su nombramiento?"

Traté de persuadir a Barreto que me contara a quién había entregado la balanza, explicándole que con este caso serían dos las oportunidades de sustracción que tendría en su contra, que era inútil negar su culpa­bilidad, etc.. Agregué que, si me informaba el nombre de su cómplice o el lugar en donde estaba la balanza, comunicaría el hecho al Juzgado como si se tratara de una devolución voluntaria y omitiría, además, mencionar el caso de la sierra, pudiendo por consiguiente recobrar muy pronto su libertad. Si, al contrario, se negaba a colaborar con la Policía, le pondría a disposición del Juzgado como ladrón reincidente, lo cual agravaría considerablemente la pena que se le impondría...

Negó enfáticamente ser culpable. Amenacé con hacerle azotar, sin resultado alguno. Llamé al oficial Alegre, quien gozaba de fama de maestro en el manejo del tejuruguái o látigo trenzado. Este le ordenó extenderse en el suelo como prolegómeno, decía, de la flagelación, pero más vehemente aún se volvían las protestas de inocencia del infeliz. “podrán matarme a latigazos" dijo- "y seguramente confesaré haber robado la balanza, pero sepan que mentiré: Ñandejara, Tupásy ha santo Domingo rehe ha’e peéme" (por Dios, la Virgen y Santo Domingo os lo digo). Ordené que lo llevaran al calabozo y lo mantuvieran inco­municado en el "Hotel Ramírez", una celda de 2m. de largo por 1,50 m. de ancho utilizada para el efecto. (El Hotel Ramírez era, en aquella moca, el mejor hotel de Villarrica).

Al llegar el día siguiente a mi oficina encontré al encargado del mercado y sus dos muchachos; habían dado con el paradero de la balanza, en el boliche de X; de Carumbey (ahora San Miguel). Mandé a mi ayudante con ellos a Carumbey, y para las nueve tenía en mi oficina la balanza, a X., de quien la habían secuestrado, y a un tal Alderete. Este había vendido la balanza a X., habiéndola él adquirido, por una suma irrisoria, de un sujeto cuyas señas me dio y que llamaremos N. Este fue detenido aquella misma mañana y alegó haber comprado la balanza a un desconocido. Preguntado si reconocería al vendedor contestó afirma­tivamente. Le informé que había hecho detener "por sospecha" a todos los rateros conocidos de Villarrica, y que seguramente entre ellos se hallaría el ladrón; que las haría poner en fila para que él los mirase y constatar si entre ellos se hallaba el vendedor de la balanza. Se formó rueda de presos, entre ellos Domingo Barreto, el supuesto ladrón; pero no pudo señalar quién le había vendido la balanza. El mismo día otro ladrón confesó que hallándose merodeando alrededor del mercado, vio salir a Domingo Bar-reto -a quien no conocía- momento que aprovechó para entrar y apoderarse del primer objeto de valor que encontrara.

Terminadas las diligencias de la rueda de presos, hice comparecer a Domingo Barreto, quien se presentó tiritando y lleno de temor. Estába­mos en pleno invierno, y el infeliz vestía un pantalón remendado de los más baratos y una camisa sucia de lienzo. Le miré y vi que llevaba un abogado, reliquia o talismán.

"Desabroche la camisa -le dije-, quiero ver lo que llevas colgado del cuello".

"Por Dios, la Virgen y Santo Domingo, mi jefe, te juro que no fui yo" -gritó-, convencido de que iba a ser flagelado.

"Lo único que me interesa es qué abogado llevas -le repuse- y si le debes alguna promesa".

"Santo Domingo che abogado, ha pyharé entero amyangekói. Che renoheró ko apúro kóva gui, amyataindy varó" (Santo Domingo es mi abogado, y toda la noche estuve molestándole. Si me saca de este atolla­dero, debo encenderle una vela).

"Cuando puedas, cómprale una docena o un cajón, Barreto", le repu­se, "pues posiblemente a El se debe el que no hayas ido a parar en la cárcel por dos años por un delito que no cometiste".


 

19

DELITO DE ACCIÓN PENAL PRIVADA

 

Un día fue a verme un abogado amigo, a quien a menudo pedía asesoramiento, uno de los pocos miembros del foro verdaderamente decentes. Recuerdo que, habiendo aceptado la defensa de un criminal acerca del cual la Policía poseía informes reservados, le enseñé estos informes e inmediatamente comunicó al Juzgado respectivo que renun­ciaba al poder que se 1e había otorgado. El asunto que le traía a mi oficina era el siguiente: Una mujer paupérrima, oriunda de Itapé, le había pedido asumiera la defensa de su hijo menor, acusado de viola­ción, asegurándole, como generalmente ocurre en estos casos, que se trataba de una intriga. "No pude negarme a asumir la defensa", dijo el abogado, "porque tanto insistió la mujer que accedí a ver al hijo, resul­tando ser éste un muchacho enclenque, enfermo, desnutrido, físi­camente incapaz, a mi parecer; de violar a una mujer robusta como la supuesta víctima. Legalmente, sin embargo, todo está en su contra, y si no se produce un milagro será condenado..."

"Y Ud., doctor, todo un abogado, y sabiendo que la Policía no puede intervenir de oficio en delitos de acción penal privada como el presente, pide este milagro a la Policía... Pero haré lo que pueda, advirtiéndole que a Ud. le corresponderá asumir la defensa de la Policía si es que la cosa sale mal y sus colegas del foro nos arman una querella por abuso de autoridad, etc..." Comencé por pedir la comparecencia del acusado, e informándoseme que se hallaba hospitalizado, con paludismo, fui al hospital regional a verlo. El director del nosocomio, Dr. Arturo Buzar­quis, era amigo mío. Le pedí que viera al muchacho, preguntándole después si recordaba a una mujer a quien había inspeccionado hacía pocos días, supuesta víctima del delito de violación. Revisó los archivos, me dijo que la recordaba perfectamente, luego de lo cual le informé que a Eduardo Rodríguez, el palúdico, se acusaba de haberla violado. El Dr. Buzarquis soltó una carcajada diciéndome que la mujer que él personal­mente había inspeccionado era una chica robusta, capaz de defenderse contra cualquiera y que era absurdo atribuir un delito semejante a un muchacho anémico, enclenque, enfermo, como lo era Eduardo.

Aquel mismo día dirigí una nota al Director del Hospital Regional, rogándole informara si en opinión de él, el recluido Eduardo Rodríguez era fisicamente capaz de abusar de una mujer como la fulana de tal, contra la voluntad de ésta; y que, por tratarse de un delito de acción penal privada, acerca del cual corrían rumores contradictorios, la Policía se veía en la obligación de solicitar su dictamen a fin de deter­minar la actitud que asumiría en el caso. El Dr. Buzarquis contestó que "en opinión de él, el recluido Eduardo Rodríguez era incapaz de abusar de una mujer como la fulana de tal, contra la voluntad de ésta..." Con este documento en la mano pedía al Mayor Benítez permiso para ocupar durante unos días al oficial Crispín Benítez, el mejor policía que haya llegado a conocer durante mis años de sabueso. Oriundo de Itapé, cono­cía a la mayoría de sus habitantes con todas sus mañas. Le pedí que obtuviera todos los informes posibles acerca del caso y luego interrogara a la supuesta víctima, en su casa, y, llegara o no a una conclusión defini­tiva, condujera detenida a ésta a Villaníca, en compañía de su madre, para evitar habladurías.

Volvió dos días después con la detenida y su madre y entró a dar parte del resultado de su misión: nada había sacado en limpio pues la fulana, una chica robusta, fornida, como lo había dicho el Dr. Buzarquis, insis­tía en que Eduardo Rodríguez la había violado. Comentando su decla­ración, el oficial Benítez dijo que "hablaba como si estuviera recitando el Padre Nuestro; por más que repita su declaración, no varía en una sola palabra, en un solo gesto, en una sola pausa..." La hice comparecer, le di un asiento y le pedí que me informara acerca de lo que había ocurrido. Comenzó su relato, y al llegar a cierto punto la interrumpí con una pregunta cualquiera, al contestar la cual le dije que continuara su relato. Titubeó un rato, y comenzó a hablar nuevamente para, en vez de continuar el relato, comenzar de nuevo su declaración, repitiéndola palabra por palabra, como si la hubiera aprendido de memoria.

Al llegar a cierto punto, la volví a interrumpir con idéntico resultado, y, repitiendo la operación por tercera vez, la volví a interrumpir, pero ya en otros términos: "Mi hija, tú me estás engañando. Yo tengo mucho trabajo, y no puedo perder el tiempo con chinas sucias y desvergonzadas como tú. Te voy a hacer una propuesta: me cuentas enseguida la verdad o en caso contrario te hago meter en la cárcel, en donde los presos abusarán de ti durante dos horas; luego te haré torturar hasta que me cuentes lo que ocurrió". Toqué el timbre y al presentarse un ordenanza, le dije que ordenara al Teniente Alegre (ausente a la sazón en Yuty) que se alistara para meter a una mujer sinvergüenza en la cárcel. "Su orden, mi Jefe", contestó el ordenanza, quien conocía mi modus operandi, saludó y se retiró.

-Y ¿ha upéi?

Amombe'uta ndéve (te voy a contar). Fue Fulano de Tal. -¿Dónde?

-En tal parte.
-¿Cuándo?
-Tal día.
-¿A qué hora?
-A tal hora.
-¿Dónde está ahora fulano?
-En su casa.

Ordenando que llevaran la china a la Guardia, en donde guardaría arresto en compañía de su madre hasta que yo dispusiera lo contrario, me dirigí a Crispín:

-Si no da tu caballo, moviliza otro, y vuelve inmediatamente a Itapé a traer al tal fulano, pues con toda seguridad ya nos estarán promovien­do una querella en los Tribunales. Y efectivamente, el patrocinante de la "víctima" ya había presentado su denuncia, acusándonos de abuso de autoridad, detención indebida de mujeres indefensas, maltrato, etc... Pero aquella misma noche regresó Crispín con el "victimario", un fornido mozalbete de unos dieciocho años, quien describió con lujo de de­talles la cita que había tenido con la china y que había dado lugar a tanta ­alharaca.

El día siguiente a primera hora, la Delegación notificó de lo ocurrido a- Juez de Primera Instancia en lo Criminal. Se le fijó audiencia, se le tomó declaración, en presencia del patrocinante de la "víctima" y se dispuso la libertad de Eduardo Rodríguez. No le he vuelto a ver; pero antes de disponer su libertad, les advertí que si omitieran indemnizar a la familia Rodríguez por los perjuicios que les habían ocasionado o volvieran a intrigar a alguien, yo personalmente me encargaría de obtener que se les confinara, sea a Isla Margarita, sea a los últimos confines del Chaco.


 

20

EL "HADA IRLANDESA"

 

Hasta 1904, año en que se incendió nuestra casa, vivimos en Las Ovejas (Colonia Nueva Australia). Entre los recuerdos que conservo de Las Ovejas, además de las ya referidas en capítulos anteriores, ocupan lugar destacado las discusiones entre mi padre y Mr. Kennedy sobre "e1 gobierno". De lo que decían, no recuerdo una sola palabra. Pero sí recuerdo perfectamente que para mí, “el gobierno" era un enorme tocón de lapacho, derribado al hacerse el desmonte o rozado. Esta idea quedó impresa en mi memoria durante años, debiéndose probablemente al hecho de que mi padre y Mr. Kennedy iban a nuestra huerta, en el centro de la cual estaba el tocón, para conversar. Si cierro los ojos, puedo verlos todavía, cada uno con un pie sobre "el gobierno", discutiendo.

Recuerdo también que ellos y mi madre, y a menudo algún visitante ocasional, hablaban de Australia, Irlanda, Inglaterra, Francia e Italia. Que hablaran de Australia, patria de mis padres, es comprensible; tam­bién de Irlanda, país de origen de un antepasado por la línea materna, y de Inglaterra, el de un abuelo paterno. Posiblemente sus charlas acerca de Francia e Italia tendrían que ver con la revolución francesa y con Cavour y Garibaldi o los movimientos socialistas o sindicalistas en ambos países.

Estas no son más que conjeturas, pero lo que recuerdo perfectamen­te es que, de los nombres mencionados, solamente uno, el de Australia, evocaba en mi mente una idea comparable con la de "país", o sea, lugar habitable, morada de seres humanos. Australia para mí era una comar­ca comparable con Las Ovejas, pero poblada por hombres-monstruos llamados bushr-anger-s, salteadores de caminos en la jerga de aquel país, y de animales estrafalarios llamados canguros.

En cuanto a Inglaterra, era una señora alta vestida de larga túnica, con una lanza o tridente en una mano, llamada también Britannia (Bretaña); Francia era una joven llamada Juana de Arco, quien, con armadura completa, montaba un brioso corcel, e Italia era una dama sonriente cuyo nombre, según llegué a saber posteriormente, era _Mona Lisa, la Gioconda de Leonardo. De Polonia, patria de un antepasado aristocrático exilado a raíz de las guerras napoleánicas, no recuerdo que hayan hablado, pero algo debió haber dicho mi madre, pues recuerdo vívidamente la estrofa: For freedom shrieked when Kosciusko fell (y la libertad gritó -desesperada- cuando Kociusko cayó -vencido-).

En cuanto a Irlanda, ocupaba un lugar de privilegio entre los "países" que conocía. Era el retrato de una encantadora muchacha irlandesa engastada en un marco compuesto de the harp whose shord once soun­ded throungh Taras castle hall. (el arpa cuyos acordes antaño sonaban a través de los salones del castillo de Tara); de FairKillarney's lakes and dells (los lagos y los valles delbello Killarney); un majestuoso barco que, el velamen tendido al viento, se alejaba de Irlanda llevando a bordo a Roy Neil and his fair young bride (Rey Neil y su bella desposada); y las florecillas que en profusión adornaban el cuadro, eran los sweet little, dear little shamrock ofIreland (amorcito, queridito trébol de Irlanda), sembrado, como se sabe, por San Patricio en persona y regado con sus lágrimas para convertirse en emblema de Erin o Irlanda, la Isla Esmeralda.

