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PASTOR URBIETA ROJAS


  PÁGINAS EVOCATIVAS, 1970 - Por PASTOR URBIETA ROJAS


PÁGINAS EVOCATIVAS, 1970 - Por PASTOR URBIETA ROJAS

PÁGINAS EVOCATIVAS

Por PASTOR URBIETA ROJAS

Ediciones Colección PARAGUAY

Buenos Aires – Argentina

Abril 1970 (151 páginas)

 

 

El mejor elogio que podemos hacer del autor de esta recopilación (colaboraciones publicadas en la prensa local y extranjera), es su probidad como his­toriador, con poder de captación de hechos produci­dos en distintas épocas, y ágil y sencilla forma de narrar, en estilo propio, que lo individualiza como es­critor ameno y periodista de cotizada pluma.

Y bastarían unas pocas transcripciones, para sinteti­zar algunas de las "páginas evocativas" que, con buen criterio selectivo, dan jerarquía y continuidad al sép­timo libro de Pastor Urbieta Rojas.

“... si en 1914 -dice nuestro autor- en vez de ser Pettirossi, era Pegoud el que asombrara con el primer "looping the loop" al revés, estamos seguros que se hubiera movilizado toda Francia para reclamar la prioridad de la temible prueba. Pero, era un hijo del modesto Paraguay el héroe del espacio, y enton­ces... no pasó a mayores...".

Y recordando a los abnégados carreteros del Chaco, acota:

“...para los que captan episodios del pasado, ade­cuándolos al instante y las posibilidades de que se disponía entonces, la estampa de un convoy de carre­tones, está transportándonos al verdadero escenario en que se originó la lucha; y no nos causa rubor esta exhibición de elementos primitivos, a los que rendimos en cambio nuestro tributo de gratitud, co­mo no nos avergonzamos del origen-humilde de mu­chas de nuestras actuales realizaciones. La carreta ya no es el ideal del transporte en los tiempos mo­dernos. Pero tuvo su auge en que no solamente cu­bría distancias, sino que preparó las bases de una saneada economía agropecuaria, en la anteguerra del Chaco, cuando no se había desarrollado todavía la industria automotor, ni era posible financiar con cré­ditos del exterior la construcción de caminos. Eran los tiempos, ya superados, en que el fantasma de la posible guerra, nos tenía demorados, con un territorio apenas poblado en ínfima escala por esas mismas cir­cunstancias. . . ".

Y al referirse a Antequera, dice entre otras cosas:    “ ...Y no podemos ocultar la emoción y tristeza que nos produjo la lectura de estos dos viejos legajos de la época colonial, en los cuales nos pareció vivir el drama de un hombre ilustre (porque Antequera era uno de los más ilustrados de la época -recalca-), seguido de algunos de sus leales partidarios. Era el hombre que en romántico al-rebato, encabezó aquella causa vedada a la justicia, sin ataduras e impotente para aplacar los excesos de prepotencia y arbitrarie­dad, que lejos de beneficiar la obra de España en América, la fue traicionando hasta provocar sangrien­tas subversiones como la de los Comuneros del Pa­raguay...

Y como alberdiano, lo presenta al eximio pensador argentino, "en sus principios intransigentes, en su conducta insobornable, en su valiente postura de apóstol de la justicia internacional", con lo cual -agrega- "no hacemos sino destacar un valor hu­mano excepcional, cuya proyección en el tiempo con­solida las bases de un futuro que puede ser pro­misor. . . . ".

Y luego el broche de este desfile de veintidós es­tampas evocativas, al hablar de nuestro pueblo y de su música, señala que " . . como fuerza intuitiva, en la dura lucha contra la adversidad, la música da renovado aliento al paraguayo, siempre en constante inspiración, cual nuevo Haendel triunfador de las injusticias y creador de imperecederas armonías... Es que a un pueblo obligado al encierra, le quedan afortunadamente, como gracia divina, las ondas sono­ras y expansivas de su música, para hacerse querer y conocer de los demás, y escucharse a sí mismo y, transmitir al mundo exterior las vibraciones de su espíritu ...           .           . . . .

E.C.P.

 

OBRAS DEL AUTOR:

ESTAMPAS PARAGUAYAS (DOS ediciones).

LA MUJER EN EL PROCESO CULTURAL DEL PARAGUAY.

LAMUJER PARAGUAYA.

CONTRATOS Y PODERES (En colaboración con su pa­dre). (Manual para Cónsules, Jueces de Paz y Estudiantes de Notariado). Dos ediciones.

CAMINO DE LA HISPANIDAD,  `

PARAGUAY, DESTINO Y ESPERANZA.

PÁGINAS EVOCATIVAS.

 

I N D I C E

Mujeres de nuestra estirpe

Intrépidos arcabuceros

Minerva indígena

Antequera refugiado en Córdoba

Estero Patiño

"Primero ocupar, y luego negociar"

El maestro Escalada

Una semblanza de Alberdi

El "looping„ al revés

Carreteros del Chaco

Benemérita     institución      

Fundada profecía

Crónica caraqueña

Obertura "La Epopeya"

El inolvidable Mangoré

Viejo banco de colegio

Belenes de España

De Montjuich a la Mancha

 Los ciclos de violencia

Reflexiones en torno al libro nacional

Espíritu selecto

Las retretas asuncenas

Juicios sobre el autor


MUJERES DE NUESTRA ESTIRPE (EVOCACION EN EL DIA DE LA RAZA)

...Palabras de elogio y admiración para la mujer de la guerra ,grande. Resi­dente y Reconstructora de la patria, y para la mujer de la guerra del Chaco, que obró el milagro de equipar hospita­les, atender heridos, abastecer de ropas a los regimientos y reemplazar al varón ausente, en las labores rurales....

BEATRIZ Rodríguez ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE.

 

Dijimos en una de nuestras conferencias en España, que, para los que seguimos creyendo en el mensaje del Quijote, perpetuar aquella alucinación de un visionario genial, es pre­cisamente la mayor gloria del que fue príncipe de las letras y orgullo de la literatura universal.

Es más: en Tomelloso, sencillo escenario que inspiró a Cer­vantes su obra inmortal, percibimos cabalmente la fuerza de aquella "cumbre de pasión", alumbradora de benéfico influjo para los adelantos de la humanidad.

Y por algo el quijotismo -como sostuvo el ilustre Dr. José Escalón- "es batir de alas, locura que se contagia, locura cuya razón es anhelo ardiente de creación, de ascensión, de verticalidad; de oasis en el desierto y montaña en la planicie". Y nadie duda, por eso, hablar también ahora de la cosmovisión del caballero andante, cuando se entra en lo profundo de la filosofía del Quijote.

¡Y cómo ignorar entonces que, en ese batir de alas, em­peñada siempre en escalar las cimas de sus nobles ilusiones, España vino a América a traernos el anticipo de su vocación quijotesca, esencia y estructura humana que representó des­pués el ingenioso Hidalgo!

Es que España nosenseña desde Numancia, para rubricar después a todo lo ancho y a todo lo largo de su esplendorosa historia, que solamenteel tiempo despejará el camino de pre­juicios, ruta cargada de hazañas, con sus luces y sus sombras, derrotero de pueblos, y de hombres y mujeres empeñados siem­pre en desafiarel peligro, para quienes la fuerza del ideal o el empujede una ilusión eran más obsesionantes que la vida misma...

Y por eso, no solamente España se enorgullece de su pasado, sentimiento valorativo que comparten todos los pue­blos enraizados en ella, como el paraguayo, formación humana ésta que, desde su origen, como nos dice en su interesante obra sobre la "Provincia Gigante" el sociólogo Dr. Justo Prieto, “fue el centro y comienzo de la era política y cultural indo­americana. Crisol de razas el Paraguay generó ciudades y doctrinas universales, elaboradas en el intervalo que dejaban las luchas cruentas; y se hizo símbolo: el de la fecundidad y el desinterés, el del predominio del espíritu sobre la fuerza, y del ideal de libertad que, en ese pequeño escenario, miniatura del universo entero, dio sus mártires y sus héroes; adalides que, cual predestinados a una misión, realizan las etapas de la vida colectiva''.

Étnicamente, la no venida sino de poquísimas mujeres en las primeras expediciones (siete que integraron la de don Pe­dro de Mendoza, y cincuenta con doña Mencía Calderón de Sanabria), facilitó el mestizaje, vale decir el aumento de los descendientes de españoles y madres indias, y dicho mestizaje llegó a tan alto grado, que hizo temer la posible formación de una República de mestizos o "mancebos de la tierra".

Formaban esta base étnica los guaraníes, que habitaban la región oriental, que es la separada por el río Paraguay de la occidental o Chaco; indígenas al parecer del período neolí­tico, esencialmente agricultores que, por su organización so­cial, eran aptos para recibir a los españoles. Sus creencias monoteístas Facilitaron la evangelización realizada especialmente por losjesuítas y franciscanos.

En cambio, las tribus del Chaco eran marginadas, de tipo pampido, nómadas, compuestas por cazadores y pescadores. En siglos de lucha, no fueron sometidos; se iban extinguiendo por las enfermedades y el acosamiento de los blancos.

Señalemos, además, que el complejo problema de la asimilaciónde razas, fue afrontado por el hábil y enérgico gober­nante español Domingo Martínez de Irala, también conocido como Capitán Vergara, por su lugar de nacimiento, y denominado ahora con justicia "fundador del Paraguay". Irala españolizó a los indios por la fusión de sangre, actitud decidida y oportuna por la cual aparece hoy como un verdadero inno­vador. La experiencia hispanoparaguaya, conocida como "pacto de sangre", la recogería el Libertador Simón Bolívar, para darle trascendencia continental, cuando dijo en Angostura, el 15 de febrero de 1819, vale decir casi tres siglos después de haberla puesto en práctica el gobernador Irala: "No somos europeos; no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles".

