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ANÍBAL MIRANDA


  PRISIONERO EN PARAGUAY. REFLEXIONES SOBRE TORTURA BAJO EL STRONISMO (Obra de ANIBAL MIRANDA)


PRISIONERO EN PARAGUAY. REFLEXIONES SOBRE TORTURA BAJO EL STRONISMO (Obra de ANIBAL MIRANDA)

PRISIONERO EN PARAGUAY

 

REFLEXIONES SOBRE TORTURA BAJO EL STRONISMO

Obra de ANIBAL MIRANDA

Ediciones Ñanduti Vive / Miranda & Asociados

Diseño de tapa: ANIBAL MIRANDA

Asunción – Paraguay

1989 (177 páginas)

 

ÍNDICE

Propósito // Prólogo  // Introducción

Capítulo I : Entrando en materia

Capítulo II : Hostigamiento

Capítulo III : Secuestrado y depositado

Capítulo IV : Incomunicado en campo penal

Capítulo V : Adaptación

Capítulo VI : Tortura sicológica

Capítulo VII : Respuestas

Capítulo VIII : Resistiendo dentro

Capítulo IX : Resolución

ANEXO I  // ANEXO II // ANEXO III

REFERENCIAS

 

PRÓLOGO

En un anuncio acerca de los atractivos que se ofrecen al turista se lee  después del consabido WELCOME TO PARAGUAY: "Asunción cuenta con dos grandes casinos, el Itá Enramada y el Yguazú. El Itá Enramada está situado en el hotel del mismo nombre, aproximadamente a 4 millas del centro de Asunción. Abre cada noche de 9:15 p.m. a 9:05 a.m. El Yguazú está situado sobre las calles Choferes del Chaco y 25 de Mayo. Las horas de atención van de 10:00 p.m. a 9:05 a.m. diariamente. Otro casino se encuentra en Ciudad Presidente Stroessner, frecuentado tanto por paraguayos como por extranjeros. Abre sus puertas de 9:00 p.m. a 3:00 a.m. Hay un cuarto casino en la ciudad balnearia de San Bernardino. Todos ellos son de categoría internacional".

El resumen está incompleto. Otros lugares de juego de azar muy concurridos aunque menos sofisticados están localizados en Asunción, entre ellos el Bingo Candilejas y el Bingo 5á Avenida, como también en Encarnación, Puerto Presidente Franco y Pedro Juan Caballero. Garitos menos honorables abundan por todas partes. Los lupanares y los casinos se manejan con notable eficiencia. Cada cual tiene algún caudillo por detrás y/o paga protección para seguir operando. A cambio, el límite de cierre - 1:00 de la madrugada, según el respectivo edicto de la misma policía- no rige para ellos. Nada más imaginativo para redistribuir el ingreso nacional. Paraguay ha sido, verdaderamente, un paraíso de las apuestas, del peculado, de la prostitución, de la droga y el fraude a gran escala. Legado del Stronismo.

Rubén Bareiro Saguier, notable intelectual y exiliado por gracia de la tiranía, escribió un excelente artículo que apareció el 29 de abril de 1984 en Le Monde, página 2, bajo el título "Le dernier des tyranosaures sud-américains». A cinco años de distancia, la realidad que describe parece estar cambiando. El encabezamiento es especulación, no así lo que sigue. Cualquiera que haya vivido lo suficiente bajo el Stronismo sabe que lo destacable en él, fuera de toda retórica, ha sido el crimen organizado. Bareiro 1o sitúa precisamente como una suerte de apéndice de la biografía del tirano. Comprimido en el espacio de una página de periódico, el retrato resulta absurdamente grotesco a la vez que decadente. La grotesco y decadente ha sido; sin ninguna duda, la más acabada obra de Stroessner: no estaban fuera de lugar los casinos fastuosos, los 280 burdeles esparcidos por Asunción y otras 150 entre la que era Puerto Presidente Stroessner y Franco, la trata de blancas, la protección de criminales de la talla de Auguste Joseph Ricord y Anastasio Somoza. Entretanto, enjambres de niños en la calle disfrazaban su oficio de mendigos precoces limpiando parabrisas de vehículos, vendiendo refresco y caramelos o simplemente rebuscándose en los tachos de basura para sobrevivir.

En este refugio mediterráneo, un prófugo de la justicia muy bien podía evadir a sus perseguidores. Lo hacía luego de conseguir, sin demasiadas preguntas sobre su origen, un flamante pasaporte expedido por la Policía de la Capital. El servicio costaba entre 3.000 a 4.000 dólares, uno de los rubros particulares del ex-ministro Sabino Montanaro. Por virtud de estos artificios es que el 'ángel de la muerte', doctor Joseph Mengele, anduvo eludiendo a los israelíes y alemanes por años antes de huir definitivamente al Brasil. El precio de residencia era aun más alto, pero con conexiones apropiadas solía proveerse satisfactoria seguridad. Hasta que algún codicioso con mayor influencia entraba en escena. Entonces, como le ocurrió a infelices como Eduardo Rabi o 'el bello cónsul' Hans Weyer, ambos estafadores internacionales el telón se les caía encima a medio acto.

En Paraguay, el gobierno era Stroessner. Hacía y deshacía a su gusto, fuera de toda ley y convención. Así fue durante su longevo mando. Dos factores fundamentales explican que continuara en el poder, más allá de toda razón de ser, soslayando vastos cambios en el entorno regional y mundial. El primero, la corrupción. A su amparo se amasaron fortunas inmensas pero además se forjaron lealtades de conveniencia. Los negociados, uno de cuyos extremos comprendía el contrabando (desde armas hasta lingotes de oro) eran estimulados, dirigidos y controlados a partir de los incentivos del mercado. No pocos hallaban en ellos un medio de vida. Stroessner y su entorno sacaron fuera como la mitad del país antes de ser relevados. La cifra exacta y todos los lugares donde fueron a parar los bienes no se conoce, pero valga un punto de referencia: solamente en Brasil los Stroessner poseen una gran hacienda con campo de aviación en el estado de Minas Gerais, un complejo residencial sobre el Atlántico, en Guaratuba, estado de Paraná, otra casa cercana á São Paulo, en Camboriú, tres aviones y dos cuentas bancarias. Al menos una de esas cuentas recibía parte de la renta de los depósitos francos en Paranaguá, bajo gestión del gánster y protegido de Stroessner, Justo Eris Almada. Por el puerto de Paranaguá se exportaba prácticamente la totalidad del algodón y la soja, principales rubros de producción paraguayos, y se realizaba un activísimo comercio delictivo con destinos tan diversos como Ciudad del Cabo, Miami, Panamá, Amberes y Asunción.

Los corruptos estaban en todos los niveles dentro del Partido Colorado, en la burocracia del estado, en filas del ejército y la policía, en  la gran empresa. Varios de ellos continúan en sus cargos. Hasta instituciones sin fines de lucro como cooperativas, sindicatos y los partidos políticos de oposición encontraban difícil detener tal flagelo. Cuando éste los atacaba por vía de algunos de sus miembros, erosionaban rápidamente por dentro. Y terminaban practicando lo que decían combatir. Así es como había ocurrido, bajo el escrutinio de la prensa y la mofa del público, con los genuflexos de los partidos Liberal y Liberal Radical que todavía en 1988 participaron en las seudo-elecciones presidenciales: Los despectivamente llamados 'zoqueteros' pueden certificar que era más fácil transigir con la mafia antes que andar buscándole la vuelta.

El segundo elemento del régimen persistente fue la fuerza. El uso de la fuerza, en su variante represiva, fue de una contundencia definitiva y masiva. No tenía límite. Ni siquiera contaba con algún pretexto escrito que la iniciara o le diera curso. Se originaba con la orden superior, verbalmente, se ejecutaba sin comunicación de motivo ni destino y nadie sabía cómo, cuándo ni bajo qué recaudos acabaría., Era tremendamente ubicua. De hecho se la aplicaba en todos los rincones del país y superando privilegios de dinero o cuna, como "único parámetro nivelador impuesto desde arriba. Afectó a pobres y ricos; a blancos, mestizos e indígenas, a hombres y mujeres, a creyentes y ateos, a tontos e inteligentes, a desconocidos y consagrados, a ignorantes y cultos. Fue como la médula del sistema stronista.

Ante tan singular estado de cosas, las evasiones fueron múltiples. Una de ellas, la ilusión del cambio por lo mágico. Como la reflejada en aquella tonada que antes de clausurarse una popular radioemisora se había apoderado del oído colectivo. Cantaba a las cosas hermosas de la vida y aseguraba que no podrán matar la primavera. Típico poder de las flores. El alzamiento militar de febrero puso en claro que los cañones deciden. Esta vez para sacarnos de encima un monstruo y su corte infernal.

La otra ilusión era igualmente engañosa. La entretuvieron con aleccionadora consecuencia principalmente los militantes stronistas. Tenía que ver con la misma fuerza, en el sentido de que por medio de ella podía mantenerse indefinidamente un régimen enclenque. Mientras más trataban de silenciar el descontento ocasionado por sus tropelías; más resistencia generaban. Era como un minué. El paroxismo de su desenfreno quedó registrado en cinta. Ñandutí les molestaba y ellos la tomaron como blanco apropiado. Enviaron hasta el local a sus matones a sueldo, alcoholizados y con una bandita folklórica para acompañar el procedimiento. Mientras unos policías desviaban el tránsito a ambos extremos de la calle, la patota rompía todos los vidrios de la radio a balazos y pedradas. Lanzaron hurras al general Stroessner en tanto los músicos tocaban la polka Colorado. Fue una sinfonía original aunque estruendosa, como de circo del cual las fieras se están escapando mientras la orquesta sigue su trabajo, progresando dentro de su propia métrica. Los micrófonos de la emisora y una grabadora siguieron funcionando. El himno a Stroessner quedó así grabado, un audio de aproximadamente 18 minutos de duración verdaderamente bello. Esa noche la ciudadanía pudo escucharlo, al continuar la emisión. Volverá a escuchárselo, seguramente como lo que es, cuando torne a amenazar el infierno de la represión.

Quienes cumplieron el encargo fueron individualizados. Los capitaneaban Lorenzo J. Romero y Manuel Modesto Esquivel, prominentes malhechores ascendidos a autoridades del Partido Colorado. Incontables atropellos incluso con su componente de muertes, no fueron seguidos por querella ni intervención de tribunales. Falta todavía reunir la información de cuanta tortura y asesinato hubo, ordenar, catalogar y hacer el relatorio general. Entonces podremos saber en toda su miseria cuán enfermos fueron la dictadura y sus sostenedores, y quienes quedan de ellos podrán reclamar para sí los derechos humanos que otrora pisotearon.

A.M.

Abril 1989

 

Capítulo I

ENTRANDO EN MATERIA

Roberto Thompson es un apreciado colega. No porque me hubiera guardado la valija en su pequeño apartamento de un ambiente cuando anduve errabundeando por su ciudad, o porque me invitase a compartir con Adelina, su mujer, una cena o simplemente una conversación de entrecasa. Todo eso fue muy grato, realmente. No recuerdo haberle dado las gracias, ni tampoco que él estuviese dispuesto a aceptarlas. Así que a nuestro modo, hicimos buenas migas. El aprecio, más bien, viene de saberlo persona correcta. Correcta y pese a su humor de diablejo contrariado a veces, definitivamente humana. Recuerdo que en una ocasión masculló, como solía hacer, que le gustaba escribir cuentos y tenía un par de ellos prontos para ser publicados. Le interrumpí en medio de la frase para decirle que yo había traído conmigo una novela. De fabricación casera. El título, LORENZO CATAN, evocaba el nombre del loro de Herminio Giménez. El maestro Herminio es el más prolífico compositor paraguayo, actual director de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Corrientes, Argentina y exiliado durante la larga dictadura. En un rapto de maldad, permuté KATAN, que es como el maestro deletreaba el apellido del bicho ése y que me pareció algo eslavo, por el más folklórico CATAN. De eso habrá pasado como 8 años. El viejo maula me engañó entonces: hizo como que estaba muriendo de no sé qué enfermedad terminal. Hoy todavía anda trajinando con demasiado vigor para su edad, con excelente ojo para admirar mujeres jóvenes que se le cruzan y a quienes piropea descaradamente. El loro procaz me pareció tan pintoresco en aquel estrecho cuarto de monoblock, que lo convertí en uno de los símbolos del panorama que traté de describir. Tenía lo indispensable: el verde de la esperanza, la edad indefinida de los restos antediluvianos, una disposición explosivamente comunicativa y mucho camino recorrido al lado de su padre putativo. Este no cesaba de transportarlo de uno a otro lugar donde tuviera que actuar aunque con algo menos cuidado que á sus partituras, levantando inequívocos chillidos de protesta del afectado. Sencillamente no pude dejar de mencionarlo. El producto resultó un reflejo de las luces, no muchas, las sombras y los claroscuros del ejercicio del poder en Paraguay. A Roberto aquello le intrigó. Sin preguntarme más aceptó leerlo.