Estos y otros similares eran los temas que cantaba mi madre y de ellos se componía el marco que en mi mente rodeaba a la imagen de la muchacha que, a los tres o cuatro afros, representaba a Irlanda. El cuadro, con el tiempo, iba desdibujándose y no tardó en desaparecer del todo, pero para ocultarse en una célula recóndita de la subconciencia. Pues sesenta y tantos años después volvía a ver a quien llamaré el "Hada Irlandesa" tal cual la conocí en Las Ovejas, junto con el barco en que Roy Neil abandonara Irlanda con su bella desposada, las arpas de los bardos celtas, los lagos y valles de Killarney y el trébol sembrado por el santo patrono de la isla.

Algunos de los episodios que tuvieron lugar entre 1903 ó 1904, afeo en que "nació" el "Hada Irlandesa", y 1966, año en que la volvía a ver, han sido referidos en capítulos anteriores. Pero antes de continuar me referiré brevemente, por su posible relación con el problema del que propongo ocuparme en este capítulo, de un sueño que tuve durante la década de 1950. Soñé estar hablando con el Obispo de Villarrica sobre el problema de los indios. El Obispo estaba sentado a su mesa de trabajo y yo frente a él. Entró un sacerdote con unos papeles para la firma del Obispo; no me hizo caso ni yo le saludé. Otro entró 3• volvió a salir, en la misma manera. Por último entró un tercero pero, en vez de acercarse al Obispo, se dirigió a una puerta trasera y desapareció sin dirigirnos una mirada siquiera. Tanto sus facciones como su sotana me llamaron la atención. Al pasar frente a mí, con la mano izquierda, o bien desarrugó un pliegue de la sotana o bien enderezó el cordón que, si mal no recuerdo, llevaba, y me percaté de que tenía mutilados varios dedos de la mano izquierda. Aquí terminó el sueño.

Algunos días después me encontré con Pa'í Carlos (*), superior de la orden franciscana, una de las pocas personas con quienes podría hablar de asuntos de esta naturaleza, y refiriéndole mi sueño, le pregunté si recordaba algún colega con la mano mutilada como el sacerdote de mi sueño. Una expresión de asombro le pasó por el rostro y profirió una exclamación de sorpresa. Pero antes de poderme contestar recibió un llamado urgente y no tuve ocasión de hablarle nuevamente del asunto, pues poco después era trasladado a Bolivia, en donde actualmente es Obispo del Beni.

Algunos años después de este incidente se realizó en Asunción un congreso indigenista. Entablé conversación con un sacerdote alemán parlante perteneciente a la orden de los Oblatos, que sostenía una mi­sión en el Chaco. Después de haber escuchado a casi todos los asisten­tes al congreso, había llegado a la conclusión de que este sacerdote era el único entre los delegados presentes que se daba cuenta de que, careciendo de asesoramiento antropológico competente, todo intento de asimilar a la vida civilizada a un grupo humano primitivo está predesti­nado al fracaso. Trabajo me costó reprimir una exclamación de asombro y una pregunta indiscreta al cerciorarme de que el sacerdote aludido tenía mutilados varios dedos de la mano izquierda.

Antes de proseguir, debo destacar lo peligroso que es el abordar temas como el presente. Algo he leído acerca de los trabajos del Dr. Rhine, si mal no recuerdo, de una universidad norteamericana de Duke, y de algunos investigadores europeos acerca de estos fenómenos pa­ranormales. Y es fácil constatar que quien no se esfuerza por ser objetivo, frenar su imaginación y analizar fríamente los acontecimien­tos, se convierte en un pobre diablo que ve "milagros" por todas partes. También he oído decir que si no se puede hablar bien de una persona mejor es callar. Pero, ya que he citado el hecho, y no siendo mi objetivo el de escribir panegíricos, sino consignar al papel algunos datos autobio­gráficos, faltaría a mi obligación de fiel cronista si omitiera otros hechos posiblemente relacionados con el problema del que me ocupo en este capítulo (subrayo el hecho para evitar un derroche inútil de papel, de tinta y de fósforo cerebral).

Diré que, tras varias entrevistas con el Obispo, y haberle pedido por escrito la intercesión de la Iglesia para combatir la inhumana discrimi­nación de que es objeto el indio por no pertenecer a la religión cristiana, accedió a dirigir una circular a los curas párrocos de su extensa diócesis -en aquella época el obispado de Villairica abarcaba casi la mitad de esta Región Oriental del Paraguay- ordenándoles utilizaran todos los medios a su alcance en favor del indio. Un día fui al obispado a pedir al secretario -un sacerdote- una copia legalizada de la circular para mi archivo. Con la copia en el bolsillo volvía a casa y, al pasar frente a la iglesia de Yvaroty, vi que subía a su jeep el Padre Ramon'í, y le pregunté adónde iba. Me contestó que a Caaguazú, y como este pueblo está situado en pleno centro de la zona de los indios Mbyá, y en donde más problemas había tenido, le pedí que, además de leer la circular del Obispo, la comentara en términos enérgicos.

"Pues, hombre, ¿de qué circular me hablas?", dijo. Contestándole que de la circular del Obispo acerca de los indios, afirmó que nada sabía acerca de la misma. Convencido de que por descuido de alguien no les había mandado copia del documento a los franciscanos, a cuya jurisdic­ción pertenecía Caaguazú, le cedí en préstamo la copia legalizada que llevaba en el bolsillo. Por las dudas, sin embargo, practiqué ciertas averiguaciones enterándome de que, a excepción de Caaguazú, en nin­gún otro pueblo perteneciente al obispado de Villarrica se había leído la circular.

Volví un día al obispado y hablé con uno de los curas de quien sabía manejaba a su antojo al Obispo y me dijo con toda sinceridad -o, si se quiere, con todo cinismo y desparpajo- que si el Gobierno pretendía que la Iglesia se entremetiera en el problema de los indios, era justo y lógico que asignara un sueldo a un sacerdote que se encargara del asunto. Pero yo también sabía algo de política. Hice imprimir por mi cuenta doscien­tos ejemplares de la circular, mimeografiados; los llevé al obispado,

haciéndolos autentificar con la firma y sello del secretario y los repartí por correo certificado, no sólo a los curas párrocos de todos los pueblos de la diócesis, sino a otras autoridades y funcionarios de la zona.

De que algún efecto produjeron, pronto obtuve pruebas: de obrajes de Fassardi, centro del negocio en esclavos guayakíes, me informaron que el Padre Lares, párroco de Ñumí, había amenazado con excomulgar a todo traficante de niños indígenas. Tiempo después, de visita a Enrama­dita, a Paso Yovái y a Itakyry, las maestras de escuela de estas tres localidades me consultaron respecto a la circular.

Entre las hazañas del cura que saboteó la labor de la Iglesia en favor de los indios -no me refiero a sus aventuras donjuanescas que eran, y son, públicas y notorias-, se destaca su labor como recaudador de las "ofrendas" para el seminario de Villarrica, y el cinismo y procacidad con que se jacta de haber despojado a algún infeliz campesino cargado de hijos desnutridos y harapientos, a veces de la última lechera que poseía. Si no poseía una vaca, de uno de sus pocos cerdos; si carecía de vacas y cerdos, de una o dos de las cinco o diez gallinas que se alimentaban de grillos y saltamontes y de los excrementos de sus dueños, evitándoles el trabajo de cavar una letrina. Y pensar que la mayoría de los hijos de estos campesinos no asistían a la escuela por falta de ropa, de libros, de cuadernos y de lápices...

Pensando en este representante de Cristo y otros de su calaña, a veces casi lamento que mis padres, en vez de librepensadores, no hayan pertenecido a alguna religión que acepta el dogma de la reencarnación. Cuán reconfortante sería el poder convencerse que nuestro recaudador de "ofrendas" se reencarnaría próximamente en forma de gusano, con­denado a alimentarse de excrementos de campesinos indefensos, des­cendientes de aquellos a quienes él despojara de su única lechera, en nombre del autor del Sermón de la Montaña. Quizás en escarabajo, condenado a procrear dentro de la boñiga de descendientes de la misma lechera. O de parásito intestinal que nacería, viviría, procrearía y mo­riría dentro del aparato digestivo de una gallina semejante a las miles que escamoteara a sus anémicos feligreses.

Pero si como afirma el homo sapiens más primitivo que conozco - el guayakí-, y con él algunos intelectos privilegiados de la era nuclear, -a muerte no constituye sino el comienzo de la vida -dogma que otros intelectuales igualmente privilegiados rechazan por absurdo-, uno de los problemas a cuya dilucidación propongo abocarme en cuanto traspa­se el umbral es el siguiente: ¿Cómo se explica que en una era que ha producido un Teilhard de Chardin, un Einstein, un Gandhi, un George W. Carver, un Fleming, el destino de gran parte de la humanidad de­penda de hipócritas lascivos como nuestro recaudador de "ofrendas", de militares carentes de toda noción de pundonor, de políticos moralmente podridos y de Shylocks modernos cuyo único afán consiste en amasar más y más millones?

Y mientras Bernard Shaw y otros paganos que se mofan de la divi­nidad de Cristo reconocen que, mientras no se cumplan sus doctrinas sociales no habrá paz ni estabilidad en la tierra, nuestros recaudadores de "ofrendas" y sus aliados los militares inmorales, políticos corrompi­dos y magnates desalmados, no se cansan de pregonar, a voz en cuello, la divinidad del Nazareno, mientras siguen saqueando impunemente a la chusma latinoamericana, analfabeta e indefensa, para satisfacer sus concupiscencias.

Habiendo comenzado a hablar de política -y también por su posible relación con el problema objeto de este capítulo-debo decir que, siendo Delegado de Gobierno de Villarrica el entonces Mayor Rogelio R. Bení­tez, actué con él durante varios años como jefe de la oficina de Investi­gaciones de la Policía de Villarrica. En aquella época, si bien el Partido Liberal había sido proscripto y desterrados sus dirigentes más impor­tantes, en las oficinas públicas actuaban funcionarios de todas las ten­dencias políticas. En los tribunales de Villarrica, por ejemplo, había jueces, fiscales, secretarios liberales, febreristas, colorados y hasta un comunista; había veinticuatro abogados de todas las tendencias políti­cas.

En cuanto a la Policía, sólo diré que en menos de dos meses de haberse hecho cargo el Mayor Benítez había separado de sus funciones a todos menos dos de sus principales colaboradores, por conducta indecorosa, todos ellos recomendados especiales de correligionarios o amigos de confianza. También hizo procesar a dieciocho alcaldes policiales por abusos u otros delitos. En síntesis, bajo la dictadura de corte netamente nazifascista de Morínigo, profesionales de todas las tendencias políticas trabajaban libremente, mientras el campesino más humilde que llegara a Villarrica podía contar con que se le haría justicia. Veinticuatro años después, bajo un régimen a gusto y paladar de la democracia más poderosa del mundo y sostenida por sus dólares, líder moral, espiritual y material del llamado mundo libre, quien no cuenta con el respaldo de un "capo" poderoso puede ser ultrajado, saqueado, vejado y perseguido impunemente. ¡Y guay del infeliz que llega a quejarse!

Cito estos hechos por dos motivos: 1°. Si el pueblo norteamericano no es el peor informado del mundo, es o el más hipócrita o está cretinizado por su afán de amasar bienes materiales. Y a más de un norteamerica­no, cuyas preguntas me hacen sospechar vehementemente que eran agentes de la F.B.I. o el C.I.A., he preguntado si no sería mejor para Latinoamérica un régimen estilo Castro o Mao-Tsé-Tung, que las tira­nías sanguinarias e inmorales que el Departamento de Estado sostiene con los dólares de aquel pueblo, o mal informado, o hipócrita o cretini­zado. No tendría nada de extraño, por consiguiente, si en ciertos archivos figurara como comunista o compañero de ruta cuando en realidad, si me tocara elegir, optaría por una dictadura estilo Morínigo, en que pudieran colaborar los mejores del país, o un gobierno de técnicos. 2°. Porque debido a mi actuación en la Policía, para muchos campesinos me convertí en algo así como paño de lágrimas a quien acudían, y aún acuden a desahogarse, aun sabiendo que ya nada puedo hacer por ayudarles, salvo recomendarles a veces que traten de hablar con el General Fulano o el Padre Mengano. Estos detalles guardan relación, posiblemente, con un ataque cardíaco que sufrí y del que me propongo ocuparme, pues cada vez que un infeliz campesino me contaba de algún ultraje, de la manera en que la Policía lo había torturado o estafado el juez, era como si se me infligiera una herida en las entra­ñas.

También conviene dejar en claro que, aunque pagano o librepensa­dor, no soy ateo, si con esta palabra se pretende negar la existencia de un poder superior a nosotros; si se pretende que la creación existe "por­que sí", y que el homo sapiens emergió del limo primigenio con el único objeto de amasar bienes materiales. Estas son creencias personales, acerca de las cuales no pretendo aportar argumentos ni en pro ni en

contra, y como tales las expongo. De lo que sí poseo pruebas es de la necesidad y la utilidad de la oración. Ya Herbert Baldus, por ejemplo, célebre etnólogo de la Universidad de São Paulo, al describir una danza ritual de los indios Tapirapé, afirma que en ella los participantes "se elevan sobre sí mismos: se elevan sobre la realidad cotidiana y se sumer­gen en otra". "Dancé con ellos", agrega Baldus, "y sentí que la facultad de analizar se me disolvió en una sensación de bienestar".