Y con referencia a lo geográfico, para situarnos mejor en aquel período inicial de nuestra formación racial, recordemos que la Provincia Gigante del Paraguay abarcaba una enorme extensión con las primeras Capitulaciones, área que venía des­de, más allá de las estribaciones andinas, al océano Atlántico o mar del Paraguay, como se denominó a dicho océano en un comienzo; pero, desgraciadamente, desaparecido Irala, defen­sor apasionado de la zona atlántica, y auténtico precursor de la era de la colonización, creyeron resolver el problema de distancias y escasez demográfica, mutilando la Provincia Gi­gante, sin tener en cuenta en la nueva configuración política que, para preservar dentro del dominio español extensas zonas perdidas inexplicablemente para el mundo hispanoamericano, pudo haberse asegurado costa marítima a ambas Provincias. Nos referimos a la infortunada transacción familiar de la que no fue ajena la reina madrePortugal, hermana del rey Carlos III, transacción con la cual España perdió en 1778 valiosos territorios, abandonando la Corona posesión y pleito de más de dos siglos. El monarca español, de esclarecida memoria, no habría cometido seguramente este error, de haber tenido mira másamplia sobre el porvenir de estas tierras. Y agreguemosque, cuando el virrey Vértiz, avisaba desde Buenos Aires el 4 de septiembre de 1778, haberse entregado a los Portugueses, por orden real, la isla de Santa Catalina, y que salían para el Río de la Plata las tropas del rey de España que la guarnecían, ese día doblarían las campanas en la Asun­ción, por haberse consumado el encierro del Paraguay.

Recordemos también, con honda consternación, que las "bandeiras" o incursiones de portugueses desde la villa de Sáo Paulo, en busca de indios para llevarlos como esclavos al Bra­sil, motivaron no pocas inquietudes a la provincia desmem­brada.

Sin embargo, todos estos factores adversos, con ser tantos, antes de aplastar a los paraguayos, los hicieron más celosos de su autonomía, y los llevaron no pocas veces a deponer gobernadores y obispos; y el aislamiento y las luchas continuas facilitaron la formación de una conciencia nacional, puesta nuevamente a prueba, en el siglo pasado, cuando el Paraguay se batió contra tres naciones, y al fin de la contienda su po­blación -que era de 1.300.000 habitantes en 1865- quedó re­ducida a apenas 200.000, "y de ellos muy pocos adultos y ap­tos", como subraya el historiador Efraím Cardozo. En el presente siglo, sufriría el Paraguay nueva sangría como con­secuencia de la disputa armada con otro vecino, por la defensa del Chaco.

Y nada mejor, a nuestro juicio, como reflejo del espiritu siempre tenso para la defensa de su heredad, demostrado, en todo momento, por el paraguayo, pero también fraternal y pacifista, tan pronto como terminó la lucha, que hacer esta memoración, relacionada con la última contienda bélica: nos referimos al monumento erigido en la plaza Juan de Salazar de Espinosa (capitán español que fundó la casa fuerte de la Asunción), y que por su simbolismo e inscripción oportuna, serásiempre destacable. Es la placa fundida en bronce que se descubre en visible lugar de un tanque de guerra, trofeo de valor para los que lo capturaron, pero también alegoría de paz y de cordial amistad. Dice la inscripción, con elocuente sencillez: "Homenaje al valor y heroísmo de dos pueblos hermanos, que por error e injusticia de los hombres se agredie­ron".

La espontaneidad de este gesto, nos releva ya de todo comentario; pero no es redundante señalar que, si los pueblos que se han agredido, procedieran siempre con esta nobleza, habría paz en el mundo, paz sin recelos ni resquemores, sin soberbia ni desigualdades irritantes, voto y anhelo de nuestra hispanidad, que hoy acentuamos, en esta nueva memoración del Día de la Raza; legado que nos viene de aquel pasado constituido de ingredientes hispánicos, como son "el celo de la propia honra, el ritmo estoico de la vida, la sed de valores absolutos y la voluntad de grandeza", factores estructurales que se estudian hoy, cada vez con más profundidad, en la Filosofía del Quijote 2.Es aquella tónica enfocada desde este país quijotesco, que es el Paraguay, donde "el hombre no es pura razón", en esa realidad tangible de nuestra base racial, que percibió y acrecentó el español con su "ademán de coraje", tan bien descripto por Ortega y Gasset en su Meditación del Escorial, ademán también extensivo a la mujer proveniente de aquellas tierras.

Es la mujer española que inicialmente podemos encarnar en doña Isabel de Guevara, integrante de la expedición de donPedro de Mendoza, y que dejó en carta dirigida a la prin­cesa gobernadora doña Juana, testimonio elocuente de la "for­taleza física y moral de aquellas mujeres sin las cuales fácil es de ver que los conquistadores hubiesen sucumbido”3.

Y siempre por etapas cronológicas, damos ahora con otra mujer excepcional, que es también representativa del espíritu llamemos siempre quijotesco de la raza hispana, doña Mencía Calderón de Sanabria, quien en el trance doloroso de fracasar -a media organización- la empresa colonizadora que enca­bezaba su esposo el Adelantado don Juan de Sanabria, por muerte de éste, compromete resueltamente todos sus bienes, y los de su familia, y realiza la expedición en dos flotillas, una con la que ella se adelanta para evitar interferencias sobre las mismas tierras por colonizar; y la otra, a cargo de su hijo Die­go que sufre también frustraciones e indecibles penalidades, todas las cuales, antes le hacer mella en su acerado espíritu y en el de sus valerosos acompañantes, y tras cinco años de pacedimientos inauditos, como naufragios, acosamiento por los indios tupíes, injusta y larga privación de libertad por los por­tugueses, llegó la gran expedicionaria a la Asunción, a pie, después de "cruzar mares y selvas para conquistar un mun­do ...”4.

Doña Mencía recibió el sobrenombre de la Adelantada, pues el Presidente del Conseja de Indias, al nombrar al hijo de don Juan de Sanabria, Diego, de diez y siete años, en reem­plazo de su padre, dispuso que la madre tutelase sus acciones, acompañandolo ella en el viaje, como recientemente recordó también una escritora española5, para ratificar luego esta mis­ma escritora; "sólo a la tenacidad y valor de doña Mencía, que en todo momento fue quien dirigió la expedición, ya que la nave de su hijo no llegó a feliz término", se debió a que el resto de esta ciclópea empresa, destrozada pero no vencida, tra­jera a la Asunción una sustancial contribución de sangre his­pana, vital y oportuna en la formación de la nacionalidad paraguaya. Por algo, los portugueses trabaron en toda forma esta legendaria expedición de mujeres españolas; sabían que ellas eran, como buenas extremeñas, síntesis y expresión de la “reciedumbre castellana, la imaginativa andaluza y la testarada lusitana" 6.

Y menos mal que, después de cuatro siglos de olvido, la Asunción bautizó una de sus calles con el nombre de Mencía de Sanabria, perpetuando también su memoria una hermosa placa donada por damas argentinas, y que se exhibe, en basamento erigido por la Comuna de nuestra capital, en uno de los huevos barrios de la Asunción.

¡Y siempre igualmente en rápido bosquejo, quién no re­cuerda además la actitud de aquella matrona de rancia estirpe española, doña Elvira de Mendoza y Manrique, que unió su glorioso destino al del "Caballero andante de la selva”7 (co­mo lo denomina al leal y eficiente colaborador de nuestro excelso Irala, el capitán don Ñuflo de Chaves, su brillante biógrafo cruceño Hernando Sanabria), coraje en intrépida de­cisión, con la que se salvó doña Elvira con una hermana, me­diante una enérgica arenga en guaraní que dirigió a los indios!

Este pasaje heroico de otra de las mujeres de la conquista, lo han exaltado merecidamente historiadores como Enrique de Gandía, Cardozo y otros; dramático episodio que se habría desarrollado en las soledades del Chaco después de la trágica desaparición del fundador de Santa Cruz de la Sierra, y cuando éste acompañaba al núcleo fundacional que regresaba a la Asunción, madre de ciudades, en octubre de 1568.

E incursionando siempre constreñido a un compendio de lo mucho que se puede decir en exaltación de la mujer, com­pletemos la lista de las primeras colonizadoras de estas tierras con el nombre de Ana Díaz, que figura en el "Plano de Repar­timiento de solares que hizo el general don Juan de Garay a los fundadores de Buenos Aires, año 1583", mencionando a las que, hasta hoy, aparecen como las de más notoriedad. Según nuestras noticias, a Ana Díaz le tocó el cuarto de manzana señalado en aquel documento catastral con el número 87, que luego se constituyó en la tradicional esquina de Florida y Co­rrientes, de la capital porteña. Esas mismas referencias ase­guran que ella era paraguaya, viuda, que salió de la Asunción para acompañar a su hija casada. Y creemos que corresponde llevar alguna vez, una placa de bronce, donada por mujeres paraguayas, para retribuir la que enviaron damas argentinas en memoria de doña Mencía de Sanabria, y de la que fue portadora la notable escritora doña Josefina Cruz; placa asun­cena que colocada en el corazón de Buenos Aires, señalaría el lugar en que levantó su rancho una de las primeras pobla­doras de la ahora gran capital del Plata, refundada ésta pre­cisamente con la contribución oportuna de sangre hispanopa­raguaya 8.

(También en fugaz referencia: unas pocas palabras sobre la acción de la mujer en los albores de la formación de nues­tra cultura, donde sobresale como iniciadora de esta labor la abadesa doña Francisca Pérez de Bocanegra, fundadora allá por 1595, de la "Casa de Recogidas Huérfanas", que dirigió hasta 1609. El Padre Eusebio Nieremberg, jesuíta español, la calificó de "mujer varonil de grande espíritu" 9.