Roberto Thompson fue jefe de redacción del diario ABC Color hasta que se encontró en la calle y prácticamente en quiebra luego de ser detenido, torturado y saqueado por la policía política de Alfredo Stroessner Matiauda. Después de una segunda detención y más torturas; se topó con la ingrata noticia de que un compadre del dictador le había ocupado la propiedad que tenía en un pueblo cercano a Asunción, legado de su padre. Paradójicamente, su padre también había sido general y uno de, los que hicieron posible el ascenso de Stroessner al poder durante las jornadas posteriores al golpe de estado de mayo de 1954. Había muerto hacía rato. De cualquier manera, para cuestiones de seguridad interna, esto es, para negocios criminales conducidos por los más encumbrados prohombres del Stronismo, los apellidos nunca sirvieron demasiado. Aquella vez, como tantas otras para cientos de miles de ciudadanos anteriormente, fue su turno de quedar marcado. Marcado fiero. Recibió amenazas de muerte Todo el mundo le cerró las puertas. Se convirtió en apestado, en indeseable. Los vecinos entraban sin dirigirle la palabra o le daban la espalda al verlo pasar. Los que hasta poco antes le abrazaban con grandes muestras de simpatía, cruzaban la calle cuando lo veían venir para no saludarlo. A pesar de su preparación no pudo conseguir otro empleo. Anduvo mucho para nada. La respuesta invariable era "venga la semana que viene". Ante la presión incontenible, el hogar de los Thompson se disgregó. Maltrecho y humillado, él no tuvo otra opción que salir del país. Viajó a Washington D. C. donde pudo sobrevivir los primeros meses jugando al póker. "Me hice timbero profesional, pero no trampeaba demasiado", cuenta largando la carcajada. Tuvo por entonces la generosa asistencia de unos amigos que le ofrecieron hospitalidad - entre ellos, Richard A. White, académico que había hurgado acerca del Dr. Francia en el Archivo Nacional de Asunción y cuyo estudio apareció en la revista Estudios Paraguayos. El inquieto Roberto recompuso su vida: volvió a hacer periodismo, de la mano de aquel notable talento que nunca lo abandonó, en una cadena latina de TV.

Lo encontré una mañana entre pilas de informes de prensa, detrás de unos anteojos gruesos y una sonrisa cálida. Tragalibros ávido, de criterio pragmático, le pareció a él que varios capítulos de la novela eran un tanto forzados. "Es bueno, pero se me hace como que le llevaras de la mano al lector, me comentó entre trago y trago de café sin azúcar. Su opinión fundamentada no tuvo otro motivo que lo estético. Por ello mismo, me movió a reescribir algunos párrafos de mi muy apretado libreto, de modo que los caracteres se desarrollaran con el beneficio del libre albedrío. Me aseguró que no encontraría editor en Asunción, pero que si persistía lo mejor era tentar Nueva York. No obstante, se me había metido en la cabeza que debía sacar una primera edición donde transcurría la acción, es decir en Paraguay. Retorné a casa con mi disimulada carga, pasando por aduanas y el control de un pyragué medio zombie apostado en el pretensioso aeropuerto PRESIDENTE STROESSNER. Todo aquello era muy trujillesco, muy a la medida de la bazofia que se había esparcido por el país a la par que la mafia. Encima del bulto, en la valija, dispersé por si acaso unos calzoncillos bien roñosos. El pyragué no pudo disimular un gesto de desgano ante tal displicencia, volvió a poner en el sitio preciso sus anteojos ahumados cual persiana movible y prosiguió su bucólica siesta en medio de tan ingrato servicio.

"Tu novela es impublicable aquí", concluyó Rafael Peroni después de leerla íntegramente. Me juró que ninguno de sus colegas estaría dispuesto a pasar una temporada en Tacumbú, que podía ser larga. "Es demasiado fuerte, me dijo. "Si querés tomarte el riesgo, mejor que te guste el frío porque podés ir a parar a Tierra del Fuego". Ninguno de los dos conocía el lugar. Exageraba, evidentemente. En Buenos Aires, el crítico literario Edgar Valdez quedó bien impresionado pero sugirió que lo fantástico, lo ficticio, estaba un tanto relegado por lo analítico. Yo no lo conocía a Valdez ni él a mí, de modo que la suya fue seguramente una evaluación desprendida de projimidad. Resumió su pensamiento en lo siguiente: "El escrito en sí es extraordinariamente interesante pero no como novela, sino como un ensayo". Pidió que se lo despojara de sus "añadidos literarios". "Para tantos de los que vivimos fuera y para los que están interesados en el develamiento de esa vieja incógnita que es el Paraguay, quedaría así disponible un material de primera categoría...". No estuve de acuerdo. De hacerlo así cambiaría la sustancia y lo más logrado quedaría cercenado. Además, mi propósito era anticipar los acontecimientos, proyectarlos en el tiempo hasta un punto de no retorno. Hasta el instante de la celebración popular en la plaza, como lo narra el último capítulo: Había pasado algún tiempo desde que diera por finalizado el trabajo de revisar - revisé dos veces el manuscrito. Razoné que lo mejor sería dejarlo dormir y concentrarme en otras tareas. Mantuve la esperanza de que hubiera de encontrar quien entendiera, en determinado futuro, el meollo del asunto y no tratara de meterle tijera. En el fondo, era nada más que un relato sobre las corporaciones en este pedazo del mundo: sobre la magnitud del poder de sus jerarquías y la abrumadora propaganda dirigida.

No tiré la toalla, sin embargo. Anduve buscando pero pese a mis trajines, nada. Por los resultados pude notar que no llegaría a una vejez digna como vendedor de ficción. No estaba de ninguna manera garantizado que llegaría a viejo, con ese tipo de literatura a cuestas. La llevé nuevamente conmigo de viaje aprovechando un contrato de investigación.

Alastair Reid, escritor y traductor de las obras de Borges y Neruda, leyó el incolocable original. Su comentario, con ese estilo entre profundo y sin vueltas de quien ha visto y oído mucho en diferentes sitios, fue que si yo publicara estando "señor Stroessner todavía por ahí", él, Alastair, sabría de mí a través de los periódicos. Tenía una manera oblicua de expresarse. Me pareció que estaba tratando de disuadirme. Efectivamente, cuando mi mujer estuvo a visitarme con nuestro hijo de año y medio en brazos, le repitió lo mismo y estuvo incluso más explícito. "Está al tope de explosivos apuntados a un blanco movible", dijo. El suponía que ella, con referencia tan fúnebre de alguien que yo había calificado de excelente persona, habría de tratar por otros medios de sacarme de ese arriesgado emprendimiento. No se equivocó.

A fuerza de lógica, el trabajo quedó reducido a una de dos: o era un bodrio total o le faltaba algo. Más por amor propio que por ilustración o percepción, me incliné hacia lo segundo. No estaba dispuesto a convencerme de que era un mal narrador. Y si lo era, suponía que tendría tiempo de mejorar. A partir de ese punto arribé por el mismo camino que había recorrido Valdez, exactamente al extremo opuesto. El escrito debía asumir otra forma, salirse de lo verificable del discurso científico. Aun más, como literatura precisaba pulirse en varios tramos para que fuera comprensible.

Me reí de mí mismo. Si aquello hubiera salido en vez de ARGENTINA, ESTADOS UNIDOS E INSURRECCION EN PARAGUAY, ¿qué castigo me hubieran dado? Estaba encerrado en una celda de la Agrupación Especializada de la Policía, ex-Guardia de Seguridad. Una semana antes, el jueves 10 de noviembre de 1988, habíamos lanzado con RP Ediciones aquella compilación de documentos oficiales de fuentes norteamericanas y paraguayas, más artículos de la prensa. El tema era delicado, hasta un tanto tabú para muchos. Nadie antes aquí había acometido la empresa, fuera de lo meramente anecdótico, de entrar en ese campo minado de injerencia foránea, organización y resultados de la lucha armada en Paraguay, si bien ella había terminado casi tres décadas atrás. Los movimientos insurrectos tuvieron corta vida. Alzamientos aislados fueron reportados y algunos conatos de formación paramilitar, sin mayor trascendencia, hicieron ruido hasta los años 70.

Pero la insurrección grande comenzó en 1959 y abortó en 1962. Era pues pasado, en término de cronología. Pero además presente, en otro sentido. La estructura de mando estaba ya férreamente construida, prebendada y armada, con sus tropas entrenadas a la norteamericana, sus batallones de pynandí o milicias del Partido Colorado y sus operadores políticos cómodamente sentados en el Palacio de López y aledaños. No era de la clase de gente que iría a abandonar lo que tan buenos réditos estaba generando, para ellos, mano de obra cautiva mediante. Por maniobras arteras de los opositores, legionarios y subversivos, comentaban por la radio y los periódicos, no iban a dejar el poder. Así que los vencidos en la guerra civil de 1947, convertidos por virtud de floreo verbal en directores partidarios en el exilio, tomaron por el atajo que conocían. Pusieron en pie unas bandas raídas, mal armadas y probablemente peor encuadradas, y mientras ellos deliberaban sobre lo que hacer como futuro gobierno, dieron la orden de cruzar el río Paraná. Fue la más descabellada incursión que pudieran haber propiciado: mientras las unidades rebeldes se enfrentaban a los pelotones de contrainsurgencia, los pomposos directores gastaban su tiempo en la retaguardia peleando con uñas y dientes entre ellos. Para peor, se metieron a proveedores y guía los militares argentinos. Con eso degeneró completamente la campaña para tumbar a Stroessner. El final fue un previsible despropósito, aunque sangriento.

Los jóvenes rebeldes eran de los partidos Liberal, Febrerista, Comunista, disidentes Colorados que fueron expulsados, como también algunos ex-militares que no hicieron lo suficiente por enaltecer la personalidad del jefe. Fueron radiados. A más del grupo de generales 'nacionalistas' argentinos que odiaban cordialmente al dictador alemán-paraguayo por andar a los abrazos con el depuesto Juan Perón, estuvieron metidos norteamericanos, brasileros, cubanos, venezolanos. Fue un desmadre de intereses contrapuestos. Una orgía de violencia, como lo testimonia quienquiera haya participado. Creo que algo de eso se deja leer, entre líneas, en la introducción del libro. Eso sí, como compilador cuidé de no tomar posición. No me correspondía establecer mi punto de vista sobre lo que otros habían observado, aunque los tuviera sobre la historia misma. Los informes acusan su perspectiva bien particular, casi dogmática, la que no es de extrañar que hubiera en plena Guerra Fría y en medio del trópico. Para nadie medianamente informado a las puertas del siglo XXI aquello hubiese servido como texto de adoctrinamiento, aunque estoy seguro que entre los calenturientos y avivados de la Segunda Reconstrucción sí tenía mucho de eso. Allá ellos, tullidos mentales y arrabaleros. No es de extrañar que hayan sido derrotados y que a las 24 horas del hecho no hubiera un solo stronista en todo el país. No se podía trabajar, no se podía decir la verdad, era prohibido reunirse, era subversivo transcribir documentos.

Las palabras de apertura estuvieron a cargo de Rafael Peroni, en camisa arremangada a medio codo. El hombre es así nomás, informal como el Raúl Amarilla que escribió la biografía de Bernardino Caballero. La presentación quedó por cuenta de Miguel Abdón Saguier. Muy bien estuvo. Con tono mesurado aclaró de entrada que iría a hablar, tratándose de una obra que a su criterio era esencialmente política, como dirigente del Partido Liberal Radical Auténtico. En ningún momento hizo apología o condenó la lucha armada, ni dijo que el régimen se desplomaría al día siguiente o cosa por el estilo. Dejó como nota personal un pensamiento acerca de la Constitución Nacional de 1870, particularmente en cuanto que había consagrado los derechos y garantías del ciudadano. Esto lo expresó en relación a una frase que yo había insertado en la introducción acerca de la naturaleza exótica de aquella primera Carta Magna, en el contexto de lo que se daba en 1870 en Paraguay. Saguier también comentó acerca de la importancia de develar el pasado en toda su crudeza y del valor de la investigación. Siendo él un vibrante orador, no me pasó desapercibido que estuviese leyendo de unas hojas: El generalmente habla impromptu y lo hace con notable convicción. Esa vez preparó con esmero su discurso y expuso pausadamente. Previó la clase de auditorio, el que busca no ser convencido sino informado. Eso fue lo que hizo Saguier, informar.

Cuando me tocó el turno, hice lo mío. Como mi dicción es más bien monótona, tengo por costumbre llevar tarjetas de apunte y mientras voy hablando recojo las reacciones de la audiencia. Observé que la atención se mantenía hasta el mismo final. Es que resulta toda una rareza escuchar acerca de la guerrilla. Un conocido que se había sentado cerca de los parlantes, experto en el tema, se acercó para decirme que nos habían grabado. Yo había notado, efectivamente, al extraño con su grabadora bien pegada al equipo de sonido. Nos pareció simpático que detuviera su máquina cada tanto, para ahorrar cinta seguramente. Estos informantes no solamente andaban mal pagados. Al igual que los rebeldes que cruzaron el Paraná, venían mal pertrechados.