Egon Schaden, especialista en cultura guaraní, va más lejos: descu­brió que el ideal del guaraní es "la vivencia mística con la divinidad"; y en un himno de un shamán que logró recoger, éste describe la manera en que, mediante la oración, el canto y la danza, se había trasladado en éxtasis hasta la morada del mismo padre de los dioses. Algo análogo he observado personalmente en una danza de los indios chiripá, otra tribu guaraní. Y habiendo mantenido relaciones amistosas con los Mbyá desde hace más de cuarenta años, habiéndoseme hecho confidente de muchos de sus secretos, no titubeo en afirmar que si los degenerados sobrevivientes de la raza guaraní han logrado conservar su condición de seres humanos -en ciertos aspectos mejor dotados que nosotros- a pesar de la inhumana discriminación de que vienen siendo objeto desde hace más de cuatro siglos, ello se debe exclusivamente al hecho de que mediante la oración ellos han logrado, como lo expresa Baldus, elevarse sobre sí mismos, sobre la realidad cotidiana y sumergirse en una "realidad" superior. Posiblemente sea debido a estos descubrimientos de mis colegas, confirmados y ampliados por mis propias investiga­ciones, tengo por norma dedicar diariamente unos minutos a un esfuer­zo por "elevarme sobre mí mismo" en busca del camino que debo seguir. Formuladas estas aclaraciones, entraré en materia.

El período 1964-1965 fue para mí aciago, infortunado. Un colega, quien desde 1950 encabezaba sus cartas: My dear friend (Mi querido amigo), me escamoteó un valioso manuscrito inédito del que poseía un solo ejemplar; hubo demoras en la publicación de algunos artículos, y se perdieron separatas en el correo. La bestialidad de la Policía llegó a extremos inauditos. Tuve líos con el Departamento de Asuntos Indíge­nas y consiguieron que el Ministerio de Defensa suspendiera la subven­ción que me acordaba, reduciendo mis entradas en un cincuenta por ciento. Hubo problemas domésticos. Como a menudo sucede en tales casos -nuestros campesinos dicen que solamente en tiempo de necesidad el hombre se acuerda de Dios-, probablemente mis esfuerzos por "elevarme por encima de mí mismo" hayan sido más sinceros que de costumbre. Y sufrí un ataque cardíaco.

Mi hija Connie me llevó a Asunción, al mejor especialista en la materia, formado en Francia y en los Estados Unidos. Las primeras tres consultas no me dijo nada. Pero después de casi dos meses de tratamien­to intensivo me dijo que estaba fuera de peligro, pero que cuando me había inspeccionado por primera vez había llegado al último límite: border line, y que no abrigaba mucha esperanza de salvarme. Puede decirse, por consiguiente, que el ataque cardíaco en realidad me había salvado la vida. Durante mi convalecencia recibí pruebas de amistad de personas pertenecientes a todas las capas sociales. Un ministro secre­tario de Estado me mandó un cheque; una india acudió a la prensa y la radio a formular un llamado en mi favor; una anciana de ochenta años caminó seis kilómetros para traerme dos huevos frescos y unas naran­jas. También tuve tiempo para analizar detenidamente mi situación, y debí preguntarme si efectivamente era una especie de mártir, víctima de las circunstancias, como comenzaba a considerarme y como quería que los demás me consideraran, o si había llegado al estado en que me hallaba por haber magnificado mis problemas y deliberadamente haber hecho caso omiso del lado más ameno de la vida.

Si bien la vida seguía y sigue siendo la de un estado policíaco estilo Hitler o Stalin, supe que unos vecinos de mi barrio, falsamente encar­celados y torturados, sin proceso, habían obtenido su libertad gracias a

la intervención de un sacerdote franciscano y un coronel y que en manera más o menos similar se habían enderazado otros entuertos, a pesar de la prepotencia y cinismo de la Policía. En cuanto a My dear friend, que me había escamoteado mi manuscrito, gracias a la colabo­ración de un sacerdote, de un colega argentino y de otro francés, no solamente había podido recuperarlo, sino había informado a los colegas de My dear friend, con copia al interesado, que él era un ladrón y un canalla.

Si bien había perdido el subsidio del Ministerio de Defensa, había tenido la satisfacción de decir al paniaguado de un general, en presencia de su jefe, que era un cretino, malversador de dineros públicos y trafi­cante en mujeres indígenas; y de otro personaje más encumbrado aún me había permitido informar a su jefe que, mi entras cierto departamen­to no contara con un director menos petulante y estulto, no existía la menor posibilidad de que mejorara la situación de nuestros indios. Debía por consiguiente felicitarme de que, al suspender el subsidio, no me hubieran metido también en la cárcel o desterrado.

Además, había recibido remesas de dinero de Francia, de México y de Alemania, por mis trabajos, y una prima me comunicó desde Australia que en breve esperaba hacerme una remesa importante -para mí-, importe de unas tierras dejadas por un hermano mío que había muerto a raíz de penurias sufridas durante la campaña de Nueva Guinea durante la última guerra. Por último, el Obispo de Concepción me visitó con el expreso propósito de informarme que el Episcopado paraguayo, en una de sus sesiones, había resuelto encomendar a los jesuitas el estudio del problema indigenista con miras a buscarle solución.

Sintetizando: el ataque cardíaco me había salvado la vida; My dear friend había resultado más perjudicado que yo como resultado de su intento de estafarme; me había permitido el lujo de cantar cuatro verdades a la casta dominante sin ir a parar en la cárcel; me había con­vencido que en todas las esferas sociales había gentes que me aprecia­ban: sabía que personas influyentes comenzaban a interesarse en la suerte de los indios; y en cuanto a mi situación económica, era mejor que nunca. En síntesis, se me había acordado todo lo que subconsciente­mente hubiera podido pedir al esforzarme por "elevarme sobre la realidad cotidiana" buscando, a tientas, el camino que debiera seguir. Para convencerme de ello, fue necesario que sufriera un ataque cardíaco y llegara hasta los umbrales de la muerte.

¿No sería acaso el infarto el equivalente del éxtasis en que cae el guaraní, permitiéndole llegar hasta la morada de los dioses; el "pedid y se os dará, buscad y encontraréis" del cristiano; una prueba de que, en cierto modo, el hombre puede influir sobre las leyes que gobiernan el universo...? También debí preguntarme si acaso no hubiera dedicado demasiado tiempo y esfuerzo al aspecto puramente científico de mi trabajo; descuidando la tarea de buscar algún medio -ya que había fracasado el Departamento de Asuntos Indígenas, cuya creación yo mismo había pedido- de remediar la afligente situación de los indios...

Eran las tres de la tarde del 15 de agosto de 1966, día de la fiesta patronal del barrio de Yvaroty. Había estado escribiendo durante casi una hora, y me levanté para desperezarme y echar un vistazo a la gente que pasaba. A media cuadra de distancia vi acercarse a dos figuras conocidas, una joven misionera inglesa a quien había visto en dos ocasiones anteriores; venía acompañada nada menos que de mi hija Milly, quien venía caminando a la derecha de la misionera. El hecho me sorprendió, pues ignoraba que Milly conociera a la inglesa. Al pasar frente a la casa de don Miguel, electricista, cambiaron de lado, y al colocarse la acompañante de la misionera a la izquierda de ésta me di cuenta, asombrado, de que no era Milly sino mi otra hija Julia. Me emocionó al reconocerla, diciéndome que algo muy importante debió haber ocurrido para que Julia, católica devota, dejara su casa en Luque y sus cuatro hijitos para acompañar hasta Villarrica a una misionera anglicana. Pero, al acercarse más, me percaté de que la compañera de la misionera no era ni Milly ni Julia, pero sí una persona conocidísima, aunque por más que me esforzara, no pude recordar ni su nombre ni cómo o dónde la había llegado a conocer.

Salí a su encuentro, saludando a la inglesa, y dando a saber que, aunque conocía a su acompañante, no recordaba dónde nos habíamos encontrado. Se me dio a entender que no pudimos habernos encontrado. De esto no pude convencerme, y me fue literalmente imposible quitarme los ojos de encima de la muchacha, sometiéndola, embobado, y en forma descarada, al escrutinio más minucioso, quizás, que hubiera sufrido en su vida. Para disimular, seguramente, el bochorno que le ocasionaba mi falta evidente de educación, se quitó los lentes levemente ahumados que llevaba, frotándolos con el pañuelo. Y ocurrió algo espeluznante: desa­parecieron los estantes con libros, siendo reemplazados por un majes­tuoso barco velero; trovadores celtas tañían sus arpas en un castillo irlandés; en la distancia se veían los lagos 3. valles de Killarney, y por doquier se veían plantitas de trébol, el emblema nacional de Irlanda. Esto duró lo que dura el caer de un rayo; en una fracción de segundo desapareció la visión fantasmagórica, y yo miraba embelesado, hipno­tizado, embobado, los ojos del "Hada irlandesa" a quien había conocido sesenta y tres años antes en Las Ovejas.

Cuesta trabajo describir lo que pasó a continuación, pues ni a un anciano decrépito le gusta confesar haberse portado como un imbécil en presencia de una muchacha, bonita, por añadidura, una total descono­cida. Gracias a un esfuerzo sobrehumano pude vencer el impulso que me acometió de bailar, cantar y abrazar a la muchacha. Recuerdo haber gesticulado y mascullado algo respecto a "un sueño que se cumplía". Apenas necesito decir que la explicación de lo ocurrido es obvia: un anciano enfermizo, dotado de una imaginación vívida, su inestabilidad emocional agravada por la enfermedad, se encuentra con una mucha­cha que le recuerda a otra cuya fotografia o retrato que habría visto cuando niño, y a quien había llegado a considerar algo así como una personificación o imagen de Irlanda, país de origen de una abuela materna, y del que su madre a menudo cantaba. La imagen de la muchacha estaba pues íntimamente ligada a recuerdos de aquel país. Había retenido en su subconsciente la imagen; podemos, por consi­guiente, describir lo ocurrido, al reconocer yo al "Hada Irlandesa", como un ataque de histerismo o algo similar, para determinar la naturaleza exacta del cual sería menester el dictamen de un siquiatra competente.

Quedaba por resolver un problema: callar y permitir que las dos chicas me tuvieran por el viejo más atrevido que jamás conocieran, o explicar el asunto, hablándoles de cosas que nunca había mencionado siquiera a mis amigos más íntimos, mi mujer o mis hijos, arriesgándome a que me catalogaran como candidato al asilo de alienados. Opté por contarles la verdad; les escribí y se me contestó en términos muy amables. Una vez convencido de poder afrontar el problema sin emocio­narme -o, como lo expresara Baldus al referirse a la danza ritual a la que asistiera, sin temor a que se me disolviera la facultad de analizar las cosas-, pedí una entrevista y fui a tomar el té con el "Hada Irlandesa", en compañía de Julia.

Tal como aconteció la primera vez que la viera en persona, no pude despojarme de la impresión de hallarme en presencia de alguien a quien conocía íntimamente desde mi infancia. Esto quizás se debe a su tipo fisico, su porte distinguido, casi podría decirse aristocrático, que carac­terizaban a mi madre, y que pueden observarse, en menor escala, en Milly y Julia. En cuanto a sus facciones, poca semejanza existe entre las de ella y las de mi madre; menos aún, con las de Milly y Julia. Sus ojos,que habían sido causa de mi reacción tan desusada y absurda al quitarse los lentes cuando la viera por primera vez, son grises, pero de un tinte subidamente azulado, un color que hasta entonces no me había llamado la atención en mujer alguna que conociera.

Espiritualmente, me dio la impresión de ser una persona superior al común de las gentes y, como tal, si no ha sufrido va sinsabores, desti­nada a sufrirlos. Charlamos, entre otras cosas, del Rubaiyat (traducido por primera vez por su paisano Fitz Gerald) y de Teilhard de Chardin, y por sus observaciones deduje que apreciaba a ambos. Los mediocres no leen tales obras y sé por experiencia que generalmente encuentran la manera de hacer padecer a quienes se atreven a pensar de manera distinta que el rebaño. Recuerdo también que me preguntó si creía en la reencarnación, y le contesté que, a mi parecer, a pesar de lo poco que había estudiado el asunto, tal creencia dejaba sin contestar más de una pregunta. Me dio la impresión de compartir esta opinión.

Encaremos ahora el asunto desde otro punto de vista, pero teniendo presente que el abordar temas de esta naturaleza sin el asesoramiento de un especialista es tarea harto arriesgada, pues una "visión" que a una persona podría conducir a la santidad, en otra podría ser síntoma de trastornos mentales. También es cosa sabida que el pensar demasiado en tales cosas puede engendrar "visiones" peligrosas. Formulado este preludio a guisa de advertencia, diré que la misionera inglesa y su amiga irlandesa habían viajado a Villarrica expresamente para visitar a los Mac Grath, un matrimonio irlandés-inglés, de más de ochenta años de edad que viven, aislados entre extraños, en San Francisco Potrero.

Decirles a las chicas que desempeñan el papel de buenos samaritanos o compararlas con aquellos a quienes Jesús llama "los benditos de mi padre... porque tuve hambre y me disteis de comer...", las molestaría y les produciría rubor. Pero quien conozca a los Mac Grath y la vida que llevan y puede apreciar el placer que les proporciona la visita de personas de su propia raza admitirá que en nada exagero al referirme a la misionera y su amiga en los términos aludidos. Se trata, pues, de personas que comprenden el alcance del Sermón de la Montaña y del mandamiento: "Amarás a tu prójimo..." Es decir, saben que se trata de leyes que, mientras no se cumplan, no habrá "paz en la tierra".