Y ya entrando en los prolegómenos de la era emancipa­dora, no olvidemos el sacrificio de los comuneros, que dieron el primer grito de libertad en América, para destacar asimismo el admirable temple de la hija de Juan de Mena, que vestía luto par su esposo don Ramón de las Llanas, cuando llegó al Paraguay la noticia de que su padre había perecido a manos de los verdugos de Lima, como leal acompañante de Antequera. Y como ya dijimos en otra oportunidad, mujer de fibra he­roica, "arrojó su fúnebre traje y se presentó en público, enga­lanada y festiva, exclamando: no debe lamentarse una muerte gloriosamente sufrida al servicio de la Patria. La hija del már­tir, pagaba así con elevación el tributo de su amor y su piadoso recuerdo al patriota, a quien no detuvo el peligro ni amedrentó el patíbulo" 10.

E igualmente admirable es la acción de la mujer en el Paraguay independiente, ciclo histórico en que se destaca co­mo mujer representativa de aquellas horas decisivas doña Jua­na de Lara, quien casó con don José Díaz de Bedoya, acauda­lado comerciante español que tenía su negocio y atracadero en el lugar en que hoy se levanta un soberbio edificio de departamentos, frente al actual Colegio Militar, calles 14 de Mayo y El Paraguayo Independiente.

Cuando se hacían las excavaciones para este edificio moderno, se encontraron restos del maderamen del muelle que quedó sepultado en ese lugar, pues uno de los brazos de la llegaba hasta esa esquina.

ElSr. Díaz de Bedoya había enviudado de su primera esposa, doña Margarita Valiente, tía de Juana de Lara; y ésta educó a sus hijastros los Díaz de Bedoya Valiente, entre ellos

elDr. Ventura Díaz de Bedoya, prócer de la Independencia, y a doña Manuela Díaz de Bedoya, esposa de don José García del Barrio, tronco de la familia Barrios Bedoya, uno de ellos el general Vicente Barrios Bedoya, esposo de doña Inocencia López Carrillo, hermana del mariscal Francisco Solano López.

Juana de Lara no dejó hijos, pero, como vemos, se vinculó a familias patricias de la Asunción de antaño, como nos dijo el estudioso de nuestra Genealogía, don José W. Colnago Valdo­vinos, a quien consultamos para verificar estos datos históricos. Todos sabemos cuán decisiva fue efectivamente la acción y empeño empleados por doña Juana de Lara para el glorioso pronunciamiento de Mayo, posiblemente facilitados por su ve­cindad con la casa de los Martínez Sáenz, sita a pocos metros de la suya, y que es la que hoy ocupa el Museo de la Casa de la Independencia, con su callejón histórico anexo. Es la casa donde se reunían los conjurados.

Una hermana de la esposa del jefe de la revolución, ge­neral Fulgencio Yegros, doña Carmelita Speratti de Martínez Sáenz, participó también activamente entre las organizadoras de la contribución de joyas para "costear la heroica resistencia", cuando los portugueses ocuparon sorpresivamente en 1812 el Fuerte Borbón (hoy Olimpo), en el Alto Paraguay.

A esta "suscripción patriótica", todos contribuyeron, co­menzando por el prócer Dr. Fernando de la Mora, quien re­nunció al sobresueldo que se le asignó como jefe de la expe­dición, preparada para retomar el Fuerte. Doña Josefa Facunda Speratti deYegros, esposa del ya Presidente de la junta Gubernativa, comunicó al Vocal de la junta, capitán Pedro Juan Cavallero -pasando igualmente orden al Ministro Tesorero General de Real Hacienda, don José Elizalde- su contribución para que también se invirtiese en beneficio de aquellos hijos del Paraguay que guardan nuestras fronteras. "Sírvase Vuestra Merced -recalcó la matrona- dispensarme esta corta oferta, pues fuera mayor si no fuesen tan limitadas mis facultades. Pero yo, en todo tiempo, estoy dispuesta a socorrer siempre a mi Patria en sus apuros, aunque quede su­jeta a la sola ración de mi amable esposo".

Estas subscripciones patrióticas, con espontáneo despren­dimiento de sus joyas por parte de las mujeres, tuvieron tam­bién amplia repercusión en el espíritu público en la guerra contra la Triple Alianza y en la defensa del Chaco.

Es que la adversidad, como fue para "el alma creyente de Cervantes, más provechosa que la próspera fortuna (acicate de la que dio tantas pruebas la España fundadora y evangeli­zadora), también para las generaciones humanas, entre ellas muy especialmente las de nuestras tierras, se han venido con­virtiendo -como señala con propiedad un estudioso del Qui­jote-- sucesivamente en un satélite eterno que gira en torno a la genial creación cervantina" 11.

Pero, volvamos a las esposas de los próceres.

Tampoco podemos olvidar el nombre esclarecido de doña Luisa Echagüe de Iturbe (de Vicente Ignacio), hija de un ilustre santafesino: don Narciso de Echagüe y de doña Petrona

Domecq. Dejó distinguida descendencia como la de Policarpo Iturbe, guerrero del martirologio del 64-70, muerto durante la resistencia de Humaitá.

Y agreguemos seguidamente que la esposa del Dr. Fer­nando de la Mora, doña Josefa Antonia Coene, hija de don Ma­nual Coene y Peña y de doña Tomasa Aguayo, descendía por

ambas líneas de la gran expedicionaria española doña Mencía Calderón de Sanabria. (El matrimonio Coene-de la Mora se habría realizado en 1812, según también nos dice Colnago).

El prócer de la Mora, ya no llegó a ver a su hija Jovita, nacidacuando el estaba encarcelado, durante la dictadura francista.

¡Qué ironía. .! ¡La única revolución emancipadora en Amé­rica, producida sin sacrificio de vidas, fue ahogando en sangre el aliento libertario de sus protagonistas. .!

Y expresión de este dolor de madre, es a todas luces la que refleja la ya mencionada doña Josefa Facunda Speratti, viuda de don Fulgencio Yegros, pues quedó sola y desampa­rada a los 23 años, y crió y educó a sus hijos con sacrificio y dignidad. Uno de ellos, Rómulo José, fue el joven y eficiente edecán del general Francisco Solano López, en su visita a Europa. Formó su hogar con doña Juana Úrsula Urbieta, de cuya unión descienden conocidas familias paraguayas.

¡Y cómo callar otros nombres femeninos vinculados asi­mismo a aquel doloroso alumbramiento del Paraguay en el pe­ríodo de la consolidación de su vida independiente, que costó tantos padecimientos. .!

Doña Petrona Zavala de Machaín, es una de las grandes sacrificadas, ya que casada en 1806, con don Juan José de Ma­chaín, fue éste fusilado por orden del dictador Francia. (La tradición familiar sostiene que ella hubo de ser la esposa del jefe absolutista de nuestra emancipación, de no haber mediado la tenaz oposición de su padre, el coronel don José Antonio de Zavala y Delgadillo, fundador del Fuerte de Borbón, que -como ya dijimos- es hoy conocido con el nombre de Fuerte Olimpo. Ella también estaba emparentada con una de las tra­dicionales familias argentinas, la de los Rodríguez Peña, otro de los motivos seguramente de enconado recelo).

Doña Petrona Zavala de Machaín, arruinada económica­mente, supo vivir con dignidad, en decorosa pobreza. Falleció en 1862, y es el tronco de la familia Machaín Zavala, abuela

paterna, por tanto, del preclaro Dr. Facundo Machaín; y de este linaje venía doña Rafaela Machaín de Guanes, una de las heroínas civiles de la defensa del Chaco.

La única rama de los Machaín que no fue perseguida por el dictador Francia, es la que desciende de don Antonio Recalde, casado con doña Josefa Machaín. Como nos comen­taba nuestro genealogista José W. Colnago Valdovinos, el Su­premo simpatizaba con el vasco don Antonio, y respetó su des­cendencia.

Y destaquemos una vez más, en este desfile de heroísmo singular, que la mujer de nuestra estirpe- siempre glosando las grandes figuras que engloban muchos nombres, porque es

imposible citar a todas- es también acreedora de nuestra admiración por su labor y abnegación en la guerra grande, contra la Triple Alianza. Y fue doña Felicia Irigoyen de Gó­mez de Pedrueza, emparentada con el prócer de la Indepen­dencia, don Juan Manuel Gamarra, entre las damas de la zona norte de nuestro país, una de las que más se distinguieron por su contribución ejemplar y trabajos múltiples en favor de la causa patria.

Como tampoco olvidemos que hay un decreto del maris­cal López, que lleva fecha 12 de septiembre de 1867, por el cual se condecora a la mujer con la cinta, como a los grandes Oficiales de la Orden del Mérito.

Y debemos a la paciente investigación del Prof. Dr. R. Antonio Ramos, en los Archivos del Brasil, el hallazgo de un vibrante memorial suscrito por cuatro damas, en representación

de las vecinas del pueblo de Pirayú, y entregado a la autoridad local, en el cual pedían la entrega de fusiles y lanzas para pelear al lado de sus esposos, padres, hijos y hermanos, sacri­ficando sus vidas, si fuere necesario, en defensa de la heredad común. Las señoras Susana Caballero de Báez, María Laura de Aquino, Dominga Simbrón de Méndez y Pilar Caballero de Maldonado, firman este notable documento que el jefe de mi­licias Blas Espínola, elevó a consideración del Superior Go­bierno. El Vicepresidente de la República, don Francisco Sán­chez (autentico héroe civil muerto al lado de su jefe, en Cerro Cora), en oficio de fecha 6 de enero de 1869 --como se atestiguaigualmente en otro documento, cuya fotocopia también ruvimos a la vista-, contestó de puño y letra, diciendo al jefede milicias, que había recibido y leído con gusto su comunicación, adjuntando el memorial que las "entusiastas ve­cinas de ese partido de Pirayú le han presentado, en el cual estánconsignados sus ardorosos y vehementes deseos de tomar un fusil o una lanza para secundar con sus brazos y sus pechos los generosos y decididos esfuerzos de nuestros dignos con­ciudadanos en defensa de la patria" 12.