El acto se hizo en la Biblioteca Roosevelt del Centro Cultural Paraguayo-Americano. Era lugar apropiado y se evitaba interferencias al público. Sucedió varias veces que se invitara a algún sitio y la policía tuviera toda el área bloqueada. No quedaba explícitamente prohibido reunirse pero se impedía que la gente pudiera asistir. Chistoso lo de que el acto no se prohibe. Esto había ocurrido repetidamente en Radio Ñandutí. Peroni hizo que los libros que iban saliendo de imprenta quedaran resguardados. No queríamos que después de tanto esfuerzo se nos secuestrara la edición, práctica utilizada en ocasiones por los del Ministerio del Interior. El ex-ministro Sabino Montanaro tenía gustos pésimos. Se dedicaba, entre otros, a ordenar eso que la Santa Inquisición hacía en la Edad Media. Para peor, sus mismos agentes revendían los libros que tenían ordenado proscribir sin la gentileza de pagar los correspondientes derechos de autor. Emprendedores oficiales de policía llegaron a distribuir bajo mano, con gran aceptación de público pero a precio de monopolio, una obra de Domingo Laino y otra de Carlos Caballero Ferreira. Está probado que la Inquisición ya no funciona; pese a las más honorables intenciones. Demora, retiene, pero no resuelve. Y después de un tiempo, como ocurrió con los libros malditos que Stalin ordenó confiscar, se tiran por millones hasta hacer ricos a sus autores.

Pero no era propósito de los editores, en el caso de ARGENTINA, ESTADOS UNIDOS E INSURRECCION EN PARAGUAY, diferir sus ingresos para un hipotético mañana. De modo que se tomaron sus buenos recaudos. Yo seguí mi rutina, contento con las protestas del discurso oficial en el sentido de estar plenamente vigente el estado de derecho. No pasaron muchos días para que se me demostrara, brutalmente, que el consabido discurso no rige para el Cuartel Central de Policía. Ese enclave y sus poco comunicativas autoridades gozaban, bajo la aventajada conducción del general Alcibíades Brítez Borges, de extraterritorialidad como las embajadas y el personal diplomático. Estos últimos están eximidos, por convenios internacionales, del cumplimiento de ciertas leyes nacionales. Las fuerzas del orden stronista, a juzgar como actuaban, estaban eximidas de todas las leyes sin convenio alguno. No eran las únicas en esta degeneración tan impropia al sistema occidental, cristiano y civilizado, pero sí las más notorias. Es que sus tropelías se daban en plena vía pública, a la vista de quien quisiera mirar y gratuitamente. Esto lo puede certificar el padre José Antonio Rubio, director de la Escuela Técnica Salesiana, a quien vi en la plaza Independencia el día 10 de diciembre 1988 tratando de conmemorar como corresponde el 40 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los uniformados le propinaron a él, a otros curas y a una docena de monjas impíos golpes de cachiporra, patadas y  sopapos para dejar establecido que era contra las buenas costumbres entonar cantos fuera de los templos. Uno de los hermanos en la fe, Edward Hearns, presentó días después una querella a la justicia ordinaria contra los presuntos autores y cómplices de esos actos de barbarie y por la manera como lo habían acarreado, mantenido preso y fichado a sabiendas de su condición de sacerdote (2) Qué hubiera sido si no. Téngase en cuenta que la católica es la religión oficial del estado paraguayo. Por lo demás, la República del Paraguay es signataria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por las Naciones Unidas. Bajo el Stronismo, ella estaba vigente pero ¡guay! de quien quisiera celebrarla. El que lo hacía era traidor o comunista, según lo advertían los voceros del autonombrado Superior Gobierno Nacional. Así se mandaba.

El régimen Stroessner estaba sindicado dentro de la comunidad internacional, por estos y otros excesos francamente deplorables, como paradigma de la ilegalidad. Si pegaban a monjitas en la calle, ¿por qué no habrían de secuestrar y poner en reclusión a un simple ciudadano? Eso es lo que hicieron conmigo. Pero antes de relatar mis peripecias de prisionero, déjenme referir algunos antecedentes.

(2) Ultima Hora, 10 de enero 1989, locales, s/ transcripción de informe "Abusos contra los derechos humanos", que recoge además su denuncia de la policía cuando la Marcha por la Vida.

 

Capítulo II

HOSTIGAMIENTO

Un principio universalmente reconocido establece que  las leyes fueron hechas para ser cumplidas. Nos agraden o no. La Constitución Nacional prevé el recurso de la inconstitucionalidad, el amparo, la defensa en juicio y la apelación de sentencia, entre otros, como garantías a favor del ciudadano. Pero como bien admitían los menos inhibidos magistrados paraguayos, "el Poder Judicial sigue las directivas que imparte el Poder Ejecutivo". La dictadura stronista era ilegalidad flagrante y para más llena de trampas.

Vale una fundamentación sobre lo afirmado y nada más fácil que describir mi propio caso. No referiré todos los avatares e incidentes que cabrían en una biografía. Señalaré, nada más, algunas de las facetas del trato que me prodigaron las autoridades stronistas. Probablemente lo mío no pueda tomarse como la norma, teniendo en cuenta tres aspectos: a) mi disidencia con el Stronismo se manifestó principalmente a través de publicaciones y de la labor intelectual - nunca fui dirigente político; b) esto se prolongó durante aproximadamente 15 años, aumentando el nivel adversarial de lo distante hasta la agresión abierta; c) nunca he pedido ni tuve favores del régimen, en planilla o cargo público alguno, ni me sumé siquiera ocasionalmente al coro de los sicofantes. Muchos no tuvieron oportunidad de elegir, de cara a un sistema envolvente que les obligó a transigir como condición de supervivencia.

Anduve entrando y saliendo del país desde los 16 años por motivos de estudio, investigación o contratos de trabajo académico. He tenido inquietud política, por otro lado, como cualquier persona que pasa a través del colegio y la universidad. Estos son lugares relativamente politizados, donde la discusión se da en general con menos trabas que  en otros ambientes. Pero a la vez son parte del medio y el medio donde  me tocó crecer tenía señales en cada cruce y cada posta. "No te metas", no trates de averiguar", "obedece, no preguntes". La familia, los maestros, los líderes de la religión, los que tenían alguna posición o influencia reafirmaban y reforzaban lo que los medios de comunicación propagaban. Mis padres eran pobres, así que me tocó trabajar desde temprano. Distribuidor de yogurt, jardinero, instructor de inglés, funcionario de banco, esas fueron las cosas que hice cuando joven. Mi padre, combatiente de la guerra del Chaco y militar de carrera -lo despidieron siendo mayor de artillería- decía que cumpliría su misión sacándonos educados. Era lo único que le preocupaba de sus hijos. Mientras yo seguía mi carrera, trabajaba. Tenía mucha disciplina y una adicción inconmovible al juego limpio. Obtuve en competencia una beca para hacer estudios de posgrado fuera. Al regresar decidí que precisaba alguna experiencia política práctica, un entrar al ruedo  con prevenciones, por aquello del escenario es chico.

Recogí datos acerca de los partidos antes de hacer mi opción. El Partido Colorado era en los hechos coto del dictador y el menos indicado campo de aprendizaje para quien quisiera conservar su dignidad. Del MOPOCO reconocí su historial de enfrentamiento contra el tirano y su postura sin claudicaciones, mas no contaba con representación organizada en Paraguay. Admití del Partido Liberal la fortaleza indoblegable de sus bases -no renegaban de ser liberales ante las peores persecuciones- pero me decepcionaron los cacicazgos. Cada cual llevaba su propia guerrilla contra otros tantos directorios hasta el aniquilamiento. La Democracia Cristiana me pareció un grupo de gente honesta y dedicada, pero yo no estaba en la tesitura de combinar política con religión como ellos lo hacían entonces. El Partido Comunista era cerrado, dogmático y sus jefes se habían fosilizado, además de agredirse como enemigos mortales. Estaban malamente divididos. De modo que, por ideología y por la calidad humana que encontré en su seno, pasé a colaborar con el Partido Revolucionario Febrerista (PRF). Colaboración y punto. Me descomponían los fanatismos y desconfiaba del mesías de turno. Lastimosamente el Partido Colorado, cuya doctrina era asimismo popular y democrática, estaba vacío de ética y lleno de Stronismo. Contaba con una ejemplar Declaración de Principios que los advenedizos habían convertido en letra muerta.

El PRF tenía de todo. Desde conservadores hasta ultraizquierdistas reformados. Había nacido como movimiento en febrero de 1936, en medio de una revuelta militar que desplazó a la victoriosa dirigencia liberal de la guerra del Chaco. Civiles y militares conformaron un gobierno encabezado por Rafael Franco, en el que las pujas ideológicas se vieron multiplicadas por el personalismo. La ineptitud los desbarrancó y fueron desplazados del poder en 1937. En 1946 los febreristas volvieron a hacer gobierno, pero en coalición con el Partido Colorado, siendo todavía presidente de la República el general Higinio Morínigo. Las maniobras del dictador Morínigo llevaron a una guerra civil, cuando los líderes febreristas y gran parte de los jefes del ejército hicieron causa común con liberales y comunistas para tumbar a aquél. Fueron derrotados. En los años 50, una facción del febrerismo entró en alianza con dirigentes del Partido Liberal en el exilio, prolegómeno de la insurrección. Otra facción fue infiltrada en Argentina por algunos comunistas y uno de sus más connotados directores se hizo marxista (llegó a integrar el CC del Partido Comunista). Hubo muy reñidas pugnas internas y hasta desgajamientos, el más significativo de ellos con la fundación del Bloque, pero en la conducción partidaria siempre tuvo primacía Franco (y sus seguidores) antes que una línea doctrinaria. El PRF participó en la Asamblea Nacional Constituyente de 1967, corrió con candidato propio subsiguientemente y ocupó una banca en el Parlamento, sin que la dictadura hubiera cambiado un ápice. Sufrió, al igual que los demás partidos, feroces represiones.

A mí todo eso me sirvió de referencia. Fue una elección personal razonada. No me impusieron cortapisas, de modo que voluntariamente cumplimenté los rituales. Asistí a varios actos convocados en Casa del Pueblo. Escribí con Agustín Oscar Flecha lo que sería la plataforma del candidato a presidente del Comité Ejecutivo, Carlos Caballero Gatti. El hombre contaba con recursos y prestigio, así que ganó la Convención arrasando. No acepté ser miembro de la conducción cuando me lo propusieron. Aquello era muy poco ejecutivo, envuelto en conflictos que visiblemente consumían energía en exceso, distrayendo fuerzas del frente contra el régimen. No era esa la mejor forma de combatirlo. Por sobre todo, yo no abrigaba interés en aparentar una representación que no tenía ni en recibir una cuota de ilusión de poder. En aquella agrupación partidaria, así y todo, uno podía remar contra la prepotencia al lado de personas muy meritorias. Había de lo otro también, la cizaña, como en un campo de trigo.

Todavía se mantenía la presión de la Casa Blanca sobre Stroessner por la cuestión de los derechos humanos. Carter había hecho de Paraguay terreno propicio para testar hasta dónde ir con la gama de medidas diplomáticas, económicas y de asistencia militar, en busca de frenar los abusos que se cometían a diario aquí. El bestialismo del tirano y sus secuaces quedó expuesto a la luz pública a través de la prensa norteamericana. Uno de los artículos fue devastador. Apareció en The Washington Post el 20 de diciembre 1977, firmado por Jack Anderson y Les Whitten. Decía así:

"Por más de un año hemos estado siguiendo la pista de una sórdida historia de depravación sexual entre altos cargos del gobierno paraguayo.

Tuvimos noticias de que muchachitas entre 8 y 14 años eran usadas para gratificación sexual de las máximas autoridades civiles y militares en Asunción. Nuestro informante nos señaló que esa práctica era al menos permitida por el general Alfredo Stroessner, dictador que ha regido Paraguay por 23 años. Esto nos pareció propaganda anti-stronista fantástica: Pero una de nuestras fuentes viajó a Paraguay y trajo información sustancial, aunque de segunda mano, acerca de los abusos sexuales". "Últimamente hemos obtenido la declaración jurada de una testigo cuya credibilidad no puede ser disputada. La fea historia es, desafortunadamente, verdadera".

"En el pasado, Alfredo Stroessner se distinguió por tiranizar a su pueblo y dar refugio a los criminales de guerra de Adolfo Hitler. El dictador ha estado también conectado a este horrible escándalo sexual. Nuestras fuentes alegan que él visita con frecuencia una casa en el barrio Sajonia donde las criaturas son violadas. Sin embargo, lo triste es que por muchos años Estados Unidos ha sido el más fuerte apoyo de Stroessner. El pasado setiembre él estuvo en la cena ofrecida por el presidente Carter en la Casa Blanca. Ha estado recibiendo unos US$ 6 millones promedio en ayuda norteamericana durante los últimos 4 años. El flujo de asistencia militar al Paraguay se cortó recién este año.

"Los detalles de la depravación sexual fueron referidos por Ada Rodríguez (El nombre era un alias utilizado por motivo de seguridad de la declarante. Desaparecido el motivo, pertinente es aclarar que se trata de la señora Malena Ashwell.), quien proviene de una familia paraguaya acaudalada e influyente. Su padre es un importante funcionario de un organismo internacional en Washington. En el Departamento de Estado nos confirmaron que Ada Rodríguez es una persona de credibilidad y consecuente.