Esto no lo dicen solamente los grandes caudillos que de tarde en tarde aparecen para recordarnos que nuestra única misión en la vida no es amasar bienes materiales; lo admiten también, como ya he dicho, hom­bres como Shaw y otros como él a quienes se podría tildar de todo menos de cristianos militantes. Cito estos hechos por ser indispensables para poder analizar desapasionadamente, sin dogmatismos, los hechos enumerados en este capítulo a fin de buscar respuesta al problema que plantean, a saber: el ataque cardíaco que sufrí, ¿fue resultado de mis esfuerzos por "elevarme sobre la realidad cotidiana?' En caso afirma­tivo, ¿debe atribuirse a los hechos alguna significación esotérica?

No es a un etnógrafo a quien le corresponde buscar solución a un problema como el planteado. Pero, si la respuesta a la pregunta fuera afirmativa, deduzco que estaría concebida en términos como éstos:

Recibiste un mensaje de advertencia, porque varias hojas del libro de tu vida están manchadas, y hubo el propósito de permitirte borrar las manchas y entregar el libro libre de máculas. Te has empeñado en convencerte de que el mensaje fuera apócrifo, no como quieres creerlo, porque eres un investigador pagano, sino por haber el mensaje herido tu orgullo, como tuvo por objeto herirlo y despertarte a la realidad. Ahora se te ha concedido el privilegio de contemplar un sueño hecho rea­lidad, un sueño que soñaste siendo niño, exento aún de pasiones mal­sanas, un sueño inspirado por el amor de tu madre. La personificación de tu sueño, cuando se te acordó contemplarla, estaba empeñada, no en la búsqueda de placeres mundanos, ni de fama, ni de bienes materiales, ni de poder; estaba empeñada en una tarea de primordial importancia para la humanidad. Condúcete de acuerdo con los mensajes que has recibido o prepárate para afrontar las consecuencias.

Cuando Miss G. me preguntó sobre la reencarnación, experimenté un leve estremecimiento, comparable con el que sentí años antes cuando un guayakí, de nombre Kybwyrági, me aseguró que él era Purangí, otro guayakí a quien un jaguar había devorado quizás treinta años antes - Kybwyrági tendría a la sazón esa edad-. Describió con lujo de detalles cómo el alma de Purangí había penetrado en el vientre de su madre para encarnarse en él, Kybwyrági. No solamente los Guayald y otras tribus primitivas creen en la reencarnación; también constituye un dogma para muchas personas cultas que han dedicado los mejores años de su vida a la meditación. Y si pudiera aceptar al "Hada Irlandesa" como la reencarnación de una persona a quien hubiera conocido íntimamente en otra vida, el problema se solucionaría perfectamente, inclusive el enig­ma que constituye el color de sus ojos que tanto me había emocionado. Enigma, digo, porque si se descarta toda explicación espiritual de los hechos, es evidente que la imagen mental que me había formado del "Hada Irlandesa" debió haberse basado no en una fotografía, sino en un retrato hecho por un pintor, pues a comienzos de siglo la fotografía en colores no existía. El hecho me impulsó a revisar con algún detenimien­to ciertos papeles obtenidos por intermedio de una prima hermana del lado paterno -lastimosamente no mantengo contacto con ningún pariente del lado materno-, y me he cerciorado de que el "Hada Irlandesa" bien podría haber sido la imagen de una mujer pintada por mi abuelo paterno. Porque en la copia legalizada en la partida de matrimonio de mis padres, enviada por mi prima, en la columna dedicada a mis abuelos maternos, dice:

Joseph Stone, artist. Mary Dargan.

Stone, según tengo entendido, es el apellido que adoptó un antepa­sado polaco obligado a emigrar a raíz de las guerras napoleónicas, al que ya he tenido ocasión de referirme. En cuanto a Mary Dargan, mi abuela materna, es de ella indudablemente de quien mi madre aprendió las canciones irlandesas que en mi mente infantil servían de marco al "Hada Irlandesa"; ella, o una hermana menor de mi madre, quien según colegí de ciertas observaciones no destinadas para mis oídos y es­cuchadas por casualidad, había muerto prematuramente a raíz de una enfermedad contraída como consecuencia de un desengaño sentimen­tal.

El problema quizás nunca se dilucide del todo, pudiéndose por tanto aceptar cualquiera de las soluciones propuestas. Pero es un hecho innegable que el haber dado de golpe y porrazo con el "Hada Irlandesa" en persona, sacudió la modorra que me estaba invadiendo, benefi­ciándome grandemente mental y espiritualmente. Además, me ha convencido de otro hecho: a pesar de ser paraguayo, siempre me he considerado muy inglés; pero al pasar revista a los acontecimientos relacionados con el "Hada Irlandesa" y analizar los recuerdos que evocan, debo admitir que quizás sea más irlandés que otra cosa.


 

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HISTORIA DEL PÁJARO AZUL

 

Una artista y un antropólogo que leyeron esta carta-escrita a mi nieta María Mercedes Camperi- me dicen que contiene un mensaje para los hijos y los nietos de aquellos paraguayos que, como yo, creen que el indio guaraní es un ser humano merecedor de respeto y de pondera­ción.

Mi querida Mercedita:

Recién ahora dispongo de tiempo para cumplir la promesa que te hiciera de escribirla historia del Pájaro Azul. Debo decirte, sin embargo, que se trata de una historia escrita hace ya muchos años. Pero como soy tan mal escritor, Y lo que escribo se lee muy poco en el Paraguay, la historia se publicó en el extranjero y la leen únicamente unos pocos doctores y algunos curiosos deseosos de saber lo que ocurre en nuestro país. Además, ocurre que yo mismo había olvidado la historia, pues habiendo muerto el sabio que me la contara, hacía años que no hablaba de tales cosas con personas entendidas. Fuiste tú quien volviste a recordármela, mejor dicho, gracias a ti volví a recordarla, pues siendo tú una nena muy chiquita aún, un día me dijiste "upa", y me preguntaste por tu mamá.

Algo raro me ocurrió en aquel preciso momento; posiblemente fue la fragancia de las flores la que me mareó; lo cierto es que se me formó un nudo en la garganta y no supe cómo contestarte y explicarte que tu mamá estaba estudiando en Asunción a fin de ganar más dinero para así poder alimentar y vestir mejor a sus hijitos; y que mientras tanto tú y tus hermanitos vivían con nosotros, tus abuelos.

Pero en aquel mismo momento apareció el Pájaro Azul, como una centella caída del cielo, hizo tres piruetas y desapareció nuevamente, con la rapidez de un relámpago. Todo esto me trajo a la memoria lo que el sabio me había dicho acerca del Pájaro Azul; que trae noticias acerca de los niños o, caso contrario, viene para averiguar si están tristes o alegres, sanos o enfermos, si lloran o se ríen, si juegan o no, a fin de

informar al Angel que cuida de ellos. Son pocas, sin embargo, las perso­nas que saben interpretar los mensajes del Pájaro Azul, y cuando yo pedí al sabio que me enseñara este lenguaje, me dijo:

- Para aprender estas cosas, deberás permanecer un año conmigo en la selva. Comerás miel, maíz y frutas, y de vez en cuando un trozo de carne de pecarí. Dejarás de leer, pues la sabiduría de los papeles te impedirá comprender la sabiduría que nosotros recibimos, que viene de arriba y que nos permite entender, entre otras cosas, los mensajes que nos trae el Pájaro Azul acerca de los niños...

Siéndome imposible permanecer un año entero en la selva, no apren­dí a interpretar los mensajes del Pájaro Azul y dejé de aprender muchas cosas más que el sabio hubiera podido enseñarme. Sabía, sin embargo, que él no me había engañado y me puse a reflexionar, preguntándome: ¿No será que el sabio me está mirando desde allá arriba, y viendo el des­consuelo de esta nietecita mía haya enviado al Pájaro Azul con un men­saje, que yo debo tratar de interpretar para reconfortarla? Y te pregunté si había visto al Pájaro Azul. Contestaste que sí, y te pregunté de dónde había venido.

- Vino del cielo, abuelo, dijiste.

Tu respuesta me convenció de que el Pájaro Azul había traído un mensaje para ti, y te dije que tu mamá no tardaría en venir, que te abrazaría y te besaría y te traería regalos. Y que siempre que pensaras en ella y la añoraras, en vez de llorar, vinieras un momento "upa" con tu abuelo. Todo resultó como había pensado, pues pocos días después tu mamá vino a verte, prueba de que el Pájaro Azul había venido expresa­mente para traerte un mensaje, el que tú y yo pudimos interpretar, gracias a lo que el sabio me había enseñado.

Pronto aprendiste tú a abrir la puerta de mi escritorio y a menudo venías a pedir "upa". A veces me impacientaba, pero mirándote, tan pequeñita, recordaba lo que un Maestro, de quien tu mamá debe haberte hablado, había dicho. Un día este Maestro se hallaba rodeado de niñitos, pero unos hombres que necesitaban hablar con El dijeron a los chicos que se retiraran. "Dejad a los niños que vengan junto a mí", dijo el Maestro. "Y tened presente que ellos saben cosas que los sabios ignoran. No olvidéis, además, que el reino de los cielos es de ellos". Y pensaba yo para mí: Si aquel Maestro tuvo razón, como tuvo el sabio que me contó la Historia del Pájaro Azul, esta nena tan pequeñita sabe cosas que yo ignoro... Además, el Maestro dijo que de los niños es el reino de los cielos. ¿Qué será de mí, entonces, si me enojo solamente porque, en ausencia de su mamá, esta niña vino a pedirme "upa"? Y te alzaba, te contaba un cuentito o te cantaba, y tú decías:

-¿Y el Pájaro Azul, abuelo?

Porque aquello era lo que más te interesaba y yo te contaba qué noticias había traído el Pájaro Azul: si tu mamá vendría o no, qué te diría y qué te traería cuando viniera. Enterada de las noticias, salías corriendo a jugar nuevamente.

Fue así como volví a recordar la historia del Pájaro Azul. Pero no creas que por ser sabio el que me la contara, viviera en una linda casa de ladrillos con techo de tejas, luz eléctrica y agua corriente, que vistiera lindos trajes y llevara zapatos bien lustrados. Nada de eso; vivía en un rancho destartalado; apenas tenía una camisa rota y un pantalón remendado; iba descalzo, y en invierno dormía cerca del fogón sobre una estera. Pero esto no debe extrañarte, pues el Maestro de quien te he hablado, que tanto amaba a los niños, una vez dijo: "Los zorros tienen sus cuevas en donde duermen, pero yo no tengo una cama en que acostarme". Y muchos dicen que él fue el hombre más sabio y bondadoso que haya habido nunca. De otro sabio cuentan que vivía en un tonel, o sea, un gran barril vacío. Otro, llamado el Buda, era moreno y tenía los ojos oblicuos como otros muchos hombres nacidos en el Asia. Te cuento todo esto para que comprendas que la sabiduría no depende de la riqueza, del color de la piel, ni a veces de saber escribir. Porque los niñitos que según aquel Maestro sabían cosas que los sabios ignoraban, no sabían aún leer o escribir; tampoco leía ni escribía el sabio que me contó la Historia del Pájaro Azul: era un indio, el Cacique Pablo Vera, a quien tú viste alguna vez cuando vino a visitarme, aunque tal vez no lo recuerdes.

Pues bien, hallándome un día en casa del Cacique, le dije:

-Quiero que me cuentes lo que la sabiduría de tus abuelos cuentan acerca del comienzo de las cosas, acerca del principio del mundo. Y él me contestó:

- Acerca del principio de las cosas no te puedo hablar, tampoco creo que vosotros podríais explicarlo, porque es algo que nuestro padre no nos ha revelado. Acerca de los comienzos de esta tierra, sin embargo,

puedo hablarte, acerca del cielo que véis, del sol que nos alumbra, del trueno y del relámpago, del fuego que utilizamos, de la sabiduría que nos permite distinguir entre lo bueno y lo malo. Y comenzaré por decirte que, en medio de las inmensas tinieblas impenetrables, sin comienzo y sin fin, que nosotros llamamos Pytũ Ymá, apareció, repentinamente Nuestro Primer Padre. Simultáneamente con él surgieron, en medio de la oscuridad, una Lechuza y un Colibrí Azul. Pero ni ellos ni nuestro Padre vieron la oscuridad, pues del pecho de éste surgía un haz de luz tan potente que convertía el mar de tinieblas en algo tan radiante como un hermoso día de primavera iluminado por el sol. Nuestro Primer Padre era de la estatura de un niñito y estaba sentado en un banquillo, que nosotros llamamos apykú, en forma de animal. Una ancha cinta le ceñía la cabeza y entre las flores que la adornaban revoloteaba el Colibrí Azul, chupando el néctar con el que alimentaba a Nuestro Padre y se alimentaba él mismo. Acerca de la Lechuza y del apykú te hablaré más adelante.

Nuestro Primer Padre flexionó: "En el mundo que está por crearse, vivirán los hombres, y necesitarán de luz que ilumine las tinieblas". Apenas hubo pensado así, surgió frente a él Ñanzandú Ru Eté, a quien Nuestro Primer Padre dijo: "Nuestros hijos los hombres que poblarán la tierra que se creará necesitarán de luz, y a ti te corresponderá iluminar el mundo. También dispondrá que a la luz siga la oscuridad, que el día siga a la noche, para que nuestros hijos, después de haber trabajado de día, puedan descansar de noche". Al decir Nuestro Padre estas pala­bras, la Lechuza abrió las alas frente a su pecho, impidiendo que el haz de luz que emanaba de él iluminara las tinieblas, Pytú Ymá, y así Ñamandú vio la oscuridad. Al cerrar la Lechuza nuevamente las alas, la oscuridad desapareció aprendiendo así Nanzandú Ru Eté la manera en que los días y las noches, la luz y la oscuridad, se turnarían en la tierra que se crearía.