Pero aclaremos que así como, en nuestro plano de ecuanimidad, hemos destacado estos episodios que son destellos de luz en aquel ciclópeo esfuerzo de la defensa de la Patria un peligro, no podemos ocultar algunas sombras que comple­tan con su penumbra los vívidos y enérgicos trazos del martirologio de un pueblo, inmolado en lucha dramática y des­igual.

Y como ya dijimos alguna vez, el conductor de aquella campaña de heroísmo sin igual, mariscal Francisco Solano Ló­pez, tiene ya su ubicación en la Historia. Pancha Garmendia, otra gran sacrificada, ocupa también su lugar, de respeto, en ese telón de fondo que está completando la última escena del gran drama histórico que, con probidad y sin mutilaciones, se iráescribiendo. Ni tampoco debemos olvidar que, en aquellas horas tristes, emerge igualmente la figura martirizada de Julia­na Insfrán de Martínez, sufriendo las consecuencias de su fidelidad al marido, el defensor de Humaitá 13.

Y recordemos, finalmente, lo que llamamos una nueva siembra, de amor y de esperanza, que es en la que, consumado el gran holocausto de Cerro Corá, las heroínas de la guerra trocaron sus fusiles y sus lanzas en rústicos arados, y con sus manos callosas y sus febriles miradas sedientas de paz, recons­truyeron la Patria en ruinas, tema sugerente y complejo que ya en anterior esquema historiográfico comenzamos a abordar 14, y que seguiremos desarrollando en otra ocasión, no sin antes repetir con el poeta:

"Mujeres paraguayas, cuyo gentil semblante

No revela a los ojos que por primera vez

Os miran, la bravura que hay en vuestra altivez.

¿Qué pueblo que ha criado tales hijos debiera desesperar?

¿Y qué hijo que hubisteis de nutrir

Lograrán resignarse jamás a la extranjera

Sumisión y ante un trono cobardes sucumbir?" 15

 

(1)       Justo Prieto, Paraguay, la Provincia Gigante de las Indias, El Ateneo, 1951, Buenos Aires.

(2-1) Agustín Basave Fernández del Valle, Filosofía del Quijote, Austral-Espasa Calpe Mexicana, S. A.

(3-5) Rosario Sáinz Jackson, Los Derechos de la Mujer (Temas Españoles N° 498).   

(4)       Josefina Cruz, Doña Mencía la Adelantada, Ed. La Reja, 1960, Buenos Aires.

(6-7)    Hernando Sanabria, Ñuflo de Chaves, El Caballero Andante de la Selva, Ed. Don Bosco, La Paz, 1966.

(8) R. M. Llanes, Impresiones Recordativas de una Esquina Por­teña, 24-XII-1966, "La Prensa", Buenos Aires.

(9) "Revista Patriótica Argentina", t. III.

(10-11-12-13-14)   Pastor Urbieta Rojas, La Mujer Paraguaya, 1962, Buenos Aires.

(15) Gral. Mac Mahon, ¡Resurgirás Paraguay!, magnífica oda tra­ducida al español por el poeta paraguayo Pablo Max Insfrán. Mac Mahon la escribió en el álbum de Madama Linch, en 1869, al despedirse del país, en plena guerra, y después de ser testigo del martirologio de nuestro pueblo, donde estuvo como Ministro Plenipotenciario de los EE.UU. deAmérica. El álbum es uno de los hallazgos del Prof. Ramos, en el Brasil.


 

MINERVA INDÍGENA

 

Es cierto que, en México (1539), se establecieron los pri­meros talleres tipográficos, con material y maestros traídos de España, siendo éstos Esteban Martín y Giovanni Paoli; como también debe reconocerse que Lima (Perú), tuvo ya su impren­ta a fines del siglo XVI.

Pero el mérito de la fabricación, en tierra hispanoameri­cana, de la primera prensa para publicar obras en lengua in­dígena, empeñosa preocupación que viene desde 1630, se debe a los padres jesuítas, con personal nativo adiestrado por ellos, destacándose como uno de los más grandes grabadores de la época, el indio Tomás Meara, natural de San Ignacio.

Era una minerva totalmente fabricada en las misiones gua­raníticas, inclusive las letras, las viñetas y demás elementos tipográficos, pues nada se trajo de fuera, contrariamente a lo que ocurrió con las imprentas instaladas en otras regiones.

Aclaramos, asimismo, que el jesuita alemán Juan Bautista Neumann, fue el que dirigió la primera imprenta en tierras guaraníes.

De manera que el primer taller tipográfico nativo -llamé­mosle así porque era realmente de fabricación casera- fue otra manifestación más de la capacidad del indio (como sub­rayó el padre Charlevoix), instruido por expertos religiosos, hábil como artesano, e intuitivo para las artes, no solamente co­mo músico, escultor y hasta buen actor teatral, sino también como fabricante de instrumentos musicales, inclusive órganos; llegó a hacer también esferas astronómicas y delicados tapices. Y recordemos de paso al indio Plácido Azurica, luego integrante de la orquesta del Seminario Conciliar de Buenos Aires, mu­sico guaraní que no sería el último en descollar en el Río de la Plata.

Pero, volvamos a las artes gráficas, para destacar asimismo que, a comienzos del siglo XVIII, se imprimieron en las misio­nes guaraníticas libros y hermosas láminas, con tipos y planchas hechos por los indios, que, en orden cronológico, apare­cieron en 1700 y 1704, siendo las dos primeras obras Martiro­logio Romano y Vida de Santos, respectivamente. El primero de los libros citados, se reimprimió en el pueblo de Loreto. Y siempre en orden de aparición, recordemos también que, con aquella minerva indígena, se imprimió asimismo De la Indi­ferencia Entre lo Temporal y Eterno, Crisol de Desengaños, con 428 páginas, compuestas a dos columnas, más 43 láminas y viñetas y pequeños grabados en el texto.

Otro libro impreso en Loreto (1713), es Instrucción Prác­tica para Ordenar Santamente la Vida, del P. Antonio Garriga, con 120 páginas . Casi dos lustros después, para ser más exac­tos, a los ocho años de la edición recordada precedentemente, apareció un libro en latín, con 266 páginas, que llevaba por título Manuale Ad Vsvm Patrum Societatis Iesv Qui In Reduc­tionibus Paraguariae Versantur Ex Rituali Romano. Tiene la particularidad de contar con 50 páginas en guaraní.

En 1722, apareció en el pueblo de Santa María La Mayor un grueso volumen de 589 páginas, a dos columnas, una en castellano y otra en guaraní, sobre Vocabulario de la Lengua Guaraní, compuesto por el P. Antonio Ruiz, de la Compañía de Jesús (revisado y aumentado por otro religioso de la mis­ma Compañía). Dos años después, también en el pueblo de Santa María La Mayor, se había impreso la primera gramática guaranítica publicada en América, con 125 páginas, un suple­mento de 116 y otro de 136, con las partículas de la lengua guaraní, y un apéndice sobre los adverbios(x). Es el libro so­bre Arte de la Lengua Guaraní, por el P. Antonio Ruiz de Montoya, de la Compañía de Jesús, con anotaciones y apén­dices del P. Paulo Restivo de la misma Compañía, sacados de los papeñesdel P. Simón Bandini y otros, etcétera.

Toda esta actividad editorial ocurría en 1724, y ese mismo año apareció Explicación del Catecismo en Lengua Guaraní, por Nicolás Yapuguay, indio talentoso, al que consideramos el primer escritor indígena, quien ya había colaborado en la pre­paración del libro sobre Arte de la Lengua Guaraní, del P. Ruiz de Montoya.

La producción del notable escritor indígena se completó luego con otro libro, impreso en el pueblo de San Francisco Javier, en 1727, con sermones y ejemplos en lengua vernácula.

Es una obra de 313 páginas, y, más o menos en la misma época, se publicó un catecismo para los niños, en lengua guaraní, escrito por el P. Ruiz de Montoya.

Señalemos, finalmente, que también en 1727, año de la aparición de la obra con sermones en guaraní, ya citada, de Nicolás Yapuguay, se imprimió la carta del doctor José de An­tequera y Castro al obispo José Palos, en un volumen de trein­ta páginas. Y no se conoce actualmente sino un ejemplar de esa carta (que se conserva en el Museo Británico de Londres), documento que queda de aquel primer mártir de la emanci­pación americana, adalid de los comuneros del Paraguay.

Y como acotación también de interés, hagamos notar que habría sido una misma prensa tipográfica la que trabajó en distintos lugares de las misiones guaraníticas, como Loreto,

Santa María, San Francisco Javier y San Ignacio, en la impre­sión y redacción de obras en latín, castellano y guaraní, doce en total, sin incluir los impresos diversos, en hojas y láminas, con­tribución valiosa del Paraguay Colonial a la obra civilizadora hispana, y la de los padres de las Reducciones, sin distinción de nacionalidades, como igualmente la no menos meritoria de los primeros nativos que se distinguieron en las letras y en las artes.

Ya como etapa posterior de ésta que se cumplió en las misiones guaraníticas del interior del Paraguay o Provincia Gigante de las Indias se puede mencionar a las otras impren­tas en Hispanoamérica, como las instaladas en Santiago de Chile, la Asunción, Buenos Ares, Córdoba, etc.

Pero el gran mérito de la producción bibliográfica inicial (gracias al taller móvil que organizó, y fue su primer director, el Padre Neumann), es que se fabricó esa primera minerva con elementos nativos, con prensa, letras, planchas, etc. hechas por los mismos indígenas, personal que demostró un admirable sentido de autocreación, posiblemente sin paralelo en este tipo de trabajo, exclusivamente a cargo de naturales del lugar.