Larry Birns, director del Consejo para Asuntos Hemisféricos, nos la presentó "La señora Rodríguez supo por primera vez acerca del escándalo sexual en noviembre de 1975. Ella y su marido, oficial de la Armada, estaban almorzando en casa del superior de él cuando fueron llamados por un vecino `hasta la casa de al lado', según ella declaró a nuestro asociado Joe Spear en un testimonio hecho bajo juramento¨.

“Con horror, vi los cuerpos inertes de tres niñas, dos de ellas de unos 8 años, la otra de 9, tendidas desnudas sobre un montón de arena en la parte trasera de la casa”, expresó con voz quebrada. `Estaban sangrando de las áreas genitales y tenían marcas en sus cuerpos que evidenciaban abuso sexual'". "Rodríguez llamó a la policía. Un viejo cuidador les dijo que estaba trabajando bajo protección de un jefe militar que identificó como el coronel Perrier".

"`Al escuchar esto, el policía se retiró inmediatamente sin tomar medida, continuó Rodríguez. Más tarde, los vecinos nos dijeron que en cierta ocasión el viejo tenía bajo su cuidado a catorce niñas entre 8 y 9 años. Rodríguez, madre de tres criaturas, comenzó a investigar movida por la ira. Supo que el coronel Perrier mantenía la casa en el residencial barrio Sajonia donde campesinas jovencitas compradas a sus empobrecidos padres son proveidas a los jefes paraguayos. “El general Stroessner frecuenta la casa”, juró Rodríguez. Durante un mes, ella imploró a sus influyentes amigos para que denunciaran “esa pesadilla”. Le advirtieron repetidamente “quedar callada y no meterse”. Desesperada, se entrevistó con Miguel Soler, quien publica un periódico comunista de nombre Adelante. A él le fue imposible cumplir su promesa de publicar la historia. En diciembre de 1975 Soler fue arrestado y entre sus documentos se encontró la declaración de Rodriguez. Poco después de la medianoche del 9 de enero, 1976, tres hombres entraron por la fuerza a su casa y la llevaron hasta la oficina de la policía secreta. El notorio jefe de la policía secreta, Pastor Coronel, la acusó de estar involucrada en una conspiración para asesinar a Stroessner. Cuando ella negó, Coronel comenzó a golpearla en tanto otro hombre la sujetaba. Luego la tiraron, semi-desvanecida, en una pieza donde la torturaron continuamente durante tres días. Fueron necesarias las conexiones políticas de su influyente familia para que la liberaran el 13 de febrero, 1976. Desde entonces ella ha estado viviendo en Estados Unidos, recobrándose de a poco de aquel infierno" (2).

"Nota: Nuestras repetidas llamadas a la Embajada Paraguaya para comentarios no han sido respondidas. El padre de la señora Rodríguez, quien pidió permanecer anónimo, tampoco quiso hablar con nosotros".

Estos hábitos de la cúpula stronista eran conocidos en Asunción. A más del coronel Leopoldo Perrier, otra corrompida que fue directora del Colegio Nacional de Niñas también se encargaba de proveer jovencitas para el mismo fin. El que osaba protestar o hablar demasiado sobre la conexión presidencial era llevado a Investigaciones para que Pastor Coronel le rectificara el pensamiento. El sabía cómo hacerlo. No resulta extraño que, ante tamaños excesos, el embajador Robert White cumpliera al pie las instrucciones enviadas por Washington. Buscó aislar a Stroessner, arrinconarlo. Se convirtió en el taita de los opositores, agasajando y aconsejándolos, sentándolos juntos para que conversaran y se conocieran. Bajo tan dúctil auspicio nació el Acuerdo Nacional.

El aire se enrareció cuando llegó a Asunción Anastasio Somoza Debayle, alias Tachito, genocida y amigo personal de Stroessner. Natura los echa al mundo, ellos se juntan.

Aquellos años fueron de relativa distensión para intentar el penoso reagrupamiento. Quien hacía más quedaba por el camino, nada infrecuente en el escenario criollo. La policía y los organismos de seguridad estaban ocupados con los del Movimiento Independiente, los expatriados que todavía mantenían el brío y pugnaban por volver, los campesinos sin tierra y los estudiantes impacientes de acción. Mi contacto con la medida de las cosas me hizo objeto de una serie de represalias. Omito las molestias menores que uno recibe como disuasión, destinados a poner sobre aviso a los impetuosos o a quienes se acercan demasiado a la frontera de lo permisible. Los más decididos persisten en su empeño. Sobre esto y sus efectos hay consideraciones abundantes en las páginas de los clausurados periódicos El Radical, Apepú, El Enano, El Pueblo, ABC Color y, para los más exigentes, en los informes de Amnistía Internacional o Americas Watch sobre Paraguay. Mi tónica fue persistir, en la convicción de que mi labor era útil. No era importante. Estaba realizando para el Comité de Iglesias para Ayudas de Emergencia, organización ecuménica de derechos humanos, una investigación de campo para determinar el nivel de ingreso de la población a nivel nacional. La muestra se había elaborado con rigurosidad, hubo planificación. Comunicamos a las instancias gubernamentales y dimos a conocer por la prensa de qué tipo de tarea se trataba. Pero a poco de comenzar detuvieron a dos de nuestros encuestadores en Santa María, Misiones. Los sometieron a tortura en la Delegación de Gobierno y los enviaron maniatados a la Sección Técnica de Represión del Comunismo. Desaparecieron. Supimos de ellos recién a los cuatro días por medio del cura párroco de San Ignacio, a quien le habían avisado unos feligreses. Los encuestadores fueron advertidos para que cesaran de prestar servicio en el Comité, luego de ser sometidos a largos interrogatorios y despojados de todos sus elementos. Tuvimos que ir a pedir su libertad al entonces subsecretario del Interior, Miguel Angel Bestard. A mí no me dijeron ni mu. La advertencia fue sutil en exceso. Barajé la idea de que resultaba demasiado caliente apresar a un miembro del directorio de una organización internacional (AFS) que viajaba al menos dos veces al año a Nueva York, solo para amedrentarlo. La descarté por otra de mayor lógica: sencillamente yo no levantaba polvareda. A partir de ahí, no obstante, mi nombre quedó incorporado a la larga lista de individuos en observación por parte del régimen.

Otros programas del Comité de Iglesias estaban siendo atacados casi diariamente en la prensa oficialista. Uno de ellos era el de presos políticos. A ellos se les brindaba asistencia jurídica y materiales de trabajo para que pudieran seguir estirando, estando en prisión, habida cuenta su condición mayoritariamente indigente. Nadie sabía cómo es que podían activar en algo tan peligroso como la oposición, sin recursos. Pero así era. Ser opositor significaba, por lo común, acabar desfondado. El otro programa era el de tierra, dirigido a apoyar las gestiones de titulación de ocupaciones y prevenir el desalojo de campesinos desposeídos. El jefe de la Policía de la Capital, general Alcibíades Brítez Borges, hizo una acusación por esos días, señalando que el Comité era un refugio de subversivos comunistas. El acumulativo Brítez Borges cumplió en manifestar

"que niega enfáticamente que en dependencias policiales se hayan perpetrado torturas físicas y sicológicas u otros apremios ilegales, en las personas de los detenidos, cualquiera sea la razón de su detención".

"... que con total responsabilidad atribuye las abundantes y falsas informaciones periodísticas al respecto, a las maliciosas instrucciones que reciben los procesados judicialmente por la Ley 209, de los abogados del llamado Comité de Iglesias, sobre los cuales existe la certidumbre de que a su vez, responden a instrucciones precisas del PARTIDO COMUNISTA, en el sentido de difundir estas mentiras para deteriorar la imagen institucional de la Policía y para divulgar en el exterior una propaganda falaz y negativa sobre el país y su Gobierno... ".

".. por todo lo expuesto, el Jefe de Policía de la Capital reitera su enfático rechazo a las elaboradas falsedades sobre apremios ilegales de que se hace eco la prensa, denuncia la escandalosa manipulación de los procesados por los abogados del Comité de Iglesias e informa a la opinión pública que tomará las acciones que correspondan en derecho para dejar en limpio el honor de la institución y solicitar la sanción de los culpables de tan deleznables maniobras que ponen una mancha sobre el respetable gremio de los abogados, que deben ser los auxiliares honestos y sin tacha de la justicia" (3).

El padre José María Blanch, coordinador del Comité de Iglesias, desmintió que hubiera semejantes maniobras y funcionarios de tales características, pero la campaña de intimidación continuó. Previamente el local había sido violentado. Las puertas fueron quebradas, los archivos y biblioratos esparcidos por el suelo; útiles, como radio, grabadoras y máquinas de escribir fueron robados.

De nada sirvió la supervigilancia en la zona, asiento del Ministerio de Obras Públicas y de la central de teléfonos, ANTELCO. Nos asaltaron tranquilamente. Los pastores de las tres iglesias cristianas que daban su auspicio, Juan Bockwinkel por la Católica, Armin Ihle por la Luterana Alemana y George Wiley por Discípulos de Cristo, evaluaron el problema y concluyeron que lo más conveniente era actuar con prudencia. La institución debía sobrevivir. Presentaron una denuncia a la policía, pero ésta nunca encontró a los atracadores. Luego del asalto no volvió a aparecer un vendedor de pancho y gaseosas: era el pyragué encargado de espiar y reportar los movimientos internos para la operación.

El hostigamiento no menguó, antes bien se fue extendiendo. Vinieron las persecuciones al desnudo junto con las encubiertas. Fueron detenidos por la policía varios abogados y gestores. Conmigo la cosa había sido menos llamativa. Comunicaron a mi esposa en su trabajo que yo era comunista. Era informe oficial recibido desde la oficina del general Benito Guanes Serrano, jefe de inteligencia del Stronismo (4). Con franqueza pero discretamente, quienes recibieron mi dossier le anunciaron  a ella que no sabían cuánto tiempo más podría seguir trabajando teniendo semejante marido. El comunismo está proscrito por ley en Paraguay. En las semanas siguientes pude comprender por qué la gente marcada era tenida por apestada. Por sobre todo, era notorio que se conectara las amenazas con mi comportamiento, a fin de tratar que yo me corrigiera. Luego sabría que esto último implicaba la categoría de recuperable, a diferencia de otros que eran irrecuperables (los políticos activos y anti-stronistas, dentro de los partidos o no, a quienes se daba indistintamente la denominación de bolches o subversivos). Pude percibir que no coincidía la comunicación sobre mi supuesta inclinación o filiación y la categoría de recuperable. Dicha percepción fue muy posterior a las amenazas. Estas, además, no se descargaron directamente sobre mí sino sobre mi esposa. Más adelante se examinarán algunos presupuestos de la técnica de modificación de conducta, aplicada a otro nivel y de manera directa. Suficiente señalar, por el momento, que fueron públicamente acusados de comunistas cuatro obispos católicos, un sinnúmero de curas, un empresario millonario, varios congresistas de Estadas Unidos, todos los integrantes de una organización local de derechos humanos, Amnistía Internacional, etc. Campesinos y obreros que trataran de organizarse, sindicalistas, periodistas, estudiantes, educadores, hasta indígenas analfabetos como los mbyá recibieron el mote de comunistas. Era la manera de tenerlos en jaque, aislarlos o forzarlos fuera del país. A mí el calificativo no me agradó, como no agrada a nadie ser observado por lo que no es, pero lo que verdaderamente me pareció rastrero fue que desataran ese tipo de guerra sicológica contra mi pareja.

La presión indirecta fue una de las típicas y más idóneas formas de inducción de que hizo uso el régimen depuesto: Tenía gran efectividad. Los que realizaban actividad política o alguna labor profesional que pusieran en evidencia o descubrieran algún punto débil del orden vigente, que dieran como resultado erosionar los pilares de sustentación del culto al líder, eran advertidos mediante la amenaza de que podían perder su medio de vida, ser expulsados del país, o ambos. Esa constituía la primera variante. Por 1o común iba acompañada de citaciones para concurrir a la policía, verdaderas sesiones de apremio síquico graduado. La segunda variante era más severa. Consistía en el despido liso y llano. Sin indemnización, sin preaviso, sin recurso a la apelación. Para acceder a o mantener cualquier puesto en cualquier nivel de la administración pública era obligatorio contar con la afiliación al Partido Colorado. Hasta para enseñar en la escuela, ser agente de tránsito o barrendero municipal se imponía tal obligación. Era un factor de coacción superlativo si se considera que el estado era -y sigue siendo- el principal empleador en cuanto número. Puede deducirse entonces el peso del argumento de despido y el despido mismo sobre los funcionarios, sus hijos y parientes. Las autoridades echaban mano de este arbitrio ilegal y, según la tradición criolla de órdenes son órdenes, despedían a quienes fuera como basura. Las purgas de este tipo se realizaban con periodicidad para prevenir solidaridad dentro de la burocracia, para hacer lugar a nuevos clientes partidarios y como castigo-desmovilización. En la administración pública nadie sabía cómo vendría la mano al día siguiente. La inseguridad era la regla. En el sector privado, los dueños y directores de empresas recibían notificaciones de autoridades designadas, por lo general a nivel de Ministerio de Justicia y Trabajo o Interior, acerca de los antecedentes de tal o cual empleado. Lo acosaban a éstos, al mismo tiempo, con detenciones inexplicables. “Es comunista”, solía ser la advertencia oral. Los empresarios eran permeables a esto que constituía una exigencia de remoción, especialmente los que gozaban de fuente de crédito oficial o tenían contrato para provisión de bienes o servicios a alguna dependencia estatal. Por tanto, existía una red de influencias controlada por el régimen por el lado del sustento de los trabajadores, haciendo que éstos moldearan su conducta según pautas rígidamente prescritas.