Nuestro Primer Padre volvió a reflexionar: "En el mundo que estaca por aparecer, los hombres que lo poblarían necesitarían guisar sus alimentos, y defenderse del frío en invierno". Apenas hubo pensado así surgió frente a él Karaí Ru Eté, a quien dijo: "Nuestros hijos los hombres que aparecerán querrán guisar sus alimentos y defenderse del frío en invierno. Tú te encargarás de proveerles de fuego, y te llamarás el Dueño del Ruido de Crepitar de Llamas".

Nuestro Primer Padre volvió a reflexionar: "En los caminos que surcarán el mundo a crearse, muchos peligros acecharán al hombre: habrá fieras feroces, frutas venenosas, genios malignos y enfermeda­des". Apenas hubo pensado así, surgió frente a él Jakairá Ru Eté, y Nuestro Primer Padre le dijo: "En la tierra que está por aparecer, nuestros hijos los hombres necesitarán de sabiduría para poder distin­guir entre los animales peligrosos y los mansos, entre las frutas buenas y las venenosas; deberán aprender a defenderse de los espíritus malig­nos y curar sus enfermedades, y además, distinguir entre el bien y el mal. Tú te encargarás de enseñarles todo esto, y te llamarás Dueño de la Sabiduría y Maestro de los Médicos".

Nuestro Primer Padre volvió a reflexionar: "En el mundo por apare­cer, el hombre necesitaría de agua para beber y para refrescarse". Apenas hubo pensado así, surgió frente a él Tupã Ru Eté, a quien dijo: "En el mundo de cuya creación os encargaréis tú, Ñamandú, Karaí y Jakairá, nuestros hijos los hombres necesitarán de agua para beber y para refrescarse, las plantas necesitarán agua para crecer a fin de que florezcan y las abejas puedan fabricar miel que servirá de alimento a nuestros hijos; a fin de que fructifiquen los árboles y que los animales tengan qué comer para que a nuestros hijos no les falte carne. También será necesario que nuestros hijos vean relámpagos y oigan truenos; de lo contrario, podrían olvidarnos y volverse soberbios. Tú te encargarás que esto no ocurra, y además de tener a tu cargo el mar y todas sus ramificaciones, serás también dueño del trueno, el relámpago y la tempestad".

Luego, Nuestro Primer Padre se dirigió a Ñamandú, Karaí, Jakairá y Tupú y les dijo: "Ya sabéis las tareas que a cada uno de vosotros corresponde a fin de que en el mundo que crearéis se escuchen las oraciones de nuestros hijos los hombres y nuestras hijas las mujeres; el ruido de su trabajo, la música de sus cantos, la risa de los niños". Apenas

dichas estas cosas, Nuestro Primer Padre desapareció, acompañándole el Colibrí Azul y la Lechuza, que, juntamente con él, habían surgido de las tinieblas, Pytiũ Ymá.

Pregunté al sabio por qué Nuestro Primer Padre había aparecido en medio de las tinieblas sentado en un banquillo en forma de animal y por qué, en vez de aparecer en forma de hombre adulto, había tenido el tamaño de un niño, y me contestó:

«El apyká en que apareció Nuestro Primer Padre era de madera, porque los árboles nos dan las frutas que comemos, y de las flores de los árboles las abejas elaboran la miel que tanto gusta al hombre, pero como el hombre se asemeja más a los animales que a las plantas, y además domina a todos ellos, el asiento en que apareció sentado tenía la forma de un animal. Has de saber, también, que cuando el hombre transita por los caminos del mundo, se ensucia. No solamente se ensucia su cuerpo, formado de la carne, la miel, las frutas que come, también se ensucia el alma que Nuestro Primer Padre le ha enviado. Tan es así que, cuando muere un hombre o una mujer, sus almas deben limpiarse, sorteando toda clase de obstáculos antes de poder regresar al cielo. En cambio, cuando muere un niño, su alma vuela directamente al cielo, en donde se le espera con miel, frutas, canastillas adornadas y otros juguetes. En cuanto al Pájaro Azul, el Colibrí que acompañó a Nuestro Primer Padre cuando surgió de la oscuridad o PytũYmá, va te he dicho que su tarea consiste en informar a Nuestro Padre acerca de los niños que juegan en la tierra: si ríen o lloran, si se les trata bien o mal, si están sanos o enfermos. Y por intermedio de él, Nuestro Padre nos envía a nosotros, los maestros y médicos de las tribus guaraníes, noticias referentes a los niños de nuestra gente. Más no puedo decirte hoy'.

Esta es la Historia del Pájaro Azul, el que un día, hallándote tú desconsolada, vino apareciendo como una centella caída del cielo, para decirte que tu mamá no tardaría en venir, que te abrazaría y besaría y te traería regalos. Y enterado de que su mensaje había sido compren­dido, volvió como un rayo al cielo para avisar a tu Angel de la Guarda que sonreías nuevamente. La única diferencia entre este Pájaro Azul de Nuestro Padre que te trajo el mensaje y los colibríes que chupan el néctar de las flores en nuestros jardines, es que aquel no muere, es eterno, porque es acompañante de Nuestro Primer Padre en el paraíso, acompañándole desde que surgiera con él la oscuridad, Pytũ Ymá.

 

 

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PLATA YVYGUY

GUATA OKA

 MBARETEPE

 

Plata yuyguy significa literalmente "dinero subterráneo" y es el término empleado en la vernácula para designar los tesoros escondidos que, según se sabe, abundan en todo el territorio nacional en toda el área comprendida entre Misiones al Sur y Cerro Corá al Norte, e indudablemente en otras zonas también. El que abrigue la menor duda al respecto, entable conversación -en la vernácula- con cualquier campesino paraguayo. Es probable que, si dispone de alguna pequeña reserva en metálico o billetes, busque la dirección de una firma que se ocupa, sea de la venta, sea de la fabricación de aparatos de metales y dedique el resto de sus días, armado de uno (la estos artefactos, a la búsqueda de plata yvyguy; los tesoros que "Lope tiémpope" o en tiempo de López fueron enterrados por los "traidores a la patria" y otros apátridas para que no pasaran a engrosar la fortuna particular del tirano y su mujer.

En cuanto a guatá oká, la frase significa literalmente "caminar o pasearse afuera", y nuestro campesino la emplea para referirse al hombre casado que dispone del tiempo y los medios económicos indispensables que le permitan hacer caso omiso, de vez en cuando, de los votos conyugales.

En cuanto a mbaretépe, significa "con fuerza", y es el término empleado por el vulgo para expresar la idea de "hacerse justicia", "obtener que se le haga justicia". Para evitar una larga digresión de orden jurídico -para escribir la cual me vería obligado a consultar textos y molestar a abogados amigos- citaré un ejemplo concreto aunque hipotético: Un compadre mío es propietario de una pequeña propiedad que, por su insignificancia, carece de todo valor para él pero que, si se juntara con la mía, una propiedad contigua, decuplicaría el valor de ésta. Pero el muy taimado se niega a vendérmela. Como es liberal, yo sé que con un buen abogado y una suma X para el Juez y otra suma algo menor para el Secretario, más los honorarios de los testigos, podría yo obtener la propiedad de mi compadre; pero este procedimiento, además de largo y engorroso, costaría mucho dinero. Para evitar líos, hablo con el Presidente de la Seccional Colorada; al día siguiente la Policía descubre que mi compadre es un comunista, como tal es apresado y puesto a disposición del Poder Ejecutivo. Y no sale del calabozo hasta haber traspasado su propiedad a una persona de mi confianza.

Esto es el mbaretépe, sistema jurídico muy expeditivo, al que se recurre cada día más desde que se inició la Segunda Reconstrucción y que es de esperar permita suprimir en breve la antigua y arcaica organización judicial con su caterva de abogados, jueces, Corte Supre­ma, etc. Y formuladas estas observaciones de índole lingüística, entre­mos en materia.

Que la imagen mental que conservo del Padre Faraone sea algo borrosa nada tiene de extraño, pues creo haberlo visto una sola vez, y de ello hace la friolera de por lo menos sesenta y nueve años. Mis padres estaban de viaje y yo con ellos, naturalmente. Poco antes de llegar a San José de los Arroyos les tomó una lluvia torrencial. Buscaron abrigo en un rancho a la vera del camino, e informado del hecho el Padre Faraone les invitó a pasar el resto del día y la noche en su espaciosa casa. El cuadro que conservo es el de un hombre de estatura no alta, y rechoncho, quien, en vez de pantalones y saco, llevaba un vestido negro de mujer. Debe haberse hecho amigo de mis padres, pues posteriormente me confiaron que él ofreció adoptarme. Siendo uno de los pocos curas existentes en el Paraguay en aquella época -como se sabe, Francia había perseguido a la Iglesia y en cuanto al héroe epónimo se sabe que mandó fusilar unos dieciocho de los pocos que había-, no es raro que el P. Faraone haya sido objeto de muchas anécdotas.

Una de ellas cuenta que, al preguntarle uno de sus feligreses "el precio" de una misa que quería mandar oficiar para el eterno descanso de su padre, el P. Faraone le contestó que le costaría una vaca. El campesino le contestó que la misa que había celebrado con motivo del deceso de su madre no le había costado sino una vaquilla de dos años. "Tienes razón, hijo mío -repuso el padre- pero en el lapso transcurrido desde aquel entonces ha subido el precio del oro", dando a entender que nuestro dinero se había desvalorizado, pues en aquella época el peso paraguayo se cotizaba en oro sellado', y su precio fluctuaba de acuerdo con las necesidades de las grandes firmas que compraban y vendían nuestro tabaco y nuestra madera.

Según otra anécdota, otro creyente muy devoto, le comunicó haber hallado las señas de un plata yvyguy importante, y le pidió una cantidad de agua bendita y velas bendecidas para mantener alejados los espíritus malignos mientras él desenterrara el tesoro. El cura-dicen- después de informarse acerca del lugar en que estaba enterrado el tesoro, le advirtió que tales riquezas no le acarrearían sino sinsabores y que como buen católico ni debía pensar siquiera en enriquecerse en forma se­mejante. No recuerdo si el P. Faraone compró la estancia que tenía con el importe del tesoro o si compró la estancia para luego mandar desenterrar el tesoro. Pero lo cierto es que se hizo de estancia, y buena falta le hacía, pues ya necesitaba un extenso campo en donde juntar los muchos animales que poseía.

Cuarenta años después de mi encuentro con el Padre Faraone, y hallándome en la Delegación de Gobierno en calidad de Jefe de Inves­tigaciones e Identificaciones, fue llegando a Villarrica el Coronel Ber­nardo Aranda, Jefe del Estado Mayor del Ejército, si mal no recuerdo, y uno de los tres puntales del régimen del General Higinio Morínigo, siendo los otros dos el Coronel Victoriano Benítez Vera, comandante del regimiento o los regimientos de caballería con cuarteles en Campo Grande; y el Mayor Pablo Stagni, jefe de la Aeronáutica. Ellos consti­tuían el "Triunvirato de Cuatro" cuya creación, según las malas len­guas, fue propuesta por uno de nuestros generales al caer, desplazado por un golpe militar, uno de nuestros "gobiernos constitucionales", triunvirato del que él, naturalmente, se consideraba con derecho a formar parte integrante.

En Villarrica había otros miembros de la familia Faraone, algunos en buena situación económica, otros menos afortunados. Uno de ellos me informó que habían comenzado ya los líos legales relacionados con la herencia del Padre Faraone y que ciertos miembros pudientes de la familia se oponían a que a una señora, casada con un Faraone, se le reconociera sus derechos como heredera en la sucesión. Entre estas personas figuraba el Coronel Aranda, casado con una señora de la familia guaireña Manzoni-Faraone. También se me informó que la señora interesada en obtener que se reconocieran sus derechos como coheredera en la sucesión había designado al Dr. Vicente Martínez para que la representara en el juicio. Cabe agregar que el Dr. Martínez era un abogado competente, amigo personal mío por la manera decente en que presentaba sus alegatos y se portaba con la Policía; y era liberal, a igual que el Coronel Aranda.

El día siguiente al de la llegada del Coronel Aranda a Villarrica, el Mayor Rogelio Benítez me llamó a su despacho; se había descubierto una conspiración para derrocar al Gobierno, en la que estaban compli­cados el Dr. Gabino Fernández Santacruz, su secretario, de apellido Duarte, y el Dr. Juan Vicente Martínez. El Dr. Santacruz era Juez de Primera Instancia en lo Civil y Comercial, y era en su juzgado donde se ventilaba el asunto de la sucesión Faraone. Contesté a mi jefe que ya estaba enterado de la tal "conspiración"; que, después del Obispo Mon­señor Agustín Rodríguez, la persona que de mayor respeto y considera­ción gozaba era el Dr. Santacruz; que si por razones de estado se consideraba obligado a tomar medidas punitivas contra él y contra su secretario yo, como amigo particular, le recomendaba cargar simul­táneamente sus valijas y solicitar su inmediato traslado, pues en Villa­rrica podría considerarse moralmente muerto, liquidado.

Mis palabras surtieron el efecto deseado; indudablemente se explicó en términos "diplomáticos" los pormenores del asunto al Dr. Santacruz, pues ni él ni su secretario fueron deportados o confinados. También tuve la satisfacción de avisar al Dr. Martínez de lo que ocurría a fin de que tuviera tiempo para preparar sus cositas, pues días después era confi­nado a un pueblo situado en los confines de la república; si mal no recuerdo, Paso de la Patria. Supe que posteriormente la interesada en hacer valer sus derechos recurrió al mismo General Morínigo y, a estar por mis informantes, sin resultado positivo alguno. Hecho que me trajo a la memoria el consejo que el Padre Faraone había dado al que encon­trara las señas del plata yvyguy al que ya se ha hecho referencia.