Seamos justos, entonces, en reconocer el mérito de las artes gráficas en esta parte del Continente, a las misiones gua­raníticas del Paraguay.

 

(x) Félix de Ugaiteche, Pequeña Historia de la Imprenta en América, Imp. López, 1943, Buenos Aires.


 

ESTERO PATIÑO

 

Este legendario lugar de nuestro Chaco, que corta el río Pilcomayo, hasta el cual el agua que viene de las estribaciones andinas, es cristalina y dulce, para luego, a partir del estero Patiño, hacerse salobre, toma su nombre de un misionero je­suíta que anduvo por esas regiones en 1721, el Padre Gabriel Patiño. (También habría explorado esos lugares el Padre Cas­tañares, en 1741).

Parece que ya en 1547, remontó el Pilcomayo Ñuflo de Chaves, en una de sus entradas en el Chaco, desde la Asun­ción, época en que se habría llamado de Aracoay, según se deduce de "Comentarios" escritos por el fundador de Santa Cruz de la Sierra 1.Y el actual Estero Patiño ya era un lugar inhóspito, poblado en sus adyacencias por indios "guatatas" (¿tobas?) "gandules por naturaleza"2 , ariscos de temperamento y singularmente belicosos, agrega Hernando Sanabria, el bri­llante historiador cruceño.

Y como dijimos en Camino de la Hispanidad, un toque emotivo aprisiona nuestro espíritu, cuando evocamos aquel episodio fronterizo en el Pilcomayo, protagonizado por un in­trépido hijo de la capital vasca, Enrique Ibarreta, nacido en Bil­bao en 1859, y que graduado en la Academia de Ingenieros de Guadalajara, trabajó con su padre en la construcción del ferro­carril de Durango a Bilbao.

Fue vicecónsul en Córdoba (Argentina); y parece que hi­zo hasta tres viajes al Chaco, para llegar en uno de ellos más allá de la frontera con el Paraguay. (Antes había peleado en la guerra de Cuba, a las órdenes de los generales Echagüe y Martínez Campos, mereciendo la Cruz de María Cristina y la Cruz Roja del Mérito Militar).

Inquieto y decidido, se lanzó el ingeniero Ibarreta a descubrir las dificultades de la navegación del río Pilcomayo, temeraria empresa del expedicionario vasco que comenzó en mayo de 1898, para terminar en espantosa tragedia en los cali­ginosos días de diciembre de ese año. Había manifestado Iba­rreta que, como jurara llegar en chalana a Formosa, perecería antes que abandonar la exploración. Él y sus acompañantes argentinos y bolivianos, que río abajo salieron de San Fran­cisco, en la llanura de los Mansos, nunca llegaron al bajo Pil­comayo, pues fueron devorados por el terrible estero, muertos unos posiblemente por los salvajes tobas, y otros, extraviados para siempre en los montes donde habrían perecido de hambre y de sed...

Nada quedó en claro -repetimos- de aquel misterio del Estero Patiño, ya recordado en nuestro libro Camino de la Hispanidad, cuando hablamos de los vascos en el Paraguay.

Y a más de medio siglo, leyendo viejas crónicas 3, copia­mos estos sencillos versos dedicados a la memoria del bravo Ibarreta:

...Irradiando en la raza tal grandeza,

Tal nombradía de pujante y ruda,

Que, en diciendo español, no habría proeza

Ya que asombrase, ni pusiese duda...

 

(1-2) Hernando Sanabria, Ñuflo de Chaves, El Caballero Andante de la Selva, Ed. Don Bosco, 1966, La Paz, Bolivia.

(3) Biblioteca del Instituto de Cultura Hispánica, de Madrid.


 

EL MAESTRO ESCALADA (EN EL CENTENARIO DE SU MUERTE)

 

Hay educadores cuyos nombres señalan etapas representa­tivas en la formación de la cultura paraguaya. El primero de ellos, indudablemente, es el maestro Juan Pedro Escalada, lle­gado al país en los primeros años del siglo pasado, siendo aún muy joven. Estuvo emparentado con el santanderino don Ma­nuel de Escalada y Bustillo de Zevallos, nacido éste en el valle de Castañeda, en 1774, con el que vinieron su hermano Fer­nando, sus primos José Ignacio y Manuel Bustillo de Zevallos, y un primo o sobrino de don Manuel, don Juan de Escalada Bustillo, quien anduvo por Corrientes á fines del siglo XVIII 1.

De ahí que nuestro maestro Escalada es probable que des­cienda del que vino al norte argentino, y su base cultural, muy completa para aquella época y sus maneras distinguidas demostrarían su destacado linaje, como era el de los Escalada, sobre el que ahondaremos nuestras futuras investigaciones, para rehacer los árboles genealógicos destrozados en la devastadora guerra del 64-70 2.

También podría haber descendido de don Fernando, y en ese caso habría nacido en Buenos Aires y allí se había edu­cado, siendo entonces pariente cercano de don Manuel, al que se entronca doña Remedios Escalada, esposa del Libertador don José de San Martín 3. Y en verdad que nada de esto obsta para disminuir la descendencia del prócer de nuestra cultura, ya que todos los Escalada vienen de un mismo tronco enrai­zado en la madre patria, y los nombres de Pedro y Juan se repiten en los de Castañeda 4, con frecuencia, desde el siglo XVI.

El maestro Escalada formó muy pronto su hogar en el Paraguay, uniendo su destino al de doña Pastora del Rosario Fretes Britos, de Ybytimí, casamiento realizado el 7 de mayo de 1812.

Su hijo mayor, José María Escalada, fue juez en lo Civil durante el gobierno de los López.

Y la identificación de don Pedro Juan Escalada, con su, de adopción, está corroborada no solamente por la formación de su hogar en el Paraguay y su apostolado de educa­dor, sino también por su preocupación, en los albores de nues­tra nacionalidad, por el destino patrio, pues figura su nombre ilustre entre los firmantes del Acta de Ratificación de la Inde­pendencia Nacional.

Escalada, a diferencia de José Gabriel Téllez, ejerció siem­pre la enseñanza privada, viviendo -repetimos- el nacimiento y las vicisitudes de una Patria nueva, con la que se identificó, recalcamos nuevamente.

Tuvo su casa propia, donde funcionó durante muchos años su acreditada escuela particular, en la calle 25 de Mayo (en­tonces Igualdad) y Tacuarí, hoy está allí una estación de ser­vicios para automotores). Amplió más tarde sus actividades en 1859, con el traslado a un hermoso solar, con casa para internados, en el lugar en que ahora están ubicados el Asilo Nacional. y la Escuela Normal N° 3 Nuestra Señora de la Asun­ción.

El aporte cultural que trajo al país el maestro Escalada, y que lo fue desarrollando en más de medio siglo de docencia, según don Juan Francisco Pérez Acosta, el ilustre historiógrafo

recientemente desaparecido, dio sus frutos con la buena ense­ñanza de Aritmética, Geografía, Contabilidad, Cosmografía, Astronomía, Geología, Latín, Francés, y hasta Medicina e Higiene. También enseñaba Notariado.

El alumnado no solamente recibía la mejor enseñanza que podía impartirse en aquella época, sino que también fue favo­recido con textos que copiaba pacientemente el maestro para

distribuirlos entre sus educandos. (Escalada es entonces, des­de los jesuítas introductores de la primera imprenta, uno de los iniciadores en la edición de textos para la enseñanza en el Paraguay).

Citar la nómina de los que fueron alumnos del maestro Escalada, sería casi imposible, dada su extensión. Pero cabe mencionar algunos nombres ilustres, como por ejemplo, entre

otros, los de los ex presidentes Francisco Solano López y Cán­dido Bareiro; el del inspirado poeta y periodista en la guerra grande, Natalicio Talavera; el del ex Canciller don José Berges; el del ex convencional, don Juan Silvano Godoi, y el del pro­sador y poeta don Manuel Pedro de la Peña, padre de la edu­cadora Rosa Peña, casada ésta con el que fue Presidente de la República, don Juan G. González 5.

Hombre afable y culto -como dijo de él el Padre Maíz- ­fue siempre consecuente Escalada con su segunda patria, pues seis años después de habérsele acordado por disposición del

Presidente Mariscal Francisco Solano López, una pensión vita­licia de veinticinco pesos moneda nacional, teniendo en cuenta "su dedicación, a la instrucción de la juventud nacional, por un período no interrumpido de más de cuarenta años, si bien de una manera privada, con notable ventaja para la Patria" (como rezaba el respectivo Decreto ), el maestro Escalada, ya entrado en años, se unió también a la "residenta" 6, para acam­par en Atyrá, y seguir allí su obra educativa hasta el 1° de agosto de 1869, en que tuvo que regresar a la Asunción, gra­vemente enfermo, para morir el 13 de ese mes, a los ochenta y dos años de edad, rodeado del respeto y la estimación de para­guayos y extranjeros. Sus restos fueron inhumados con los honores que se tributan a los Próceres de la República.

Esta es la reseña sintética de una vida dedicada al bien, que a cien años de su desaparición, no ha recibido todavía de los actuales hijos de esta tierra, que fue también la suya, el testimonio de gratitud a que tiene legítimo derecho.

Es más: Juan Pedro Escalada, sufrió desde luego la marca cambiante de nuestro quehacer histórico -mal, aunque gene­ralizado, es tiempo de que desaparezca- pues no cabía la sus­

titución en la nomenclatura de las calles céntricas de nuestra Capital, donde una de ellas precisamente recordaba con estricta justicia y en el lugar adecuado (luego de independencia Nacional, Yegros, Iturbe y Caballero) al educador que más contribuyó, después de los Próceres de Mayo, a la Independencia del Paraguay, con la preparación intelectual de sus mejores hijos.