Entre los campesinos, los mecanismos de retorsión eran más drásticos, al cortárseles financiamiento, acopio, clientes y posibilidades de colocación de sus productos. Cuando esto resultaba insuficiente, venían las garroteadas, la destrucción de cultivos y la quema de ranchos. Todo muy convincente.

Los familiares, en algún punto de ese proceso e inducidos por el miedo y/o la necesidad, urgían por lo general a la víctima propiciatoria para que cambiara, que dejará de meterse en problemas. No era fácil resistir esa combinación de apremios, urgimientos y agresiones de distintos frentes. Los que dependían del producto de su trabajo para vivir, una vez despojados de éste quedaban desahuciados. Lo cual era particularmente desastroso para los jefes de hogar, y más aún en familias donde el ingreso dependía de uno solo de los miembros, cónyuge o no. Un recorrido por los principales centros de radicación de paraguayos en el exterior - Buenos Aires es el principal- confirma que la falta de empleo ha sido la principal causa de expulsión poblacional.

Yo no hablé del asunto con nadie, ni para pedir asesoramiento. No deseaba que se me viera como un perseguido. Luego sabría que no fue lo mejor que pude haber hecho. Me faltó información adecuada para enfrentar el desafío: mi pareja se resintió en la emergencia. Teníamos poco entrenamiento, una hija pequeña y soportamos bastante tensión. Es lo que frecuentemente ocurre en el seno familiar cuando se desata uno de esos embates inesperados. Por algún lado repercute. Nos separamos momentáneamente. Esto último sirvió para disipar las amenazas sin que el efecto fuera calculado. Yo tenía mi fuente de ingreso - además de investigar, enseñaba en la Universidad Católica y escribía para el suplemento económico de ABC Color. "Mis servicios en el diario no tienen nada que ver con su clausura, bromearía durante mis presentaciones en el exterior al hablar sobre la situación paraguaya. Pero la cosa no estaba para bromas cuando me descargaron la ferretería encima. Los muy rastreros controladores stronistas trataron de forzarme por el lado de la economía doméstica y la estabilidad familiar. El ejercicio fue duro, pero salí fortalecido. Hasta es probable que, inconscientemente, me hubiese preparado para 1o que vendría. Terminé tal cual estaba previsto el estudio para el Comité e inmediatamente después viajé con una beca a España y otra a Italia.

En diciembre de 1982 se publicó un libro con los resultados de la muestra. Los pastores me habían pedido censurar parte del escrito, transcripción de unos ilustrativos párrafos de la obra MBARETE, preparada bajo patrocinio de la Liga Internacional de los Derechos Humanos (5).

Estuve en desacuerdo, si bien entendí las razones. Finalmente decidió la dirección del Comité.

Los tira y aflojes con el régimen se hicieron ingrediente de mi vida. Me acusaron de mal paraguayo. Fue como derivación de unas declaraciones que hice a la cadena SIN (luego UNIVISION) de Estados Unidos. Me habían invitado al noticiero matutino para una entrevista. Mis respuestas causaron roncha a los cultores del orden stronista. A través de Patria, vocero de la Junta de Gobierno del Partido Colorado, me tiraron sapos y culebras en editorial, en artículos de primera página y de última página. Esa vez sí que se largaron a aporrearme de lo lindo. No escatimaron los epítetos y las amenazas de que se me procesaría. Yo estaba lejos de ser ninguna personalidad política. Me estaban hinchando las pelotas fuera de toda proporción, así que les contesté con una nota bien antipática que apareció en El Pueblo, periódico del Partido Febrerista (transcripción del intercambio en Anexos). Corría el mes de diciembre 1986. Me dejaron en paz después de aquella réplica. Se habrán cansado.

Vale detenernos en una pieza acusatoria que venía endilgando el régimen a los que le hacían crítica. Mal paraguayo. Desde la discusión del Tratado de Itaipú en 1973, este compuesto denotativo se impuso  como sinónimo de traidor. Patria y La voz del Coloradismo, nunca cortos en proferir insultos y en difamar, llevaron la batuta en aquella campaña destinada a herir, rebajar o destruir a quienes cuestionaran los términos del tratado de aprovechamiento hidroeléctrico con Brasil, evidentemente leonino y lesivo a los intereses nacionales. El director permanente del diario Patria y miembro del Parlamento, Ezequiel González Alsina, dirigía la propaganda stronista. Lo siguió haciendo todavía con la militancia, aunque crecientemente asediado por sus propios correligionarios en su nido de vileza. Autoridades de alto nivel como el ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Sapena Pastor, o el líder de la bancada colorada en la Cámara de Diputados, Carlos A. Saldívar, a quienes los brasileños colocaron el texto del tratado, también usaron el calificativo contra quienes se permitieron observar sus inconveniencias. Obispos, intelectuales y empresarios, el director y los periodistas del diario ABC Color, los miembros de gremios estudiantiles, líderes de los partidos políticos de oposición, profesionales y todos quienes hicieron escuchar su opinión no favorable fueron inicuamente atacados desde las trincheras del oficialismo. Como no se pudo poner a todos juntos en la bolsa de “comunistas” se inventó el sambenito maledicente. A mí me tocaría ser apuntado con el dardo de la difamación en la prensa oficialista a raíz de calificar a Stroessner de vulgar dictador y a su régimen como totalmente corrupto. Era la pura y desnuda verdad.

Seguí en lo mío, sin prestar atención a los agravios, dedicándome a juntar datos para mis libros. A fines de 1987 se lanzó ESTADOS UNIDOS Y EL RÉGIMEN MILITAR PARAGUAYO. Fue muy bien recibida, a notar por las ventas, pero muy mal digerido por la dirección de Patria. Quedó encargado de hacerme publicidad corrosiva el inefable Poncho Pytá en sus vituperios de contratapa. Antonio (Tony) Carmona se deleitaba leyendo a tan creativo columnista. Tony es un zorro. Sabe andar bien, con mucha diplomacia, entre bríos y troyanos. Como periodista se distingue por su fino humor, su ausencia de dramatismo en la elaboración de temas sensibles y su mordacidad. Sus artículos y notas que muerden aparecían, hasta que lo despidieron sin explicaciones, en el periódico Hoy. Tony era además la admiración de Poncho Pytá - en lo formal, Francisco Barreiro Mafiodo, subsecretario de estado de Relaciones Exteriores. ¿Por qué? Porque Tony lo trataba con gentileza. No decía de aquel destripador del castellano que era tilingo ni que sus artículos semejaban viñetas de manicomio. No, por el contrario, para él era un tipo simpático. "Este Poncho es diferente, si alguna vez lo sacan de Patria voy a mandar una carta de protesta al director". Dicho textual, entre dientes y sonriendo.

Las opiniones de Tony Carmona me merecen confianza. Tomé como cierta su referencia, si bien no conocía en persona al conflictuado asalariado stronista. Lo que me consta es que escribía como si le pegara a su madre. Horrible. Comenzaba con la subversión en Colombia, pasaba a sus ingratos recuerdos de Nueva York y terminaba condenando a los exponentes de la teología de la liberación en esta patria bendita de sosiego, por obra del ínclito y único. Era tan enrevesada su pluma que parecía como que tratara de encontrarle cuatro patas al gallo. De modo que puede uno imaginarse al tinterillo metido a comentarista de libros. Sencillamente desopilante. Como muestra, en el Anexo 3 se transcribe un bulto del lenguaraz emponchado. También la réplica a sus dislates, la que el diario Patria bajo el truculento González Alsina no se animó a publicar.

Eso de que dedicaran palabrotas era insignificante dada la catadura moral de quienes la expresaban. Yo seguí escribiendo, poniendo juntos documentos acerca de nuestras relaciones internacionales contemporáneas, con apreciaciones sobre el momento y datos de contexto. Era un modo de tener activo el cerebro, como también de dilucidar hechos sobre los que se habían tejido fábulas gloriosas. Con escribir yo no iba a transformar el pasado ni moverle el piso a nadie. A lo sumo aportaría algo al conocimiento y con eso me daba por satisfecho. En base a la alentadora recepción que tuvo la compilación inicial, preparé rápidamente otras dos. Publiqué, entretanto, un trabajo sobre economía bajo el título PARAGUAY Y LAS OBRAS HIDROELECTRICAS BINACIONALES. Retomé el hilo de la producción bibliográfica muy positivamente motivado. Trataría de compensar el anterior paréntesis de silencio impuesto. Por más de cuatro años nadie se animó con mis escritos, mala racha que no es infrecuente donde se reprime la libre expresión. Así que con la mejor buena voluntad anduve fotocopiando periódicos pésimamente conservados, despachos diplomáticos y otras piezas de archivo. Era labor ardua.

En medio del trajín, una grúa municipal me chocó la parte de atrás del vehículo en pleno centro. Esto ocurrió la tarde del 29 de febrero 1988. El conductor no paró, se dio a la fuga. Fui a denunciarlo inmediatamente a la Oficina de Tránsito situada en la Costanera. Ahí comenzó otra de esas parodias que se ven en las mini-series de TV como rasgos persistentes de institucionalidad en el Tercer Mundo. Primeramente no apareció el parte policial en la Dirección de Tránsito de la Municipalidad. Luego de insistir apareció uno en el que mi vehículo figuraba como el que había "rozado” a la grúa municipal, a raíz de lo cual se me había desprendido la parte del guardabarros trasero. Más tarde me citaron a declarar en el Juzgado de Tránsito (dependiente de la Dirección de Tránsito, cuyos responsables habían firmado el parte de accidente). La venalidad de los encargados de hacer respetar las leyes de tránsito se había hecho legendaria, sin ser esto exclusividad paraguaya. Se la encuentra conspicuamente dondequiera la paga de los funcionarios es tan exigua que lo suplen con lo que puedan allegarse en arreglos informales con el contribuyente. La cosa estaba pintando kafkiana, pero no me desanimé. Quería saber hasta dónde llegaba el hilo. Cuando volví a la Dirección de Tránsito mi expediente se había "extraviado". Se esfumó.

Semanas más tarde mi vehículo fue robado del portón de mi domicilio, apenas entrada la noche. En la otra esquina un guardia policial de los que vigilan a los MOPOCO - destinado éste a controlar a Eduardo San Martín- vio pasar campantemente el coche en fuga de uno de los ladrones. Como colofón al western en vivo pasó frente a casa un policía uniformado. Su distintivo era del Ministerio del Interior. Un abogado vecino y yo, que estábamos examinando como proceder, le preguntamos su nombre y él nos dijo Araujo H. Fue muy amable en contestar las preguntas que le hicimos, dándonos incluso una pista sobre el recorrido que presumiblemente haría esa misma noche el delincuente en mi rodado. Previamente yo había llamado a la Sección Inteligencia de la Policía de la Capital y a la Comisaría de mi barrio, dando cuenta del robo. Volví a entrar a casa para usar nuevamente el teléfono y, con sorpresa, escuché mi número ligado. No podía hacer ni recibir llamadas. Era como si alguien del otro lado hubiera discado y descolgado sin que yo recibiese ninguna señal. En aquel punto quedó patente lo sincronizado de la operación. Fui con el abogado a hacer en persona la denuncia a la Comisaría 7á. Allá, un oficial nos brindó sus propias anécdotas sobre los robacoches. "Son gente peligrosa", nos explicó mientras tomaba muy lentamente apuntes sobre mi relación de los hechos. También formalizamos la denuncia ante el Departamento de Investigaciones, la Jefatura de Policía de la Capital y el Ministerio del Interior, en papeles sellados dirigidos a sus respectivos jefes, Pastor Coronel, Alcibíades Britez Borges y Sabino Montanaro. Fue absolutamente en vano. Como era de público conocimiento, el jefe de Policía y uno de sus hijos eran quienes manejaban en Asunción el rubro robo de autovehículos.

Lo que pudo haber ocurrido:

a) los contratados del Ministerio del Interior "secuestraron" mi vehículo para que yo dejara de molestar a las altas autoridades, genéricamente. Así, entre otros, la grúa con chapa municipal N° 169, Asunción; que me chocó, continuaría tranquilamente su esforzada labor;

b) mis exposés cáusticos habían sido leídos y despertaron la reacción negativa en algunas autoridades stronistas. Ordenaron a dos policías de paisano y uno uniformado que ejecutaran el operativo: la orden debió haber provenido solamente de Brítez Borges o Montanaro;

c) a algún vago conectado con policías le gustó el equipo stéreo que tenía mi vehículo, se confabuló con otros dos y vinieron a llevárselo. Se llevaron además chasis, motor y carrocería completa. Improbable por contraponerse a procedimientos standard policiales, pues uno de ellos, el que vino a controlar, estaba uniformado. Señal de que cumplían orden superior (6).