 

***

 

El General Aranda tenía una propiedad en Villarrica, heredada de su padre, don José Claro Aranda, situada, si mal no recuerdo, en Doña Juana o Colonia 14 de Mayo. El encargado de la misma era Castillo Sosa, liberal como lo era Aranda y lo había sido su padre, y aunque todos o la gran mayoría de los colaboradores del Mayor Benítez éramos colorados, pues nuestra consigna era preparar el terreno para la toma del poder por nuestro partido, y como ya se ha dicho, la instauración de un régimen socialista democrático, don Cástulo Sosa seguía siendo Comisario Rural ad honores o ad honorem de la compañía en que se halla la propiedad de Aranda, como lo venía siendo desde tiempo inme­morial a fin de que pudiera defender el patrimonio de la familia Aranda con su dotación de dos o tres agentes ad honorem y los fusiles Máuser que la Delegación les proveía. Pero no es sino justo reconocer que don Cástulo, aunque semianalfabeto, pertenecía a aquella estirpe de cam­pesinos paraguayos que conocían el significado de las palabras decencia y honestidad, y creo no exagerar en afirmar que era uno de los mejores comisarios que teníamos.

Un día vino a consultarme referente a un problema que le tenía muy preocupado: Un fulano, casado y padre de numerosa prole, la mayoría de ellos de edad muy tierna aún, se dedicaba al juego y el guatá oká o vida de tenorio y su mujer e hijos pasaban penurias. ¿Qué medidas debía él tomar en el caso? Ya le había sermoneado, pero sin resultado positivo alguno. Le expliqué que en tales caso la Policía tenía las manos atadas; se trataba de un caso de acción penal privada en la que a la Policía le era vedado intervenir de oficio. Al terminar de hablar, sin embargo, recordé que la semana entrante era la Semana Santa, y me vino a la cabeza una idea: si se apresaba al tenorio el martes, podríamos tenerlo en la cárcel durante toda la Semana Santa sin temor a los abogados ni al Habeas Corpus, pudiendo yo sermonear y amenazarle el lunes al disponer su libertad. Y así se hizo.

El lunes después de la Semana Santa hice comparecer al preso, pero antes de que llegara a mi oficina se hizo anunciar un tal Alderete, y como se trataba de un caudillo colorado de cierto prestigio, dispuse que entra­ra antes que el detenido. Se disculpó por molestarme, comunicándome que el único motivo de su visita era averiguar el motivo del arresto del correligionario Fulano de Tal -el tenorio-, y si había necesidad de ver a un abogado para defenderlo. Le dije que no, pero si continuaba descuidando la manutención de su mujer e hijos, lo apresaría de acuerdo con la Ley de Vagancia de reciente promulgación -ley que nunca se llevó a poner en práctica- y lo pondría a disposición del Ministerio del Interior recomendando su remisión a los últimos confines del Chaco, ya que los Centros de Rehabilitación de Vagos citados en la aludida ley aún no habían sido creados. Me agradeció, prometiendo influir para que el correligionario se enmendara y cumpliera con sus deberes de padre de familia, y compareció el preso. Le informé acerca de las quejas que había recibido contra él, repetí lo que había dicho a Alderete, advirtiéndole a la vez que había ordenado se le vigilara estrechamente, y que a la primera queja que recibiera acerca de su conducta, le haría confinar al Chaco.

Apenas hubo abandonado mi oficina, mi ordenanza me anunció ha­ber solicitado audiencia, con carácter urgente, un señor Fulano. Entro, y sin más preámbulo me dijo: "Yo soy liberal, y Ud. no me conoce. Pero estoy enterado de su manera de proceder, y quiero hacerle un servicio a fin de demostrarle en forma práctica que todavía hay paraguayos que apreciamos a un funcionario honesto. Lo que quiero decirle es que aquel Alderete que acaba de salir de aquí ha cobrado un mil quinientos pesos al preso a quien Ud. puso en libertad, diciéndole que se trata de una coima para usted. Usted dispone de los medios para averiguar si miento o no". Y se despidió, dándome su nombre y señas.

Mandé llamar a dos agentes armados y dispuse el apresamiento de Álderete y su protegido, quienes volvieron apenas transcurridos veinte minutos de haber éste salido de la cárcel. le pegunté cuánto había abonado a Alderete, advirtiéndole que si tratara de engañarme le entregaría al Teniente Alegre, y respondió que un mil quinientos pesos. Ordenándole a Alderete que le devolviera dicha suma, le dije que él volviera a su casa y se cuidara muy bien de hacer caso omiso de lo que le había ya dicho, y que invirtiera la suma en vestir y alimentar a su familia. "Retírate ahora, pues necesito hablar a solas con este canalla", le dije. Y dirigiéndome a éste le advertí que si volvía a ver su cara hallándome yo en la Policía de Villarrica, le mandaría apresar, pelar la cabeza, flagelar y recomendar su confinamiento como elemento pertur­bador del orden. "Y ya sabes -agregué- que el Mayor Benítez me respeta, y el General Morínigo le respeta a él”. Al dirigirse a la puerta no pude resistir a la tentación de aplicarle un puntapié en el lugar adecuado para que apresurara su salida.


 

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I - ESTABA ESCRITO...

 

"Estaba escrito, fórmula fatalista de los orientales", dice mi Diccio­nario Larousse, olvidándosele agregar que el "Dar coces contra el aguijón..." también podría interpretarse como fatalismo. Formulo estas observaciones porque, como pagano que soy, trato de convencerme de que ciertos episodios trágicos de mi vida y algunas desilusiones fueron indispensables para que yo surgiera del anonimato en que vive y muere el hombre cero a la izquierda a quien fustigara Ingenieros. Y, debo a mí mismo el confesarlo, preguntarme a veces si, puestas en un plato de la balanza mis realizaciones y en la otra mis desatinos o "pecados", faltas y omisiones, éstos no sobrepasan en mucho en valor o importancia a aquéllas...

"Estaba escrito”, por ejemplo, que a una desilusión se deba el haberse escrito el libro Yuyra Ne'ery, Fluye del árbol la palabra, obra que probablemente será duramente criticada por algunos, y por otros acep­tada como una importante contribución a la etnografia guaraní. Me había convencido no solamente de que un estudio integral de la lengua y cultura guayakí son indispensables para una comprensión de la cultura guaraní, sino también intuía que la Dra. Susnik y yo éramos las personas indicadas para tal estudio. Me puse en campaña y escribí al Dr. Theo Crevenna, de la Unión Panamericana. El escribió a las univer­sidades norteamericanas, sin resultado alguno, pero en Harvard mi carta cayó en poder de un profesor Dr. Johannes Rahder. El me recomendó escribiera al célebre Heine-Geldern, de Viena (ya desapare­cido), quien me puso en contacto con Alfred Métraux y Claude Lévi­Strauss. Ellos consiguieron que el Centre de la Recherche Scientifrque de Francia enviara al Paraguay a Merre Clastres y Lucien Sebag con la misión de realizar primeramente estudios exhaustivos de la cultura guayakí, lo que sería seguido por estudios igualmente completos de las culturas de otros subgrupos guaraníes cuyos remanentes aún sobrevi­ven en el Paraguay, bajo la supervisión de Métraux. El primer golpe fue el suicidio de Métraux, apenas iniciada la labor. Luego Sebag se separó de su compañero -posteriormente se suicidó también- pero Clastres realizó un excelente trabajo entre los Guayakí acompañado por su esposa, una mujer excepcionalmente dotada para trabajos de investigación de esta naturaleza, y el resultado de sus trabajos acaba de ser publicado en París.

Clastres es un excelente etnógrafo, pero en vez de proseguir con el plan de operaciones que había esbozado Métraux -el estudio de otro grupo guaraní- se enamoró de la mitología chaqueña, a pesar de haberle presentado a mis amigos IIbyá y Chiripá y obtenido que le dictaran leyendas de gran valor etnográfico, en sus respectivas lenguas. El fracaso estaba amargándome la vida, pues yo ya no me hallaba en condiciones de realizar trabajos de campo, pero literalmente "maté el tiempo" escribiendo un diccionario guayaki, y reanudé contactos con un jesuita versado en lingüística y con excelentes conocimientos de antro­pología general. "Estaba escrito" que fuera él, y no Clastres, quien prosiguiera mis investigaciones entre los Mbyá y Chiripá. Aunque yo le puse en contacto con algunos amigos mbyá, pareciera que el mismo destino o la providencia lo tomara de la mano acompañándole hasta la choza de un indio de quien yo ni recordaba el nombre. Este, por así decirlo, inmediatamente le abrió el corazón, revelándole secretos igno­rados por la ciencia; y a esta hora el P. Meliá ha recorrido tolderías indígenas situadas en la zona comprendida entre Itapúa o Encarnación hasta más al norte de Itakyry. Fue también gracias a este jesuita que se imprimió mi libro (*), pues el estado de agotamiento en que me encontraba no me permitía corregir las pruebas. ¡El solo pensar en la necesidad de trabajar me hacía sudar copiosamente!

A lo expuesto, repito que el P. Meliá ha recorrido los "asientos de fogones" de mis paisanos por adopción, los Mbyá -y también visitado a los Chiripá- asistiendo a sus ceremonias y recogiendo material etnolingüístico de incalculable valor científico. Hecho que pareciera poder interpretarse en el sentido de que las "coces que di contra el aguijón" por la defección de Clastres eran injustificables: "estaba escrito" que en su reemplazo vendría un hombre más capacitado para realizar una obra integral y que, si el destino no dispone lo contrario, dentro de unos años llegará a ser -como yo lo he dicho en presencia de Schaden- el Ruiz de Montoya de nuestro siglo; o sea, el mejor conocedor contemporáneo de la cultura guaraní. Y a la vez prestarme la ayuda fraternal sin la cual nunca llegara a terminar Yuyra Ñe'ery...

 

II - ¿ A QUEMAR LAS NAVES?

 

Al decir que fue gracias al Padre Meliá que se publicó mi último libro Ywyra Ñe'ery sería pecar de ingrato dejar de agregar que, hallándose a medio terminar el libro y sintiéndome más enfermo que de costumbre, me visitó el Dr. Ciccioli, ex compañero de estudios de mi hijo Baby. No es exagerado decir que me hizo conducir al Hospital de Clínicas en donde me tuvo una semana, sometiéndoseme a un examen clínico completo, como resultado del cual se cambió radicalmente el tratamien­to que venía siguiendo. Cuando el Dr. Ciccioli me llevó al hospital, el solo pensar en el trabajo que me quedaba aún por realizar antes de dar-por terminado mi libro me hacía sudar copiosamente; tres semanas después de egresar pude reanudar el trabajo, terminar el libro y entregarlo al Padre Meliá, quien se encargó de todo lo demás: impresión, fotos, corrección de pruebas, etc...

Emprendí otro trabajo para darme cuenta, bien pronto, de que la mente ya no funcionaba como de costumbre a pesar de las drogas que ingería. Un breve autoanálisis me reveló enseguida el motivo: hasta hacía relativamente poco, durante días enteros trabajaba intensamen­te durante ocho, diez, quince horas diariamente, hasta presentárseme algún problema cuya solución requería la colaboración de un indio amigo o un campesino. Ensillaba el caballo o tomaba el ómnibus o el tren, según fuera el caso, e iba a la selva o a la campaña. Y hacer etnografía no era trabajo a pesar de las privaciones que a menudo significaba; era una diversión. Mejor dicho, así como el hashisch o el opio, las mujeres, los juegos de azar, el alcohol, los banquetes y la vida social son indispen­sables para ciertas personas, así también el hacer etnografía para un afi­cionado a este pasatiempo. Y aunque, como en mi caso personal, el hacer etnografía también significa contraer tuberculosis, malaria, una infec­ción del hígado, bronco-neumonía, etc..., ¿acaso los aficionados a los demás pasatiempos citados no contraen también estos males?

Pero en síntesis: si bien a veces volvía maltrecho de la selva, gene­ralmente regresaba mental, espiritual e intelectualmente rejuveneci­do, en condiciones de dedicarme nuevamente durante diez a quince horas diariamente al trabajo. Me puse a reflexionar: ¿Y ahora? Yo me había formulado el proyecto de dedicarme de pleno a la etnografía hasta

los sesenta años; a esta edad, dedicarme de pleno al estudio de la antropología, disciplina que estaba seguro de poder dominar en dos años, pues contaría con la ayuda de célebres especialistas en la materia, tanto en ambas Américas como en Europa y a quienes había llegado a conocer gracias a mis comunicaciones. Una vez versado en antropología, reuniría mis trabajos dispersos y mis notas y dedicaría lo que me sobrara de vida a una síntesis. Pero estaba escrito que mi proyecto no se cumpliría porque, más que drogas, mi mente exigía una periódica visita a la campaña y a la selva; exigía comunicarme de hombre a hombre, de hermano a hermano, con un campesino, un indio. Y éste es un lujo que un enfermo condenado al sillón por el resto de sus días debido a insuficiencias cardíacas, etc., no puede permitirse... Pero ¿abandonar el trabajo? Ni pensar en ello. Traté de reflexionar, pero mi mente se ne­gaba a funcionar normalmente, y para "matar el tiempo", como vulgar­mente se dice, me puse a hojear algunos libros. Di con un artículo firmado por un distinguido universitario que me había llamado amigo, plagado de inexactitudes y de diatribas envenenadas, frutos de la esclerosis o alguna afección similar. Volví a poner la revista en su lugar y tomé un libro que me había dedicado un amigo a quien aprecio grandemente: está plagado de especulaciones fantásticas que con toda probabilidad también deben atribuirse al hecho de que el autor ya carecía de la lucidez y el poder de concentración necesarios para una obra de envergadura. Y me puse a reflexionar de nuevo, esta vez seriamente.