Y para terminar esta semblanza, recordemos a algunos de los descendientes del maestro Escalada, comenzando por su nieta Bienvenida Asunción, quien también -como su ilustre abuelo- brilló en la docencia. Fue en todo momento la eficaz colaboradora del gran educador; y durante el tiempo que siguió viviendo al lado del anciano maestro, en Atyra, ella prodigó su enseñanza gratuitamente a los niños, desempeñando además la secretaría ad-honorem del juzgado de paz de dicha locali­dad cordillerana.

Asunción Escalada hablaba correctamente el francés, y leía a los autores de la época, como Camilo Flammarion, en sus textos originales. Pero ella no solamente será siempre recor­dada por su cultura y su labor educativa, sino también por su entereza ejemplar, pues apenas transcurrido un mes de su nom­bramiento como directora de la "Escuela Central de Niñas", que se creaba en momentos en que iba saliendo el país de la vorágine de la guerra contra la Triple Alianza (escuela que se abrió el 7 de noviembre de 1869, en la calle Fábricas de Bala, luego denominada Presidente Carnot, después 14 de ju­lio y ahora Mariscal Estigarribia), tuvo Asunción Escalada que renunciar al cargo por el revuelo que causaron, en ese mo­mento, los debates provocados por el proyecto de ley de ma­trimonio civil. La aprobación del aludido proyecto, nueve años después, consagró el nombre de la brillante educadora entre los que inspiraron la libérrima Constitución del 70, a cuyo am­paro nacieron las primeras agrupaciones cívicas del Paraguay, se estructuró la legislación nacional de la postguerra, y se hizo posible la lenta pero firme restauración de un país que sufrió los horrores de la guerra.

La gran educadora contrajo enlace el 30 de diciembre de ese mismo año, con su primo Jaime Sosa, fundador de la Bi­blioteca Nacional, magistrado, diplomático y escribano públi­co, fallecido, en el exilio, en Buenos Aires, y cuyos restos fue­ron repatriados.

Descienden de este matrimonio, el jurista y eminente pro­fesor que fuera de la Facultad de Derecho de la Asunción, Dr. Marcial Sosa Escalada, y su hermano Gustavo, funciona­rio intachable, experto en materia de yerbales, tierras y colo­nias, periodista, profesor de matemáticas y músico. Fue el maestro del gran concertista paraguayo de guitarra, Agustín Pío Barrios (Mangoré ).

El historiógrafo Juan Manuel Sosa Escalada era otro de los primos de Asunción Escalada; y venía a ser también su cuñado. Falleció en la capital argentina, en 1940.

Jaime y Pedro Antonio Sosa, no firmaban Escalada, como lo hacía el anteriormente citado (Juan Manuel). Pero eran todos hermanos de padre y madre, hijos de Ignacio Sosa, natu­ral de San Pedro, y Josefa Encarnación Escalada.

De otras ramas del viejo tronco, descienden también co­nocidas familias asuncenas, que aunque disminuídas económi­camente después de la hecatombe del 64-70, supieron sobrelle­var una pobreza digna, honrando el apellido que les había legado el maestro.

Y con la misma sencillez de esa vida que hemos querido evocar, acabamos de trazar los perfiles de una figura que se proyecta en las lejanías de nuestra Historia, ya que no cabía otro lenguaje que el que nos viene como eco, sin estridencias ni desviaciones, cubriendo el ancho espacio de nuestras voces milenarias.

Ejemplo magnífico de docente y de destacado valor humano, el maestro Escalada -aquietados los ánimos chic no siempre están todavía preparados para el juicio sereno y ecuánime -encontrará, sin titubeos ni distorsiones, el momento propicio para su amplia y total consagración.

 

(1) Esta aseveración la tenemos por testimonio del académico ar­gentino de la Historia, Dr. don Raúl de Labougle, descendiente de los. Escalada de San Martín.

(2)       El Dr. don Víctor Rojas Escalada (ex Ministro de la Defensa en la guerra del Chaco), desciende también del preclaro maestro.

(3) Esto asimismo nos decía en carta del 7 de junio de 1968, el académico de Labougle.

(4) Idem, íd.

(5)Otras referencias en la monumental obra del escritor fallecido en fecha reciente, Dr. Carlos R. Centurión, Historia de la Cultura Paraguaya.

(6) Impresionante éxodo de familias paraguayas que fueron aban­donando ciudades, pueblos y villas, para seguir al Ejército siempre en lucha con los aliados.


 

BENEMÉRITA INSTITUCIÓN

 

La discriminación entre los que sirvieron al país en el frente de operaciones y en los distintos servicios que requiere una nación en guerra, no existe, desde el momento que la mo­vilización fue total. Todos rindieron en la medida de su apti­tud física y su capacidad intelectual. Y en este sentido, la de­fensa del Chaco, es un ejemplo que enaltece al Paraguay.

También vienen a nuestro recuerdo, los que no tenían sino la obligación moral de servir al país, y eran los extranjeros que llegaron a solidarizarse de tal manera con la causa para­guaya, que muchos de ellos, alistados en las filas del Ejército, sucumbieron como valientes en el fragor de la lucha.

Y hubo una institución que puede calificarse de benemérita, que nucleó a cuarenta colectividades extranjeras, y que contribuyó con eficaz ayuda material en hospitales y acanto­namientos. A ella, precisamente, nos referimos ahora. Es la Legión Civil Extranjera, cuyo nombre se perpetúa en un pe­queño monolito, en las adyacencias de Villamorra, y como homenaje de la Comuna de la Asunción, una calle tiene en una placa de bronce el nombre de "Legión Civil Extranjera".

Y no importa que sea breve esta evocación, ya que así lo exige la naturaleza de este trabajo. Lo que interesa es no perder el hilo de la historia, renovando estos recuerdos, siem­pre gratos por su emotividad.

Las nacionalidades componentes de aquella Legión, eran las siguientes, por orden alfabético:

Alemania, Argentina, Arabia, Australia, Austria, Bélgica, Brasil, Canadá, Checoslovaquia, Chile, Dinamarca, Egipto, Escocia, España, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Hungría,

Inglaterra, Irlanda, Israel, Italia, Japón, Letonia, Lituania, Men­nonitas, Nortearrérica, Noruega, Perú, Polonia, Portugal, Ru­mania, Rusia Blanca, Siria y Líbano, Suecia, Suiza, Uruguay y Yugoeslavia.

La inundación del sótano de un comercio céntrico, hizo des­aparecer gran parte del archivo de la Legión. Pero sobrevi­ven algunos de los miembros de aquella eficiente institución, mediante cuyo amable concurso, y apelando a copias de se­cretaría y recortes de prensa, hemos podido reconstruír los, dalos fundamentales para esta remembranza.

La idea de constituír este organismo, nació de una reunión, auspiciada por don Lorenzo Vezetti, de la que participaron, don Juan Alegre, don julio Petersen y don Antonio Miró, quie­nes convocaron a una reunión general de extranjeros, la que se realizó el 11 de mayo de 1933, en la sede de la Cámara y Bolsa de Comercio. En dicho acto, fue electo el primer con­sejo directivo de la Legión Civil Extranjera, que estuvo cons­tituído del modo siguiente:

Presidente: don Atilio Galfré;

Vice: don Juan Alegre;

Secretario: don Pedro Sayé;

Secretario Honorario: don Manuel González Ligier;

Delegados: señores Miloslav Baloun, julio Petersen, José Palermo Albano, Manuel Blinder, Juan Lemos, Manuel Ka­lisch, Lorenzo Vezetti, Cecilio Montañés, Carlos Teichman, Juan Klug, Rafael Levy, Bernardo Drouault, Gastón Petit, José González Ligier, Jorge Daniel, Luis Salomón, Francisco Da­vid, Amadeo Paes de Lima, Roberto Lemmon, Carlos Ingwald„ Elco de Wit, Mario Coppi, Juan O. Cenoz, Felipe Aghemo, Jacques Kuebler, Eduardo Soutter, Antonio Miró, Francisco; Caggiano, José Werner Claude, Gerardo Friederici, Salva­dor Hadgipetris, Rodolfo E. Wicht, Ángel Mosciaro, José Luis Larrain, E. G. Kent, Carlos Larrosa, Mario Masivia.

Don Eduardo Schaerer, que asistió como invitado especial a dicha reunión, fue electo por unanimidad Presidente Hono­rario.

Informado el Gobierno de la constitución de esta entidad cooperadora, que realizaría tan noble tarea durante toda la contienda, el Ministro del Interior, don Narciso Méndez Be­nítez, asistió a la sesión del consejo directivo de la nueva asociación ­realizada el 24 de mayo, estableciéndose, desde ese instante, la necesaria coordinación entre el Gobierno y la Le­gión Civil Extranjera, con la más estrecha cooperación de ésta con. las autoridades civiles y sanitarias del país, ya que los pro­pósitos enunciados por la institución eran contribuir a la de­fensa de los intereses generales relacionados con la salud y tranquilidad públicas, durante el tiempo que durase la con­tienda con Bolivia, ofreciendo su ayuda a la solución de los problemas atinentes a la guerra. Incluso hubo el ofrecimiento de cubrir guardias en ciudades y pueblos para no restar brazos al Ejército del Chaco, gesto que valoró debidamente el Go­bierno. Este ofrecimiento fue declinado, ya que no faltaron en ningún momento reservas para los servicios auxiliares en la capital e interior de la República.

El Presidente Eusebio Ayala dijo el 1° de abril de 1934, en su Mensaje al Parlamento: la acción de la Legión es cor­dial y eficaz, y demuestra la honda simpatía de las colecti­vidades al Paraguay y a la causa que defiende. Tampoco faltó, en su debido momento, la voz de estímulo del General Esti­garribia.

Tal es, en síntesis, el apoyo moral y material que, en horas inciertas, recibió el Paraguay del extranjero agradecido, al que siempre, por otra parte, nuestro pueblo le brindó hos­pitalidad y afecto.