La primera y segunda hipótesis se complementa. A Domingo Laino le habían tirado arena en el tanque de uno de sus autos, cuyo motor quedó en consecuencia inservible. Años después le robaron otro de su casa y detuvieron a su chofer. También él anduvo publicando cosas que cayeron como plomo a la mafia stronista. EL GENERAL COMERCIANTE le significó un duro exilio. El asalto a mi domicilio pudo haberse originado en activismo creciente más libros punzantes. Efectivamente, previo a la votación para presidente de la República habíamos firmado una impugnación a la candidatura de  Stroessner (7) La impugnación fue hecha por varios exponentes de la oposición y la disidencia, entre ellos Miguel Abdón Saguier, Carlos Romero Arza, Juan Manuel Benítez, Felino Amarilla, Fernando Vera, Hermes Saguier, Franklin Boccia, Silvana Boccia, César Báez, Juan F. Elizeche, Eduardo San Martín, Julio César Franco, Miguel A. Martínez Yaryes. Primera vez durante el largo stronato que se hacía un alegato jurídico ante las propias instancias del régimen, contra la reelección, argumentando la condición inhabilitante del general en servicio activo Stroessner Matiauda. No era el tipo de presentación que agradara a los oficialistas. El escrito fue rechazado ipso facto sin que el presidente de la Junta Electoral Central, arquitecto Buenaventura Salinas, se dignara siquiera recibirlo. Tal la forma como los detentadores del poder entendían precautelar el derecho ciudadano de peticionar a las autoridades.

En cuanto a las reiteradas denuncias sobre mi vehículo ante oficinas gubernamentales y por la prensa, no hubo contestación ni volvía verlo. Se había convertido en botín, como en la “guerra sucia” en Argentina bajo el “proceso” de Videla, Viola & Galtieri. Allá duró menos de una década. En Paraguay nuestro “proceso” comenzó en 1954 y a pura violencia se arrastró por 34 años.

Los militantes habían copado la Junta de Gobierno del Partido Colorado año y medio antes del hundimiento. Los más ruines no se anduvieron con vueltas para apretar varias veces la tuerca. Destacadísimos en tal menester fueron el alcohólico Ramón Aquino y el sadomasoquista Manuel Modesto Esquivel, ambos miembros de la defenestrada Junta de Gobierno. Esa era la flor y nata del ya decrépito sistema stronista. Martín Chiola, líder stronista en la Cámara de Diputados, diría con desprejuiciado realismo: "tomamos el poder a balazos, a balazos tendrán que sacarnos". El general Andrés Rodríguez y sus camaradas le tomaron la palabra. Yo no anduve, ciertamente, en esos aprestos. Pero alguien como Montanaro habría determinado que era mejor escarmentarme de veras, quitándome la movilidad, si ya no era posible recuperarme. No escarmenté.

 

(2)     En una de sus primeras conferencias de prensa en el destierro, Stroessner diría: "para conocer el carácter de un hombre hay que darle poder. Yo tuve el poder y no corrompí mi carácter". "Yo siempre he actuado lo mejor posible y siempre yo he dicho: un hombre no puede estar mucho tiempo en una función porque quiera". Ni la ancianidad o la derrota habían cambiado al cínico. Entrevista con la cadena O Globo de Brasil, en Ultima Hora, 11 de febrero 1989, p. 6.

(3)     Ultima Hora, 14 de setiembre 1983, p. 31. Uno de los abogados del Comité, Diego Bertolucci, había sido citado por Pastor Coronel a su despacho, golpeado y amenazado de muerte. Cuando Pastor Coronel fue a su vez encarcelado, posterior a la caída de Stroessner, Bertolucci interpuso un recurso de hábeas corpus a su favor. Gesto de fineza sin precedentes. Uno de los parientes cercanos del vicioso Coronel declararía: "él siempre actuó con la Constitución en la mano", y con una metralleta en la otra, cabe agregar.

 (4)    El general Benito Guanes había participado en 1980 en la cacería de los campesinos de Campo Ocho que pretendieron llegara Asunción, ómnibus robado mediante. Once a catorce de ellos fueron fusilados en pleno monte por fuerzas conjuntas del ejército y la policía stronista. También Guanes estuvo implicado en el asesinato de Orlando Letelier, coordinando desde Paraguay el libre tránsito y la documentación falsa de los agentes de la DINA de Chile que llevaron a cabo la operación.

(5) Traducción original de partes de MBAFZETE, preparada para el libro DESARROLLO Y POBREZA EN PARAGUAY. La transcripción censurada mencionaba a Alfredo Stroessner como "la esencia del mbareté" por estar en el pináculo del poder y ser su voluntad preeminente sobre todas las demás. Ofrecía además una interpretación descarnada sobre aquella ley suprema en Paraguay, sintetizada en lo siguiente: "Cuando la ley del mbareté choca contra el sistema legal, cede este último".

(6)     El vehículo, según pude constatar con mi abogado, fue a parar a la Jefatura de Policía de Encarnación, dependiente de la Delegación de Gobierno de Itapúa. Esta, a su-vez, es una dependencia del Ministerio del Interior. Los delegados de Gobierno responden ante el ministro del Interior, siendo esa la línea de autoridad. Entonces era delegado de Gobierno de Itapúa un militante, Juan Carlos Gómez Vigo, protegido de Mario Abdo Benítez, y el encargado del seguimiento de autos robados el comisario Martínez. Por la aduana de Encarnación pasaron a Argentina varios vehículos reportados robados en Asunción, entre ellos Mercedes Benz de lujo. Se los revendía en Posadas con títulos adulterados, según informes de prensa de aquella ciudad. Las autoridades regionales nunca explicaron cómo es que los vehículos denunciados pasaban el caudaloso río Paraná sin que nadie los detectara. Era la perfecta recreación del milagro del mar que se abrió en dos para dejar pasar a los judíos. Una tanda de muertos con armas de fuego fue el testamento indeleble de la banda Brítez & Co., con el gordo Carlos Brítez (hijo del jefe de Policía) cual émulo del personaje principal de LA NARANJA MECÁNICA.

(7) Ver texto de impugnación a la candidatura de Alfredo Stroessner, febrero 1988, en Anexo 2.

 

Capítulo III

SECUESTRADO Y DEPOSITADO

El teléfono suena insistentemente. Es temprano para que comiencen las llamadas en blanco, esas que habíamos estado recibiendo durante toda la semana. Llamadas que se cortaban al segundo o que contestaba una especie de ruido difuso de la ciudad. Me dispongo convenientemente para proferir una carcajada. Alzó el tubo sin decir palabra, esperando. Estoy por soltar la obscenidad, pero se me cruza en la mente que quizá sea Romina, la amiguita de mi hija. Ellas suelen llamarse por la mañana para charlar como cotorritas. Me trago momentáneamente el exabrupto y me pongo en plan civilizado. Una voz alegre, bien modulada y femenina dice: "Buen día, le llama una admiradora". Sorprendido, trato de adivinar algún rostro. Me están cachando. A la siguiente frase la reconozco. Es Juanita Carracella, la personalísima locutora de Radio Cáritas. Ella me había entrevistado, una semana atrás, para el dominical del diario Hoy. Queda en enviar un fotógrafo en menos de una hora para completar el texto de la nota.

La entrevista había girado alrededor del libro que se había lanzado días antes y que ya estaba recibiendo cierta morbosa atención. La columna más chismosa de Asunción, Cuarto Oscuro del diario Ultima Hora, dictaminó que era un libro difícil de leer porque fue compuesto en una vulgar computadora. En realidad que la fotoimpresión salió horrible, pero los informes estaban jugosos. Además, los complementé con artículos de la prensa norteamericana y paraguaya que resultó toda una revelación. El tema en sí, la insurrección, no se había abordado en Paraguay más que como propaganda. Cuando le mostré el libro a Juanita, admiró el título y la tapa roja con recortes de documentos superpuestos. Definitivamente, concluimos, no era un relato fácil y todavía quedaban heridas abiertas. Mi intención era desentrañar aquello sobre el cual se había tendido un velo de misterio, parte de nuestra dramática historia reciente. Mediante piezas de archivo podríamos reconstruir al menos en parte las motivaciones y forma como los dirigentes políticos condujeron los asuntos del estado aquí. Transcribí los informes y artículos, añadí una introducción acerca del momento en que tuvo nacimiento y el medio en que se desenvolvieron las fuerzas insurrectas. El producto final fue un compendio de muy discreta calidad tipográfica aunque de interés para el estudioso por su contenido.

Miro mi reloj. Pasado las 7:30. Todavía tengo tiempo para tomar un rápido desayuno y llegar hasta el taller. Es tiempo de hacer mantenimiento al vehículo - tuvimos que comprar otro cuando concluimos que el sustraído no se nos devolvería. En mi agenda tengo marcada que esa siesta daré una charla a los voluntarios del Cuerpo de Paz en la ciudad de Guarambaré. Serán dos horas de discurso sobre política paraguaya: Mientras bebo un café con leche voy tomando apuntes sobre cuanto habré de desarrollar en la charla. Tomo la llave del Chevrolet, bajo y abro el portón sin mirar al costado. De hacerlo me hubiera percatado que en la misma cuadra hay un vehículo con dos personas dentro. Pero todavía estoy ocupado con los detalles de la conferencia, de modo que distraídamente conduzco hasta el taller a una cuadra de casa. Al cerrar la portezuela, un VW gris verdoso estaciona cruzándose detrás. No me molesta. Mientras abro el capó alguien me pregunta: "¿doctor Miranda?". Vuelvo la cabeza. Es un hombre pequeño, blanco, viste jeans desteñidos y la camisa semi-desprendida le cuelga por los costados. Otro sujeto alto, de abdomen prominente y con una cartera bajo el brazo se me acerca por el frente, me sonríe como si me conociera y me invita a acompañarle mostrándome brevemente un carné. "De la policía", me aclara. "Buenos días", le devuelvo el saludo sin prestarle atención. Instruyo al mecánico que haga mantenimiento completo, que revise la batería. Agrego que volveré al mediodía. "Tiene que acompañarnos", dice el corpulento por segunda vez. Le miro a los ojos, estudio su vestimenta. Calza botas marrones, camisa a cuadritos, pantalones color azul.

"¿Está hablando en serio?".

"Sí".

Miro al mecánico, quien también parece divertido con la inesperada  visita.

"Por orden de quién", demando.

"Del jefe de Policía", me responde el corpulento, esta vez en tono grave.

Se me ocurre que al fin tendrán algo que informarme acerca de mi auto robado. Las gestiones habían sido hasta entonces extremadamente frustrantes debido a que las autoridades actuaron como si aquello no fuera de su competencia. También puede ser otra cosa la que me aguarde. Trato de ganar tiempo. Le digo a uno de ellos que debo recoger mi cédula de identidad. “No hace falta ahora, que le lleven a la Central”, repone mientras se acerca y me abre la portezuela de su auto. Estamos en la calle. Un singular intercambio tiene lugar ahí mismo, pero no logro convencerlos de pasar primeramente por casa. Grito al mecánico que avise a mi esposa y al dueño del taller ya cuando los otros me suben a su VW.

Para quienes están en la tarea política, religiosa, de derechos humanos, sindical o periodística y conocen los procedimientos policiales por alguna referencia o experiencia, la manera de evitar violencia o que terceros salgan perjudicados es dejar hacer. El tiempo de los desaparecidos en Paraguay quedó atrás  por efecto tanto de la repulsa internacional como de la resistencia en el país. Pero cientos de hombres, mujeres y niños tuvieron que caer para que eso ocurriera. No fue milagro ni concesión graciosa. Los activistas tienen la esperanza, aunque no la seguridad, de que no se los acribillará por el camino o de que sus cuerpos no aparecerán flotando en el río. Por lo común la declaración al ser liberados suele ser - y esto debe entenderse en referencia a la brutalidad policial de pocos años atrás- "me trataron muy bien". Lo que significa "no me apalearon.

El escarabajo no tiene ninguna identificación de la policía. En el asiento de atrás hay un binocular, unas cuantas hojas sueltas de cuaderno y mucha suciedad. El de abdomen voluminoso da arranque y partimos. Me dan la espalda, así que puedo observarlos. Evidentemente son policías, pelo corto, pocas palabras, armas, un equipo de radio receptor y transmisor. Ascendemos Bartolomé de las Casas, tomamos por Teniente Fariña, General Santos, luego por General Díaz derecho en medio de un tráfico pesado. El acompañante se da vuelta y me pregunta sobre mi trabajo, yo le contesto casualmente y volvemos a nuestro silencio. La radio llama dos veces, el conductor dice "volviendo a base, todo bien, cambio". Torcemos por Chile y nuevamente la radio llama, el conductor anuncia "estamos llegando a base". "Felicitaciones, le responde una voz grave. Cruzamos frente al cine Victoria y vamos a estacionar frente a la plaza, casi a la entrada del Cuartel Central de Policía. Cuando nos bajamos les digo: "Acuérdense de mí cuando reciban el ascenso". Los dos ríen de buena gana, celebrando el chiste. Una muela de oro brilla en la boca del más grande. Cruzamos la calle, los tres, desviando los coches que pasan por ambos carriles. Disimulo la ansiedad respirando hondo.