A pesar de ser, étnicamente un extranjero, culturalmente yo era, y soy, un campesino paraguayo, un campesino que no ha recibido más instrucciones académicas que las que se imparten en nuestras escuelas primarias de campaña. Y un análisis frío y objetivo demuestra que, sin lugar a dudas, poseo muchos de los defectos de nuestro campesino, productos del ambiente en que me crié. Pero también la herencia cuenta para mucho, y a los defectos o taras ambientales confieso que hay que agregar cierto orgullo, cierta intransigencia e intolerancia, heredadas indudablemente de algún antepasado perteneciente o a la aristocracia polaca o a la inglesa, quizás una fusión de ambas.

A pesar de todas estas desventajas, hay célebres hombres de ciencia que no titubean en tratarme de igual a igual -aparentemente sin fingida condescendencia- exactamente en la misma manera en que yo trato a un campesino o a un indio. En consecuencia, yo me hallaba obligado a tener presente que la tierra en que nací y en que he pasado toda mi vida -salvo una brevísima temporada en Buenos Aires- ha producido muchos hombres y mujeres como ña Sinforosa, Cayé Zárate, Lorenzo Avalos y los Héroes del Setenta; un genial teniente coronel que condujo al Ejército paraguayo a la victoria en la guerra del Chaco, prác­ticamente sin armamento y contra un enemigo cuatro veces superior en número y bien equipado. Y un presidente de la república que también merece el calificativo de genial por el solo hecho de haber, en su calidad de comandante en jefe del Ejército paraguayo, encomendado la conduc­ción de la guerra al Tte. Coronel José Félix Estigarribia y no a un general o coronel.

También debía considerar que uno de mis antepasados había jugado y perdido todo por amor a la libertad; y que otro, a cuyo arrojo debía el apodo de "El Loco" había arriesgado la vida para que los estados ingleses de Norte América pudieran librarse del yugo de un rey déspota. En cuanto a mis antepasados galeses e irlandeses, más soñadores y menos "prácticos" quizás que ingleses y polacos, los poetas y soldados que han producido constituyen prueba de no ser inferiores a nadie... Y si yo me empecinaba en seguir escribiendo, siéndome ya imposible pasar perió­dicamente una temporada en la selva o en la campaña para renovar mis fuerzas espirituales y mentales, de seguro cometería un error que habían cometido mis amigos arriba citados. Esperar que algún amigo piadoso impidiera la publicación de mis disparates era mucho esperar, ¡pues nuestros periódicos publican cada barbaridad!

¿Qué hacer? El solo mirar mis libros me inspiraba el deseo de escribir; al ceder a la tentación y tropezar con un problema cuya solución requiriera la colaboración de un campesino o un indio, me torturaría el deseo de volver a la campaña, a la selva. Pues, para comenzar, debía deshacerme de mis libros, o si se quiere, quemar mis naves. Y así lo hice. Donarlos a un organismo oficial equivaldría a permitir que algún capo escogiera a su gusto y paladar lo que deseaba, para su biblioteca particular. Opté, por consiguiente, por donarlos al amigo a quien tanto debo, el que prosigue mis investigaciones, el P. Meliá, en la seguridad de que a él y quizás a otro miembro de la orden que tanto luchó en defensa de los guaraníes les sean útiles. La donación no tiene nada de generosidad; ha sido mi manera de decir Retro me, Satana, y espero que produzca el efecto deseado.


 

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LEYENDA O HISTORIA?

 

Hallándome en 1952/53 en Caaguazú, el Servicio Interamericano de Cooperación Agrícola (STICA) me encomendó un estudio de la comuni­dad, estudio que se publicó en 1967, en el Suplemento Antropológico de la Revista del Ateneo Paraguayo, Vol. 2, Nº 2. En la "Reseña His­tórica", consta que "entre las personas prominentes confinadas a Caa­guazú durante la guerra grande se cita a doña Ramona Insfrán de Codas, cuñada del Coronel Francisco Martínez, defensor de Humaitá, cuya familia cayó en desgracia. Doña Ramona llegó a Caaguazú a pie y vivió en una casa en Toro Blanco, probablemente en la Estancia del Estado". El señor que me proporcionó estos datos, el ya desaparecido don Cecilio Talavera, también me comunicó que un señor Martínez, fuerte comerciante de Caaguazú, pertenecía a la citada familia, hecho que me impulsó a visitar a dicho caballero en un esfuerzo por obtener informes más amplios acerca de la odisea de doña Ramona. Al abordar el tema, sin embargo, mi interpelado contestó con evasivas, no pudiendo disimular un gesto de desagrado, como si le propusiera plegarse a un movimiento subversivo o pidiera una contribución en efectivo para financiar una conspiración contra el Gobierno o algún disparate simi­lar. Con evidente turbación, me dijo que él no podía proporcionarme informe alguno respecto al problema que tenía entre manos, pero que don Fulano de Tal, de Villarrica el Sr. Martínez también era guaire­ño- era descendiente directo de doña Ramona y que indudablemente él me facilitaría los informes que buscaba.

Aproveché mi primer viaje a Villarrica para visitar al caballero que me había citado, universitario e íntimo amigo mío, y como disponía de poco tiempo fui directamente al grano: "Me dijo Fulano que tú eres descendiente directo de doña Ramona Insfrán, y he llegado a saber que ella fue confinada a Caaguazú por orden de López. Como ando reunien­do informes para una brevísima reseña histórica de la población, te pido me complementes estos datos que he reunido..." Para gran sorpresa mía, el pedido produjo en mi amigo la misma reacción que había notado en el semblante del Sr. Martínez en Caaguazú: una mezcla de desagra­do, de temor, de turbación, y fue visible el esfuerzo que debió hacer para

dominarse y contestarme: "Mi querido Cadogan, tendrán toda la razón del mundo quienes hablan de necesidad histórica... pero nuestra histo­ria es un montón de m..." Luego me contó que él era nieto de doña Ramona Insfrán, cuñada del defensor de Humaitá, como ya se ha dicho; que en cuanto a la hermana de su abuela, esposa del Coronel Martínez, fue apresada por orden del héroe máximo, torturada, ultrájada, violada por uno o más negros y luego lanceada... y doña Ramona confinada a Caaguazú en calidad de criminal de guerra...

Siendo sumamente superficiales mis conocimientos de la historia patria, lo único que sé de esta "necesidad histórica" de que habló mi amigo, el nieto de doña Ramona Insfrán, es que constituye lo que podría designarse un crimen de lesa patria criticar al Mariscal López. De los contados historiadores que he leído, el único que ha intentado explicar "lógicamente" sus atrocidades es Arturo Bray. Este aventura la hipóte­sis de que, enterado López de que no es hijo de don Carlos Antonio, sino fruto de una aventura preconyugal de doña Juana Carillo con otro amante, enloquece, y desde Lomas Valentinas, si mal no recuerdo, comienza a dar rienda suelta a sus instintos bestiales cometiendo las atrocidades que muchos le atribuyen.

A los historiadores les compete determinar el valor de esta hipótesis, pero en cuanto a los antilopiztas no creo que sean muchos los que se dejen convertir por los ditirambos de un O'Leary. Pero ya se ha demos­trado que el Paraguay es, y siempre ha sido, un país netamente democrático –upearãma ñamanda- y que; desde la época de bala y de Cabeza de Vaca practicamos un sistema democrático de sabor netamen­te paraguayo: el que manda dispone lo que se ha de hacer y pensar, y así se hace y se piensa. El que no está de acuerdo puede emigrar..., pero sobre este punto ya he hablado en el capítulo aludido, y pongo fin a este ya largo exordio destacando que el propósito que me impulsa a incluir las siguienes dos anécdotas en estas mis notas biográficas no es el de influir en el ánimo de lopiztas o antilopiztas, sino el de llamar la atención sobre un capítulo de la historia patria aún sin escribir -y que ya dificilmente se escribirá, al menos en forma imparcial- me refiero a la "historia folklórica" de la guerra grande, el pensamiento íntimo del pueblo acerca de la hecatombe.

 

I - DIEMORE

 

Hasta hace menos de cuarenta años, una de las arterias que daban vida a Villarrica, una vena yugular, era el camino real del Norte: unía Itakyry, "capital" de la Industrial Paraguaya, con el mundo civilizado, pues con matemática precisión partía para Itakyry el chasque, llevando también en sus sacos correspondencia para Borjita, Cosme, Caaguazú e Yhú. Durante muchos años desempeñó el cargo don Bartolomé Caba­llero, creo que vecino de Yvaroty, Villarrica, y muy amante de la buena caña, pero no por ello menos cumplidor. Pues un día me confió que, de serle imposible por un motivo cualquiera realizar el viaje, era de su obligación mandar quien le sustituyera, pero responsabilizándose él, don Bartolomé, por el fiel cumplimiento del contrato que tenía firmado: para él, la correspondencia que se le entregaba era algo sagrado.

Por el camino real del Norte llegaban periódicamente a Villarrica convoyes de carretas cargadas de yerba, desde Yhú y Caaguazú. Este pueblo era el centro de la zona yerbatera llamada antiguamente Mbaé Verá, comprendida entre Pastoreo*, Ca'ayovái y el Ypety. Cabe agregar que Puerto Flores, sobre el Ypety, gozaba de igual fama que Ca'ayovái y el legendario Yvy Yepotá o Campo Alegre, en donde había sentado sus reales la también legendaria doña Catalina Alfonso. (En "mi" época: 1923-1925, el que mandaba en Campo Alegre era mi amigo don Mariano Doldán, yerno de doña Catalina. Ella se había instalado en Tosera, dentro de los feudos de la empresa Barthe, cuyas propiedades habían mermado considerablemente a raíz de la revolución del 22).

Toda la yerba producida en la zona Puerto Flores- Ca'ayovái llegaba a Caaguazú en chatas que surcaban el Monday; descargada en Puerto Bareiro, era conducida en carretas las cinco leguas que separaban este puerto del pueblo, y en el pueblo cargada nuevamente en carretas que la transportaban a Villarrica. De Potrero Cosme y Potrero Bogado lle­gaban a Villarrica alzaprimas con vigas labradas; de Borjita, la cenicienta, productos de granja como almidón, maíz, grasa de cerdo. Y en Borjita desembocaba en el camino real, el ramal que unía Mubebo, hoy Colonia Independencia, con "la segunda capital de la república", Villa­rrica. De Mubebo llegaban también alzaprimas con vigas labradas, las que, juntamente con las provenientes de otras zonas, en su mayoría eran embarcadas directamente para Buenos Aires por ferrocarril.

De igual o quizás mayor importancia para Villardca que el camino real a Caaguazú, Yhú, Itakyry y sus ramales, era el que paralelamente conducía desde Nuestra Señora del Rosario de los Ajos, hoy Coronel Oviedo, y los pueblos de su jurisdicción, Carayaó, San Joaquín y la zona llamada hoy Colonia Cecilio Báez. También por este camino llegaba a Villarrica mucha madera que, como ya se ha dicho, en gran parte era embarcada directamente a Buenos Aires. Además de la madera y la yerba, por ambos caminos llegaban grandes cantidades de tabaco y cueros vacunos y estos dos productos eran descargados en "El Secadero", enorme barracón perteneciente a la firma Rius y Jorba situada en Yvaroty, contiguo al lugar donde se yergue la estatua de Rui Díaz Melgarejo, fundador de la Villa. Frente al secadero tenía su casa don Basilio Portillo, veterano de la guerra del 70.

Muchas personas que no conocían a don Basilio Portillo, veterano de la guerra, conocían a Basilio Cara, “asilio el Cojo", pues debido a las heridas que había recibido tenía una pierna deformada. Y por inverosí­mil que parezca, había personas para quienes tanto don Basilio Portillo como Basilio Caré eran desconocidos. Pues un día, en mi presencia un forastero preguntó a un transeúnte por la casa de karaí Basilio Portillo, y como el interpelado alegó desconocerlo, el otro agregó: Ku karaí Basilio Caré imarcánteua, (aquel señor que lleva por apodo asililin el Cojo). El interpelado le miró perplejo, pero por fin se le iluminó la cara: "Na'ombréna, Diemorére niko reporandu reína", (pues, hombre, lo que tú quieres saber es la casa de Diemoré). Personalmente, conservo unos recuerdos muy vagos de este señor: lo vi cuando muy niño, y cuando me mudé a Villarrica, él había muerto. Pero todavía existían personas que hablaban de las hazañas del veterano y un día pregunté a una sobrina suya, doña Andresa Portillo, "pastelera" del barrio Yvaroty, merecida­mente famosa por los deliciosos pastel mandi'ó que hacía, a qué se debía el apodo de Diemoré que le acompañó hasta la tumba. En respuesta, me contó la siguiente anécdota:

"Contaba el finado tío Basilio que cuando el ejército llegó a Piribebuy estaban todos hambrientos, hasta había quienes se morían de hambre". Las palabras textuales de ña Andresa fueron: "Oguahéuo la Mariscal Lópe ejército aipó Piribebúype..." (cuando el ejército del Mariscal López llegó al pueblo llamado Piribebuy...) Con ello daba a entender que ella no conocía el pueblo de Piribebuy. "Y que una noche desapareció el caballo petiso del hijo del Mariscal, siendo comido por la tropa. Se enojó grandemente el Mariscal y mandó diezmar a la tropa y esta tarea la encomendó al Coronel Oviedo. El mandó formar la tropa, y viendo que mi tío iba a ser lanceado por corresponderle el lugar número diez, se hizo del furioso, lo increpó por recluta inútil, le dio una patada en el c... tirándolo al lugar número nueve. Mediante este recurso de su amigo el Coronel Oviedo, tío Basilio se libró del décimo lugar y hasta la tumba, omanó mevé (hasta el día de su muerte), llevó el mareante de diemoré".