Por eso, con legítima razón la Legión Civil Extranjera, en histórica proclama, hizo también suya la victoria, saludando "al gran pueblo paraguayo, a su gobierno patriota, a su glo­rioso Ejército"; y agregando que después de la jornada in­mortal, se aprestaba para cooperar a la grandeza de esta Patria en las lides de la paz, anhelo que compartirán siempre para­guayos y extranjeros, en común propósito de bienestar.


 

EL INOLVIDABLE MANGORÉ

 

Cuando el 6 de agosto de 1939, nuestro gran guitarrista Agustín Pío Barrios (conocido también con el nombre de indio Mangoré), dedicaba una de sus fotografías a don Tomás Di­galo, activo dirigente deportivo que visitaba entonces la capi­tal de El Salvador, no se imaginaría que exactamente cinco años después se produciría su deceso, que privó al Paraguay y al mundo de un virtuoso de la música.

Y han pasado veinticinco años de aquella pérdida irrepa­rable para el arte guitarrístico universal, arte en que llegó a sobresalir Barrios como uno de los grandes en Latinoamérica, con Villalobos del Brasil, y Ponce de México. (Una de sus ad­miradoras, llegó a escribirle: "He oído tu guitarra como el canto triunfal de los Arcángeles. ¡Benditas manos"! Y Manuel de Goya, no tuvo tampoco reparos en afirmar, desde las co­lumnas de el "Nuevo Diario", de Caracas, que "Su Diana Gua­raní, es Diana de América").

Su maestro don Gustavo Sosa Escalada, lo había descu­bierto en las Misiones paraguayas, cuando Barrios era aún un niño; e impresionado por su talento innato para la música, lo alentó en toda forma. Hizo de él un cultor apasionado de la guitarra clásica, como lo fue también el maestro. Y éste no se equivocó: su alumno compuso obras de estilo polifónico ins­piradas en Bach, antes que Villalobos en el Brasil, pues sabe­mos que esas piezas para guitarra, del músico paraguayo, ser­virían de modelo para las "Bachianas" del gran brasileño.

Recordemos asimismo que "La Tribuna", de la Asunción, al cumplirse el 25° aniversario de la muerte de Agustín Ba­rios, destacó que su formación musical fue una síntesis, "tradu­cida a sus obras, de un estilo muy personal con raíces en lo más profundo de nuestras tradiciones y de un conocimiento pleno de la música de Bach, Chopin, Tárrega y Albéniz; y que la perspectiva del tiempo ha confirmado que Barrios fue, en su época, el más eximio guitarrista americano. Hoy su música se está grabando en Londres, en Buenos Aires, en Montevideo, en Río de Janeiro, en Caracas, en Los Ángeles y en Nueva York, por intérpretes de la fama de Alirio Díaz, de Venezuela; de Abel Carlevaro, del Uruguay; María Luisa Anido, de la Ar­gentina; Laurindo Almeida, del Brasil, radicado actualmente en Los Ángeles, California; de Charles Bird, de los Estados Unidos de América, y de Sila Godoy, del Paraguay, termina diciendo el rotativo paraguayo.

Y muy pronto, Agustín Barrios tendrá también su monu­mento en una de las plazas céntricas de la Asunción.

La iniciativa es del Embajador salvadoreño, pues el gran músico paraguayo vivió los últimos años de su vida en El Sal­vador, y sus restos reposan en la capital de ese país centro­americano.

Barrios, para los salvadoreños, es también una gloria na­cional.

 


REFLEXIONES EN TORNO AL LIBRO NACIONAL

 

Para el que se preocupa en producir libros, ¿hay realmente estímulo; y valdría la pena descubrir nuevas vocaciones, en nuestro país, si el medio sigue reacio a fomentar la bibliografía nacional?

Todo esto nos sugiere, en honesta reflexión, el drama del escritor nacional, quien para actuar con probidad y ser conse­cuente consigo mismo, antes que desviar su trayectoria prefiere plegar sus alas y no envenenar su pluma.

¡Es que no todos tienen vocación ni condiciones para per­sistir en la difícil carrera del escritor!

Tampoco son muchos los que evitan complicar su pluma en cuestiones ajenas a su misión de orientadores de la colec­tividad. Y por eso, para escribir sin pasión sectaria -pero siempre con patriotismo sincero y con intención positiva de mejoramiento social- se debe esquivar la "literatura de ser­vicio", como la llama Alfonso Reyes a aquella que compromete la independencia del escritor. (Tenemos el caso reciente de un gran literato europeo, quien, atado a pasiones y compromisos partidistas, describió en forma caricaturesca e intención aviesa aspectos y costumbres de nuestro país. Con esta actitud, por más cotizada que sea una pluma -y aunque ella no fuera mercenaria- aparece desmerecida ante el juicio imparcial del lector desapasionado y buen observador).

En cuanto al estímulo para el escritor que pretende vivir exclusivamente de su pluma -yendo a la cuestión de fondo­- pese a que no tenemos, por ahora, sino alguna cine otra espe­ranza de ayuda y comprensión, habría que encontrar ese es­quivo estímulo que es el aliento del público y de las ins­tituciones culturales, estimulo no siempre prodigado en el momento oportuno. No son muchos los que alientan al escritor, volvemos a repetir; y sabemos, por otra parte, para quienes

únicamente se consigue el respaldo que asegura la colocación inmediata de los ejemplares necesarios para. solventar la edi­ción.

Alentemos, pues, los posibles concursos organizados por los mismos libreros. Es la inquietud que se percibe en el seno de la Cámara Paraguaya del Libro. También los clubes de lectores se están moviendo en el sentido de difundir el libro nacional. Y si a ésto agregamos las periódicas "justas del saber" entre estudiantes, se podrá contribuir provechosamente al auge de lectores del libro paraguayo.

Además, con los concursos literarios y de ensayos históri­cos, se descubrirán nuevas vocaciones, como asimismo se esti­mularán las ya conocidas, porque no debemos equivocarnos con respecto a los que surgen ni olvidar a los que se han iniciado antes de ahora. Todos tienen algo que aportar con su voca­ción y aptitud para cumplir lealmente con la misión del autén­tico escritor.

En síntesis: el trabajador intelectual es un obrero olvidado en nuestro medio, para el que no existen leyes sociales ni cajas de jubilaciones que amparen su vejez (como las que se vienen creando en el resto del mundo).

Y nuestra sociedad, no siempre es justa con los que la hon­ran con su intelecto, exaltando con altura y distinción las vir­tudes de su pueblo, la belleza del rincón nativo, la armonía de sus manifestaciones artísticas y la admirable tradición de su pasado de glorias.

Los intelectuales de nuestro país generalmente mueren po­bres y olvidados. A los que tienen suerte e influencia, se los pensiona a última hora. Pero la inmensa mayoría está siempre expuesta a la más dura estrechez económica.

Pero... en fin, tengamos fe en el futuro.

Y esperemos con optimismo que los intelectuales paragua­yos puedan disfrutar no solamente de la consideración y res­peto de sus semejantes, en vida, sino también asegurarse me­dios que les deparen una existencia decorosa.

 

 

 

LAS RETRETAS ASUNCENAS

 

La mayoría de los músicos paraguayos sabemos que han salido de las bandas militares y de la no menos meritoria agru­pación musical que funciona como dependencia del Departa­mento Central de Policía, sin excluir asimismo a las antiguas bandas de los Boys Scouts y Exploradores Paraguayos.

Y queda a la vista la obra -repitamos también aquí de los maestros italianos Nicolino Pellegrini y Salvador Den­tice, con la buena formación de varias generaciones de com­positores y ejecutantes, obra que, hasta el presente, no fue superada; señalando seguidamente que siguen en mérito a aquellos directores venidos del exterior, los maestros Fernández Moreno y Manuel Rivas Ortellado, ya desaparecidos, y Carlos Villagra. A éstos se les reconoce la labor de haber contribuído eficazmente a la tarea formativa de nuevos músicos, en estos últimos años.

En cuanto a las bandas militares, nos ha impresionado bien el maestro Torres, a juzgar por la firmeza y madurez que de­mostró en la conducción improvisada de la Banda de las Fuer­zas Aéreas del Comando del Sector Sur de los EE.UU.  deAmérica, en un concierto popular realizado en el Estadio Co­muneros, como simpática adhesión a las fiestas patrias del Pa­raguay. Esta visita y la que nos hizo también, no hace mucho, la Banda de la Aeronáutica Militar Argentina, ofreciendo igual­mente conciertos dedicados al público de la Asunción, tuvieron grata resonancia; y aquellas audiciones nos hicieron recordar las inolvidables "retretas" de las plazas Uruguay e Italia, de nuestra época de colegiales.

Eran lugares de cita de jóvenes y de sus progenitores, donde se tejían ingenuos comentarios sobre política y fútbol, y de las que salían combinaciones familiares basadas en juveniles amores siempre a los acordes de trozos de óperas y operetasy zarzuelas españolas, "potpourri" de valses vieneses y animadas “polcas" paraguayas. (La "guaraniá" comenzaba a insinuarse).

La concurrencia a esas retretas tradicionales fue siempre extraordinaria. Y aunque el servicio de "Parques y jardines” de la Comuna asuncena doblara su rubro de conservación de plantas y gramillas, esas populares reuniones nocturnas le da­ban un inconfundible matiz a nuestra querida ciudad comune­ra, congregando en las noches de verano a una abigarrada con­currencia, y qué decir de aquellos viajeros que pasaban por nuestra romántica Asunción, muchos de ellos "flechados" para siempre por la mirada expresiva y llena de encanto de la mujer paraguaya.

La capital de las Misiones argentinas -Posadas- con­serva entre sus atractivos de ciudad acogedora y de costumbres sencillas como la nuestra (por algo la influencia de tantos bra­zos provenientes del Paraguay que contribuyeron también al progreso de esa zona), las "retretas" en su plaza principal.