Entramos caminando hasta el lugar donde ya anteriormente vine a denunciar el robo de mi auto. Es la Sección Inteligencia. Benjamín Fernández Bogado, el periodista de Radio Cáritas detenido el mismo día, diría que es un contrasentido: no puede ser inteligencia si es de la policía. Apenas cuenta con un par de oficinas y un estrecho corredor donde se apretujan agentes de civil desgreñados. Es una especie de Siberia para funcionarios caídos en desgracia. La acción evidentemente está en otro lugar. No hay siquiera un maldito ventilador de techo para dispersar el calor, acrecentado por el personal que entra y sale cada rato. Me recibe un caratriste, de lentes, que me invita amablemente a tomar asiento. Hay apenas espacio para sentarse con las piernas puestas de costado. Cada vez que alguien debe pasar me veo obligado a mover mi silla y encogerme. El mobiliario es viejo y quienes están atendiendo parecen salidos de una película de Federico Fellini. Un suboficial sirve tereré de una jarra notoriamente asquerosa. La guampa para el jefe es exclusiva. Con otra guampa toman los demás, de la cual también me ofrecen. Tengo sed pero digo "no, gracias. "¿Quiere tomar algo, alguna otra cosa?", se adelanta el de lentes como si adivinara mis pensamientos. “Si es un vaso de agua fresca...”. "Le voy a hacer traer un agua salus", se ingenia. Al minuto ya está ahí el pedido y el otro me invita a contestar unas preguntas. No puedo negarme luego de haber aceptado la botella de agua que pagó de su bolsillo. Me explica que su trabajo es hacer sumario y que pronto va a dejar la policía porque ya tiene 23 años de servicio, que tiene un título en administración y que su hermano, el abogado Abilio Rolón, estuvo trabajando en el Comité de Iglesias. Parece querer agradar o disculparse. Le digo que estoy listo para las preguntas, un tanto curioso acerca de lo que ha de ser el sumario. Se acerca nuevamente el corpulento y le digo que es un mal chofer pues al venir casi chocamos. El ambiente se distiende. Sigue un largo cuestionario, con preguntas que son básicamente sobre mis libros: título, editor y año de publicación, precio, tirada, contenido, fuentes consultadas y lugares de consulta. Otras preguntas son sobre religión, sobre actividad política y partidaria, sobre mis viajes, dónde y para qué propósito. "¿Desearía agregar algo?". "Sí, que me tienen aquí sin orden de detención y que esta siesta tengo una conferencia". El otro no escribe eso, sólo responde que seguramente saldré enseguida. El que estaba sirviendo tereré me pone enfrente mi cédula de identidad y lanza un potente eructo. Realmente esa gente parece más apropiada para alguna película surrealista que para un servicio de inteligencia., Uno de ellos tiene toda la pinta de haberse fugado del centro de reclusión siquiátrica, los ojos saltones que giran constantemente en sus órbitas, la cara sudorosa y el pelo cayéndole sobre la frente en jirones. Entre mirada y sonrisa hay una especie de insalvable distancia, como si no se correspondieran. No logro precisar si el sujeto es imbécil o sufrió un ataque de apoplejía. Tengo la vejiga llena, pido ir al baño. Me levanto para salir y el que me interroga también lo hace, siguiéndome. Se previene que le haga alguna jugarreta, me esconda o trate de escapar. Vamos hasta el baño, cierro una de las puertitas y permanezco ahí tratando de mear. Siento tensión en todo el cuerpo. ¿Cuánto tiempo me retendrán? Imposible saberlo.

De vuelta a la silla incómoda, los de arriba insisten en saber acerca de mis fuentes y como logré acceso a ellas. Parece trivial. Contesto sin mostrar mi estado de ánimo, tratando de poner al mal tiempo buena cara. El empleado me pide que firme el original y las copias del sumario, al lado del nombre Aurelio Cáceres Spelt, comisario principal. Es el jefe de la sección. Pongo unas marcas a manera de firma. No hago más ni menos de lo que me piden, pensando en cada efecto si se presentara el sumario a juicio no podrán probar que las marcas son mi firma, porque no lo son. Por el contrario, tendré oportunidad de acusar a quienes me secuestraron. Argucia por argucia, un juego sutil queda desde ese instante entablado.

Pese a lo que diga, a los que me convocaron de tan peculiar manera no les interesa la verdad. Lo que buscan es incriminarme, descubrir alguna evidencia que les sirva para entablarme juicio. Fundirme, en otras palabras. Pero el interrogador pareciera desanimado, como si hallara impropio su papel. Nada de palabras tajantes, nada de gritos ni insultos  a diferencia de lo habitual en el Departamento de Investigaciones. Atribuyo esto al estilo del que está frente a mí, quien se excusa diciendo que él solamente cumple órdenes. Le doy a entender que no le culpo. Verdaderamente no sé si está adoptando la pose de bueno para que yo hable o si en realidad lo siente. Es su trabajo. En cuanto al que haya ordenado mi arresto, debió haber visto que todas mis publicaciones fueron hechas para que cualquiera pueda comprarlas y leerlas. Nada extraordinario. No tengo absolutamente nada que ocultar, pero al mismo tiempo sé que me tomé un riesgo y aquí estoy en pleno baile.

Los jueces aceptan las declaraciones tomadas por la policía como cabeza de proceso, pese a lo ilegítimo del procedimiento. Hasta cuando hace poco las confesiones eran obtenidas bajo la fuerza, se procesaba a los detenidos políticos teniendo como pieza probatoria el parte policial. Este ha sido el caso de Juan F. Bogado Gondra, por ejemplo. La ley es clara en el sentido de que ninguna declaración extraída a base de tortura es válida. Nadie tiene la obligación de declarar contra sí mismo. Como se sabe desde tiempo inmemorial, los tormentos son capaces de extraer las más descabelladas confesiones cuando se los aplica en forma continuada. Sin otro tormento más que la retorcida posición en el asiento precario, mi interrogatorio tal como lo condujo el hombre de lentes más bien semejó un palique a la hora del té.

No obstante, estuve a la defensiva: respuestas breves, marcas en vez de firma. Traté de aparecer cooperativo con el pensamiento puesto en mi compromiso de la siesta. Tenía la esperanza de que me soltaran en pocas horas. Si bien a mí nadie me habló del motivo de mi involuntaria visita, debo presumir que es por política. En efecto. Esto en la jerga policial es una "presentación". El escrito que me muestran reza al principio: "Se presentó a declarar.... En realidad es un abuso, pues nadie se prestaría a ser sometido a careo porque sí. La detención no tiene límite de tiempo, salvo que uno sea sacerdote.

El policía pequeño que me había saludado aquella mañana en el taller, todavía calzando zapatos deportivos, me pide que le anote en un papel todos los libros que escribí. Alguien le delató el apellido. Penayo. Hago la lista y el otro parece contento. Lo festeja con un comentario acerca de mi capacidad, pero en tono medio burlón. Un travieso, evidentemente. No me imagino para qué será la lista. Después sabría que dos agentes llegaron hasta El Lector a comprar un par de ejemplares de cada título, pagando en efectivo. En una de las comunicaciones entre librerías aquella mañana, Rafael Peroni escuchó decir al vendedor que "la policía se llevó todos los libros de Miranda". Interpretó que fueron secuestrados y prontamente dio aviso a la prensa. Corrió la falsa información generada en una frase malinterpretada. Toda una bola que saldría en el comentario del domingo de Hoy y que por su misma naturaleza avivó la especulación acerca de la obra.

Salgo al corredor para respirar aire. Permanezco parado por largo rato, observando el ir y venir del personal. En un momento dado quedo solo y me asalta la idea de ir caminando hasta la salida para escabullirme. Si alguien me preguntara podría decir que busco el baño. ¿Para qué si voy a salir pronto?, pienso y me contengo. Ahí está nuevamente el jeta de idiota. Lo acompaña uno de bigote y trajeado, con ojos inyectados. Su aspecto es realmente desagradable, luce como si hubiera estado tomando cerveza en cantidad hasta la madrugada. Sin duda, tiene la resaca encima. Le pide un cigarrillo a alguien que pasa, se ponen a conversar. En medio de la conversación el bigotudo - se trata del oficial 1º Fretes, actualmente en servicio en el Ministerio del Interior- se dirige a mí para decirme que tengo suerte de que no me hayan guacheado (1). En eso sale de la oficina de atrás el sonriente Penayo y me comunica "re pytata, doctor". El bigotudo resulta ser chofer y guardia personal de Cáceres Spelt. Hacen un dúo genial. No en balde los destinaron a esta inteligencia. Me recuerdan a LOS MISERABLES. Los veo partir a paso lento, cercano el mediodía. El Cáceres se fijó en mí como si yo fuera un ejemplar de zoológico. ¡Mierda! Me van a dar la leccioncita.

Un tercero toma a su cargo llenar otro formulario con mis datos personales. Nombre de esposa e hijos, edad de cada uno; nombre de los padres, profesión y dirección; nombre de los hermanos, profesión y dirección. Anota también otros datos por su propia cuenta, levanta un pedazo de madera lisa entintada en negro, me toma el brazo y me saca impresión digital de cada uno de los dedos

Primero una mano, después la otra. En ese punto el procedimiento se hace rudo. El sujeto, bajo y de pelo afro, actúa con gran economía. Me pone a la altura del pecho unos números y ¡zas!, una foto. Estoy fichado, prontuariado y fotografiado. Siento como si hubiera sido engañado. Con razón. Para ellos ya no existe el profesor universitario ni el autor de libros. He sido reducido a la categoría de objeto a quien ya comienzan a dar el correspondiente tratamiento. El cambio es perceptible. Solo falta que me sacudan un sablazo o un saplé (2). Percibo la adrenalina subiéndome en el cuerpo, preparándome para la defensa. Pero nadie me golpea. Penayo me conduce hasta la guardia por el largo corredor. Allá me espera un oficial morocho, serio. Me sale al paso y me saluda con deferencia. "Va a estar bien, no se preocupe, voy a procurar conseguirle un colchón", me alienta. Saca un manojo de llaves y abre la puerta de un calabozo grande. Abre otra puerta y se hace a un lado. "Este es su lugar", parece indicarme.

Un hombre recostado por una de las paredes me pasa unas hojas de periódico. Las extiendo en el suelo y me dejo caer, extenuado. No me quedan ganas para nada. Con los ojos cerrados, poco a poco me voy descargando de la tensión acumulada. Recién caigo en la cuenta que desde el momento del "se queda" estuve enfurecido. Presumo que ahí tendré para rato. Paso a explorar con la mirada mi nuevo hábitat. A más del hombre de mediana edad que me ofreció el periódico están tirados del otro lado dos muchachos sin camisa, durmiendo sobre el piso desnudo. Tienen los rasgos del campesino y al parecer no les inquieta nada. Entro al excusado tratando de evitar el agua turbia que filtra por unos cuantos agujeros. Un grifo chorrea, hay restos de materia fecal, papel y trapos ennegrecidos. Se me revuelve el estómago. Aquello apesta. Me viene a la mente lo que cuentan quienes estuvieron en el Departamento de Investigaciones.

Corazón Medina, dirigente campesino, y José Luis Simón, periodista, fueron arrojados en diferentes ocasiones dentro de celdas minúsculas cuyo único aditamento era un WC inmundo. No tenían espacio siquiera para extender una manta. Si se acostaban lo hacían entre la inmundicia. Las ratas se les liaban en el pelo cuando quedaban dormidos. Siendo jefe de redacción de El Pueblo, a Simón lo habían agarrado al final de la concentración de uno de los lemas del Partido Liberal Radical Auténtico en casa de Laino (3). Estaba por abordar con Armin Steuer, agregado cultural de la Embajada Alemana, el vehículo de éste con chapa diplomática estacionado sobre la calle San José. Garroteros de civil y uniformados les rodearon y atacaron viciosamente, les tiraron como ganado a una camioneta y por el camino siguieron propinándoles cachiporrazos.

El anteojos de Simón se quebró y su visión de las cosas, por ende, quedó reducida a la dimensión de su miopía. No vio los garrotes pero los sintió estrellándose contra su espalda y extremidades. El airado Steuer quiso protestar y ligó doble. Pero fue prontamente liberado al ser reconocida su inmunidad diplomática. Bonn protestó por la golpiza a su representante y pidió al gobierno paraguayo el castigo de los culpables. A Simón no le salió tan barata. Lo recibieron con patadas, según el modus operandi de los recepcionistas de Investigaciones, lo insultaron y encerraron incomunicado en medio de aquella suciedad horripilante (4).

Así que puedo considerarme afortunado. No me apalearon ni me escupieron en la cara, no me revisaron los bolsillos. El baño resume humedad, tiene cucarachas pero no veo roedores. La celda es lo suficientemente amplia y el techo alto, con una ventana balancín que da al patio y deja penetrar aire. No estoy solo tampoco. Del otro lado del portón de hierro hay una pieza donde tres suboficiales purgan por exceso de brutalidad no dirigida. Me entero que asaltaron a punta de pistola al dueño de una rural cerca de la terminal de ómnibus. No se cuidaron en averiguar que el pariente era un comisario. Juegan a las cartas, escuchan radio y gastan bromas entre sí.