Hasta aquí ña Andresa. Yo no le pregunté -ni ella hubiera podido decirme- a qué cuerpo pertenecía su tío Basilio. Sé, por boca de ella y de otro miembro de la familia, que el Coronel Oviedo y don Basilio eran íntimos amigos, y que las veces que aquel venía a Villarrica, su ciudad natal, se alojaba en casa de los Portillo. Y nada tendría de extraño que pertenecieran al mismo regimiento, división o batallón y que, siendo ambos guaireños y compueblanos, ex compañeros de infancia probable­mente, pues uno era de Yvaroty y el otro había nacido muy cerca como consta en su biografía, nada tendría de extraño que les unieran lazos de íntima amistad aun antes de comenzar la contienda.

Lo extraño del caso es que López hubiera mandado diezmar su tropa nada menos que en Piribebuy, ya prácticamente aniquilado su ejército. Su panegirista O'Leary cuenta que en la retirada de Piribebuy el Coronel Oviedo "cubría la retaguardia de las fuerzas que comandaba el General Bernardino Caballero. Sus soldados eran niños de once a catorce años, ancianos achacosos y heridos apenas convalecien­tes" (el subrayado es mío, pues volveré sobre este tema). Y diezmar una división, un regimiento o un batallón en tales circunstancias... Pero continuemos. A pesar de haber leído, muy apresuradamente por cierto, varias obras sobre la guerra grande, es muy poco lo que recuerdo de aquella pesadilla y ni recordaba siquiera si lo de diezmar la tropa figuraba en los textos que había consultado. Para salir de la duda, llamé a un entendido en la materia pero, no pudiendo dar con él, recurrí a otro "historiador" rogándole me sacara de las dudas. "Con toda probabilidad aquello de `Diezmar la Topa' por una infracción sea una leyenda, pues Fulano que, como se sabe; no era muy adicto a López y lo acompañó durante toda la contienda, no menciona hechos de dicha naturaleza". No me di por satisfecho, pues alguien me había hablado de la existencia de una edición expurgada de la obra del autor a quien citaba, y volví a llamar al otro amigo. "Recuerdo que Centurión (el Coronel Juan Crisós­tomo Centurión, cuyas 'Memorias' cita mi interlocutor) se refiere a este castigo, también Thompson (el Coronel Thompson, autor de una histo­ria de la guerra) lo menciona..." Con lo expuesto no quiero sugerir que mi primer informante sea lopizta y el segundo antilopizta. Sencillamen­te, aquel carece de criterio científico -cosa muy común en nuestro medio- mientras el segundo es un historiador especializado en el oficio.

Volvamos a la tropa que comandaba el Coronel Oviedo y con la que cubría la retaguardia del General Caballero: "niños de once a catorce años". Hace poco (escribo en junio de 1972) recuerdo haber leído en La Tribuna, de Asunción, un artículo conteniendo una lista de estos niños con sus respectivas edades y, efectivamente, en dicha lista, compilada en base a documentos oficiales de la época, figuraban niños de once años de edad. ¡Qué crimen!, dirán los antilopiztas, legionarios, apátridas, etc... Y posiblemente usted, lector, diría lo mismo si vinieran a llevar a su único hijito de once años para cubrir la retirada del supremo que estuviera de turno y en el supuesto caso de que usted careciera de ambos brazos y una pierna, pues de lo contrario también estaría en las trincheras al lado de su hijito.

Pero dejémonos de especulaciones y vamos al grano: lo que importa­ba no era la edad, sino la estatura. Lo sé por lo que ocurrió al que sería mi suegro, don Pedro Gauto. La primera vez que el Juez de Paz y jefe de Urbanos de Mbocayaty lo citó "para defender a la Patria", en vez de averiguar qué edad tenía, midió su estatura con una vara. Y afortuna­damente a don Pedro, quien había cumplido ya los once años pero era de estatura baja y de cuerpo rechoncho, le faltaba creo que media pul­gada para alcanzar la medida reglamentaria. Cuando se le citó por se­gunda vez, ya por intermedio de una sargenta, no recuerdo qué cuento inventó su madre por temor a que ya hubiera alcanzado la medida de la fatídica vara del jefe, o quizás hubieran acortado dicha vara en media pulgada o más.

¿Fue antilopizta, legionaria, apátrida, etc., la madre de mi suegro? Reflexione bien, lector, antes de emitir su fallo: a aquella mujer después de haber perdido al padre de sus hijos, a sus hermanos, a su madre, a su padre, a todos los varones hábiles de la familia en la hecatombe le so­braba un hijo varón, de once años. Y si él se libró de morir carbonizado en Acosta-Nú en compañía de los demás niños que cubrían la fuga del "Karaí Guasú" posiblemente se debió a un ardid de su madre. Aunque nadie sabrá decir con certeza si, cuando se le mandó la segunda citación, había alcanzado o no la estatura reglamentaria que indicaba la vara del Jefe de Urbanos, a pesar de haber cumplido ya los once años de edad.

 

II - PLATA YVYGUY

 

Llegué a conocer a don Vicente Giret y a su hermano menor don Herminio en Villarrica; cito a éste en mi opúsculo Caroveni -Apuntes de Toponimia Hispano-Guaraní (Asunción, 1959), por los valiosos informes que me proporcionó acerca de la toponimia de la región de Yhú. Y a aquel en Algunos datos para la antropología social paraguaya (Asunción, 1967), en el capítulo dedicado a Yhú, por los informes que me proporcionó acerca de la zona. De lo cual se desprende que me unen lazos de amistad con ambos -en cuanto a don Vicente, me unían, pues ha pasado a mejor vida-, y también que ambos conocían muy bien la zona de Yhú en donde, en efecto, habían residido durante muchos años. Pero la familia Giret es oriunda de Barrero Grande, hoy Eusebio Ayala. Su abuelo paterno fue un señor francés de apellido Giret, químico o inge­niero industrial contratado por López, mientras su madre era hermana nada menos que del legendario Lópe Yacaré, uno de aquellos locos sublimes que asombró al mundo abordando la escuadra brasileña en canoas. Esto me lo contó don Vicente-como si se tratara de un episodio carente totalmente de importancia- al referirse a su tío el Alférez Lópe Yacaré, el que según él -y según datos que me proporcionara posterior­mente don Herminio- vivió y murió en Aguaity, distrito de Barrero Grande.

Esto no concuerda con lo que dice O'Leary, de acuerdo a cuyo Libro de los Héroes-capítulo "Lópe Yacaré"-el héroe era "el Capitán don Juan Pablo López, ex ayudante del Mariscal López, que vivía en la entrada de la picada de Díazcué". Si por un lado estas discrepancias carecen de importancia, nuestro héroe bien puede haber ascendido a capitán y nada tendría de extraño que "la entrada a la picada de Díaz­cué" llegara a conocerse posteriormente con el nombre de Aguaity; por otro lado, lo de "ex ayudante del Mariscal" me llamó la atención: como se verá, refuerza la validez como "leyenda histórica" de una anécdota en la que aparece como uno de los protagonistas upe Yacaré y probable­mente, de no haber leído la citada observación de O'Leary, la leyenda no se incluyera en estas notas autobiográficas. Pues, así como al "historia­dor" que deliberadamente tergiversa la verdad y se limita a reunir argumentos ad probandum en defensa de tal o cual tesis, sólo puede calificársele como impostor, tampoco el folklorista o etnógrafo tiene derecho a presentar como "leyenda histórica" un cuento, una narración, etc. que carezca de ciertos visos de verosimilitud. Pero volvamos a los Giret.

Terminada su conscripción en Paraguarí, siendo el Coronel Chirife jefe de aquella plaza, volvió a Aguaity, Barrero Grande. Era la época en que los colorados comenzaban a respirar nuevamente, después de las persecuciones de las que venían siendo objeto desde 1904 -de las que tuvo la valentía de ocuparse el estadista liberal Eligio Aypla en su Migraciones--. Don Vicente era de rancio abolengo colorado, ex sol­dado de Chirife, joven, arremetedor, divertido... y a la vez sobrino del legendario Upe Yacaré, de quien dice O'Leary: "Una leyenda terrorífica lo envuelve, y todavía hay madres en nuestra campaña que adormecen a sus hijos en la cuna, relatándoles sus hazañas espantables. Es una especie de mito popular. Un ser en cuya existencia no se acaba de creer. Más que un bandido vulgar, era un bandido sobrenatural, cuya sola presencia ponía espanto en los corazones. Para tomar un pueblo le bastaba anunciar que marchaba sobre él. Algunos gritas estridentes, el galopar de su caballo, y algunos tiros disparados al aire... y todo estaba consumado... Se le pintó, con los colores del odio, como un asesino vulgar. Y justo es decir que no lo fue. No mató a nadie, que yo sepa..."

A cuyos datos cabe agregar que un día "amaneció de buen humor" - hetia'e jevy iko'ẽvo-; reunió a algunos de sus compinches -entre ellos al padre de mis amigos Giret- poseedores de armas de fuego; recogie­ron una manada de ganado caballar que arrearon a todo galope profiriendo gritos estentóreos y disparando de vez en cuando un tiro al aire, avanzaron sobre el pueblo. La pequeña dotación policial, reclutas imberbes en su mayoría, se fugó precipitadamente, abandonando sus fusiles; también muchos vecinos optaron por tomar las de Villadiego o esconderse -entre ellos, lógicamente, muchos liberales- hasta que hubiera pasado el peligro. Mejor dicho, hasta que Lope Yacaré y su séquito hubieran terminado de recorrer el pueblo desafiando al Gobier­no, al Presidente de la República, a las autoridades... a todo el mundo: "Oimérõ kariay pendeapytépe, tosẽ chéve ko'ápe" (si entre todos vosotros hay alguien que cree ser un varón, quiero verlo...). El que las autorida­des y el mismo Gobierno no hayan tomado medidas contra él habla con elocuencia de un cambio radical que se estaba produciendo en las altas esferas políticas: se vislumbraba el advenimiento de una era de mayor tolerancia, de decencia, de sentido común. Desgraciadamente, no fue más que un sueño...

Pero, si Lope Yacaré era el niño mimado (o mal criado) de las autoridades de la época, ello se debía a sus hazañas durante la guerra. Mi amigo don Vicente no podría esperar semejante tolerancia y optó por emigrar a Yhú, en donde se hallaba ya radicado un tío paterno, quien le habló en términos elogiosos acerca de las posibilidades que ofrecía aquella zona al hombre emprendedor. Espíritu de empresa le sobraba y no tardó en hacerse de una regular fortuna, adquiriendo una extensa propiedad rica en madera llamada Curuzú, situada a algunas leguas de distancia del pueblo. En mis correrías por la región de Yhú y San Joa­quín no faltó quien me dijera que don Vicente había comprado la propiedad de Curuzú por haber llegado a saber que, en un paraje situado dentro de la citada propiedad, López había mandado enterrar un gran tesoro. Tampoco faltó quien asegurara que él había sacado el tesoro y que poco después vendió la propiedad a don Manuel Cáceres, su actual dueño (1972), instalándose él en Villarrica, con plantaciones de caña de azúcar, trapiche a vapor y destilería en Coronel Oviedo. La leyenda, historia o 'leyenda histórica", tal como pude reconstruirla en base a informes proporcionados por personas que gozaban de mi plena confianza pero cuyos nombres no me ciento en libertad de consignar al papel por temor a que sean sindicados como antilopiztas, legionarios, apátridas, etc., es como sigue:

En cierto paraje situado sobre el camino a Cerro Cara -en Curuzú, según la versión recogida por don Vicente, siendo otros los nombres citados en otras versiones- el Mariscal ordenó a dos oficiales de su cuerpo de guardia que, con la ayuda del número necesario de individuos de tropa, transportaran hasta cierta distancia en la selva el contenido de una de las carretas que acompañaban a los fugitivos. Que depositado el tesoro en la fosa que mandarían cavar, liquidaran a los individuos de tropa y echaran sus cadáveres sobre el tesoro; que terminada dicha tarea taparan la fosa y regresaran con un plano o croquis bien detallado a fin de que, llegado el momento oportuno, se pudiera ubicar el lugar exacto del entierro. Una de las versiones de la leyenda cuenta que uno de los espectros famélicos encargados de transportar el contenido de la carreta hasta un lugar adecuado, y luego colaborar en la tarea de cavar la fosa, intuyó lo que iba a ocurrir y logró fugarse. La versión recogida por don Vicente también contenía este aditamento. A todo lo cual cabe agregar que mi informante me citó el nombre de uno de los oficiales encargados de enterrar el tesoro, nombre que ni anoté siquiera, pues nunca había soñado en convertirme en "historiador antilopizta".

El día siguiente a los acontecimientos esbozados y a la hora del desayuno, la madre de Lópe Yacaré dijo a éste: “Ndahechái nitro, nde, ku oficial Fulano ha Mengano" (sabes, tú, que no he visto a los oficiales Fulano y Mengano). Por toda respuesta, Lópe Yacaré se colocó un dedo índice, fugazmente, en forma vertical, sobre los labios: ¡Prudencia! Con el otro índice hizo una señal, igualmente fugaz y que con igual elocuen­cia decía: "¡Han sido degollados!"

A todo lo cual me limitaré a agregar: Lee a O'Leary, y saca las conclusiones que quieras.

 

 

 

 


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