Y recordando nuevamente las bandas de los países amigos, que visitan la Asunción, los propiciadores de estas giras, no se imaginarán el bien que hacen con este intercambio de me­lodías.

¡Y cómo no ha de apreciar un pueblo como el nuestro estos regalos para el espíritu, si para el paraguayo la música es siempre una espontánea emoción sin fronteras!

El hombre de esta tierra sueña con su música, que la di­funde como mensajera de sus amores, de sus pesares o sus cuitas y sus íntimas inquietudes. Le sirve de animadora cuando se vuelve bravío; y es su ángel de la paz, en la búsqueda de un vínculo que lo acerque a los demás...

¡Y cuántos paraguayos humildes deben a la música la promoción de su talento natural! ¡Y que falta hacen a veces una oportuna orientación y los medios necesarios para perfeccionar a muchos artistas!

Pero como fuerza intuitiva, en la dura lucha contra la adversidad, la música da renovado aliento al paraguayo, siem­pre en constante inspiración, cual nuevo Haendel triunfador de las injusticias y creador de imperecederas armonías...

Es que a un pueblo obligado al encierro, le quedan afor­tunadamente, como gracia divina, las ondas sonoras y expan­sivas de su música, para hacerse querer y conocer de los de­más, y escucharse a sí mismo y transmitir al mundo exterior las vibraciones de su espíritu.


 

 

JUICIOS SOBRE EL AUTOR, CON MOTIVO DE LA APARICIÓN DE SU LIBRO ANTERIOR

"PARAGUAY, DESTINO Y ESPERANZA"

 

“¡...Obra llena de interés histórico, en la cual descubri­mos a través de sus líneas, no sólo al historiador sino también al gran periodista!", Gregorio Marañón (Director del Instituto de Cultura Hispánica, Madrid).

 

"...Y como historiador tienes una virtud no muy común: sin tropezarte, como nos acontece con frecuencia, en los pe­queños detalles, sabes dar visiones panorámicas que valen lo que cien volúmenes. Ya te dije anteriormente cuando publicaste o leíste por primera vez, que tu ensayo sobre Irala es lo mejor que he leído sobre el gran vizcaíno, auténtico fundador de nuestra nacionalidad. Muchas obras de erudición se han es­crito sobre el famoso conquistador, pero en ninguna parte he visto la notable catalogación de los hechos salientes de su ac­ción civilizadora y fundadora. Vemos allí que en realidad Irala echó los cimientos de todo lo que somos hoy...", Efraím Car­dozo. (Académico de la Historia, la Asunción).

 

“. . . Recibí «Paraguay, Destino y Esperanza», con agrade­cimiento y emoción, pues me recuerda al excelente amigo que tanto aprecio y al bello país y a la época extraordinaria que me tocó vivir como camarada de los heroicos muchachos del Estado Mayor del gran Estigarribia"; General Jorge J. Manni, Buenos Aires. ( Ex integrante de la Misión Militar Neutral para el cesede las hostilidades en la guerra del Chaco).

 

“Leí su libro con detenimiento. Lectura fácil, porque su estilode «difícil sencillez», favorece al lector. Vibra en sus páginas un sano y elevado patriotismo, justificado porque Vd. puede ostentar, aparte de haber servido al Paraguay con su brillante pluma, el haber participado en la epopeya del Chaco en calidad de Teniente de Reserva en el Tercer Cuerpo de ejercito y jefe de la Sección Ministerial encargada del Servicio Informativo, que tanto contribuyó al éxito de la contienda, por su seriedad y los efectos psicológicos de sus publicaciones, tan­to dentro como fuera del país", Raúl de Labougle. (Académi­co de la Historia. Buenos Aires).

 

“...«Paraguay, Destino y Esperanza», encierra un conjun­to de reflexiones sobre la patria paraguaya, que suscitan los diversos temas referibles sin esfuerzo a un propósito de vincu­lar ese país, cultural y comercialmente, a unidades sociopolí­ticas mayores capaces de rebasar el Continente. Aún las dos guerras que sostuvo el Paraguay con países fraternos, tanto la llamada «grande» que se perdió, como la auténticamente gran­de, pues su desenlace fue la legítima expresión de la capacidad y pujanza de su ciudadanía, son interpretadas en sus páginas de acuerdo con aquellos objetivos, tan caros a las ansias de progreso de las Américas.. . ", "La Prensa". (Buenos Aires).

 

“ . . . Su obra respira, en todas sus páginas un nacionalismo sano y un amor a nuestra zona cultural -la hispanoamericana- que le enaltece, su estilo es siempre vigoroso y fluido que per­mite que la lectura de su obra, aparte de su valioso contenido histórico, se haga placentera e incansable...", Juan Vicente Ramírez. (Decano de la Facultad de Filosofía, Asunción, Pa­raguay) .

 

"...Resulta una grata evidencia en la labor intelectual deUrbieta Rojas, fecundas y luminosas perspectivas en cuyo seno afloran interpretaciones de acontecimientos históricas de nutridas y sólidas documentaciones...", Juan, F. Bazán. (Escritor nacional).

 

". . . Y por sobre todo, la confirmación del subido valor creativo de una persona que, en silencio, está haciendo una obra ampliamente competitiva con la de muchas estrellas na­cionales.. . ", Pedro Gamarra Doldán. (Director de la Revista Literaria "Época", Asunción, Paraguay`.

 

". . . Me ocuparé de su libro, cuyo contenido no puede ser más entrañable, y le haré una reseña en «Revista de Indias», como Vd. semerece. . . ", Demetrio Ramos. (Catedrático de la Universidad de Valladolid, España).

 

“. . . Su contenido lo voy degustando con la parsimonia con que se consumen las bellas y heroicas gestas de ese valeroso país en el que, desde este lado del Atlántico, dejamos, al me­nos, un sentido noble y heroico de las vicisitudes de la vida y del amor patrio. Le felicito muy cordialmente", Santos Paga­digorria Mugica. (Del Instituto Vascongado de Cultura Hispá­nica, Bilbao, España).

 

"... Es usted un narrador muy agradable y un correcto es­critor. . . ", Lucio Pabón Núñez. (Escritor y diplomático co­lombiano).

 

"...Es una antología de grandezas paraguayas. Está su historia antigua y está su presente glorioso, con su lucha del Chaco y sus grandes escritores y artistas. Ha hecho usted una obra patriótica y una obra de alta divulgación en el extran­jero. Los personajes que usted evoca, con emoción y pleno conocimiento, no deben ser olvidados. Son puntales de la culturay de la grandeza americana, y pertenecen al continente...", Enrique de Gandía. (Académico de la Historia, Buenos Aires).

 

"... El mensaje que transmite el libro es claro y preciso. En su contexto salta a la vista un conjunto admirable de vir­tudes y cualidades que distinguen al paraguayo, al pueblo, a sus guerreros, a sus estadistas (varios de ellos), sus exponentes culturales. Además de ser un estudio reposado de antecedentes y consecuencias, el libro es sin duda una fuerte expresión de amor hacia todo cuanto constituye nuestro país. . . ", Silvio Mal­donado. (Catedrático universitario, escritor y periodista, Bue­nos Aires).

 

"...Participo de sus sentimientos, y esta participación me otorga la gracia de acompañarle en sus afanes de autor y de narrador veraz de la Nueva Odisea de Amércia que sucedió en el Paraguay. . .", Arturo Cabrera Domínguez. (Periodista, Córdoba, República Argentina).

 

“ ... Es un libro conciso, agradable y muy útil para quie­nes quieran saber cómo adentrarse en el estudio de la común historia y destino de las Repúblicas del Paraguay, del Uruguay y Argentina...", Juan Manuel Duclós Peña" (Buenos Aires).

 

"... Palabra mesurada sin inflexiones ni genuflexiones, evo­cadora, rica en resonancias emotivas, la obra de Urbieta Rojas se abre paso entre las que buscan segura perdurabilidad en nuestro quehacer bibliográfico", Roque Vallejos, de "ABC Co­lor". (Crítico literario).

 

". . . Difunde la verdad histórica, sin empaques ni desvia­ciones destempladas, lo que no obsta percibir en sus ensayos y evocaciones un agudo sentido crítico. Es conciso, claro y castizo en su lenguaje", Pilar de Díaz de Vivar. (En palabras de apertura de un ciclo de actos culturales y artísticos).

 

"«Paraguay, Destino y Esperanza», bello por la elegante sobriedad de su estilo, ilustrativo por la verdad de su conte­nido, ecuánime por el espíritu de justicia que ilumina sus pá­ginas . . . ", J. Arturo Alsina (Escritor).

 

"... Libro ordenado por una aspiración de valores mora­les y estéticos muy elevados, «Paraguay, Destino y Esperanza» se recomienda por su buena información, su espíritu crítico y su decorosa línea expresiva", "Histonium". (Buenos Aires).

 

“ . . . Empecé a leerla por curiosidad, para enterarme de ella, y después, a las pocas páginas, por el deleite estético y espiritual que me proporcionaba... Siempre sostiene teorías y causas justas y dignas de aplauso. Aun cuando se refiere a puntos que, como la guerra del Chaco, podrían hacer que san­gren viejas heridas, lo hace de modo tan objetivo que no se advierte ni la más lejana sombra, no digo de odio hacia el ad­versario, sino ni siquiera de rencor o enemistad. Y, sin embar­go, bien se descubre en cada página el sincero amor a la pa­tria, a su historia, a sus tradiciones. Se eleva por encima de los conflictos ocasionales para comprender los hechos y los hombres y juzgarlos con una imparcialidad, a la que por cierto no estamos acostumbrados. . . ", Luis Alfonso (Secretario Ge­neral de la Asociación de Academias de la Lengua Española).


 

 



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