Un quinto detenido se nos suma, muchachón de unos 25 años con pinta de buenazo. Trae en la mano una bolsa llena de provisiones que va sacando y ordenando cuidadosamente. Un cartón hace de improvisada mesa. Antes de servirse nos invita a que le acompañemos. No tengo hambre. Se me ocurre declararme en ayuno hasta que me suelten o me comuniquen la causa de mi detención. Será corno retribución a mis captores. En ese preciso instante se abre la puerta y aparece el oficial morocho con un plato cubierto enviado por mi esposa. Le comunico que estoy en ayuno y no recibiré nada de comer. El oficial baja la cabeza y da la vuelta, al parecer apenado. ¡Qué raro!

Efectivamente, todo aquello es bastante raro. A nivel epidérmico, posiblemente hasta olfativo, percibo que varios están haciendo a desgano su cochinada. En la policía del régimen es obligación meterse en cochinadas para ganar el salario. Algunos se disculpan, tratan de ser solícitos, otros presentan sus respetos, protestan inocencia. Por sobre todo, no pegan. A mí todo eso me huele a huero. Tomo nota para verificar el tema a la primera oportunidad. Algo habrá sucedido para que actúen con tanto tino. Solían moler a palos, literalmente, a cuantos trajeran.

Pero no es el caso de buscar que vuelvan al antiguo estilo por amor al arte. Ya se descubrirán acerca de lo que traen entre manos. Mientras tanto la siesta invita a la modorra. Me echo tratando de descansar, pese a las moscas, el calor y el tufo pestilente.

Es de tarde cuando nos ponemos a conversar los tres de alas cortadas, el joven gerente de la sección repuestos acusado de haber hecho faltar unas partes de vehículo, el carpintero de mediana edad y yo. Ellos están dentro hace varios días. Entre nosotros prontamente surge una relación de solidaridad. Recibo de fuera un termo con agua y un paquete con ropas y sábanas, cepillo, jabón y toalla. Aprovecho para darme una ducha tratando de permanecer parado en puntas de pie. Salgo fresquito. Carlos Alberto González y Elixeno Ayala, de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, envían saludos en sendas tarjetas. Seguimos contándonos experiencias, esta vez en ronda con los dos campesinos. Los escucho hablar en guaraní corrido, con esa expresividad casi gráfica del lenguaje. Había participado de un intercambio similar a fines de 1986, cuando visitamos con monseñor Melanio Medina, Aníbal Carrillo y un equipo de paramédicos y enfermeras a los campesinos de Juan E. O'Leary. Dos de ellos, Francisco Martínez y Aurelio Silvero, habían sido asesinados en el mismo sitio por un mayor Dionisio Moral al frente de un pelotón.

Ya es noche. Pido al guardia de cabello enrulado que haga llegar a Cáceres Spelt el siguiente mensaje: "Usted va a aparecer en mi próximo libro". El maldito no ha de quedar tranquilo en su guarida. Ya que me ha puesto entre rejas, al menos voy a molestarlo. Al poco rato retorna el mensajero y me pide que prepare mis cosas. No sé lo que me espera, pero tengo una respuesta. Mi suerte no ha de variar, pues no es Cáceres Spelt quien toma las decisiones. Ahora probará mi medicina. Me escoltan a su oficina donde lo más valioso es un chirriante ventilador de pie. Parado frente a su escritorio, él exhibe una semi-sonrisa congelada y ojos brillantes que le dan aspecto de pescado muerto. No me invita a sentarme y él tampoco toma asiento.

"Así que no quiso comer nada hoy. Así que me va a mencionar en su próximo libro". Mordió el anzuelo.

Espero tranquilamente la próxima oración. "Sobre mí escribieron ya algunas cosas. Aquí, alguien puso unas cuantas cosas...", se acerca a un anaquel y saca un grueso tomo. "No me preocupan las mentiras. ¿Qué va a decir de mí en ese libro?".

"Depende, yo no hago propaganda. Me han estirado de la calle sin motivo alguno, no me explicaron nada y me tienen en un calabozo. No puedo decir nada bueno sobre eso. Soy un prisionero".

La sonrisa desaparece. "¿Prisionero? Usted está detenido y sabe el motivo. ¿Cómo es que usted define prisionero?". Dice algo que no entiendo acerca de conspiración o conspiradores.

"Mire, no solo soy prisionero porque no cometí ningún delito, sino además porque aquí no hay intervención de juez. Prisionero sin estado de guerra. Mi trabajo es escribir y tengo derecho a eso. Esto que hacen es absolutamente ilegal. Le apunto un dedo acusador directamente al pecho.

"Ya pasé mi informe y puse que usted no está en la política activa. Eso sabemos. Nosotros tenemos el derecho de detenerle por 24 horas", replica inseguro. Evidentemente no está acostumbrado a este tipo de diálogo. "Cuénteme cómo consiguió los documentos".

"Ya le dije a su secretario. Cualquiera puede conseguir eso, es cosa pasada y desclasificada".

"Usted es de la línea socialdemócrata, ¿verdad?". "Socialista", le corrijo.

"Sí, pero según esa periodista Pepa Kostianosky hay varias corrientes, la socialdemócrata, la materialista...".

"Parece que usted conoce mucho de ideología, comisario".

Se repliega. "Y su trabajo, ¿cómo anda? Hizo algunas cosas para PRODEMOS".

Confunde PRODEMOS con el Comité de Iglesias. Discutimos acerca de lo que hago. El discurre sobre la paz, la tranquilidad que vive el país y se toca el abdomen cuando sentencia: "es de tanta tranquilidad que estamos todos gordos. Me suena a frase estudiada. Extiende su opinión sobre el Partido Colorado que todavía continuará en el poder por muchísimos años. "Por lo menos hasta que mis nietos sean grandes", agrega.

"El Partido Colorado sí, pero ustedes van a ser desplazados". La estocada llega fuerte.

En un segundo pierde el control, deja de lado su discurso sobre la paz y expresa que todos los opositores, todos, están en computadora. "Sabemos dónde están, qué hacen, con quiénes se reúnen, hora a hora. Podemos liquidarlos a todos en una noche", amenaza. "Si a mí me vienen a atacar les voy a meter bala. Para eso tenemos armas. Yo mismo les voy a meter bala, y hace un gesto significativo con las manos hacia el costado. "Les vamos a liquidar a todos juntos, repite. Nota que no me intimida y baja los brazos.

"Es probable que el Partido Colorado continúe en el poder, pero usted va a necesitar ayuda. Hay organizaciones de derechos humanos. Si usted pide, seguramente que van a darle ayuda".

Es demasiado para él. El ojo se le empequeñece. Abre y cierra la boca sofocado. Da la impresión de que está por desplomarse en el sillón. Salta sobre el timbre y toca una, dos, tres veces. El jefe de la Sección Inteligencia me pasa súbitamente la mano, nervioso. Yo me despido.

Tomo mi bolso en la otra pieza. Mientras espero, Cáceres Spelt sale, recobrada ya su compostura. "Parece que se va de viaje, doctor", dice con aire triunfal. Es rencoroso. Luego me enteraría que tiene muchos problemas, entre ellos el familiar. Su esposa ha intentado suicidarse un par de veces. Al parecer no es tanto por los maltratos sino por algún desarreglo fisiológico que le provoca depresión. Quizá lo que más le corroe el espíritu es cuanto hace como policía. El general Britez le ordena realizar los trabajos sucios, pero le retacea al máximo fondos y personal. Cáceres Spelt debe hacer del malo de la película. En contrapartida no cuenta para las decisiones, no tiene poder comparado al de Pastor Coronel e incluso tiene menos autonomía que un comisario de barrio. Ni siquiera le asignan una oficina decente. La mayoría de los presos políticos recientes recuerdan las entrevistas con aquel miembro menor de la fauna stronista. Fernando Vera fue comprensivo y así pudo establecer un interesante rapport con él. Le dio unos consejos paternales. A Cristina Vila le pareció totalmente delirante, un caso perdido. Para mí, lo estrafalario de la personalidad de Cáceres Spelt es fiel reflejo del sistema de seguridad de la dictadura: sufre de manía persecutoria.

Otro guardia me lleva hasta una celular estacionada en el patio. Es un VW Kombi pintado rojo escarlata. Abre la puerta y una reja interior. Espera que entre, sin decir palabra. Cierra la doble puerta con llave y candado. Partimos.

Es una jaula andante. A respetable velocidad vamos subiendo hacia el centro. Una abertura enrejada que comunica con la cabina del conductor me permite mirar por donde vamos. Estamos enfilando hacia barrio Obrero evitando las calles transitadas. ¿No podría tirarme del móvil y huir?, imagino. Tiento la reja. Es hierro. Doblamos por una calle oscura y cruzamos un portón que luce familiar. Pocos metros más allá el conductor detiene la marcha. Estamos en la Agrupación Especializada de la Policía, ex Guardia de Seguridad.

El oficial de guardia me recibe, toma mis datos personales en lo que parece ser el cuaderno de parte y me ordena que espere sentado. Veo un montón de gente en una de las piezas situada a continuación de la sala de guardia. Por el otro lado la puerta da a otra pieza más pequeña donde unos hombres de edad están descansando. El oficial les hace levantar y ellos preparan apuradamente sus cosas. Los veo salir con aire de ovejas. No tienen porte de políticos. Evacuan la que será mi pieza llevando sus colchones a cuestas. Yo paso a ocupar el lugar. Hago el reconocimiento de rigor brevemente: ningún mueble, pared con grandes manchones de humedad y revoque caído, anexo un baño que no tiene foco pero sí balancín que da hacia un amplio patio iluminado. Entro en confianza, tiendo mi sábana en el suelo y pongo el bolso a guisa de almohada. En eso estoy cuando entra alguien de alpargatas, pantaloncitos y cara, grave, cuaderno en mano. Me pregunta mi nombre, profesión y motivo de detención. Digo que no me comunicaron el motivo. Pregunto quién es y me responde "el ayudante del comando". Me explica que ellos reciben en calidad de 'depositados' a los detenidos que vienen desde el Cuartel Central de Policía. La palabra depositado suena graciosa. Me confirma que he sido degradado a cosa.

Mi estómago me recuerda que no comí nada desde la mañana. Tomo más agua para calmarlo. Los mosquitos zumban en mi oído y escucho el ir y venir de los soldados afuera. Es pasada la medianoche. Apago la luz para dormir. Al minuto aparece en el rellano la cara de un soldadito y su mano prende nuevamente la luz y me dice en guaraní que el oficial ordena dejarla encendida. De modo que tendré luz y mosquitos en abundancia.

El cansancio puede más y duermo a pata suelta. Tres veces durante la noche entran a chequear desde la guardia, me despiertan sus ruidos pero vuelvo a dormir. Mi fatiga es insuperable.

 

(1) Guacha: especie de arreador nativo que tiene aplicación como instrumento de tortura. Es el acomodativo "teyuruguai". El término guachear, en el léxico paraguayo, engloba golpes con cinturones, látigos y cables trenzados, también utilizados durante la dictadura stronista para castigar a los detenidos.

(2)     Saplé: manotazo con las palmas extendidas sobre la parte posterior de la cabeza o la nuca. Por derivación el verbo saplear (ejemplo en guaraní: "eyú ape ro sapleata"), que significa castigar en la nuca o la cabeza. Otros derivados fonémicos son piletear, cuando es la pileta con agua servida, orín y excrementos el medio de tortura; picanear, cuando se usa la picana que produce convulsiones y shock eléctrico.

(3) José Luis Simón había sido apresado, torturado y exiliado anteriormente. En el exilio en Perú, estudió e hizo periodismo. Aprovechamiento similar fue el de Carlos Pastore, también desterrado, quien ejerció la abogacía en Uruguay y escribió LA LUCHA POR LA TIERRA EN EL PARAGUAY.

(4) Patadas y trompadas, bofetadas, garrotazos y cachiporrazos eran otras tantas variaciones del tratamiento ofrecido por las fuerzas de seguridad bajo Stroessner a la población, en especial a los opositores y disidentes. Pero en la medida de la modernización, se introdujeron también nuevos medios como el bastón eléctrico, el  palo kung-fu, el carro lanzaaguas y las bombas de gas lacrimógeno que en otras latitudes se usan para control de multitudes, pero que en Paraguay sirvieron para dispersar manifestaciones pacíficas. Hasta el embajador de EE.UU., Clyde D. Taylor, fue atacado con granadas de gas en una recepción que le ofreciera MUJERES POR LA DEMOCRACIA, asociación pro-derechos humanos. El ministro Montanaro cumplió su promesa de lanzar 'bombas coloradas' para contener al inquieto representante de Washington. Ver El Pueblo, N°- 70, 28 de enero 1987, con una expresiva portada sobre titular PÁNICO EN ESTADOS UNIDOS ANTE LAS BOMBAS COLORADAS, y Latin America Weekly Report, "U.S. envoy annoys regime again", February 26, 1987, p. 8.

 

 

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